sábado, 22 de enero de 2022

Ese asuntico de la identidad

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    La identidad es algo sobre lo que la gente históricamente no se ha puesto a pensar en profundidad. Sólo hasta la edad contemporánea comenzó a plantearse el asunto de la crisis de identidad porque se constituyó en un problema de la postmodernidad, y este problema no se había hecho tan latente como hasta ahora.

    Pero centrémonos en la palabra identidad. ¿Cómo la definimos? Dice el psicólogo clínico Jordan Peterson, en una entrevista realizada por Miklos Lukacs, titulada “La Identidad Humana”, que:

 

Se han propuesto soluciones simplistas para definir la identidad… Por ejemplo, parte de tu identidad es tu sexo y parte de tu identidad es tu personalidad… es quizá tu etnia o tu raza... Yo definiría la identidad como la manera de actuar y como la representación… Diría que hay un elemento religioso porque la pregunta sería ¿qué soy en esencia?, ¿un ser humano soberano?[1]

 

    Según Peterson, en una sociedad tradicional, ordenada, no se plantea la cuestión de la identidad “porque las personas fluyen sin problemas en su papel culturalmente establecido”. El problema surge cuando esa excesiva cantidad de libertad, de soberanía de la que el hombre se siente dueño lo pone frente al espejo de la confusión existencial. ¿Libertad para qué? Para ser felices, dice la cultura popular moderna. Porque la libertad ha abierto un sinfín de posibilidades para hacer lo que se quiera hacer, sólo que al sujeto no se le advirtió de la responsabilidad que esto conlleva. Y la responsabilidad implica compromiso, sacrificio, esfuerzo, incomodidad, dolor, enfado, frustración, tristeza, miedo. Cuando queremos evitar todo eso pensando que la felicidad está en el extremo opuesto de los sentimientos negativos nos topamos de frente con la realidad. Al menos la verdadera felicidad no es la que prescinde de lo que nos compone como seres humanos, sino aquella que está inmersa en cada uno de los actos de la vida, caminando de la mano con las emociones tristes y las decisiones erradas. 

    Sólo quien tiene una razón poderosa para romper los esquemas del mundo y navegar contra la corriente con el convencimiento de que es un escogido entre los hombres, debería hacerlo. Sólo aquel que esté dispuesto a dar la vida para dejarle un gran legado a la humanidad, asumiendo un destino excepcional en el que posiblemente se tope de frente con la muerte y las penurias; que lo haga si así lo considera. Los demás no somos ungidos ni estamos llamados a una gloria esplendorosa aunque así lo queramos creer. La gran mayoría de las personas necesitamos seguir dándole curso a la historia: estudiar, trabajar, formar familia, amar la patria, ser buen ciudadano, y en lo posible, contribuir a la civilización con una conducta ejemplar. Eso es más que suficiente.



    Pero hoy nos preocupa con suma urgencia ese asuntico de la identidad: definir quiénes somos, qué designio de grandeza nos espera, para qué proyecto trascendental estamos aquí; cuando la mejor forma de engrandecer la condición humana es servir al prójimo en lo más elemental. Al parecer no hemos logrado superar el existencialismo.

    A veces se cree que la identidad es aquello que se siente sobre sí mismo en un momento dado, cuando la actitud egocéntrica lleva a pensar que la vida de los demás gira en torno al ombligo propio, igual que un niño que no puede articular su identidad con la de otras personas. Eso nos pasa a menudo a los adultos, que pretendemos que los demás nos reconozcan cuando ni siquiera sabemos reconocernos a nosotros mismos. Pero realmente, al preocuparnos porque los otros acepten nuestra identidad (la identidad de género es un reflejo de esto), nos centramos tanto en nuestro Yo, que perdemos la perspectiva de la verdad que tenemos por delante.  “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32), les decía Jesús a sus apóstoles. Nótese que les decía que los haría libres, no felices, puesto que Jesús no predicó sobre la felicidad como el sentido último de la vida o el fin de todas las cosas. Más bien aconsejaba sobre la humildad, el amor, la caridad, la gratitud, el respeto, la piedad, el perdón, y otras virtudes que la vida contemporánea y los medios no le insuflan al hombre como parte de su progreso. Se alaba, sí, la idea de progreso que está íntimamente relacionada con el aspecto del dinero, del éxito, de la prosperidad, de la comodidad y la seguridad como ideales de vida.



