viernes, 8 de enero de 2021

En la diferencia nos encontramos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Últimamente me ha dado por ver conversatorios en internet en vista de que no hay conferencias presenciales por estos días. En la red también se pueden encontrar foros interesantes si uno se lo propone. 

    Hace poco, por ejemplo, escuché una charla virtual llamada “Diferencias Irreconciliables de la Política”, en donde se exponían conceptos tan interesantes como incomprensibles, porque en la mayoría de los casos no pude establecer bien cuáles eran esas diferencias entre los diversos postulados que allí se mencionaban.




    En mis tiempos se era liberal o se era conservador, y más o menos se sabía a qué le apuntaba cada partido político en Colombia. Anteriormente, en el mundo se hablaba de izquierda y de derecha, que son dos conceptos surgidos en el seno de la Revolución Francesa, pero que entrados en el siglo XXI se suponía que iban a perder vigencia. Ahora más que nunca se revalidan las dos corrientes, porque de ahí han devenido todas las ideologías mutantes que me tienen al borde de la locura y sobre todo en el abismo de la ignorancia, para entender por qué, cada una, cuenta con adeptos tan radicales.

    Se escucha hoy día hablar de posturas, doctrinas, escuelas y filosofías tan complejas y aparentemente tan excluyentes como el Marxismo y el Post-marxismo; el Modernismo y el Post-modernismo, el Estructuralismo y el Post-estructuralismo, el Liberalismo y el Neoliberalismo, el Libertarismo, el Progresismo y el Conservadurismo, y otros tantos ismos y tantos post’s que a la final, los que no somos filósofos y tenemos que cumplir con obligaciones más prácticas, no logramos dimensionar: a duras penas sabemos que existen.

    Los que en últimas hemos leído pocos libros, la mayoría carentes de profundidad política, porque consideramos que la lectura debe ser recreativa como la televisión; no comprendemos a fondo las causas de tantas doctrinas, pero sufrimos directamente las consecuencias por quienes nos las quieren imponer. No exponer, sino imponer, porque los extremistas de la democracia han hecho que esta, poco a poco, adquiera el carácter de obligatoria.

    Cosa rara. Cada una de las tendencias filosóficas o políticas que mencioné dice ser la correcta, la buena. En doctrina política, por ejemplo, los defensores de cada categoría afirman estar hermanados con la democracia, con el respeto de los valores y los derechos humanos, y casi que propugnan ser los gestores de una armonía universal a pesar que unos y otros ahondan en diferencias tan abismales. Cada uno construye su propia metáfora de paz cuando en el fondo llevan una guerra burlona que incita a demeritar los argumentos del que piensa diferente.




    No voy a definir aquí qué significa cada corriente de pensamiento porque caería en una equivocación mayor. No podría decir por ejemplo que los estructuralistas comprenden el mundo a través de las estructuras como el lenguaje, por decir algo, y que derivan la idea de la realidad a partir de un sistema descriptivo que pueda explicar la cultura humana, porque los post-estructuralistas me dirían que eso no es cierto, pues la realidad se refiere una construcción social e histórica en la que el sujeto participa activamente, y no depende tanto de las estructuras ni los sistemas preconcebidos. Que lo importante no es tanto el qué sino el cómo. Y en ese caso vendrían otros de la misma corriente a decirme cuán equivocado estoy y cuánto me falta leer al respecto, porque eso no es Post-estructuralismo, y tendrían razón.




