Uno se asoma al panorama político
del país y ve que en el espectro de la derecha no queda mucho quien la
represente, por no decir que nadie. Escasamente veo a dos candidatos a la
presidencia cuyos movimientos tienen la fuerza de un suspiro en comparación con
el tren a toda máquina que resulta ser la ultra izquierda.
La centro-izquierda, por su
parte, tarde o temprano se le terminará subiendo a la locomotora zurda: sus
representantes posan de moderados, aunque en el fondo son tan progresistas como
los de la izquierda radical. Sus propuestas no parecen estar calando en el
sentimiento del pueblo que ya se muestra decidido a dar el viro definitivo,
aunque no sepa muy bien a dónde.
No olvidemos que en política
lo que más engancha al electorado son las posiciones firmes, y el centro es una
ciénaga de tibiezas que no convence a nadie. En las instancias definitivas, por
todas las fisuras centristas se termina filtrando esa izquierda extrema y
victimista en su ascenso hacia el poder. Pasó en Venezuela, pasó en Argentina, pasó
en México, pasó en Perú, pasó en Chile. Va a pasar también en Colombia. No sé
si en las elecciones de 2022 o en las de 2026, pero que va a pasar, eso es
seguro.
Porque la fuerza de la
izquierda es consecuencia de la debilidad y de la falta de carácter de la
derecha. Es más, me parece que aquí hace mucho no dirige un gobierno de
verdadera derecha, y dudo que algún día lo haya hecho. Si contamos desde los
días del Frente Nacional, nos vamos a encontrar con una cantidad de socialdemócratas
de corte conservador o liberal que lo único que han hecho es acentuar el
neoliberalismo económico, beneficiar los monopolios, hacer la repartija del
Estado, procurar amañar las leyes para su beneficio y enriquecerse a como dé
lugar. Total, de la corrupción se ha bastado la Humanidad desde que fue creada.
Por el lado de la educación y
la cultura, esos tales gobiernos de derecha que dicen que existieron no
hicieron más que regalarle el escenario a la izquierda para que esta germinara
allí su propio mal: hoy están recogiendo los frutos de lo que vienen sembrando
por lo menos desde la década del sesenta.
Así que puestos a analizar lo
que hoy se nos presenta como alternativas políticas, no encontramos sino
izquierdas recalcitrantes y centros babosos y desangelados; unos más inclinados
hacia un lado o hacia otro, pero al fin y al cabo centros en los que no fluye
la energía y que terminan siguiendo los mismos lineamientos de los poderes
externos a los que han obedecido todos los gobiernos desde hace por lo menos
cincuenta años, como para no irme tan atrás.
Ya habrá tiempo de estudiar un poco más a fondo la Historia, pero un rumor que ha corrido a voces en este país, es que desde que se fundó la República, aquí no habido partidos políticos con principios sólidos. La mayoría de sus militantes lo son por razones de sangre, por deseos de venganza o por intereses clientelistas. Cualquier político hoy puede ser de derecha, mañana de centro, y pasado mañana de izquierda. En Colombia tienen infinidad de partidos para pertenecer, pues hay más partidos que ideales.
Lo que uno no ve, por ejemplo,
es un partido con principios firmes de derecha. Los candidatos a la presidencia
de los movimientos de Salvación Nacional y de Colombia Justa Libres son los
que más se le acercan, aunque con ciertas reservas, porque todavía les hace
falta moldear un programa consolidado en el tiempo que no se tambalee al vaivén de los acontecimientos.
Es eso precisamente lo que son los ideales: aquello que no fluctúa de un lado a
otro según las circunstancias o las coyunturas de la época.
De cualquier forma, estos
partidos representan muy poco de la población, casi nadie conoce a sus
candidatos y si los conocen no están dispuestos a "desperdiciar" el voto en ellos
cuando saben que al frente está la amenaza socialista y empobrecedora. El
colombiano de a pie prefiere en este momento ejercer el voto útil antes que el
voto de opinión. Es por ello que un candidato como Federico Gutiérrez, ex
alcalde de Medellín, muestra una tendencia a crecer en las encuestas. Parece
que fuera de derecha, pero no lo es. Él todavía no entiende de qué se trata
todo este juego; lo veo aún muy viche. Si le preguntan cómo va a combatir el
globalismo, seguro que no tiene ni idea y responderá con la corrección política
que caracteriza a los súbditos de los organismos multilaterales y las grandes
corporaciones (Iván Duque es una clara muestra de esos súbditos). Porque el
mismo Fico, como le dicen, piensa y afirma que esto no es un problema de
derechas ni de izquierdas, sino que hay que unir al país. Y todavía nos
tragamos el cuento de que sí, de que no hay que polarizar, de que no hay
enemigos ejerciendo presión desde afuera y que somos nosotros los únicos
responsables de nuestro destino.
