Mis vecinos de la
casa del frente son gente rara. Nunca abren las ventanas, que por cierto parecen
clausuradas. No tienen cortinas de tela como en todas las casas, ni persianas, sino
que tapan los ventanales con gruesas láminas de acrílico que a duras penas
dejan entrever el resplandor de un bombillo sin que se sepa vagamente, ni siquiera
por la sombra más tenue, qué es lo que ocurre dentro de las habitaciones.
Son una familia disfuncional, creo yo. Nunca
se ve a los padres o a los mayores que debieran ser los encargados de llevar
las riendas del hogar. A lo mejor los padres se han divorciado y ambos están
ausentes, tal vez viajando por el mundo. O tal vez abandonaron a los muchachos
cuando todavía eran menores. Puede ser que se hayan metido en líos de drogas y
estén detenidos en alguna cárcel de La Florida, casos se han visto. O quién
sabe: pudieron haber fallecido en algún lamentable accidente.
El hecho es que quien asume el papel de
jefe del hogar es el muchacho de más edad: a lo sumo tendrá treinta años. Debe
ser el hermano mayor; el que se quedó con la responsabilidad de criar a los menores,
bendito sea mi Dios, porque uno no sabe las tragedias ajenas.
Casi todas son muchachas, excepto por dos o
tres hombres que a veces se ven salir. No parece una familia convencional. Puede
ser que la casa sea una residencia de estudiantes, pero nunca veo que salgan o
entren con libros o cuadernos. No, es más bien una familia de varios hermanos. El
mayor siempre está pendiente de abrirles la puerta cuando llegan de alguna
parte. Yo veo por ejemplo a las hermanitas menores, que no pasan de veinte años,
que llegan en taxi a las cuatro de la mañana. Eso sí, todo hay que decirlo: mis
vecinos del frente son gente muy discreta, silenciosa. Casi ni les gusta
saludar, y las niñas prefieren voltear la cara cuando yo me asomo a la ventana.
Hay que entender que la gente joven y de buena familia tiende a ser antipática;
pero mejor, es preferible que sean silenciosos y no armen escándalos en la cuadra.
Porque eso sí, se ve que son jóvenes
criados a lo bien. Las niñas, que son como seis o siete, son muchachas muy bonitas,
con sus caras todas puliditas y bien maquilladas, con el pelo liso como si
fueran para una fiesta. Siempre andan en ropa cómoda, en lycras ceñidas al
cuerpo o bluyines de moda y blusitas cortas que dejan ver el ombligo. Yo las
miro con disimulo porque tampoco se trata de faltarles al respeto a esas
jóvenes que se ve que son gente delicada, pero a veces a uno le puede la tentación.
De todas maneras ellas allá en lo suyo y yo en lo mío.
Mis vecinos, eso sí, pareciera que no
duermen. Los muchachos mantienen en camisa de esqueleto, seguro porque vendrán
de tierra caliente y están enseñados a vestir así. Me aterran sus músculos y la
cantidad de tatuajes que se hacen. A veces se salen a fumar a la puerta a la
una o dos de la mañana, acompañados por varias de sus hermanas. La verdad,
todavía no las distingo porque siempre que me asomo hay personas diferentes. Se
ve que se quieren mucho porque se abrazan y se tratan con cariño. Demasiado
cariño para ser hermanos. Creo que estoy juzgando mal, y seguro las veces que
los he visto abrazarse ha sido porque a lo mejor las niñas están con sus novios
que las han venido a visitar. Eso es muy normal en estos tiempos, ¿qué muchacha
joven y bonita no va a tener novio?
La otra vez me asomé a
la ventana casualmente, y vi que una de ellas estaba esperando que el hermano
mayor le abriera la puerta. Timbraba y timbraba y este nada que salía. Yo mismo
me preocupé porque esa pobre criatura a las doce de la noche no podía entrar a
su casa, y ya iba a comenzar a llover, así que bajé al primer piso, salí al
andén de mi casa y le ofrecí ayuda a la joven rubia.
—Hola, ¿cómo estás? —le dije con
amabilidad.
—Buenas noches —me saludó ella.
—¿Se quedó dormido tu hermano? Veo que no
te abre la puerta.
—¿Quién, Héctor? Ah no, él no es mi hermano.
—¿Es familiar tuyo?
