sábado, 15 de enero de 2022

Qué cobarde soy para suicidarme

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Mi padre falleció hace poco más de un año y todavía no he asimilado su ausencia. La falta que me hace es terrible, no sólo por el hecho de que ya no esté conmigo acompañándome, sino también porque al irse, se fue un pedazo muy grande de lo que soy yo como ser humano. Mi vida cobraba sentido porque él se encontraba conmigo y ambos teníamos un proyecto en común por el cual luchar, fuere el que fuere: comprar los víveres, hacer arreglos en la casa, realizar tareas manuales, asistir a exámenes médicos, en fin. Nuestra rutina era la de un padre y un hijo que la mayor parte del tiempo se acompañaban y hacían todo juntos, aunque en términos de productividad ninguno generara un peso. Sobre todo yo, que he estado la mayor parte de mi vida desempleado, y cuando tengo empleo siento que estoy en el lugar equivocado, pues nunca he podido saber qué es lo que quiero. De modo que pierdo el empleo, el dinero, el respeto, y al final nunca sé qué es lo que quiero.

    Mi vida estuvo los últimos años en función de mi padre, y él en función de la mía. De un momento a otro caímos víctimas del arma biológica creada por el hombre (aunque hay quienes sostienen que es un virus de la naturaleza), con la que comenzó el reseteo del mundo, y mi padre no pudo resistir el embate, además porque él venía muy debilitado con sus padecimientos crónicos. No se le pudo hacer un tratamiento oportuno gracias a la parálisis que vivió el mundo en ese fatídico año 2020, donde el sistema de salud se dedicó a combatir al virus de marras y se olvidó de los demás pacientes con enfermedades crónicas; a los que por falta de control se les agravaron sus males. Además porque el mundo no estaba preparado para una pandemia y no hubo personal ni elementos de trabajo, ni logística suficiente para atender la emergencia. Entonces él se vio muy mal y hubo que llamar a la ambulancia para que lo llevara a la clínica. Ambos presentimos que era el fin, porque por aquellos días, todo aquel que era hospitalizado no salía con vida. No sabe uno si es que acaso el personal médico estaba confabulado con el Sistema para dejar morir por negligencia a los que no tenían muchas posibilidades. Y más tratándose de adultos mayores. Lo que sí supimos es que probablemente no nos íbamos a volver a ver, y en nuestra despedida tuvimos que tragarnos el llanto y dejarlo para cuando estuviéramos a solas.



    En todo caso mi padre me faltó y a mí se me acabó la vida. Me vi en la más absoluta soledad, sin un centro sobre el cual girar, sin un proyecto con el cual disciplinarme, sin nada que me atara a este mundo porque mi vida estaba en él. Yo no podía concebir mi identidad desligado de mi padre. Al faltarme, perdí mi norte, mi identificación conmigo mismo. Ya no supe quién era yo, ni para qué estaba aquí, ni qué clase de hombre podría ser sin el apoyo irrestricto de mi padre que siempre estuvo ahí para ayudarme a solucionar los problemas. Yo en el fondo seguí siendo un niño y nunca crecí.

    Me di cuenta que mi angustia era una dependencia emocional, pero más que eso, que era también una angustia existencial desde que me hice adulto y comencé a sentir temor porque no sabía qué hacer conmigo. Nunca lo supe y no sé si algún día lo sabré.



    A lo que voy con esta triste historia es que de nada vale que uno encuentre algo que lo haga feliz o que le dé sentido a su vida si no se es capaz de hacer algo con eso, si de todas maneras al mundo no le importa y eso no será suficiente para sobrevivir. De qué sirve creer a los cuarenta y pico de años que uno encontró algo en lo que podría llegar a ser bueno si ya el tiempo no se puede retroceder y los achaques que comienzan no se van a detener, y la vista perdida no se va a regenerar, y allá, en el mercado, en el mundo de afuera, nadie te comprará tu discurso si no tienes unos diplomas que respalden tu perorata ni unos buenos contactos que te certifiquen la mucha o nula experiencia que se tenga. Porque todo en la realidad tiene que ser referenciado, porque hay que saberse ganar un nombre, un prestigio, porque el mundo vive de la imagen y tú no eres la excepción. De qué sirve tanto esfuerzo, tanto soñar, si al final uno se queda con las manos vacías.

    A veces sí es demasiado tarde. Hay personas que no vivimos el sueño del optimista y estamos tan ancladas en la tierra, que a veces preferiríamos hundirnos. Para mí lo más deseable es que una noche me quede profundo y no me vuelva a despertar, y cuando abra los ojos esté en la otra vida abrazando a mi padre y pidiéndole que me perdone por lo tanto que él luchó por mí y por lo tan poca cosa que yo fui, a pesar que tuve las oportunidades que él no tuvo.



    Y no es que la esté pasando mal aquí, pero el miedo que se siente ante el futuro y la incertidumbre de no saber a qué fue lo que vine a este puto planeta, me hacen desear el retorno a la nada, allá donde debe estar mi padre y de donde yo nunca debí de haber salido.

    Esta zozobra me pide abandonar el mundo antes de tiempo, pero me doy cuenta que no tengo valor, que soy un cobarde, tanto para vivir la vida como para suicidarme.

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