Engels, en su libro El origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado, sostenía
que la causa de todos los males era justamente la propiedad privada, pues era la responsable de las desigualdades. Era
este régimen de propiedad el que sometía el orden familiar, y por tanto al
interior de la misma familia se daba la lucha de clases. En este sentido
afirmaba:
Se trata de una sociedad en la
que el régimen familiar está completamente sometido a las relaciones de
propiedad y en la que se desarrollan libremente las contradicciones de clase y
la lucha de clases que constituyen el contenido de toda la historia escrita
hasta nuestros días.[1]
En este punto, lo que estaba intentándonos
decir Engels era que la propiedad privada, que él consideraba la causa de la
explotación, se sostenía en pie gracias a una institución social llamada familia. Al mejorar las condiciones
económicas con la división del trabajo y el aumento de la productividad, ello
se reflejó en dicha institución. La riqueza generada le permitió al hombre
apropiarse de los medios de producción y las herramientas, constituyendo así
una forma de propiedad privada a la que Engels culpó de la lucha de clases y la
lucha de sexos. Para que la Revolución tuviera éxito, había que atacar la
entidad familiar, de modo que así mismo se pudiera terminar con la posesión de
bienes.
Una de las primeras tareas para lograr este
cometido era liberar a la mujer de su esposo. Un artículo de la fundación que
lleva el mismo nombre del autor del libro en cuestión, nos refiere las
consecuencias del cambio en el papel del hombre y la mujer en el ámbito familiar:
En este modelo de familia la
mujer termina por ser una posesión más del hombre. Es en esta fase de la
historia en la que surge la prostitución y no antes, como pretenden hacernos
creer cuando nos dicen que la prostitución es el oficio más viejo del mundo.[2]
Así, con la idea de que la mujer tenía que liberarse
de su esposo porque ésta representaba una pertenencia, germinó la idea del
feminismo de segunda ola, fundado sobre los principios del Partido Comunista
que se arrogó para su gloria el logro de haberle conferido a la mujer el
derecho al sufragio gracias a sus luchas. No fue así. Lastimosamente la verdadera
intención estaba camuflada, y es que se le abrió la puerta al voto femenino con
la secreta aspiración de que la mujer le votara exclusivamente al partido. ¿Le
importaba a ese feminismo politizado el bienestar real de la mujer? ¿Peleó por
sus otros derechos y abogó por que esta tuviera una mejor representación en la sociedad?
¿Se fortaleció la familia con las ideas feministas de avanzada de finales del
siglo XIX? En absoluto. Aparte de serle dado el derecho al voto, la mujer no
mejoró sustancialmente su calidad de vida. El objetivo real de aquellos
movimientos siempre fue una manera truculenta de hacer que las mujeres se
incorporaran a las fábricas, porque se necesitaba fuerza de trabajo barata para
maximizar la producción industrial.
Tanto comunistas como capitalistas son
profundamente materialistas.
El hecho de haber logrado emancipar a la
mujer del hombre fue producto de un ataque directo a la cultura; esa súper
estructura que es tan decisiva a la hora de construir un país. Igual que ahora.
Y si la cultura es aquello sobre lo que se cimentan
los valores de una nación, cuán importante es para el comunismo permearla y
corromperla a como dé lugar, inyectando enormes sumas de capital a las causas
feministas y a todas aquellas que promuevan nuevos modelos de familias en los
que no existe complementariedad, como
bien nos lo explica el Dr. Pablo Muñoz en el video que cito.[3]
Anteriormente
nos decían que la familia era la base de la sociedad. Ahora parece que no es
así. Por lo menos no se ciñe este concepto exclusivamente al tipo de familia patriarcal, esa que en otros tiempos era
numerosa y con parientes de varios grados como único centro fundante de la
sociedad. Pero es un hecho que al inicio fue una institución fuerte porque en
cabeza de ella se encontraba un hombre masculino, valiente, dispuesto a todo
con tal de defenderla de los embates del enemigo.