—Realmente es mi jefe.
—¿Tu jefe? —Le pregunté extrañado, ahora sí
convencido de que mis vecinos eran gente rara.
—Sí, mi jefe, ¿por qué?
—Pensé que todos ustedes eran hermanos o
tenían algún parentesco.
—Pues no.
—Si deseas puedes esperar aquí en mi casa
mientras se despierta o llega alguien —ofrecí gentilmente—. Está haciendo mucho
frío y va a caer una tempestad…
—Muchas gracias, pero aquí estoy bien.
—Disculpa la pregunta, ¿qué hacen ustedes entrando
y saliendo de la casa de su jefe a toda hora?... Es sólo por curiosidad, no me
mires así.
—Aquí trabajamos… todos— respondió
mirándome muy seria.
—¡Qué maravilla!, no sabía que funcionaba
una oficina. ¿Y qué hacen ustedes allí? —Pregunté interesado por la curiosidad
de saber qué tipo de actividad comercial se mantenía veinticuatro horas en una
casa de un barrio residencial.
—Todos somos modelos Webcam. —Así dijo, a
secas. Ni siquiera me dio tiempo para entender qué significaba.
—¿Y qué significa una modelo…¿qué? ¿Uencam?
—Pregunté sin disimular mi ignorancia. Ella sabría comprender a un retrógrado
como yo.
—Ser modelo Webcam significa comunicarte con personas de otros países a
través de la Internet, mediante un micrófono y una cámara de video —explicó
amable. Ya la cosa me iba pareciendo fácil de entender.
De manera que era uno de esos
negocios del área de las telecomunicaciones para solucionarle problemas a la
gente. Me aclaró que trabajar como modelo Webcam era una cuestión de emprendimiento, que podría
resultar muy divertido y de paso ayudar a las personas a sentirse
realizadas en muchos aspectos. Sin saberlo, mi vecina acababa de darme una idea
fenomenal que me serviría para salir del desempleo y volverme una persona
emprendedora. Yo podía ofrecer mis conocimientos por internet. Decidí que iba a
convertirme también en un modelo Webcam.
No sabía bien por qué se le
asignaba el nombre de “modelo” a la profesión, en lugar de llamarle “asesor”, o
algo por el estilo, pero me imaginé que la asociaban al modelaje por una
cuestión de estética o de imagen. Ya sabemos cómo son estas tendencias modernas
que le ponen nombres bonitos a todo. Así que me conseguí una buena conexión a
internet, una cámara, unos auriculares y un micrófono, y acto seguido, decidí
formar mi empresa unipersonal.
Comprendí que desconocía las
minucias del negocio, porque apenas encendí el computador me quedé sin saber
cómo conseguir los clientes. Así que busqué otra vez a mi vecina rubia, y esta
vez fui yo el que toqué la puerta de su casa. Ella no estaba. El que me abrió
fue su jefe, el tal Henry, y pues con toda la humildad del caso me le puse a
sus servicios con tal que me enseñara a ser modelo Webcam. Hasta le ofrecí pagarle
unas clases para que me instruyera en el asunto.
—Para empezar —me dijo
mirándome de arriba a abajo—, usted con esa barriga no sirve para ser modelo Webcam.
Hay que tener como mínimo veintidós años y un nivel básico de inglés. Usted ya pasa
de los cuarenta y cinco. Aunque no faltará el aberrado que le guste su prototipo.
Si quiere yo le consigo clientes y me da una comisión del sesenta por ciento.
El trato, aunque me pareció un
poco injusto (muy ventajoso para él), lo acepté porque a veces uno tiene que
perder para adquirir la experiencia en un negocio.
El día en que por fin entré a
la página de internet que Héctor me suministró a través de un enlace, apareció
mi primer cliente en la pantalla, un señor de mucha edad, de rasgos orientales
y una sonrisa maliciosa. Me sorprendió ver que no llevaba nada puesto, o al
menos no parecía tener nada. La resolución de mi tarjeta de video es muy bajita
para describir con precisión la imagen, y yo no tengo buena vista.
—Good
Morning, Mr. Nakata, ¿en qué le puedo servir? —le pregunté dispuesto a colaborarle en lo que pudiera
acerca de mi país.
