sábado, 30 de enero de 2021

Cartas a mi padre (Tiempos difíciles crean hombres fuertes)

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Carta # 3

Tiempos difíciles crean hombres fuertes
 


    Mi adorado papá. No te pregunto cómo amaneciste hoy porque sé que en la eternidad no hay amaneceres. Yo, por mi lado, trato de no encontrarme al sol: lo estoy evitando. No hay nada más deprimente para mí que escuchar el canto de los pájaros que anuncian su pronta salida. Apenas veo que el cielo comienza a clarear corro cual vampiro y me meto dentro de las cobijas porque pienso que ya está muy tarde, cuando en realidad es temprano para el día que comienza.



    Yo nunca amanezco, sino que atardezco. Me levanto cuando el día ya se ha partido, promediando la una de la tarde, de modo que apenas alcanzo cinco horas de luz. El resto, como ha sido característico de mi personalidad, es pura noche. Negrura, silencio, soledad, quietud... La noche posee los ingredientes perfectos para sazonar la inspiración de un poeta, no importa que sea malo. También para alimentar las fantasías de un soñador como yo. No entiendo cómo puede existir un soñador sin noche. Qué hago si tuve el sino de ser un noctámbulo irredento, tratando siempre de evadir la madrugada, que me parece el momento del día más detestable. El reloj despertador o la alarma suenan y de pronto le cortan las alas a los mejores sueños. Saber que tienes que levantarte (aún con ganas de seguir durmiendo) para enfrentarte a los obstáculos que te traerá el nuevo día es uno de mis suplicios.

    Tú, en cambio, viviste para el día. Te encantaba madrugar y a veces te le adelantabas al despertador. Fuimos polos opuestos en ese sentido, pero así aprendimos a convivir y a aceptarnos como éramos.

   Te cuento que todavía no he cambiado al respecto. Ni cambiaré. Sí, ya sé que eso te produce una gran tristeza. Siempre me decías que tenía que organizarme, vivir de acuerdo a la “normalidad de las cosas”. No creas, alguna vez intenté ser un hombre adaptado al ritmo de vida “normal”: trabajar de día y dormir de noche, pero fracasé inmisericordemente porque le tengo terror a los comienzos. El comienzo del día es uno de esos terrores. Otro es comenzar un trabajo nuevo, un proyecto, tener la oportunidad de iniciar una relación, cualquier cosa que haya que iniciar de cero. Para mí es el inicio lo que me pone en conflicto, y debe ser por ello que tiendo a posponer todo.


    Los finales, en cambio, me generan menos tensión. Cuando el día se acaba respiro tranquilo porque he conservado la vida después de ese lapso extinto, que si fue malo, tengo la certeza de que no se repetirá. Si me despiden de un trabajo, por ejemplo, no me siento acongojado como la mayoría de las personas que ven en riesgo su futuro laboral, sino que por el contrario me siento eufórico por no tener que volver. Si es un amor el que se malogra, le deseo la mejor de las suertes y celebro mi libertad. Me relaja la sensación de sentir que me he zafado de una atadura.

    Como no suelo adquirir compromisos, son pocos los finales felices de los que disfruto. Sé que es una actitud cobarde; no la justifico, pero creo que es peor emprender proyectos y dejarlos a medias, como casi siempre me ocurre. Si no empiezas nada no tienes que terminar nada. No tengo que cumplirle las expectativas a nadie, no tengo que hacer lo que a otros les gustaría que hiciera, no tengo que quedar bien con nadie. En ese punto tuvimos nuestras diferencias, pero ha sido en lo único en que me he mantenido firme: ser como yo soy. No ser como quisieran que fuera, sino como soy. Creo que ahí está el trasfondo de por qué nuestra convivencia a veces fue tan difícil a pesar de todo lo que nos quisimos. Éramos diferentes, y conciliar esas diferencias no es fácil.


    Y hablando de normalidades, te cuento que aquí nos metieron el cuento de la “nueva normalidad” a punta de miedo y de manipulación barata. Ya nos estamos acostumbrando a ella y hasta la estamos viendo con benevolencia, pero te confieso que extraño la vieja normalidad, la de los tiempos en que no sentíamos miedo. La que estábamos esperando poder retomar para terminar lo que habíamos empezado. La vida que era mejor que toda esta pantomima que nos montaron, así fuera imperfecta.

    Yo no entiendo, padre. Para qué hablan ahora de tanto respeto a los derechos humanos y de garantías, y se pregona la tolerancia a las diferencias, si cada vez vivimos peor. Para qué tanto discurso de igualdad y libertad si al final nos quieren someter bajo el poder de los amos del mundo, que parece que fueran regidos por el mismo diablo. Me dicen que este fue el mundo que nos tocó vivir y que como tal hay que adaptarse a él, pero me pregunto cómo fue que nos dejamos meter en esta patraña. Me imagino que todo es cosa de la debilidad de los hombres.


    Hace poco leí este pensamiento que no sé quién lo dijo, pero que me impactó: “Tiempos difíciles crean hombres fuertes. Hombres fuertes crean buenos tiempos. Buenos tiempos crean hombres débiles. Hombres débiles crean tiempos difíciles.” Me pareció una frase genial, porque eso explica la calidad de los tiempos que estamos viviendo ahora, creados por hombres débiles. He ahí el por qué navegamos sin rumbo. Mi generación proviene de un tiempo relativamente fácil en el que se tuvo todo al alcance de la mano. La tecnología y la economía de mercado han solventado muchas carencias materiales del ser humano, pero también lo han vuelto un hombre incapaz de resolver sus problemas existenciales.

    Tú, que eras un hombre de la generación fuerte, fuiste de los que ayudaron a conseguir mejores tiempos para nosotros. A ti te tocó trabajar desde pequeño allá en la finca donde te criaste sin que eso fuera considerado explotación laboral infantil. A ti te tocó aceptar la disciplina férrea de un padre al que no se le podía increpar porque la muenda no tardaba en propinarse con justicia o sin ella.
    Pero esos eran otros tiempos. Quizá más ejemplares que los que estamos teniendo en el presente, aunque con menos discurso. El castigo se imponía sin preguntar, sin explicarse, sin tratar de justificarse ante la ley, porque era la ley. 



    Tiempos duros, padre, pero qué grandeza de hombres nos dejaron, y por suerte a mí me correspondió el mejor como papá. Tus lecciones de palabra tal vez no fueron las más numerosas, ni las más elocuentes. Muchas de ellas podrían haberse camuflado en el tedio de la cantilena. Pero siempre hubo algo que no precisó de palabras y que quedará marcado de por vida: el ejemplo. Tus actos valerosos son los que me inspiran hoy a ser mejor persona y a sobreponerme a las dificultades: la primera es la de no estar contigo de cuerpo presente, aunque sí de corazón. 
    Ante esa muestra de tenacidad que siempre tuviste no me queda más que reiterarte las gracias que ya te he dado en otras cartas. No es por volverme repetitivo, pero es que el sentimiento de gratitud para contigo no se borrará jamás y creo que tampoco lo puedo retener. Se me olvidó decírtelo cuando tuve la ocasión. O más bien creo que me abstuve de demostrar debilidad. Ya no es necesario guardar la compostura, mi padre. Te digo otra vez que muchas gracias por haberme acompañado hasta esta parte del camino. Desde aquí te sigo recordando a diario para que no desaparezcas nunca. Tu huella es imborrable, y ella se ha quedado sembrada en mi memoria.

Te ama, tu hijo. 
 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...