    Nos refiere Peterson que Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor ruso que documentó los horrores de los campos de trabajo forzados en la Unión Soviética, decía que “la lamentable ideología de que las personas han sido creadas para ser felices se derrumba con el primer golpe de garrote del capataz”.[2] Sin duda la vieja noción de felicidad se hace polvo ante el sufrimiento humano que puede parecer interminable y una condición inherente de este  mundo. Lo que resalta Peterson es que la felicidad no es el objetivo natural del individuo. Es una búsqueda que carece de estructura, de cimientos. Afirma que el objetivo tiene que ver más con el desarrollo personal ante el sufrimiento que con la felicidad en sí misma.

    No recuerdo hace poco quién me hablaba o a quién leía sobre el holocausto de la Segunda Guerra Mundial y preguntaba si se conocía de algún suicidio que se hubiera registrado en los campos de exterminio por parte de los judíos. Tristemente recordé la historia y me imaginé que millares de ellos habrían tomado la decisión de quitarse la vida ante la desesperación y el tormento que estaban padeciendo. No los juzgo, pues en ese caso nadie puede resistir tanto sufrimiento. No obstante, la historia cuenta que aquellos seres morían porque los asesinaban en las cámaras de gas, los torturaban, o porque a veces intentaban escapar; rara vez porque se suicidaban. El instinto de supervivencia siempre triunfa ante el peligro, y entre más grande es la amenaza más se aferra el hombre a la vida. El pueblo judío estaba en las peores condiciones, y aun así lucharon por su vida con un sentido del deber como ningún otro pueblo lo ha hecho.

    Hoy en día, cuando el mercado y el modelo de consumo nos han prodigado de todo, se ha despojado a la existencia de su conjunto de valores. Precisamente ello, los valores, las creencias en el bien superior, son cosas de las que carece la humanidad que se acostumbró a la indiferencia ante el mal ajeno; a exaltar su propia vanidad y a hacer épico su inconformismo.

    Por el contrario, cuando se hace parte de un sistema de creencias compartidas, las personas reproducen los deseos y expectativas de los demás: hay cooperación y la vida se simplifica. Si el sistema falla, entonces surgen los conflictos y se ve amenazada la paz porque no se sabe cómo reaccionarán los otros. El moverse en la incertidumbre suscita una gran desconfianza. Al final nos envuelve un halo de incapacidad para reconocer la identidad del otro.

    Creencias compartidas, repito, puntos en común que es obligatorio encontrar porque el planeta no resiste una emoción negativa más. Sólo el conjunto de valores es el que podría enlazar las emociones positivas, pues si el sentido de nuestra identidad no está antepuesto a un profundo sistema de valores, no hay ni para qué mirarse al espejo, porque allí no nos vamos a reconocer siquiera en la imagen que el reflejo nos devuelve.




    Retomo al Dr. Peterson con esta frase: “La desaparición de las creencias colectivas de un grupo hace que la vida sea caótica”.[3] Anular los sistemas de valores arraigados en la tradición, la religión, la patria, entre otros, todo para evitar los conflictos con los contrarios, nos hace caer en el abismo de la insignificancia, en el agujero negro de la incertidumbre, lo cual constituye un antiprogreso espiritual.

    Queda entonces la alternativa de encontrar el sentido a través del deber, no del placer, ni del ejercicio de los derechos. Lo sólido, como lo afirmaba el errático Marx, se disuelve en el aire, pero al individuo le queda la conciencia, y es a través de ella como se hace cargo de la responsabilidad que tiene para consigo mismo y para con el prójimo.




    Lo otro es seguir alimentando el ego con mentiras, seguir creyendo que somos seres de luz cuando en realidad la imperfección y las sombras anidan en nuestro subconsciente, en esa zona oscura que nos impide saber quiénes somos en verdad, porque nuestra condición humana nos hace proclives a ignorar las pasiones más escabrosas; a no reconocer la materia perniciosa de la que estamos hechos. Y el asunto aquel de la identidad queda sin resolverse. No tiene en qué cimentarse.



[1] https://www.youtube.com/watch?v=1zK1LpOhRBI

[2] Peterson J. (2017). 12 reglas para vivir. Un antídoto al caos. Traducción de Juan Ruíz Herrero. Planeta. Canadá. 2017. P 11.

 

[3] Ibíd. p.12


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