Hasta ahí todo normal. El matrimonio se
llevó a cabo sin ningún percance y los invitados salieron contentos, algunos
hablando de más, pero ¿quién no ha ido a una fiesta a criticar? Los recién
casados seguramente hoy estarán más enamorados que nunca, o a punto de
divorciarse, pero eso hace parte del ciclo normal de la vida.
Lo que me llamó la atención de esta celebración en particular fue un detalle que tal vez pueda parecer banal, un asunto sin importancia, pero a mí no me deja de sorprender. Uno de los asistentes me contó después que se había quedado de una pieza con la fastuosidad de la reunión, la belleza del decorado y el vestido de la novia, la espectacularidad del lugar, la distinción de los invitados, el buen gusto con el que dispusieron todo, la exquisitez del menú. Mejor dicho, como decimos los que no pertenecemos al mundo del glamour, fue una fiesta de ataque.
—Hasta tenían un menú especial para las
personas veganas —agregó el contertulio que no dejaba de alabar la majestuosidad
de la reunión, como para que a mí me diera un hondo pesar de no haber asistido.
Un menú especial para veganos. Sí, ese es
el detalle que más me llamó la atención por lo modernista que me pareció el
asunto.
De manera que la tendencia alimentaria de
los que no consumen ninguna fuente proteica de origen animal ya se ha tomado
las recepciones elegantes. Ya se está convirtiendo en una opción bastante
posicionada en los menús de los restaurantes de manteles y los servicios de cáterin.
Como quien dice, está de moda no comer carne, ni huevos, ni lácteos, ni grasas que provengan de ningún animal.
Algunos lo hacen para mantener un estilo de vida más saludable, otros por repulsión a los cárnicos; unos cuantos para preservar el medio ambiente, o porque están en contra de las industrias donde los animales son maltratados para abastecernos de comida a nosotros los humanos. Un grupo nutrido lo hace por motivos meramente ideológicos, y esta es la razón que más me inquieta.
No nos engañemos: el veganismo, más que una
tendencia alimenticia, es una filosofía de vida, la cual ha calado más
hondamente entre las personas inclinadas a las ideas de corte progresista. Incluso
la mayor parte de los adeptos a esta opción están circunscritos a unas élites
muy particulares.
Amigo lector, si usted desea convertirse a esta nueva religión, tendrá que prepararse, no sólo físicamente, sino espiritualmente, y
sobre todo económicamente. Por estar asociados a la buena nutrición, estos productos no son para nada baratos. Por otro lado, hay que tener
presente que el fundamento de esta corriente proviene de una ideología que
tiene por objeto la negación de la naturaleza humana y la reafirmación de los “derechos
animales”, tan proclamados e irrespetados como los derechos humanos.
No me voy a referir si el veganismo como opción alimenticia es bueno o no. De eso se encargarán de hablar los médicos y los científicos, que sabrán cuáles son los componentes esenciales para una adecuada nutrición, y si la ausencia de grasas animales se puede suplir con otros alimentos de igual o mejor manera. Yo, de hecho, no me le apunto a la dieta y prefiero seguir con mis bistecs y mis perniles. Pero lo que sí quiero dejar en claro es que, como lo afirma el Dr Pablo Muñoz Iturrieta (escritor y doctor en Filosofía Política y Legal, autor del libro “Atrapado en el cuerpo equivocado”, que fue vetado en la plataforma digital de Amazon, todo porque se apoyaba en estudios científicos y serios para hablar contra la Ideología de Género), “los argumentos en favor del veganismo no son argumentos científicos, médicos ni dietarios, sino puramente filosóficos”.
Estos se basan en cuatro corrientes que él expone en
su conversatorio[1] con
la Dra Fernanda López Ferreira y que brevemente dejaré enunciadas para
profundizar en ellas a futuro, pues es un tema que tiene mucha tela para
cortar.
Cabe recordar que el veganismo tiene sus raíces
en la antigua India, lugar en donde la religión predominante es el Budismo, el
cual apoya la teoría de la transmigración de las almas, lo que en últimas es la
reencarnación. Según esta creencia, parte de las almas humanas reencarnan en
los animales, de ahí que tanto humanos como animales pertenecemos a la misma especie.
