viernes, 18 de diciembre de 2020

Me declaro antiprogresista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




Cuando escucho hablar de ciertos temas que son presentados en los medios tradicionales con la corrección política más depurada, y ceñidos con el velo sutil de la conveniencia, me alarmo: aguzo mi entendimiento y activo los detectores de la mentira, pues tras ese velo engañoso se agazapa una sombra aparentemente inocua pero peligrosa, la cual intenta saltar sobre la presa del colectivo humano para tomarlo por el cuello y aprehenderlo para siempre.

    Términos como “Democracia Participativa”, “Igualdad”, “Justicia Social”, “Inclusión”, “Tolerancia”, “Diversidad Cultural”, y otros tantos que se vienen utilizando con mayor intensidad en el discurso político de los últimos tiempos como si este hiciera parte de un dogma religioso, llegan a ponerme los pelos de punta. Estos conceptos que en otro tiempo hubieran representado el ideal de las causas políticas y sociales más justas y por ende más equitativas y humanitarias, hoy son cuñas envueltas en papel regalo que hicieron carrera con el Progresismo.




Pero ¿qué es eso del Progresismo?, se preguntarán quienes aún albergan la esperanza de que aquello sólo sea una ideología basada en el progreso a través del mejoramiento —o perfeccionamiento— de la tecnología y los medios de producción, pero no hay que creer que es así de benigno. El Progresismo, en mi opinión, es otra más de las agendas de la élite mundial que se ha ido desarrollando a fuerza de batalla cultural. A fuerza de lavado de cerebro, de publicidad, mercadeo y adoctrinamiento. Una corriente política utilitarista, relativista y totalitaria, que así como la vieja doctrina Socialista que se enfocaba en defender las causas de los más humildes, pretende hoy hacernos creer que lucha por un estado de bienestar, por la redistribución de la riqueza, la defensa de los derechos civiles y la participación ciudadana. Nada más alejado de su puesta en práctica, nada más falaz que los postulados que proponen cercenándole al hombre su capacidad de encontrarse consigo mismo en esa otra dimensión que los judeo-cristianos solemos llamar vida espiritual. Una concepción bastante materialista en la que se rechaza la idea de la religión cristiana por la de una religión de corte humanista, cientificista y pragmática.




¿Dónde había escuchado yo esto antes? Ah, claro, la historia nos demuestra otra vez que somos una rueda de noria, un círculo que se repite cada que al hombre le da por sustituir el papel de Dios. Se me vienen a la memoria El Renacimiento, La Ilustración, la proclama de la Revolución Francesa, el Pensamiento Moderno, la Revolución Industrial el Socialismo, el Post-modernismo, el Positivismo, y hasta el Existencialismo; todas fases de la humanidad en donde el hombre confundido tenía que apelar a sus propias capacidades para establecer un nuevo pacto con la historia, dejando de lado la fe y reafirmando el individuo (y en otros casos el Estado) como fuente de toda verdad y poder.

    Desde los tiempos en que existe el hombre como habitante del planeta, no es raro que la idea del progreso lo haya tentado siempre con miras a satisfacer sus necesidades de una manera más efectiva. Es natural la tendencia a ser cada vez mejor y a escalar en la pirámide de Maslow. Lo extraño es que para llegar a la cúspide hayamos tenido que prescindir de la idea de Dios, a lo mejor porque es también una creación humana que últimamente anda rezagada y distraída, pero a la que hay que seguirle teniendo fe a pesar que los que dicen representarlo en la tierra sean tan sátrapas y tan hipócritas como quienes defienden la causa progresista, o sino que le pregunten al Papa Francisco a quién le convendría más ese discurso de su última encíclica en la que pretende igualarnos a los hombres bajo la proclama de que todos somos hermanos, aun sabiendo que no todos somos iguales (o quizá sólo ante los ojos de Dios), ni lo podemos ser ante la realidad del mundo.

    En fin, que como la idea surgió de la Revolución Francesa, los progresistas de aquel entonces eran los revolucionarios y terminaron siendo reformistas en vista de que los que más ganaron con la Revolución fueron los burgueses, clase social a la que ellos se oponían con todo rigor.

    Pero qué contradicción que hoy en día quienes más apoyan el progresismo son los burgueses de izquierda, esos que ofrecen su discurso contra las oligarquías y ponen al pueblo contra el empresariado mientras ellos gustan de viajar en primera clase y adquirir los productos de las mejores marcas capitalistas. Así es todo en esta corriente solapada.




    En Colombia, por ejemplo, tendremos un candidato con muy grandes posibilidades de ser presidente para el 2022, el cual representa esta ideología que impone su criterio en favor de las minorías a costa de la voluntad de las mayorías. Y no me extrañará si gana porque hasta sus más encarnizados enemigos le han allanado el camino para que llegue al primer cargo del país. Nadie hay más feliz que este caballero con la debacle de la nación, pues sabe que su discurso populista (como lo fue el discurso del que hoy preside el cargo) calará en los corazones (no en las mentes) de los incautos colombianos que todavía esperamos que nuestro proyecto de Estado-Nación tenga nombre de caudillo, porque aunque seamos un país de mayoría católica, nos sigue quedando ese arraigo judío que todavía nos tiene esperando la venida de un mesías.

    Por esas intuiciones personales —que son las que guían mi conciencia— es que me declaro antiprogresista. Hay cosas que por el hecho de ser nuevas y conducir a una aparente modernidad y a un engañoso progreso, no necesariamente son buenas.



 

    Sigo siendo un conservador romántico, de esos aferrados al pasado, que ingenuamente piensan que aquel tiempo fue mejor. Me critican porque tiendo a mirar mucho para atrás, por ser un nostálgico de lo que ya fue. Pero a veces me pongo a reflexionar con objetividad y me pregunto: ¿qué de bueno hay en el presente que sea mejor que el pasado y que no tenga que ver con el progreso material?

    Si alguien sabe la respuesta, por favor dejarla en la sección de comentarios. Advierto que no valgo los términos que para sus intereses ha sabido manipular el Progresismo: “Igualdad social”, “Pluralidad”, “Participación ciudadana”, “Derechos Civiles”, “Diversidad”, “Legislación exclusiva para las Minorías”… etcétera, etcétera. 


14/12/20   



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