sábado, 2 de abril de 2022

Otra vez por el menos peor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Un país amenazado por un sistema ruinoso de gobierno que probablemente sea el que se implemente a partir del 7 de agosto de 2022, es lo que es hoy Colombia: la amenaza de un nuevo mandato que nos llevaría a saltar al abismo nada más por la quimera del tan anhelado cambio.

    Ante la amenaza se pueden tomar dos actitudes: la del que asume que esto no va a ocurrir y entierra su cabeza como el avestruz, negando de plano toda realidad, creyendo en la imposibilidad de una debacle; y la actitud del que le hace frente y se prepara para ello.

    En el primer caso no hay caso. Quiero decir, no tiene sentido discutir con aquel que es incrédulo y considera que no va a suceder nada. “Todo seguirá igual”, dicen algunos. “Esto ya lo habíamos vivido antes”. “La Historia se repite cíclicamente, así que no hay razón para alarmarnos”. Suelen ser sus argumentos, tan pobres como escépticos, pero al mismo tiempo tan ilusos. No sé si pecan por desconocimiento o porque en el fondo alientan un oscuro deseo para que la amenaza se concrete. Por ello será que no fomentan la mala publicidad del aspirante al trono que la representa, como queriendo hacerlo pasar desapercibido. Pero no se puede deducir, como si fuera un patrón constante, que si en el pasado se presentaron hechos similares a los que estamos viviendo ahora, el desenlace será el mismo. En todo caso, si hay algo que permanece en la Historia, es el cambio, así creamos que nada va cambiar.

    Como un pesimista en realidad es un optimista muy bien informado, los pesimistas creemos que no importa qué tan mal estemos, siempre se puede estar peor. Y para la situación política, que es tema preocupante de este artículo, sí que resulta cierta la frase.



    Y es que gracias a una mayoritaria juventud que se ha dejado seducir por el canto de sirenas de los idealistas trasnochados y fracasados con sus discursos de lamentaciones y sus reclamos ancestrales, estamos al borde de perder el país para dejárselo a unas huestes tan violentas, tan mafiosas y tan corruptas, como las que nos han venido gobernando durante dos siglos. Sólo que estas tienen un agravante, y es que si las primeras al menos dejaban abierta la posibilidad de elegir un proyecto de vida personal, o expresar nuestra ínfima opinión; con esta clase que se enfila a gobernar esta república no va a quedar república sobre la cual volver a construir: el socialismo, como bien nos lo decía Winston Churchill, es “la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.  

    ¿Y qué otro modelo político y económico es el que está proponiendo el candidato presidencial de la extrema izquierda si no es el modelo socialista? Analicen su discurso y se encontrarán con todas las señales que estamos pretendiendo pasar por alto. Analicen quién lo rodea y lo apoya, y se darán cuenta de que a esos áulicos les importa tan poco este país como a él mismo. Analicen su pasado, su origen, sus amistades, sus propuestas, sus ganas de ensanchar el aparato burocrático y mantener un control aún más rígido sobre la población. ¿De dónde va a sacar el dinero para pagar los 500.000 nuevos cargos públicos que dice que va a crear? Pues de los de siempre, de los que pagan los impuestos de este país para que otros beban la leche de esa vaca que se llama Estado y que todos la quieren ordeñar.

    Con otro agravante más, y es que no es solamente un modelo que avala la planificación central estatal como único mecanismo de gobernar la sociedad, sino que es también la planificación estatal de la vida privada del ciudadano. Porque sin medios de subsistencia independientes a los que pueda proporcionar el Estado, y sin libertad para decidir el futuro propio, la amenaza no es solamente la destrucción del país económico, sino también del país moral.



    Desde luego, el zurderío juvenil nunca lo verá así. A ellos les vienen diciendo desde hace por lo menos treinta años que el capitalismo es malo; que el sistema basado en el “libre mercado” es el responsable de la miseria, de la ruina existencial del hombre moderno, y sobre todo de una palabrita que ellos utilizan como su frente de batalla principal: la desigualdad.

    Porque ignoran que las sociedades más prósperas del mundo conocido hasta antes de que entrara en vigor el plan maquiavélico de la ONU con sus ambientalistas extremos y sus justicieros sociales, no eran las sociedades igualitarias, sino precisamente las más desiguales. La diferencia es que en esas sociedades la desigualdad alcanzaba para vivir bien bajo un modelo de producción y consumo de bienes y servicios, que no siendo el modelo ideal, era el menos injusto de los que había implementado la humanidad en materia económica, y que llegó de la mano de la democracia. Allí los más pobres podían llevar una vida con dignidad sin importar que existieran otros mucho más ricos que ellos. Porque tampoco sirve de nada el sistema de producción amparado en el capital bajo un régimen dictatorial, al mejor estilo chino. Desde luego, el sistema político en el que se supone que decide el pueblo es a mi juicio el que garantiza mejor las libertades del ciudadano. Repito, sin ser perfecto.


    La otra actitud que se puede tomar frente a la amenaza estatista, que a la larga es también una amenaza globalista, es hacerle frente y prepararse para lo que pueda ocurrir. Ya en otros lados se concretó la pesadilla. Nuestros vecinos de La Alianza del Pacífico están comenzando a sufrir las consecuencias de su decisión. Como ellos nos llevan unos meses de ventaja, podemos ir vaticinando lo que se nos viene. Chile y Perú, sin necesidad, dieron el viro hacia la izquierda ignorando cuánto les va a pesar esta decisión. Su experiencia nos debe servir para que estemos atentos por si la amenaza se hace realidad, lo cual es muy probable. Y una de las formas de contrarrestarla es tomando acción.

    Para comenzar, aunque pareciera que ya todo está arreglado de antemano, y en las elecciones legislativas se dio el primer campanazo de que algo hay podrido en la Registraduría, todavía tenemos la “oportunidad” de elegir, así esta sea apenas una democracia en el papel. Puede ser que en muchos aspectos esté viciada, pero cuando el pueblo se pronuncia en masa, a los tramposos les queda muy difícil torcer un resultado. Eso se hizo evidente en el Plebiscito de 2016, ¿recuerdan? Por ello la invitación es a votar en masa el próximo 29 de mayo: a que los viejos que fueron los que trabajaron y construyeron este país por el que sus nietos no quieren trabajar y más bien lo quieren llevar al despeñadero, salgan a votar y hagan valer su opinión. Que los que todavía creen en los principios cristianos, en los valores, en la familia y en la tradición, no se dejen amilanar por el discurso imperante. Que ese día contribuyan a robustecer la democracia.

    Como siempre, el principal enemigo es la abstención y el escepticismo. Tomar esa actitud es lo mismo que entregarnos a las manos de un futuro aparato represor. Que después no nos pese.




    ¿Votar por quién? Otra vez por el menos peor, como hace cuatro años. Todavía seguimos en la encrucijada de elegir entre la libertad y el derecho a prosperar, o de elegir la sujeción total al poder del Estado que nos quiere esclavos. Porque a pesar de lo que muchos digan; que ya lo hemos perdido todo, que no hay libertad ni democracia, y que estamos peor que Venezuela; no es cierto. Todavía queda un país por salvar. Todavía podemos perder mucho más de lo que nos imaginamos. Ya sabemos por experiencias ajenas lo que puede pasar cuando un gobernante de ideas de cambio extremo toma las riendas de un país: lo conduce por el camino del infierno, y muchas veces con la intención de hacerlo.

    Porque no se trata del cambio por el cambio. Porque a veces los cambios también suelen ser para peor.

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