Bajo esta óptica se plantea la cuestión ética: no hay que
hacer sufrir a los animales, por lo tanto no debemos comerlos.
En la Universidad de Harvard, por ejemplo,
se inventaron algo llamado Filosofía
Moral Antiespecista, primera escuela del pensamiento filosófico que impulsa
el veganismo, que consiste en afirmar que no existe la naturaleza humana como
tal. Animales y humanos, básicamente, somos lo mismo. No valen los estudios
científicos y genéticos de muchos años que demuestran lo contrario. Para esta escuela
basta decir que la noción de especie
es una construcción del hombre para aprovecharse de los animales, así como la
noción de raza fue creada para apropiarse de la libertad de los negros. Una
teoría moral, entonces, es suficiente para ponernos a la par con los caballos,
los cerditos y los ornitorrincos. El lema de esta teoría podría ser: “no te
comas a las vacas porque pueden ser tus parientes”.
Otra escuela, la llamada Crítica Legal Liberal, es la que se
apoya en el Estado para reconocer al animal como sujeto de derechos, protegidos
bajo el código civil, seguramente, porque no bastarían las leyes contra el
maltrato animal. A ellos habría que
reconocerles el estatus de ciudadanos, cedularlos y dejarlos sufragar. A lo
mejor eligen con más conciencia que los humanos y no venden tan fácil su voto.
Parece un chiste, pero la propuesta ya se ha planteado, y no digamos en
Colombia, sino en países de vanguardia como Canadá.
La tercera escuela es el llamado
La cuarta escuela es la cereza del pastel:
la Liberación Animal Marxista.
Pregona que así como los trabajadores de todos los pueblos se deben unir para
su liberación, también a los animales se les debe liberar de todas las granjas.
Esta corriente es una estrategia del Marxismo Cultural para decir que los
burgueses son enemigos de los animales porque se apropian de ellos. A los
marxistas no les importa para nada el veganismo, pero se apoyan en su filosofía
para ganar adeptos. Por lo general, casi todos los veganos lo son por razones
diferentes a las de la alimentación, y suelen identificarse con la izquierda en
materia ideológica. El lema en esta escuela podría ser: “no te comas a las
vacas, porque ellas también piensan y quieren ser libres”.
A estas alturas los miembros de este movimiento deben estar
soltándome improperios, pero yo no cuestiono su decisión de alimentarse como
quieran, sino la raíz de una ideología que en lugar de liberarlos de las ataduras
los puede esclavizar aún más, hasta el punto de que el respeto obsesivo por los
animales se puede convertir en una tiránica religión.
En lo que sí estoy de acuerdo es que a
todos los animales hay que tratarlos bien, así sea que nos los vayamos a comer.
A los cerdos hay que darles el alimento apropiado y mantener limpias las
cocheras por muy cerdos que sean. A las vacas hay que proveerles buenos pastos,
vacunarlas, tenerlas en óptimas condiciones para hacerlas aptas para el
consumo. A todos les debemos procurar un hábitat decente.
Mi amiga Cata, La Marxista (así le digo cariñosamente sin que ella lo sepa), me
llamó furibunda por este artículo que le hice llegar antes de publicarlo en el
blog. Yo sólo quería una opinión de una vegana. Me dijo que cómo se me ocurría
poner todas esas sandeces, que el veganismo, más que una ideología, era una obligación moral. Me acusó de no saber nada del tema, y en eso
tiene razón. Que debía prepararme mejor, porque esto no era una moda de
las fiestas ni de la publicidad. Al contrario, se necesitaba de mucha voluntad,
de mucha conciencia y de mucha preparación para acceder a ese universo
pacífico, respetuoso y moral que es el acto de alimentarse prescindiendo
de los animales.
Con
razón a las invitaciones que a mí me gustan, cuyo menú es una buena fritanga
con caldo de pajarilla, no asiste nadie que quiera insertarse dentro del canon de
la alta gastronomía.









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