    Pero me voy a salir de la filosofía y me voy a entrar en la política, donde las pasiones arden. No podría por ejemplo decir que el liberalismo moderno y el progresismo son en esencia la misma cosa, y que han engendrado una especie híbrida y peligrosa llamada los liber-progres, porque me caerán los liberales a decirme que no se puede ser liberal y progresista a la vez, pues ellos no son amantes del Estado y defienden la propiedad privada y las libertades del individuo. Por su parte los libertarios reclamarán su porción de verdad y me dirán que son ellos los que realmente están a favor de la libertad de mercado y en contra del control estatal, pero respetando los valores y las leyes del orden natural. Lo malo es que serán los conservadores los que saldrán al rescate de su orden natural diciendo que ese orden es religioso y se llama Dios, y que si se saca a Dios de la ecuación para meter al Estado se subvertirá dicha naturalidad. Y no faltarán los socialistas o los clásicos marxistas diciéndome que Dios es una mata de opio y que el único garante de la distribución de la riqueza debe ser Papá Estado, y que la lucha de clases debe mantenerse para garantizar la igualdad de todos los seres de la tierra. Pero tampoco, porque vendrán otra vez los progresistas, que no sé si serán los mismos post-marxistas, a decirme que no, que los obreros no son más que una masa alineada por el espejismo del mercado, porque no tienen deseos de hacer una revolución, sino de comprar carro nuevo, así que lo que hará la verdadera revolución será la educación, y que cuando se gane en el terreno del pensamiento, la revolución será cultural, y para ello contar con las minorías será fundamental, hasta volverse mayoría. Y usarán las estructuras del lenguaje (¿volvemos a los estructuralistas?) para construir, o más bien deconstruir el discurso, el cual así vaya en contravía de la ley que tanto pregonan, será muy emocionante. En últimas se trata de tocar las fibras más sensibles del hombre para transformarlo. Pero ahí no parará la cosa, porque otros me acusarán de haber dejado por fuera la opinión de los neoconservadores, los paleolibertarios, los minarquistas, los anarco-capitalistas, los socialdemócratas y los liberprogres, si es que ya no hacen parte de esa misma amalgama de la que vengo hablando.

A estas alturas no sé quién es quién, ni qué piensan unos y otros. En toda esta mezcolanza de ideas y sectores políticos uno no sale ileso.



    Me gustaba más contrariar a los comunistas puros, sin mezclas; esos que sabían que no tenían razón pero se hacían matar por su revolución, estilo Ché Guevara; o a los godos regodos, católicos a ultranza que cometían toda clase de desafueros, pero al menos lo hacían en nombre de Dios. Por lo menos con ese tipo de radicales uno sabía a qué atenerse y cuál era su línea de pensamiento, en la época en que los hombres eran varones y las mujeres hembras, y pare de contar.

    Sin embargo, con todo este travestismo político e ideológico que pulula hoy, con esa sarta de tendencias que toman cosas de aquí y de allí sin definirse en ninguna de las dos orillas por aquello de que resulta más moderado ser de centro; con todo eso, a mí no hizo más que salírseme el conservador en el aspecto moral; el liberal en materia económica; el libertario para ejercer mis derechos; y el progresista por creer que el estado me deberá garantizar el cumplimiento de esos derechos; eso sí, sin meterse en mi educación, en mi bolsillo ni en mi vida privada.

    La conclusión es que me tocará estudiar más para saber en dónde debo militar. Esto de que existan tantas tendencias políticas se me asemeja mucho a la Ideología de Género, con la diferencia de que en esta última sí tengo muy claro a cuál categoría pertenezco, aunque ya no esté tipificada en las planillas de información al respecto: ya no se encuentra tan fácil la casilla que dice hombre.

    En cuestión de política ya dará lo mismo ser de izquierda o de derecha; ser liberal o conservador, progresista o libertario; de nada valdrá. En las diferencias, tarde o temprano, todos nos saldremos encontrando.




    Los dueños del circo nos seguirán segmentando en cuanta laya les venga en gana para dividirnos y ponernos en guerra contra nosotros mismos. Con el Gran Reseteo que se avecina pretenden clasificarnos en tan solo dos bandos y recomenzar de nuevo el ciclo. Así las cosas, habrá que elegir solamente entre ser globalistas o patriotas. El resto viene por añadidura.

 

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