Cuántas veces uno
escucha que cuando una cosa se daña, lo mejor no es repararla, sino cambiarla
por otra. Por otra nueva. “De gastar dinero arreglando, lo mejor es comprar
nuevo”, dicen los expertos a la hora de sopesar el costo beneficio entre
reparar y cambiar.
Acostumbrados como estamos a esta época en
que todo debe ser recién sacado de la agencia, incluyendo los valores tradicionales;
y en que hasta a las personas se les endilga con el término “desechables” para
enfatizar que la gente se puede usar y destruir como un vaso plástico; la
sociedad, poco a poco, ha ido despuntando en su conciencia el valor de lo
nuevo, que trasladado al ámbito individual, se convierte en la moral de lo
nuevo.
¿A qué hace referencia esta moral? Muy
simple: nos invita a que entremos en el ciclo del consumismo perenne diciéndonos
que todo lo nuevo siempre será mejor que lo viejo cuando en la mayoría de los
casos no es así.
Echemos un vistazo a los productos de hace por
ahí cincuenta años en comparación con los que se producen hoy, fabricados sólo
para durar unos cuantos meses. La manufactura de otros tiempos requería de
decenios para ser reemplazada, y más que todo por razones de gusto y no de
funcionalidad. En mi casa, por ejemplo, tenemos una nevera comprada en 1979 que
nunca ha requerido de un servicio técnico, y sólo hasta ahora le hemos
invertido dinero para ponerle unos rodachines, pues llevamos más de diez
trasteos cargando con ella al hombro, mientras que el electrodoméstico sigue
impasible en su función de durar otros cuarenta años.
No ocurre lo mismo con los aparatos que fabrican
ahora. La queja general es que las cosas ya no son como las de antes: los
carros, la ropa, la calidad de los materiales, la pureza del agua, la
resistencia de la madera, la solidez de los matrimonios, y hasta la palabra empeñada
de las personas, quienes también pasamos a ser cosas.
A diferencia de lo
anterior, hay otra corriente que viene difundiendo ese discurso de doble filo
en el que nos quieren hacer creer que lo nuevo es y será siempre mejor. Se promueve
el cambio, y no sólo en lo ateniente a las mercancías, sino en todos los
aspectos de la vida. Se dice que es tiempo de renovar, de abandonar el viejo pensamiento,
de progresar y avanzar hacia el futuro; nada de mirar atrás, como si quisiéramos
olvidarnos del pasado que hace parte también de nuestra evolución. Según ese
criterio, todo lo que teníamos antes de la pandemia, por ejemplo, era una
basura. Lo bueno será lo que está por llegar; es decir, “la nueva normalidad”,
la vida en la que no tendremos nada pero “seremos felices”. Gústenos o no,
tendremos que acostumbrarnos a ella.
Ya sabemos que esa nueva realidad que tanto sugieren los medios habrá que vivirla de manera virtual, incluso después de superada la emergencia de salud. Nuestras relaciones con el mundo tendrán que ser entonces revestidas de apariencia, de mentira, de impersonalidad. Nos instan a quedarnos en casa para no compartir con los demás seres humanos, ni siquiera de la misma familia. Nos invitan a comer del plato de la soledad y el miedo, siempre en función de los dispositivos electrónicos para evitar hoy el contagio; y mañana otra peste, un huracán, la guerra, o de lo que se quieran valer con tal de fragmentarnos por dentro y volvernos esclavos del sistema. Aun así nos dicen que eso es benévolo, una sabia forma de vivir: menos tráfico, menos estrés, menos fuentes de agua contaminadas, menos sobrepoblación, y por supuesto, menos problemas de inseguridad y conflictos humanos. No nos dicen que también es menos libertad, que en últimas es el propósito que persigue esta nueva normalidad. Es así como la moral de lo nuevo facilita la expansión del poder.
Los viejos (de
cuarenta para arriba ya nos consideran así) somos dinosaurios, quedados en el
tiempo. Las ideas de las nuevas generaciones, en cambio, son positivas, mejores
que todas las anteriores. Ese es el postulado. Eso incluye renovar la ética, los
valores cambiarse por otros, la religión incluir nuevos dogmas, dioses, ritos y
tradiciones. Si uno hace parte de la Nueva
Era, por ejemplo, o le rinde tributo a la Madre Tierra, logrará una aprobación social mucho mayor que la que
logra si se declara cristiano o católico, de esos retrógrados que van a misa
los domingos. Lo que está de moda es el pensamiento humanista y no el
conservador, catalogado como fuera de contexto y realidad.
La sola palabra “nuevo” aspira otorgar un
matiz positivo al sustantivo “normalidad”, cuando en verdad esta no es otra cosa
que el nuevo orden mundial al que tanto hacemos referencia los temerosos de la
conspiración. Ese modelo de mundo tan temido y repudiado por quienes no
entendemos cómo el hecho de perder la libertad y la privacidad puede ser visto
como algo positivo y deseable. Cómo puede ser bueno ver al prójimo como a un
enemigo; sembrar la duda en las relaciones entre los seres humanos; ser educado
y adiestrado por poderes supremos y deshumanizantes; ser controlado y vigilado
a través de la bio-tecnología; fragmentar las familias, las sociedades, las
naciones; vivir muertos de miedo; conferirle a los estados el poder para
cuidarnos y dirigir nuestros destinos; depositar en los gobernantes nuestro
valor supremo, que es la vida.
Nos hablarán de la nueva conciencia global, que será mejor
que la vieja conciencia por el sólo
hecho de llamarse así. Ahí está la retórica globalista para destruir a los estados.
El pensamiento uniforme será mucho más fácil de imponer si todo un planeta
obedece a un solo régimen fusionado.
Ya lo profetizaba George Orwell en su libro
1984 (aquella novela en donde el
dominio del Gran Hermano diseñó una realidad paralela que tenía que aceptarse
como la única posible), que viviríamos en un mundo al mejor estilo del Realitie Show: dejando de ser personas
para devenir en personajes. No viviendo una vida normal, sino una vida de
espectáculo y de mentiras como la que bien sabemos mostrar en las redes sociales.
Pero ojo. Para quienes quisiéramos cagarnos en esta nueva normalidad, tengamos
cuidado, porque como reza el repetido eslogan de la mencionada novela, “The big
brother is watching you”.
16/12/20





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