Mi adorado papá. No te pregunto cómo
amaneciste hoy porque sé que en la eternidad no hay amaneceres. Yo, por mi
lado, trato de no encontrarme al sol: lo estoy evitando. No hay nada más
deprimente para mí que escuchar el canto de los pájaros que anuncian su pronta
salida. Apenas veo que el cielo comienza a clarear corro cual vampiro y me meto
dentro de las cobijas porque pienso que ya está muy tarde, cuando en realidad
es temprano para el día que comienza.
Yo nunca amanezco, sino que atardezco. Me
levanto cuando el día ya se ha partido, promediando la una de la tarde, de modo
que apenas alcanzo cinco horas de luz. El resto, como ha sido característico de
mi personalidad, es pura noche. Negrura, silencio, soledad, quietud... La noche
posee los ingredientes perfectos para sazonar la inspiración de un poeta, no
importa que sea malo. También para alimentar las fantasías de un soñador como
yo. No entiendo cómo puede existir un soñador sin noche. Qué hago si tuve el
sino de ser un noctámbulo irredento, tratando siempre de evadir la madrugada,
que me parece el momento del día más detestable. El reloj despertador o la
alarma suenan y de pronto le cortan las alas a los mejores sueños. Saber que tienes
que levantarte (aún con ganas de seguir durmiendo) para enfrentarte a los
obstáculos que te traerá el nuevo día es uno de mis suplicios.
Tú, en cambio, viviste para el día. Te
encantaba madrugar y a veces te le adelantabas al despertador. Fuimos polos
opuestos en ese sentido, pero así aprendimos a convivir y a aceptarnos como éramos.
Te cuento que todavía no he cambiado al
respecto. Ni cambiaré. Sí, ya sé que eso te produce una gran tristeza. Siempre
me decías que tenía que organizarme, vivir de acuerdo a la “normalidad de las
cosas”. No creas, alguna vez intenté ser un hombre adaptado al ritmo de vida “normal”:
trabajar de día y dormir de noche, pero fracasé inmisericordemente porque le
tengo terror a los comienzos. El comienzo del día es uno de esos terrores. Otro
es comenzar un trabajo nuevo, un proyecto, tener la oportunidad de iniciar una
relación, cualquier cosa que haya que iniciar de cero. Para mí es el inicio lo
que me pone en conflicto, y debe ser por ello que tiendo a posponer todo.
Los finales, en cambio, me generan menos
tensión. Cuando el día se acaba respiro tranquilo porque he conservado la vida
después de ese lapso extinto, que si fue malo, tengo la certeza de que no se
repetirá. Si me despiden de un trabajo, por ejemplo, no me siento acongojado
como la mayoría de las personas que ven en riesgo su futuro laboral, sino que
por el contrario me siento eufórico por no tener que volver. Si es un amor el
que se malogra, le deseo la mejor de las suertes y celebro mi libertad. Me
relaja la sensación de sentir que me he zafado de una atadura.
Como no suelo adquirir compromisos, son
pocos los finales felices de los que disfruto. Sé que es una actitud cobarde;
no la justifico, pero creo que es peor emprender proyectos y dejarlos a medias,
como casi siempre me ocurre. Si no empiezas nada no tienes que terminar nada.
No tengo que cumplirle las expectativas a nadie, no tengo que hacer lo que a
otros les gustaría que hiciera, no tengo que quedar bien con nadie. En ese
punto tuvimos nuestras diferencias, pero ha sido en lo único en que me he
mantenido firme: ser como yo soy. No ser como quisieran que fuera, sino como
soy. Creo que ahí está el trasfondo de por qué nuestra convivencia a veces fue
tan difícil a pesar de todo lo que nos quisimos. Éramos diferentes, y conciliar
esas diferencias no es fácil.
Y hablando de normalidades, te cuento que
aquí nos metieron el cuento de la “nueva normalidad” a punta de miedo y de manipulación
barata. Ya nos estamos acostumbrando a ella y hasta la estamos viendo con
benevolencia, pero te confieso que extraño la vieja normalidad, la de los
tiempos en que no sentíamos miedo. La que estábamos esperando poder retomar
para terminar lo que habíamos empezado. La vida que era mejor que toda esta
pantomima que nos montaron, así fuera imperfecta.
Yo no entiendo, padre. Para qué hablan
ahora de tanto respeto a los derechos humanos y de garantías, y se pregona la
tolerancia a las diferencias, si cada vez vivimos peor. Para qué tanto discurso
de igualdad y libertad si al final nos quieren someter bajo el poder de los
amos del mundo, que parece que fueran regidos por el mismo diablo. Me dicen que
este fue el mundo que nos tocó vivir y que como tal hay que adaptarse a él,
pero me pregunto cómo fue que nos dejamos meter en esta patraña. Me imagino que
todo es cosa de la debilidad de los hombres.
Hace poco leí este pensamiento que no sé
quién lo dijo, pero que me impactó: “Tiempos difíciles crean hombres fuertes. Hombres fuertes
crean buenos tiempos. Buenos tiempos crean hombres débiles. Hombres débiles crean
tiempos difíciles.” Me pareció una frase
genial, porque eso explica la calidad de los tiempos que estamos viviendo ahora,
creados por hombres débiles. He ahí el por qué navegamos sin rumbo. Mi
generación proviene de un tiempo relativamente fácil en el que se tuvo todo al
alcance de la mano. La tecnología y la economía de mercado han solventado muchas
carencias materiales del ser humano, pero también lo han vuelto un hombre
incapaz de resolver sus problemas existenciales.






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