Fue en 1990 cuando escuché por
primera vez su nombre. Yo tenía diez años y recuerdo que durante las vacaciones
de mitad de año se estaba jugando el mundial de Italia. Colombia regresaba a un
mundial de fútbol de mayores después de 28 años de ausencia, y dentro de mi
ignorancia de las cosas de la vida no entendía mucho por qué tanto despliegue
de la radio y la televisión por ese torneo, o por qué el desmedido entusiasmo
de la gente ante la participación de nuestro país en la cita deportiva.
La verdad era que a mí no me
interesaba mucho el fútbol por esos días en que todavía jugaba con muñecos de
colección, inventándome mis propios campeonatos de super héroes. Ahora tampoco es
que me apasione demasiado, salvo cuando juega Colombia los partidos definitivos.
Después comprendí lo importante que es para un país que su Selección se clasifique
y juegue un mundial de fútbol.
Así fue durante la década de los noventa, cuando se consiguieron tres clasificaciones consecutivas a tres mundiales distintos con aquella generación dorada que le abrió las puertas al fútbol colombiano a nivel internacional. Luego vino la desastrosa época de los años dos mil, y del mismo modo nos quedamos por fuera de otros tres mundiales consecutivos. Hasta que una nueva camada de futbolistas dirigidos por el profesor Pekerman apareció enhorabuena y nos clasificó a los mundiales de Brasil y Rusia, antes de retornar nuevamente a la decadencia y el estancamiento futbolístico en que se sumió dicha generación, a la que también le pasó su cuarto de hora. Recién hemos quedado por fuera de Qatar 2022 con uno de los peores equipos jamás vistos en la historia, que hasta ostentó el récord del mayor número de partidos sin anotar un solo gol. Aún así estuvimos cerca de clasificar, pero el destino fue justo en dejarnos eliminados. Claro que esa es otra historia de la que podré hablar luego, porque en lo que me quiero centrar ahora es en la Selección del noventa: ese mítico equipo que muchos jóvenes de la actualidad no vieron, y que jugaba tan bien que se dio el lujo de poner en aprietos al que finalmente fue campeón del mundo en esa edición del mundial: el temible equipo alemán.
Antes
de comenzar Italia 90 no se hablaba de otra cosa en la calle, en la televisión,
en el colegio, que no fuera lo que podía hacer Colombia frente a los rivales
que le correspondió enfrentar en primera ronda. Alemania era la favorita y la
clave sería vencer o empatar con Yugoslavia y ganarle a Emiratos.
Desde que el equipo clasificó
jugando el repechaje contra Israel tuve muy presente los nombres de los que
hasta ese momento eran los jugadores más brillantes: El Pibe Valderrama,
nuestro eterno capitán; El Loco Higuita, el arquero cuya locura nos pasó
factura en ese mismo mundial frente a Camerún; Albeiro, El palomo Usuriaga, que
fue figura clave para la clasificación al mundial y que a última hora el técnico
Maturana dejó por fuera del certamen; Leonel, el aguerrido mechudo que se batía
en la mitad del campo para quitar pelota; Redin, el talentoso volante del Cali
que hacía excelente pareja con El Pibe; y cómo no, el Guajiro Iguarán, un
veterano goleador que asistiría a su primer y último mundial, porque no le alcanzó
para clasificar a México 86, y en el que depositamos todas nuestras
expectativas.
Pero fue un muchacho de apellido Rincón, que en un principio fue
suplente, y que a punta de trabajo y talento se ganó el puesto en la Selección desplazando
a figuras tan importantes como Alexis García o al mismo Redín; el que quedó en
la retina de los colombianos en aquel mundial gracias al icónico gol que le
convirtió a Alemania en tiempo de reposición, y que sirvió para el empate uno-uno y la
clasificación a segunda ronda. Freddy y su gol quedaron inmortalizados en la
historia del fútbol colombiano. Quienes vimos ese partido y gritamos con
alegría el empate como si hubiera sido un triunfo, sabemos que este es hasta
ahora el gol más importante que ha conseguido Selección Colombia alguna en un
mundial. Incluso más importante que el gol olímpico de Marcos Coll en el empate
4-4 contra la Unión Soviética en el mundial del 62, aun siendo el único gol
olímpico en la historia de los mundiales; o el gol de James Rodríguez contra Uruguay
en Brasil 2014, aun siendo elegido el mejor gol del mundial.
