sábado, 29 de enero de 2022

La felicidad es cosa de plebeyos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Antes de entrar en materia con el tema que titula esta columna, es decir, el tema de la felicidad, quiero hacer referencia de una pequeña historia que le sucedió a un amigo mío y que sirve para reflejar lo que sienten millones de seres humanos en todo el mundo. A lo mejor después de esta reflexión podamos ver la vida de otra manera y pensemos diferente frente a ese imperativo social que nos dice que tenemos que ser felices a toda costa. A lo mejor a mi amigo, que se llama Rupertino, le puedan servir de algo las siguientes palabras, porque últimamente lo veo deprimido y me late que él ya conoce el remedio para su depresión. La historia sigue de este modo:

 

*     *     *

 

    Rupertino Díaz no pudo dormir en toda la noche. El ruido de infierno de la fiesta electrónica proveniente de ese antro que quedaba justo detrás de su casa colaboró mucho para ello, pero aún si hubiera habido un silencio de sepulcro, tampoco hubiera podido conciliar el sueño: el verdadero desasosiego estaba dentro de su cabeza. Llevaba varios días así, presa del ansia, de la desilusión, de la insatisfacción, de la soledad. Su vida, aunque valiosa para la creación, era una mierda para él y para el mundo. Poco a poco lo estaba intuyendo, pero no quería darse cuenta. A él le bastaba con atiborrarse de somníferos y sortear así el abismo de no saber ni siquiera quién diablos era. Esa noche las pastillas no surtieron efecto. Se levantó de la cama, encendió la luz y se miró al espejo que había detrás de la puerta. La imagen que vio reflejada fue muy fácil de determinar: era la imagen de un hombre infeliz. No sabía exactamente qué era aquello que los libros de autoayuda y los expertos en todo —que a diario brotan en las calles— tanto le predicaban sobre la cuestión intrínseca de la felicidad. “La felicidad está dentro de ti”, le decían siempre, pero él miraba para sus adentros y sólo encontraba el vacío. No entendía por qué, si no tenía apuros económicos graves, se sentía tan desdichado. Pensaba que las únicas personas que no tenían motivos para ser felices eran aquellas que en su país y en el resto del mundo se encontraban viviendo bajo la línea de la pobreza; las que tenían que salir huyendo de sus países por los malos gobiernos; las víctimas de la violencia política y social de su nación; las que no tenían empleo ni medios de subsistencia; los damnificados por las catástrofes naturales; en fin, todas aquellas víctimas de las tragedias que salían cada noche reseñadas en los noticieros.

    Esas eran para Rupertino las únicas personas a las que quién sabe por qué exacerbada conspiración, el destino les había negado la posibilidad de ser felices. ¿Pero él? Él bien podía serlo.



    No era rico, pero no le faltaba nada por el momento. Su situación económica estaba casi resuelta gracias a la propiedad que le dejó su padre y que él podía rentar para tener con qué comer, pagar servicios y medio vestirse, y así no preocuparse por su eterno desempleo, pero al menos le quedaba tiempo libre para dedicarse a lo que quería.

    Y lo que quería era escribir un libro. Llevaba casi toda su vida de adulto tratando de terminar ese librejo al que cada día le cambiaba la temática, y aunque sospechaba que nunca se lo publicaría ninguna editorial de respeto, escribía como si estuviera redactando un tratado de alta ciencia con el que propondría la solución a los problemas del mundo, y soñaba con que su nombre apareciera alguna vez impreso con letras de molde en la carátula de un libro exhibido en una vitrina, y abajo el título de su primera novela, o su primera compilación de cuentos, o su serie de crónicas sobre la vida, o su colección de columnas de opinión, o su breve poemario. Cualquier cosa que pudiera mostrar para engañarse con la quimera de que era un escritor consagrado.

    Acaso fuera esa frustración lo que no le permitiera sentirse feliz, pero Rupertino no parecía angustiarse por ello, porque era indignante verlo apenas conformarse con su sueño y nunca ser capaz de plasmarlo en la realidad. Le daba lo mismo si no terminaba su proyecto literario fallido, pues tenía la esperanza de morirse antes de los cincuenta y veía poco probable culminar ese propósito, además porque se sentía corto de inspiración.



    De resto, Rupertino podía darse por bien servido. No tenía deudas impagables, ni retos por los cuales sentirse presionado, ni hijos qué mantener, ni mujer para querer. No sufría por amor ni por dinero, y aunque su salud se había menguado en los últimos meses como resultado de su mala alimentación y sus malos hábitos, además de su prematuro envejecimiento, sentía que sus dolencias no eran tan graves como las de muchos que conocía y estaban peor que él. “Es que usted tiene suerte, Rupertino”, “es que usted es un privilegiado, Rupertino”, “es que ojalá todos tuviéramos sus oportunidades”, le decía la gente que lo trataba de aconsejar, y Rupertino se sentía tan mal por la comparación y el reproche, que prefirió aislarse, encerrarse en su casa y no volver a conversar con nadie. ¿Para qué? ¿Para que todo el mundo se burlara de él por las oportunidades que no supo aprovechar cuando estaba joven? ¿Para tener que estar dándole explicaciones a la gente de lo que hacía o dejaba de hacer? ¿Para tener que inventarse emprendimientos interesantes con tal de no parecer tan poca cosa cuando en realidad lo que hacía era pernoctar y ver programas de la época de su niñez hasta que lo sorprendía el amanecer despierto? Fue entonces cuando Rupertino comenzó a perder el sueño, a sufrir de ansiedad, a encontrarse cansado y sin ganas de hacer nada, a sentirse un fracasado. Se sintió infeliz, lo mismo que la gente de los noticieros. Se dejó atrapar de la soledad, la frustración y la ansiedad. Se dejó tentar del resentimiento. Sin nadie con quien hablar en su casa, se dio a la tarea de vigilar por un visillo de la cortina los movimientos del mundo de afuera, esperando que algo sucediera para ser espectador de primera mano, pero nunca sucedió nada en su calle. Los residentes ni por enterados se dieron de la vida de ese vecino huraño que dormía de día y deambulaba en la noche como un fantasma.   

    La vez que tomó conciencia de su infelicidad, cuando se vio irreconocible en el espejo, recordó los momentos más hermosos que él hubiera catalogado como los más felices de su vida: algunos pasajes de su niñez, las charlas con su madre, ciertas actividades que realizó junto a su padre —al que extrañaba y se arrepentía por no haber tratado mejor—, el tiempo en que afrontó momentos difíciles, la época en que tuvo su primera novia y no se percató que ella lo amaba hasta que se cansó de él y comenzó a aborrecerlo, y todas esas vivencias que él recorrió antes sin emoción y que tantos años después ahora recordaba con una gran nostalgia. Tuvo que llorar porque no aguantaba más.



    Esa había sido su felicidad perdida, que no estaba dentro de él, como le decía la gente, sino en el pasado, en lo que había dejado ir y ya no podía recuperar. Entonces entendió que de nada servía tomar la decisión de ser feliz si no se tenía a nadie alrededor para compartir también en la tristeza.

    Nunca en su vida Rupertino fue tan feliz como cuando compartió con los demás, obró en bien de alguien, o acompañó en una causa justa. Fue en esos momentos incómodos, cuando él deseaba que el tiempo pasara ligero para irse a descansar, que se validó el sentido de su vida y no se dio cuenta. Cómo añoraba ese tiempo ahora para haberlo vivido de manera diferente.

    Ahí estuvo la felicidad, en la oportunidad. No hubo que buscarla en ningún sitio, ni ir corriendo tras ella, ni encontrarla adentro: la felicidad no es subjetiva. Si así fuera, esta chocaría con la ley natural, porque la felicidad del asesino es matar, y la del violador, violar; por tanto no es una cuestión de sentirse a gusto, de poder hacer lo que se quiera, ni de encontrar el placer. Simplemente estaba ahí, en la posibilidad de estar bien con los demás, de hacer lo que había que hacer.

    El mito de alcanzar la felicidad como la aspiración máxima de la vida tan promovido por consejeros e intelectuales quedó hecho trizas para Rupertino. Se dio cuenta de que todo el mundo quería ser feliz, que se predicaba esta emoción en todos lados como si de una nueva religión se tratara. Y lamentó que los seres humanos fueran tan erráticos, que persiguieran el ideal de una felicidad mal entendida en lugar de un ideal de virtud.

    Si él lo hubiera hecho desde que estaba joven, si hubiera seguido un ideal de valores cristianos, Rupertino no habría dejado pasar los momentos importantes de su vida sin ser consciente de lo que debía hacer. Porque la verdadera felicidad es Dios, y quien prescinde de él prescinde de la verdad, que es la condición indefectible para ser felices.



    ¿Qué le puedo decir a mi amigo Rupertino? Que la religión de la felicidad es una idea que nos venden con carácter obligatorio. Algunos hasta se atreven a proponerla como el deber de todo hombre, como el ideal supremo, o la compilan en los manuales de superación y la venden como pan caliente.

    Seamos serios. El destino del hombre no es la felicidad, no puede serlo. Si así fuera, se cumpliría a cabalidad esa célebre ocurrencia de Goethe de que “la felicidad es cosa de plebeyos”.   

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