Si les digo
lo que este sujeto me pidió no me lo van a creer. Ni yo mismo podía creerlo. Hay
que ver cada depravado en este mundo signado por la soledad. Era la forma más
triste y aberrante para alcanzar el bienestar.
De manera
que así era como mis vecinitas se ganaban la vida. Qué estafa, eso no tenía
nada de innovador; ahí no había emprendimiento ni originalidad de ninguna clase.
Sólo se trataba del oficio más antiguo del mundo, pero a distancia; con la
particularidad de que ahora era virtual, como para ajustarse a las demandas de
la nueva normalidad… con tantos virus sueltos…
Me di cuenta,
entonces, que no estaban inventando la alquimia estas señoritas tan discretas y
tan “preparadas” para ejercer la profesión de antaño. Simplemente se adaptaron
a los cambios tecnológicos. Esta forma de ganarse la vida depende más que nunca
de mantener entretenido al cliente. Tiene una demanda muy alta, y como hay
gente con la plata tan desocupada, no es muy difícil ganarse el pan en esta profesión
sin siquiera haber sudado… la frente.
El viejo
modus operandi de salir al parque a cazar un cliente deseoso ya no es bien
visto. Ahora se requiere de mucha categoría y distinción, de un regular nivel
de inglés, una impecable presentación personal, mucha belleza, mucha juventud,
y sobre todo mucha clase, porque el negocio se volvió de élite. Y lo más
importante, la modelo o el modelo deben carecer de cualquier escrúpulo moral
que obstaculice su desempeño. No se necesita tener vocación, sino un gusto
extremo por el dinero y una aversión al verdadero trabajo: al trabajo que se
realiza con esfuerzo.
La práctica
de mantener relaciones con otras personas a cambio de dinero u otras prebendas
se llama y se llamará siempre prostitución,
no hay para qué buscarle más. Sólo que las formas han cambiado y hoy el
contacto es a través de las pantallas. “Las modelos Webcam no son prostitutas,
sino chicas que trabajan en pornografía, que es muy diferente”, me dicen
quienes encuentran un abismo entre ambos conceptos. Pues bien, si entendemos de
dónde viene la palabra pornografía (que se compone de tres partes: pórnē, palabra griega que quiere decir
“prostituta”, la palabra gráph, que
es el modo de escribir o de representar sonidos, y el sufijo ía, que acuña la abstracción para
representar ‘estados de’), sabremos
que por un camino u otro desembocaremos al tema de la prostitución.
Etimológicamente, el término pornografía es “la descripción en palabras,
imágenes o sonidos de lo que hacen las prostitutas”.[1]
Me acuerdo
de los tiempos aquellos en que el contacto se hacía visual. Uno se miraba con
la modelo y acto seguido la comunicación se activaba con un giro de cabeza
hacia algún lado; lo que se traducía como “vamos”. A veces se requerían las
palabras cuando el cliente no era diestro para entender el lenguaje cifrado, y
para eso a la modelo sólo le bastaba con esta seductora frase: “¿Me va a
regalar doscientos?”.
Sí, han
cambiado las formas, pero en el fondo todo sigue siendo igual. Nada queda por
descubrir del primitivo acto sexual, salvo las maneras para mercadearlo. Lo que
hay es una cantidad de “marranos insatisfechos”, y pues obvio, primero se acaba
la aguamasa.
Y yo
creyendo que esto de la internet era tan diferente a la realidad. Y a la larga
sí, porque ahora a cualquier actividad se le pone el apellido de “virtual”, y
la cosa queda como en un tópico futurista. Que clases virtuales, eventos
virtuales, consultas virtuales, cursos virtuales, realidad virtual y hasta sexo
virtual. Los que no tenemos pareja estable no podemos gozar del sexo seguro, pero
tenemos la solución al alcance (de la mano): prostitución virtual, o porno
interactivo como le llaman otros.
Lo cierto es
que yo preferiría hacer mis transacciones en efectivo y cuerpo a cuerpo. Es una
lástima conformarse ver a mis vecinas a través de un computador cuando podría
simplemente cruzar la calle y tocar en su puerta para concretar una cita.
En cuanto a
la petición de Mr. Nakata, les cuento que preferí renunciar al negocio. Me iban
a depositar una jugosa cantidad de dinero, pero muchas gracias, yo paso.








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