Mi padre falleció hace poco más de un año y
todavía no he asimilado su ausencia. La falta que me hace es terrible, no sólo
por el hecho de que ya no esté conmigo acompañándome, sino también porque al
irse, se fue un pedazo muy grande de lo que soy yo como ser humano. Mi vida
cobraba sentido porque él se encontraba conmigo y ambos teníamos un proyecto en
común por el cual luchar, fuere el que fuere: comprar los víveres, hacer arreglos
en la casa, realizar tareas manuales, asistir a exámenes médicos, en fin. Nuestra
rutina era la de un padre y un hijo que la mayor parte del tiempo se
acompañaban y hacían todo juntos, aunque en términos de productividad ninguno
generara un peso. Sobre todo yo, que he estado la mayor parte de mi vida
desempleado, y cuando tengo empleo siento que estoy en el lugar equivocado,
pues nunca he podido saber qué es lo que quiero. De modo que pierdo el empleo,
el dinero, el respeto, y al final nunca sé qué es lo que quiero.
Mi vida estuvo los últimos años en función
de mi padre, y él en función de la mía. De un momento a otro caímos víctimas
del arma biológica creada por el hombre (aunque hay quienes sostienen que es un
virus de la naturaleza), con la que comenzó el reseteo del mundo, y mi padre no
pudo resistir el embate, además porque él venía muy debilitado con sus
padecimientos crónicos. No se le pudo hacer un tratamiento oportuno gracias a
la parálisis que vivió el mundo en ese fatídico año 2020, donde el sistema de
salud se dedicó a combatir al virus de marras y se olvidó de los demás
pacientes con enfermedades crónicas; a los que por falta de control se les
agravaron sus males. Además porque el mundo no estaba preparado para una
pandemia y no hubo personal ni elementos de trabajo, ni logística suficiente
para atender la emergencia. Entonces él se vio muy mal y hubo que llamar a la
ambulancia para que lo llevara a la clínica. Ambos presentimos que era el fin,
porque por aquellos días, todo aquel que era hospitalizado no salía con vida. No
sabe uno si es que acaso el personal médico estaba confabulado con el Sistema
para dejar morir por negligencia a los que no tenían muchas posibilidades. Y
más tratándose de adultos mayores. Lo que sí supimos es que probablemente no
nos íbamos a volver a ver, y en nuestra despedida tuvimos que tragarnos el
llanto y dejarlo para cuando estuviéramos a solas.
En todo caso mi padre me faltó y a mí se me acabó la vida. Me vi en la más absoluta soledad, sin un centro sobre el cual girar, sin un proyecto con el cual disciplinarme, sin nada que me atara a este mundo porque mi vida estaba en él. Yo no podía concebir mi identidad desligado de mi padre. Al faltarme, perdí mi norte, mi identificación conmigo mismo. Ya no supe quién era yo, ni para qué estaba aquí, ni qué clase de hombre podría ser sin el apoyo irrestricto de mi padre que siempre estuvo ahí para ayudarme a solucionar los problemas. Yo en el fondo seguí siendo un niño y nunca crecí.
Me di cuenta que mi angustia era una
dependencia emocional, pero más que eso, que era también una angustia
existencial desde que me hice adulto y comencé a sentir temor porque no sabía
qué hacer conmigo. Nunca lo supe y no sé si algún día lo sabré.
A lo que voy con esta triste historia es
que de nada vale que uno encuentre algo que lo haga feliz o que le dé sentido a
su vida si no se es capaz de hacer algo con eso, si de todas maneras al mundo
no le importa y eso no será suficiente para sobrevivir. De qué sirve creer a
los cuarenta y pico de años que uno encontró algo en lo que podría llegar a ser
bueno si ya el tiempo no se puede retroceder y los achaques que comienzan no se
van a detener, y la vista perdida no se va a regenerar, y allá, en el mercado,
en el mundo de afuera, nadie te comprará tu discurso si no tienes unos diplomas
que respalden tu perorata ni unos buenos contactos que te certifiquen la mucha
o nula experiencia que se tenga. Porque todo en la realidad tiene que ser
referenciado, porque hay que saberse ganar un nombre, un prestigio, porque el
mundo vive de la imagen y tú no eres la excepción. De qué sirve tanto esfuerzo,
tanto soñar, si al final uno se queda con las manos vacías.
A veces sí es demasiado tarde. Hay personas
que no vivimos el sueño del optimista y estamos tan ancladas en la tierra, que
a veces preferiríamos hundirnos. Para mí lo más deseable es que una noche me
quede profundo y no me vuelva a despertar, y cuando abra los ojos esté en la
otra vida abrazando a mi padre y pidiéndole que me perdone por lo tanto que él
luchó por mí y por lo tan poca cosa que yo fui, a pesar que tuve las
oportunidades que él no tuvo.
Y no es que la esté pasando mal aquí, pero el miedo que se siente ante el futuro y la incertidumbre de no saber a qué fue lo que vine a este puto planeta, me hacen desear el retorno a la nada, allá donde debe estar mi padre y de donde yo nunca debí de haber salido.
Esta zozobra me pide abandonar el mundo
antes de tiempo, pero me doy cuenta que no tengo valor, que soy un cobarde,
tanto para vivir la vida como para suicidarme.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario