Y conoceréis la verdad,
y la verdad os hará libres
(Juan 8:32 Reina-Valera 1960)
Parece una pesadilla. Pero no
lo es. En la China comunista, que ya se ha declarado como el país más
capitalista del mundo con su economía abierta al mercado, sigue habiendo un
régimen antidemocrático y antirreligioso.
El mundo comercial depende de
China, sus productos nos han invadido por doquier y su consolidación como el
nuevo imperio llamado a dominar este planeta es irreversible. Es una realidad y
nada podemos hacer. El hecho no nos sorprende, no es nuevo. Siempre se ha
sabido que China era un gigante dormido y que en cualquier momento podía
despertar. Pues bien, ya despertó el gigante y nos está devorando a todos.
Tampoco sorprende que su forma
de gobierno, es decir, el comunismo, es un sistema ateo y totalitario que no
concibe la libertad de creencia porque se niega a Dios en sus preceptos.
Claro, me dirán los que ya han
ido a China y creen que se la conocen —o los que han estudiado un poco más la
historia y costumbres de este país— que no es cierto, que en China existe total
libertad para profesar la religión que a cualquiera se le dé la gana profesar.
Que el Estado no se mete en los fueros internos de la persona, y que de hecho
allí tiene cabida un cristianismo oficial que es reconocido por el gobierno a
pesar que esa creencia no está inscrita en los estamentos oficiales de la
cultura china. Lo comprendo. Al parecer la posibilidad de insertarse en el
comercio y la esfera geopolítica mundial ha hecho que el gobierno chino sea más
abierto y tolerante con los credos occidentales en aras de obtener la
aprobación de Naciones Unidas y los estamentos supranacionales. Pero eso sólo
es de puertas para afuera. Al bajar la persiana, en la realidad de unos ciudadanos
que han sido cooptados por el imperio más radical y poderoso del mundo, ninguna
libertad es permitida, ni siquiera la de pensamiento.
Otra aclaración: ese poco
cristianismo que pueda existir en el país del dragón es un credo totalmente
subordinado por el poder oficial. Es realmente una iglesia subterránea. No nos
digamos mentiras ni se las digamos al mundo. El Estado chino —como todos los
imperios que han sido— encarcela, tortura, mutila y asesina a todos aquellos
que creen en algo distinto a la oficialidad. Los cristianos son el plato predilecto
de su persecución.
No entiende uno cómo es que uno de los principales amos del universo, el director del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, dice sonriendo que el modelo que debería seguir el nuevo orden mundial es el modelo chino. Y lo dice con el cinismo que lo caracteriza, esbozando su sonrisa diplomática de hombre preocupado por el futuro de la humanidad. No por nada Xi Jing Ping fue el invitado de honor a la reunión anual en 2021, justo después de habernos tirado la pandemia, cuando lo que se merecía era el escarnio del planeta entero. Y mientras todos los mortales volcamos nuestras sospechas a la real procedencia del virus, que con toda seguridad fue creado o manipulado artificialmente, y en nuestro interior deseamos que al Partido Comunista Chino se le haga justicia marcial, el lobby internacional le hace venias y le da palmaditas en la espalda al director de la macabra orquesta.
En Oriente Medio no es
distinta la cosa. El islam no permite dentro de sus fronteras la utópica
libertad religiosa.
Lo raro es que en Occidente,
la cuna del cristianismo, sea en donde se está presentando uno de los mayores
ataques contra la fe que se haya visto jamás. Claro, todavía no estamos en la
gravedad en la que están en China, pues no se tiene pena de muerte para el
cristiano, pero se está viendo, con el surgimiento de las nuevas ideologías de
la secularización, que se quiere realizar también el reseteo en materia
teológica y espiritual. Aquí también se están metiendo con el hijo del
carpintero.
“Es que la Iglesia cometió muchos crímenes en nombre de Cristo en la Edad Media, y ahora se les está devolviendo”, dirían los que no simpatizan mucho con ella y que aún queriendo creer en Dios reniegan de la fe católica o la cristiana. Aquí salen a relucir los pecados de una institución conformada por seres humanos igualmente pecadores que dejaron un mal legado para la posteridad. Sí, nadie lo va a negar: la Iglesia también persiguió y mató en nombre de la fe, y fue el poder instigador más influyente en siglos pasados, cuando detentaba el monopolio de la educación, la cultura y la política. Hoy ya no es así y hasta el Papa mismo en alguna ocasión pidió perdón por ello.
Sin embargo, no es lo mismo
Iglesia católica que cristianismo, así como no es lo mismo religión que fe. Y
tampoco se puede confundir a Dios con el dogma. La civilización cristiana es un
concepto mucho más amplio, y a él pertenecemos tanto católicos como
evangélicos; tanto creyentes como no creyentes; practicantes o no practicantes.
Porque nos encierra a los de esta parte del mundo que fuimos cobijados con la
cosmovisión de las enseñanzas de Jesús, independientemente, repito, del credo
que se profese. Y contra esa civilización es que va el ataque.
Así como en la China existen
políticas de estado que cercenan las libertades individuales para imponer la
ideología del Partido Comunista sin importar que los valores de esa ideología
sean contrarios a los valores de la fe; así mismo está comenzando a ponerse en
práctica la persecución a la religión en Occidente.
Por lo general la práctica de
la fe está asociada a los principios ultraconservadores considerados por la
cultura moderna como antiderechos, así como a las ideas radicales religiosas
que suponen discriminación y atraso desde la orilla progresista, que es la que
tiene la facultad en este momento de definir qué es bueno y qué no lo es, ya
que consideran que los argumentos religiosos no son válidos en la discusión por su carácter ideológico, como si ellos no tuvieran también sus ideologías.
Así las cosas, los que
apoyamos la cosmovisión occidental, bíblica y cristiana somos los malos del
paseo, los retrógrados, los que no entendemos que el mundo cambió, y por ende
su moral.
Ahora lo correcto es irse
lanza en ristre contra lo cristiano, lo religioso, lo ético, lo racionalmente
coherente; cualquier cosa relativa a esa virtud que los romanos llamaban la Fides.
(fe, fidelidad, confianza mutua entre los hombres). Lo ideal es aceptar la
distorsión de la realidad que se nos propone como ideal de pensamiento: eso de
que lo importante es lo que la persona sienta que es correcto hacer, aunque no
lo sea. Porque de lo que se trata es de naturalizar lo que hasta hace poco eran
trastornos mentales, de normalizar las conductas que desde siempre se han
considerado repugnantes.
Quienes seguiremos lidiando
contra ese modelo invertido que propende por justificar una venganza
conformando nuevos perseguidos, sabemos que en este momento la lucha es más
intensa, y de afrontarla depende nuestra supervivencia como civilización. Como
siempre, uno tiene que seguir dando la batalla por sus ideales y estar
dispuesto a morir por ellos. No a matar, como equivocadamente se ha hecho al
llevar las cosas al extremo.
Y sólo una virtud nos podría
salvar dela esclavitud a la que nos está sometiendo el ideal progresista que ve
con buenos ojos todo lo que sea nuevo. Esa virtud, que es un filtro para
aquello que hace daño al espíritu, es la misma de la que hablaba el apóstol
Juan en su evangelio cuando escribía que la verdad nos haría libres. Porque
conociéndola era posible esa libertad.
También lo decía Cristo: “Yo
soy el camino, la verdad y la vida”. Y si la verdad es Cristo, ¿qué más queda entonces
por hacer en una sociedad mundial que ha aceptado la mentira como su dogma
oficial?





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