jueves, 24 de diciembre de 2020

Me cago en la nueva normalidad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Cuántas veces uno escucha que cuando una cosa se daña, lo mejor no es repararla, sino cambiarla por otra. Por otra nueva. “De gastar dinero arreglando, lo mejor es comprar nuevo”, dicen los expertos a la hora de sopesar el costo beneficio entre reparar y cambiar.

    Acostumbrados como estamos a esta época en que todo debe ser recién sacado de la agencia, incluyendo los valores tradicionales; y en que hasta a las personas se les endilga con el término “desechables” para enfatizar que la gente se puede usar y destruir como un vaso plástico; la sociedad, poco a poco, ha ido despuntando en su conciencia el valor de lo nuevo, que trasladado al ámbito individual, se convierte en la moral de lo nuevo. 



    ¿A qué hace referencia esta moral? Muy simple: nos invita a que entremos en el ciclo del consumismo perenne diciéndonos que todo lo nuevo siempre será mejor que lo viejo cuando en la mayoría de los casos no es así.

    Echemos un vistazo a los productos de hace por ahí cincuenta años en comparación con los que se producen hoy, fabricados sólo para durar unos cuantos meses. La manufactura de otros tiempos requería de decenios para ser reemplazada, y más que todo por razones de gusto y no de funcionalidad. En mi casa, por ejemplo, tenemos una nevera comprada en 1979 que nunca ha requerido de un servicio técnico, y sólo hasta ahora le hemos invertido dinero para ponerle unos rodachines, pues llevamos más de diez trasteos cargando con ella al hombro, mientras que el electrodoméstico sigue impasible en su función de durar otros cuarenta años.

    No ocurre lo mismo con los aparatos que fabrican ahora. La queja general es que las cosas ya no son como las de antes: los carros, la ropa, la calidad de los materiales, la pureza del agua, la resistencia de la madera, la solidez de los matrimonios, y hasta la palabra empeñada de las personas, quienes también pasamos a ser cosas.  


A diferencia de lo anterior, hay otra corriente que viene difundiendo ese discurso de doble filo en el que nos quieren hacer creer que lo nuevo es y será siempre mejor. Se promueve el cambio, y no sólo en lo ateniente a las mercancías, sino en todos los aspectos de la vida. Se dice que es tiempo de renovar, de abandonar el viejo pensamiento, de progresar y avanzar hacia el futuro; nada de mirar atrás, como si quisiéramos olvidarnos del pasado que hace parte también de nuestra evolución. Según ese criterio, todo lo que teníamos antes de la pandemia, por ejemplo, era una basura. Lo bueno será lo que está por llegar; es decir, “la nueva normalidad”, la vida en la que no tendremos nada pero “seremos felices”. Gústenos o no, tendremos que acostumbrarnos a ella.

    Ya sabemos que esa nueva realidad que tanto sugieren los medios habrá que vivirla de manera virtual, incluso después de superada la emergencia de salud. Nuestras relaciones con el mundo tendrán que ser entonces revestidas de apariencia, de mentira, de impersonalidad. Nos instan a quedarnos en casa para no compartir con los demás seres humanos, ni siquiera de la misma familia. Nos invitan a comer del plato de la soledad y el miedo, siempre en función de los dispositivos electrónicos para evitar hoy el contagio; y mañana otra peste, un huracán, la guerra, o de lo que se quieran valer con tal de fragmentarnos por dentro y volvernos esclavos del sistema. Aun así nos dicen que eso es benévolo, una sabia forma de vivir: menos tráfico, menos estrés, menos fuentes de agua contaminadas, menos sobrepoblación, y por supuesto, menos problemas de inseguridad y conflictos humanos. No nos dicen que también es menos libertad, que en últimas es el propósito que persigue esta nueva normalidad. Es así como la moral de lo nuevo facilita la expansión del poder.


    Los viejos (de cuarenta para arriba ya nos consideran así) somos dinosaurios, quedados en el tiempo. Las ideas de las nuevas generaciones, en cambio, son positivas, mejores que todas las anteriores. Ese es el postulado. Eso incluye renovar la ética, los valores cambiarse por otros, la religión incluir nuevos dogmas, dioses, ritos y tradiciones. Si uno hace parte de la Nueva Era, por ejemplo, o le rinde tributo a la Madre Tierra, logrará una aprobación social mucho mayor que la que logra si se declara cristiano o católico, de esos retrógrados que van a misa los domingos. Lo que está de moda es el pensamiento humanista y no el conservador, catalogado como fuera de contexto y realidad.

    La sola palabra “nuevo” aspira otorgar un matiz positivo al sustantivo “normalidad”, cuando en verdad esta no es otra cosa que el nuevo orden mundial al que tanto hacemos referencia los temerosos de la conspiración. Ese modelo de mundo tan temido y repudiado por quienes no entendemos cómo el hecho de perder la libertad y la privacidad puede ser visto como algo positivo y deseable. Cómo puede ser bueno ver al prójimo como a un enemigo; sembrar la duda en las relaciones entre los seres humanos; ser educado y adiestrado por poderes supremos y deshumanizantes; ser controlado y vigilado a través de la bio-tecnología; fragmentar las familias, las sociedades, las naciones; vivir muertos de miedo; conferirle a los estados el poder para cuidarnos y dirigir nuestros destinos; depositar en los gobernantes nuestro valor supremo, que es la vida.




Nos hablarán de la nueva conciencia global, que será mejor que la vieja conciencia por el sólo hecho de llamarse así. Ahí está la retórica globalista para destruir a los estados. El pensamiento uniforme será mucho más fácil de imponer si todo un planeta obedece a un solo régimen fusionado.

    Ya lo profetizaba George Orwell en su libro 1984 (aquella novela en donde el dominio del Gran Hermano diseñó una realidad paralela que tenía que aceptarse como la única posible), que viviríamos en un mundo al mejor estilo del Realitie Show: dejando de ser personas para devenir en personajes. No viviendo una vida normal, sino una vida de espectáculo y de mentiras como la que bien sabemos mostrar en las redes sociales. Pero ojo. Para quienes quisiéramos cagarnos en esta nueva normalidad, tengamos cuidado, porque como reza el repetido eslogan de la mencionada novela, “The big brother is watching you”.

 

16/12/20



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