Y no sólo por lo que
representó el gol de Rincón, que fue clasificar por primera vez a Octavos de
final de un mundial como uno de los mejores terceros; sino por el orgullo de haberle
empatado al que finalmente fue el campeón de ese certamen jugándole de tú a tú,
como dicen los comentaristas de fútbol.
Sí, ese gol de Freddy contra
Alemania marcó un antes y un después en la historia de la Selección Colombia:
nos hizo ver que cuando hay entrega, humildad, voluntad de lucha, y sobre todo
convicción, se pueden lograr las cosas; se puede dar la pelea, incluso frente
al campeón. Es el gol que siempre estará guardado en un rincón del
corazón de Colombia. En el mismo rincón donde también permanecerá Freddy.
Hoy, cuando el mundo del
fútbol despide al “Coloso de Buenaventura” a sus 55 años, caemos en cuenta de
que se nos fue una leyenda, y de las grandes. Y se nos fue trágicamente, en un
accidente automovilístico absurdo que nunca debió ocurrir. El destino tenía
preparada esta celada para llevarse al “Coloso”, al que le estaremos
eternamente agradecidos por tantas alegrías que nos dio. Porque no solamente
fue su gol contra Alemania, sino los innumerables goles que marcó durante toda
su carrera y que lo convirtieron en uno de los volantes ofensivos más
contundentes del mundo. Parecía otro delantero más cuando se iba al ataque con
su zancada larga, tanto así que fue gracias a él que muchos comentaristas de
fútbol comenzaron a utilizar el término volantero en relación a Freddy y
el papel fundamental que desempeñaba en la cancha.
Pero no sólo se hizo presente en
el momento de ir al ataque y marcar goles. También en los pasajes complicados de
la Selección de los noventa, al enfrentarse a equipos superiores, Rincón se
retrasaba para ayudar a Barrabás y a Leonel a recuperar balones cuando estos no
daban abasto. Freddy era de esos jugadores completos que se apreciaban por el remate,
la potencia, la anotación frecuente, el espíritu de sacrificio que piden los
técnicos del fútbol moderno. Si hoy jugara, Rincón sería una pieza fundamental
en la estructura de cualquier equipo. Fueron muchos los partidos que jugó
dejándolo todo en la cancha, no sólo con la Selección, sino con el América de
Cali, el Santa Fe, el Nápoles de Italia y los equipos brasileros en los que estuvo.
Por algo en Brasil la torcida pedía que lo nacionalizaran.
Así, a vuelo de pájaro,
recuerdo goles importantes que marcó aparte del empate contra Alemania, como los
dos que hizo en otro partido trascendental de Colombia: el 5-0 contra Argentina;
o el gol que le marcó a Perú en Lima en la eliminatoria para USA 94, o el que
le marcó a Paraguay en la Copa América 95 y que le sirvió a Colombia para
empatar el partido y luego clasificar por penales. O el que le hizo de taco al
Deportivo Cali jugando con el América. Y otro que le marcó a Argentina en la
Copa América de Ecuador que nos salvó de una derrota.
En fin, fueron muchos los
momentos de satisfacción que nos dio este grande y mítico jugador que hoy se ha
ido de este mundo y al que no podemos menos que despedir con un sincero
agradecimiento por todas las alegrías futbolísticas que le regaló a este país.
Pero sobre todo por la humildad, el compañerismo, la simpatía, la entrega, la
constancia, que son los legados más importantes que un ser humano puede dejar a
su paso por el mundo. Muchas gracias, Freddy, ya dejaste tu nombre inscrito
entre los grandes. Ahora puedes descansar en paz, que aquí se te recordará siempre
con cariño.




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