sábado, 23 de abril de 2022

La verdad os hará libres

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






Y conoceréis la verdad,

y la verdad os hará libres

(Juan 8:32 Reina-Valera 1960)

 


    Parece una pesadilla. Pero no lo es. En la China comunista, que ya se ha declarado como el país más capitalista del mundo con su economía abierta al mercado, sigue habiendo un régimen antidemocrático y antirreligioso.

    El mundo comercial depende de China, sus productos nos han invadido por doquier y su consolidación como el nuevo imperio llamado a dominar este planeta es irreversible. Es una realidad y nada podemos hacer. El hecho no nos sorprende, no es nuevo. Siempre se ha sabido que China era un gigante dormido y que en cualquier momento podía despertar. Pues bien, ya despertó el gigante y nos está devorando a todos.

    Tampoco sorprende que su forma de gobierno, es decir, el comunismo, es un sistema ateo y totalitario que no concibe la libertad de creencia porque se niega a Dios en sus preceptos.

    Claro, me dirán los que ya han ido a China y creen que se la conocen —o los que han estudiado un poco más la historia y costumbres de este país— que no es cierto, que en China existe total libertad para profesar la religión que a cualquiera se le dé la gana profesar. Que el Estado no se mete en los fueros internos de la persona, y que de hecho allí tiene cabida un cristianismo oficial que es reconocido por el gobierno a pesar que esa creencia no está inscrita en los estamentos oficiales de la cultura china. Lo comprendo. Al parecer la posibilidad de insertarse en el comercio y la esfera geopolítica mundial ha hecho que el gobierno chino sea más abierto y tolerante con los credos occidentales en aras de obtener la aprobación de Naciones Unidas y los estamentos supranacionales. Pero eso sólo es de puertas para afuera. Al bajar la persiana, en la realidad de unos ciudadanos que han sido cooptados por el imperio más radical y poderoso del mundo, ninguna libertad es permitida, ni siquiera la de pensamiento.

    Otra aclaración: ese poco cristianismo que pueda existir en el país del dragón es un credo totalmente subordinado por el poder oficial. Es realmente una iglesia subterránea. No nos digamos mentiras ni se las digamos al mundo. El Estado chino —como todos los imperios que han sido— encarcela, tortura, mutila y asesina a todos aquellos que creen en algo distinto a la oficialidad. Los cristianos son el plato predilecto de su persecución.




    No entiende uno cómo es que uno de los principales amos del universo, el director del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, dice sonriendo que el modelo que debería seguir el nuevo orden mundial es el modelo chino. Y lo dice con el cinismo que lo caracteriza, esbozando su sonrisa diplomática de hombre preocupado por el futuro de la humanidad. No por nada Xi Jing Ping fue el invitado de honor a la reunión anual en 2021, justo después de habernos tirado la pandemia, cuando lo que se merecía era el escarnio del planeta entero. Y mientras todos los mortales volcamos nuestras sospechas a la real procedencia del virus, que con toda seguridad fue creado o manipulado artificialmente, y en nuestro interior deseamos que al Partido Comunista Chino se le haga justicia marcial, el lobby internacional le hace venias y le da palmaditas en la espalda al director de la macabra orquesta.

    En Oriente Medio no es distinta la cosa. El islam no permite dentro de sus fronteras la utópica libertad religiosa.

    Lo raro es que en Occidente, la cuna del cristianismo, sea en donde se está presentando uno de los mayores ataques contra la fe que se haya visto jamás. Claro, todavía no estamos en la gravedad en la que están en China, pues no se tiene pena de muerte para el cristiano, pero se está viendo, con el surgimiento de las nuevas ideologías de la secularización, que se quiere realizar también el reseteo en materia teológica y espiritual. Aquí también se están metiendo con el hijo del carpintero.



    “Es que la Iglesia cometió muchos crímenes en nombre de Cristo en la Edad Media, y ahora se les está devolviendo”, dirían los que no simpatizan mucho con ella y que aún queriendo creer en Dios reniegan de la fe católica o la cristiana. Aquí salen a relucir los pecados de  una institución conformada por seres humanos igualmente pecadores que dejaron un mal legado para la posteridad. Sí, nadie lo va a negar: la Iglesia también persiguió y mató en nombre de la fe, y fue el poder instigador más influyente en siglos pasados, cuando detentaba el monopolio de la educación, la cultura y la política. Hoy ya no es así y hasta el Papa mismo en alguna ocasión pidió perdón por ello.

    Sin embargo, no es lo mismo Iglesia católica que cristianismo, así como no es lo mismo religión que fe. Y tampoco se puede confundir a Dios con el dogma. La civilización cristiana es un concepto mucho más amplio, y a él pertenecemos tanto católicos como evangélicos; tanto creyentes como no creyentes; practicantes o no practicantes. Porque nos encierra a los de esta parte del mundo que fuimos cobijados con la cosmovisión de las enseñanzas de Jesús, independientemente, repito, del credo que se profese. Y contra esa civilización es que va el ataque.

    Así como en la China existen políticas de estado que cercenan las libertades individuales para imponer la ideología del Partido Comunista sin importar que los valores de esa ideología sean contrarios a los valores de la fe; así mismo está comenzando a ponerse en práctica la persecución a la religión en Occidente.  




    Por lo general la práctica de la fe está asociada a los principios ultraconservadores considerados por la cultura moderna como antiderechos, así como a las ideas radicales religiosas que suponen discriminación y atraso desde la orilla progresista, que es la que tiene la facultad en este momento de definir qué es bueno y qué no lo es, ya que consideran que los argumentos religiosos no son válidos en la discusión por su carácter ideológico, como si ellos no tuvieran también sus ideologías.

    Así las cosas, los que apoyamos la cosmovisión occidental, bíblica y cristiana somos los malos del paseo, los retrógrados, los que no entendemos que el mundo cambió, y por ende su moral.

    Ahora lo correcto es irse lanza en ristre contra lo cristiano, lo religioso, lo ético, lo racionalmente coherente; cualquier cosa relativa a esa virtud que los romanos llamaban la Fides. (fe, fidelidad, confianza mutua entre los hombres). Lo ideal es aceptar la distorsión de la realidad que se nos propone como ideal de pensamiento: eso de que lo importante es lo que la persona sienta que es correcto hacer, aunque no lo sea. Porque de lo que se trata es de naturalizar lo que hasta hace poco eran trastornos mentales, de normalizar las conductas que desde siempre se han considerado repugnantes.

    Quienes seguiremos lidiando contra ese modelo invertido que propende por justificar una venganza conformando nuevos perseguidos, sabemos que en este momento la lucha es más intensa, y de afrontarla depende nuestra supervivencia como civilización. Como siempre, uno tiene que seguir dando la batalla por sus ideales y estar dispuesto a morir por ellos. No a matar, como equivocadamente se ha hecho al llevar las cosas al extremo.




    Y sólo una virtud nos podría salvar dela esclavitud a la que nos está sometiendo el ideal progresista que ve con buenos ojos todo lo que sea nuevo. Esa virtud, que es un filtro para aquello que hace daño al espíritu, es la misma de la que hablaba el apóstol Juan en su evangelio cuando escribía que la verdad nos haría libres. Porque conociéndola era posible esa libertad.

    También lo decía Cristo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Y si la verdad es Cristo, ¿qué más queda entonces por hacer en una sociedad mundial que ha aceptado la mentira como su dogma oficial?

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