martes, 8 de diciembre de 2020

Cosas de la mala suerte, de Dios o la Conspiración

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    No sé si lo que me ha sucedido en los últimos días sea producto de la mala suerte, un designio de Dios, o el simple resultado del devenir azaroso de la humanidad, que desde su creación siempre ha estado en malas manos. Creo que me identifico más con el tercer evento, porque si en algo creo, es en la maldad del hombre.

    El pasado siete de noviembre mi padre fue internado de urgencia en una clínica de la ciudad por una insuficiencia cardíaca congestiva. Antes de ingresar le realizaron la fatídica prueba del Covid, y casi le arrancan la nariz por su tabique desviado. Salió negativa. De todas maneras lo llevaron al piso de los pacientes enfermos de las vías respiratorias. Dos días estuvo soportando la calamidad de estar aislado y en riesgo junto a otros enfermos mientras le hacían la prueba de reconfirmación, porque la ciencia y las instituciones de salud parecieran estar confabuladas al punto de que han hecho pública la versión de que los tests negativos probablemente resulten ser falsos negativos, mientras que los resultados positivos sí son indudables e incuestionables. Como quien dice que si la prueba te resulta favorable, lo más aconsejable es que no celebres, porque eso no quiere decir que a la salida del centro de salud no te van a contagiar.

    La prueba de reconfirmación le salió negativa otra vez. El sospechoso de Covid debía ser trasladado a un piso de enfermos no respiratorios, y la platica del gobierno para la clínica no iría a desembolsarse en nombre de mi padre. Al menos no por esa vez.

    El jueves 12 de noviembre fue dado de alta por la tarde, luego de haber superado la emergencia cardíaca y haber sido descartado como paciente Covid. Pero dos días más tarde comenzó a sentir los síntomas del maldito virus chino. Una desgraciada coincidencia. Al tercer día fui yo el que desarrolló el malestar, y en efecto me hice la prueba: salió positiva. Sin necesidad de reconfirmación.



    Todo apunta a que fue dentro de la misma clínica, estando en su período de hospitalización —por una causa ajena al Covid—, donde posiblemente él adquirió el virus. O tal vez lo adquirí yo primero cuando ingresé para cancelar los servicios y retirarlo de la institución, y tuve que deambular por pasillos, escaleras y ascensores del centro hospitalario. O fue en el taxi de regreso, o en la cafetería donde tomamos jugo. Nunca se sabe.

    No valió que nos cuidáramos, que no saliéramos sino a lo indispensable, que usáramos el asqueroso tapabocas, que mantuviéramos la distancia hasta con la misma familia. No valieron de nada las prevenciones porque las circunstancias nos obligaron a meternos al foco de contagio: la clínica.

    Por desgracia, caer en una hospitalización en este momento es sinónimo de hacer la carrera para ganarse el premio del Coronavirus. En las mismas clínicas y hospitales campea el bicho a sus anchas, y a diario este se sortea para ver a quién le toca. La mañana del jueves 12 de noviembre, muy posiblemente, fue el día en que nos ganamos ese mortal premio. Cosas de la mala suerte, dirán algunos. Otros dirán que son cosas de Dios, y yo, que soy más mal pensado y más mal hablado, me suscribo a la teoría de que son cosas de la conspiración.




    Quién sabe: bien sabemos que los pacientes con preexistencias como mi padre, mayores de ochenta años y con todo el riesgo de morir, son carne fresca para el sistema que nos quiere aniquilar. Es más conveniente que sean diagnosticados con el mal de moda. “Esa platica no se puede perder”. ¿Cómo iban a dejar escapar a un ancianito que en los últimos años le ha generado tantos costos al sistema? No tenían el respaldo de la prueba, pero a lo mejor en ella misma estaba la posibilidad del negocio futuro: un negocio que sabe conjugar muy bien el verbo inocular.

    Yo tampoco tengo pruebas para decir cómo fueron las cosas, pero dentro de mi dolor y mi desesperanza, y siendo consecuente con lo que vengo diciendo en este blog desde que toda esta campaña asesina comenzó, reitero mi creencia, mi opinión, ratifico mi intuición, y me afianzo en la idea de que a veces no son cosas de la suerte ni de Dios, porque si hay algo que está bien planeado, es el poder de destrucción de la humanidad.

    A mi papá no hubo más remedio que entregarlo al sistema de salud cuando comenzó con la asfixia, cuando su saturación no pasaba de sesenta o setenta y estaba completamente desesperado. Se hizo todo lo posible para no remitirlo a la cueva del lobo, pero hay un momento en que no se puede hacer nada más. Quedaba la esperanza de que se recuperara, de que existiera un milagro de Dios a través de la oración, pero está visto que a Dios le importa un culo la humanidad.

    Mi padre falleció tres días después. El diagnóstico fue Covid 19, pero nunca tuvimos la información adecuada sobre su estado de salud gracias al régimen dictatorial en el que operan las clínicas ahora. Dependíamos de la voluntad del personal médico, que no es mucha, y al final del día siempre flotaba esa misma pregunta: “¿cómo seguirá mi papá?”.




    Sé que él murió solo, sin una mano afectuosa que le diera fuerza en sus últimos instantes de vida, sin la posibilidad de pedir ayuda, esperando que yo fuera en su rescate y lo sacara de aquel lugar. Conociendo uno el carácter del personal médico —que no son ningunos héroes— sospecho que le faltó asistencia oportuna.

    Pero dijeron que estaba muy mal, apelando al viejo consuelo de que hubiera podido ser peor; y al parecer no tenía posibilidades de recuperarse. Sospecho que lo que más lo mató fue la soledad, la depresión, la certeza de saber que estaba atrapado, en manos de gente forastera que no sentía ningún afecto por él. Soy de la creencia de que a mi padre le faltó mi compañía, verme a su lado apoyándolo y alentándolo, ayudándolo a remover el plástico de los alimentos, poniéndole las pantuflas, llevándolo al baño bajo cuerda, dándole la seguridad que sólo yo le hubiera podido dar. No pudimos ni siquiera despedirnos, ni pude hacer su voluntad de sacarlo de ese infierno porque no había otra opción, ni pude hacerle un funeral decente porque la orden es cremar a todo el que fallezca por Coronavirus y no permitirle un sepelio digno.




    Algunos dirán que eso no es así, que eso tiene una razón de ser, que estoy equivocado. Pero yo hablo desde mi experiencia y mi percepción, y esa es la sensación que me queda a mí, al que cada noche llora por su padre, independiente de la edad y las enfermedades que tuviera, porque sólo yo sé cuál es el tamaño de mi dolor, y sólo yo decido qué razones aceptar y cuáles no. Porque por más que digan que estaba viejo y enfermo, ni la edad ni las enfermedades per sé lo pudieron matar. Tuvo que ayudar el maldito virus, ese extraño agente que más parece un arma biológica y eugenésica.

    Siendo así las cosas, siendo esa la  nueva normalidad en la que nos han insertado por la fuerza, siendo este el nuevo orden mundial sobre el cual me cago una y mil veces, no queda más remedio que pensar que lo que nos va a matar no es el Coronavirus, sino la soledad. No será una pandemia sino la desnaturalización de los instintos humanos. Será el miedo; la certeza de saber que una vez ingresemos a una unidad de urgencias (por la enfermedad que sea), nos convertiremos en un candidato óptimo para seguir engordando las cifras. 

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