No sé si lo que me ha sucedido en los últimos
días sea producto de la mala suerte, un designio de Dios, o el simple resultado
del devenir azaroso de la humanidad, que desde su creación siempre ha estado en
malas manos. Creo que me identifico más con el tercer evento, porque si en algo
creo, es en la maldad del hombre.
El pasado siete de noviembre mi padre fue internado
de urgencia en una clínica de la ciudad por una insuficiencia cardíaca congestiva.
Antes de ingresar le realizaron la fatídica prueba del Covid, y casi le
arrancan la nariz por su tabique desviado. Salió negativa. De todas maneras lo
llevaron al piso de los pacientes enfermos de las vías respiratorias. Dos días
estuvo soportando la calamidad de estar aislado y en riesgo junto a otros
enfermos mientras le hacían la prueba de reconfirmación, porque la ciencia y
las instituciones de salud parecieran estar confabuladas al punto de que han hecho
pública la versión de que los tests negativos probablemente resulten ser falsos negativos, mientras que los resultados
positivos sí son indudables e incuestionables. Como quien dice que si la prueba
te resulta favorable, lo más aconsejable es que no celebres, porque eso no
quiere decir que a la salida del centro de salud no te van a contagiar.
La prueba de reconfirmación le salió
negativa otra vez. El sospechoso de Covid debía ser trasladado a un piso de enfermos
no respiratorios, y la platica del
gobierno para la clínica no iría a desembolsarse en nombre de mi padre. Al menos
no por esa vez.
El jueves 12 de noviembre fue dado de alta
por la tarde, luego de haber superado la emergencia cardíaca y haber sido descartado
como paciente Covid. Pero dos días más tarde comenzó a sentir los síntomas del
maldito virus chino. Una desgraciada coincidencia. Al tercer día fui yo el que
desarrolló el malestar, y en efecto me hice la prueba: salió positiva. Sin necesidad
de reconfirmación.
Todo apunta a que fue dentro de la misma clínica,
estando en su período de hospitalización —por una causa ajena al Covid—, donde posiblemente
él adquirió el virus. O tal vez lo adquirí yo primero cuando ingresé para
cancelar los servicios y retirarlo de la institución, y tuve que deambular por
pasillos, escaleras y ascensores del centro hospitalario. O fue en el taxi de regreso, o en la cafetería donde tomamos jugo. Nunca se sabe.
No valió que nos cuidáramos, que no saliéramos
sino a lo indispensable, que usáramos el asqueroso tapabocas, que mantuviéramos
la distancia hasta con la misma familia. No valieron de nada las prevenciones
porque las circunstancias nos obligaron a meternos al foco de contagio: la clínica.
Por desgracia, caer en una hospitalización
en este momento es sinónimo de hacer la carrera para ganarse el premio del Coronavirus.
En las mismas clínicas y hospitales campea el bicho a sus anchas, y a diario este
se sortea para ver a quién le toca. La mañana del jueves 12 de noviembre, muy
posiblemente, fue el día en que nos ganamos ese mortal premio. Cosas de la mala
suerte, dirán algunos. Otros dirán que son cosas de Dios, y yo, que soy más mal
pensado y más mal hablado, me suscribo a la teoría de que son cosas de la conspiración.
Quién sabe: bien sabemos que los pacientes
con preexistencias como mi padre, mayores de ochenta años y con todo el riesgo
de morir, son carne fresca para el sistema que nos quiere aniquilar. Es más
conveniente que sean diagnosticados con el mal de moda. “Esa platica no se puede perder”. ¿Cómo iban
a dejar escapar a un ancianito que en los últimos años le ha generado tantos
costos al sistema? No tenían el respaldo de la prueba, pero a lo mejor en ella
misma estaba la posibilidad del negocio futuro: un negocio que sabe conjugar
muy bien el verbo inocular.
Yo tampoco tengo pruebas para decir cómo
fueron las cosas, pero dentro de mi dolor y mi desesperanza, y siendo
consecuente con lo que vengo diciendo en este blog desde que toda esta campaña
asesina comenzó, reitero mi creencia, mi opinión, ratifico mi intuición, y me afianzo
en la idea de que a veces no son cosas de la suerte ni de Dios, porque si hay
algo que está bien planeado, es el poder de destrucción de la humanidad.
A mi papá no hubo más remedio que
entregarlo al sistema de salud cuando comenzó con la asfixia, cuando su saturación
no pasaba de sesenta o setenta y estaba completamente desesperado. Se hizo todo
lo posible para no remitirlo a la cueva del lobo, pero hay un momento en que no
se puede hacer nada más. Quedaba la esperanza de que se recuperara, de que
existiera un milagro de Dios a través de la oración, pero está visto que a Dios
le importa un culo la humanidad.
Mi
padre falleció tres días después. El diagnóstico fue Covid 19, pero nunca
tuvimos la información adecuada sobre su estado de salud gracias al régimen
dictatorial en el que operan las clínicas ahora. Dependíamos de la voluntad del
personal médico, que no es mucha, y al final del día siempre flotaba esa misma
pregunta: “¿cómo seguirá mi papá?”.
Sé
que él murió solo, sin una mano afectuosa que le diera fuerza en sus últimos
instantes de vida, sin la posibilidad de pedir ayuda, esperando que yo fuera en
su rescate y lo sacara de aquel lugar. Conociendo uno el carácter del personal
médico —que no son ningunos héroes— sospecho que le faltó asistencia oportuna.
Pero dijeron que estaba muy mal, apelando
al viejo consuelo de que hubiera podido ser peor; y al parecer no tenía posibilidades
de recuperarse. Sospecho que lo que más lo mató fue la soledad, la depresión,
la certeza de saber que estaba atrapado, en manos de gente forastera que no sentía
ningún afecto por él. Soy de la creencia de que a mi padre le faltó mi compañía,
verme a su lado apoyándolo y alentándolo, ayudándolo a remover el plástico de
los alimentos, poniéndole las pantuflas, llevándolo al baño bajo cuerda, dándole
la seguridad que sólo yo le hubiera podido dar. No pudimos ni siquiera despedirnos,
ni pude hacer su voluntad de sacarlo de ese infierno porque no había otra opción,
ni pude hacerle un funeral decente porque la orden es cremar a todo el que fallezca
por Coronavirus y no permitirle un sepelio digno.
Algunos dirán que eso no es así, que eso tiene una razón de ser, que estoy equivocado. Pero yo hablo desde mi experiencia y mi percepción, y esa es la sensación que me queda a mí, al que cada noche llora por su padre, independiente de la edad y las enfermedades que tuviera, porque sólo yo sé cuál es el tamaño de mi dolor, y sólo yo decido qué razones aceptar y cuáles no. Porque por más que digan que estaba viejo y enfermo, ni la edad ni las enfermedades per sé lo pudieron matar. Tuvo que ayudar el maldito virus, ese extraño agente que más parece un arma biológica y eugenésica.
Siendo así las cosas, siendo esa la nueva normalidad en la que nos han insertado
por la fuerza, siendo este el nuevo orden mundial sobre el cual me cago una y
mil veces, no queda más remedio que pensar que lo que nos va a matar no es el
Coronavirus, sino la soledad. No será una pandemia sino la desnaturalización de
los instintos humanos. Será el miedo; la certeza de saber que una vez ingresemos a una unidad de urgencias (por la enfermedad que sea), nos convertiremos en
un candidato óptimo para seguir engordando las cifras.





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