Un país amenazado por un sistema
ruinoso de gobierno que probablemente sea el que se implemente a partir del 7
de agosto de 2022, es lo que es hoy Colombia: la amenaza de un nuevo mandato que
nos llevaría a saltar al abismo nada más por la quimera del tan anhelado cambio.
Ante la amenaza se pueden tomar dos actitudes: la del que asume que esto
no va a ocurrir y entierra su cabeza como el avestruz, negando de plano toda
realidad, creyendo en la imposibilidad de una debacle; y la actitud del que le
hace frente y se prepara para ello.
En el primer caso no hay caso.
Quiero decir, no tiene sentido discutir con aquel que es incrédulo y considera
que no va a suceder nada. “Todo seguirá igual”, dicen algunos. “Esto ya lo
habíamos vivido antes”. “La Historia se repite cíclicamente, así que no hay
razón para alarmarnos”. Suelen ser sus argumentos, tan pobres como escépticos,
pero al mismo tiempo tan ilusos. No sé si pecan por desconocimiento o porque en
el fondo alientan un oscuro deseo para que la amenaza se concrete. Por ello será
que no fomentan la mala publicidad del aspirante al trono que la representa, como queriendo hacerlo pasar desapercibido. Pero no se puede deducir,
como si fuera un patrón constante, que si en el pasado se presentaron hechos
similares a los que estamos viviendo ahora, el desenlace será el mismo. En todo
caso, si hay algo que permanece en la Historia, es el cambio, así creamos que
nada va cambiar.
Como un pesimista en realidad
es un optimista muy bien informado, los pesimistas creemos que no importa qué
tan mal estemos, siempre se puede estar peor. Y para la situación política, que
es tema preocupante de este artículo, sí que resulta cierta la frase.
Y es que gracias a una
mayoritaria juventud que se ha dejado seducir por el canto de sirenas de los
idealistas trasnochados y fracasados con sus discursos de lamentaciones y sus
reclamos ancestrales, estamos al borde de perder el país para dejárselo a unas
huestes tan violentas, tan mafiosas y tan corruptas, como las que nos han venido
gobernando durante dos siglos. Sólo que estas tienen un agravante, y es que si
las primeras al menos dejaban abierta la posibilidad de elegir un proyecto de
vida personal, o expresar nuestra ínfima opinión; con esta clase que se enfila
a gobernar esta república no va a quedar república sobre la cual volver a construir:
el socialismo, como bien nos lo decía Winston Churchill, es “la filosofía del
fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud
inherente es la distribución igualitaria de la miseria”.
¿Y qué otro modelo político y económico es el que está proponiendo el
candidato presidencial de la extrema izquierda si no es el modelo socialista? Analicen
su discurso y se encontrarán con todas las señales que estamos pretendiendo
pasar por alto. Analicen quién lo rodea y lo apoya, y se darán cuenta de que a
esos áulicos les importa tan poco este país como a él mismo. Analicen su
pasado, su origen, sus amistades, sus propuestas, sus ganas de ensanchar el aparato
burocrático y mantener un control aún más rígido sobre la población. ¿De dónde
va a sacar el dinero para pagar los 500.000 nuevos cargos públicos que dice que
va a crear? Pues de los de siempre, de los que pagan los impuestos de este país
para que otros beban la leche de esa vaca que se llama Estado y que todos la
quieren ordeñar.
Con otro agravante más, y es
que no es solamente un modelo que avala la planificación central estatal como
único mecanismo de gobernar la sociedad, sino que es también la planificación estatal
de la vida privada del ciudadano. Porque sin medios de subsistencia independientes
a los que pueda proporcionar el Estado, y sin libertad para decidir el futuro
propio, la amenaza no es solamente la destrucción del país económico, sino
también del país moral.
Desde luego, el zurderío
juvenil nunca lo verá así. A ellos les vienen diciendo desde hace por lo menos
treinta años que el capitalismo es malo; que el sistema basado en el “libre
mercado” es el responsable de la miseria, de la ruina existencial del hombre moderno,
y sobre todo de una palabrita que ellos utilizan como su frente de batalla
principal: la desigualdad.
Porque ignoran que las
sociedades más prósperas del mundo conocido hasta antes de que entrara en vigor
el plan maquiavélico de la ONU con sus ambientalistas extremos y sus
justicieros sociales, no eran las sociedades igualitarias, sino precisamente
las más desiguales. La diferencia es que en esas sociedades la desigualdad
alcanzaba para vivir bien bajo un modelo de producción y consumo de bienes y
servicios, que no siendo el modelo ideal, era el menos injusto de los que había
implementado la humanidad en materia económica, y que llegó de la mano de la
democracia. Allí los más pobres podían llevar una vida con dignidad sin
importar que existieran otros mucho más ricos que ellos. Porque tampoco sirve
de nada el sistema de producción amparado en el capital bajo un régimen
dictatorial, al mejor estilo chino. Desde luego, el sistema político en el que
se supone que decide el pueblo es a mi juicio el que garantiza mejor las
libertades del ciudadano. Repito, sin ser perfecto.
La otra actitud que se puede
tomar frente a la amenaza estatista, que a la larga es también una amenaza
globalista, es hacerle frente y prepararse para lo que pueda ocurrir. Ya en
otros lados se concretó la pesadilla. Nuestros vecinos de La Alianza del Pacífico
están comenzando a sufrir las consecuencias de su decisión. Como ellos nos
llevan unos meses de ventaja, podemos ir vaticinando lo que se nos viene. Chile
y Perú, sin necesidad, dieron el viro hacia la izquierda ignorando cuánto les
va a pesar esta decisión. Su experiencia nos debe servir para que estemos
atentos por si la amenaza se hace realidad, lo cual es muy probable. Y una de
las formas de contrarrestarla es tomando acción.
Para comenzar, aunque
pareciera que ya todo está arreglado de antemano, y en las elecciones legislativas
se dio el primer campanazo de que algo hay podrido en la Registraduría, todavía
tenemos la “oportunidad” de elegir, así esta sea apenas una democracia en el
papel. Puede ser que en muchos aspectos esté viciada, pero cuando el pueblo se
pronuncia en masa, a los tramposos les queda muy difícil torcer un resultado.
Eso se hizo evidente en el Plebiscito de 2016, ¿recuerdan? Por ello la
invitación es a votar en masa el próximo 29 de mayo: a que los viejos que fueron
los que trabajaron y construyeron este país por el que sus nietos no quieren
trabajar y más bien lo quieren llevar al despeñadero, salgan a votar y hagan
valer su opinión. Que los que todavía creen en los principios cristianos, en
los valores, en la familia y en la tradición, no se dejen amilanar por el
discurso imperante. Que ese día contribuyan a robustecer la democracia.
Como siempre, el principal
enemigo es la abstención y el escepticismo. Tomar esa actitud es lo mismo que
entregarnos a las manos de un futuro aparato represor. Que después no nos pese.
¿Votar por quién? Otra vez por
el menos peor, como hace cuatro años. Todavía seguimos en la encrucijada de
elegir entre la libertad y el derecho a prosperar, o de elegir la sujeción
total al poder del Estado que nos quiere esclavos. Porque a pesar de lo que
muchos digan; que ya lo hemos perdido todo, que no hay libertad ni democracia,
y que estamos peor que Venezuela; no es cierto. Todavía queda un país por
salvar. Todavía podemos perder mucho más de lo que nos imaginamos. Ya sabemos
por experiencias ajenas lo que puede pasar cuando un gobernante de ideas de
cambio extremo toma las riendas de un país: lo conduce por el camino del
infierno, y muchas veces con la intención de hacerlo.





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