Porque la familia, aunque no se crea, tiene
enemigos, y unos muy poderosos. Aparte del feminismo, la cultura de consumo,
por ejemplo, es otro de ellos. Un buen padre tiene que alejarse de esa cultura para
forjar un hogar sólido en donde reine el ejemplo para sus hijos. Sin familia el
sentido del individuo queda deshecho. El hombre que por el contrario tiene en
su haber un grupo familiar que lo llena de plenitud y le da un motivo por el
cual luchar, es muy difícil de derribar.
En la antigüedad era menester que un padre
que moría en la guerra fuera sustituido por su hermano o por otro pariente para
que la mujer no quedara sola. Había mucho de sensatez en esto: sin la figura
del hombre que ejerciera la defensa, la familia quedaba expuesta a los
invasores enemigos, y por tanto la comunidad entera se ponía en riesgo de
desaparecer.
Qué contraste el que se ve hoy con los
movimientos feministas radicales y los militantes de la ideología del
género que abogan por
des-masculinizar al hombre, albergando el malsano deseo de desaparecerlo. La
publicidad de las grandes compañías que han absorbido el discurso de la
inclusión, no por convicción, sino por ganar consumidores, refuerza cada vez
más esto de bajarle a la testosterona para que la mujer no se sienta inferior
ni quede expuesta al peligro.
Cuánta falacia hay en esta manipulación.
Antes bien, entre más identificados estén los hombres con las cualidades de su
sexo, más posibilidades hay de que estos puedan llegar a practicar una sana
paternidad. El cuento perverso de la “masculinidad tóxica” no es otra cosa que
un ardid del progresismo para destruir a la familia. Que no nos engañen con
estas delicadeces. El hombre, por naturaleza, posee el instinto de agresividad
sin el cual no podría haber sobrevivido como especie, porque en antropología,
la supervivencia del macho es a la vez la preservación del resto de la manada.
¿Qué hubiera sido de los guerreros de la caverna sin su dosis de valentía, su
deseo de conquista y su templanza para afrontar las dificultades? Otra cosa es que
esos poderes se perviertan y el hombre abusador los use en contra de su propia
prole. En ese caso no es el exceso de masculinidad lo que se debe corregir,
sino la tiranía, la violencia, el despotismo, la crueldad que lo hace ser malo.
Por el contrario, el hombre en cabeza de su
familia es aquel que imparte la guía espiritual en su hogar, que con autoridad
y mano firme conduce a los hijos por el buen camino para evitarles vicios y
corregir la mala conducta.
Lo de hoy es un absurdo. Lo que se promueve desde los medios hegemónicos es la no represión y la absoluta permisividad; es la tolerancia con la indisciplina y la indulgencia desmedida que deviene en chiquillos irascibles, débiles y caprichosos. Y esta mentalidad, por supuesto, es un resquebrajamiento de la moral y el orden.
Por último, vale recalcar que la patria se
salva a través de la familia, generando los hombres del mañana que, bien
educados y formados en principios y valores, le prestarán un servicio de grandeza
a su país. Está comprobado que ninguna nación sobrevive si no conserva estructuras
familiares sólidas, regidas por hombres que, como afirma el pensador Horacio
Giusto, se arriesgan a perderlo todo con tal de defender el bien.[4]
[1] Engels,
Friedrich. El Origen de la Familia, la
Propiedad Privada y el Estado. Ciudad de México, Berbera Editores, 2007, Prefacio
a la primera edición de 1884, p.i
[2] https://www.fundacionfedericoengels.net/index.php/36noticias2/
noticias/202-el-origen-de-la-familia-la-propiedad-privada-y-el-estado-de-federico-engels
[3] https://www.youtube.com/watch?v=lgvDqw6yAOI
[4] Giusto, H. (2022, febrero 2). La derecha debe recuperar al hombre.
Ensayo tomado de https://laresistenciaradio.com/la-derecha-debe-recuperar-al-hombre/





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