Yo creo que se equivoca: en
esta instancia de la carrera por la presidencia sí se debe reconocer que el
problema es claramente un problema de izquierdas y derechas, no nos engañemos,
no lo neguemos. Porque mientras los que queremos un país productivo en el que
se respete la vida, la libertad y la propiedad privada, no seamos conscientes
de la batalla que nos está planteando el progresismo en todos sus frentes y
sigamos pensando que esto es cuestión de unión y de abrazarnos todos; la
izquierda extrema nos seguirá comiendo vivos y vamos a seguir perdiendo la
batalla. Para ellos sí se trata de una guerra contra la derecha, contra los
valores, contra la fe, la familia y la libertad. Ellos sí están combinando
todas las formas de lucha, ponen en práctica la inversión revolucionaria y se
adueñan del discurso que los hace víctimas a ellos y verdugos a los demás.
Basta ver la forma de expresarse de una señora como Francia Márquez para darse
cuenta de todo el odio que tienen reprimido adentro y que quieren desatar el próximo
7 de agosto, cuando Dios no lo quiera, lleguen al poder.
Son ellos los que dicen que
los de este lado tenemos un discurso de odio para refrenarlos, mientras llevan
años trabajando para posicionarse en las mentes de los colombianos (en especial
las mentes más jóvenes) como los únicos representantes del pueblo; los buenos y
honorables, los que no se van a robar un peso y van a acabar con la violencia.
Ellos sí que han vivido toda su vida de la teta del Estado, y muchos proceden
de los grupos criminales cuyo pasado terrorista no podrán borrar por más que
quieran ahora hablar de perdón.
Mientras que para la derecha tibia esto de los ideales es apenas una manera de alargar los problemas, para la izquierda obstinada no hay nada más importante que imponerlos por la razón o por la fuerza. Ya sabemos las consecuencias de ese nefasto lema que ha provocado tanto dolor: “socialismo o muerte”.
Entonces, frente a un panorama
en el que hay un sector que quiere extender la mano a un enemigo de alcance
internacional, pero sin ser capaz de vislumbrar las reales intenciones de ese enemigo, y en el
que hay otro sector dispuesto a dejar la sangre en la arena por imponerse, no
queda de otra que abogar por una nueva derecha en Colombia. No una derecha
tibia ni mercachiflera, apenas orientada a las políticas económicas para mejorar
las estadísticas, sino una verdadera derecha con principios y valores capaz de
enfrentarse directa y contundente a la enemiga de la izquierda. Esta última aboga
por convertirnos a todos en limosneros de un Estado que nos seguirá quitando
libertades. Porque cuando dependes del Estado para comer, no tienes derecho a
hablar mal de él, ni a escribir columnas de opinión.
Una derecha que no tenga miedo
de decir lo que está mal, que no dependa del poder global para tomar medidas,
que no se deje imponer la voluntad maléfica de la Agenda 2030 o del Foro
Económico Mundial, pues estas políticas camufladas que hablan tanta belleza no
son más que el mecanismo que tienen para quitarnos la patria y la libertad. No
es una Teoría de la Conspiración: ellos mismos ya han dicho de frente qué es lo
que quieren hacer con este mundo, y mientras tanto son muy pocos los que se atreven
a objetarlos.
La nueva derecha que
pensadores como Alain de Benoist, Agustín Laje y otros proponen; materializada en partidos como
Vox de España, el ala trumpista del partido republicano en Estados Unidos, o el
gobierno del primer ministro Orbán en Hungría. Es el conjunto de principios que
debiéramos defender. Esta derecha debe plantear una fractura con la vieja
derecha, entrar en un nuevo contexto para entenderlo y dominarlo. Saber que hay
que ir más allá de lo meramente económico y permear lo ideológico. Debe ser
confrontativa, no entregar el discurso tan fácilmente, imponerse por el
convencimiento de las personas de que se están defendiendo las causas elementales
como la vida. Una derecha que revalide otra vez el sentido común, que se
inserte en las articulaciones tecnológicas, en las redes sociales para que
abomine el globalismo. No como lo que hoy se cree que es la derecha, que posa
de inclusiva y deja pasar por alto la amenaza que plantean para la democracia
las llamadas minorías excluidas o los grupos sociales de carácter violento,
que hasta se dan el lujo de impedir el ejercicio de la fe en las iglesias.
La nueva derecha que desde ya se está gestando en Colombia es hoy una ínfima parte, pero poco a poco irá creciendo en la medida en que nos demos cuenta de la trampa que nos ha tendido la izquierda victimista. Debe plantearse, como lo sugirió alguna vez el escritor Nicolás Márquez, como una articulación entre “libertarios no progresistas, conservadores no radicales religiosos, y patriotas no nacionalistas”, así como de cualquier otro sector de la sociedad que quiera defender los valores y los principios éticos que los estamentos mundiales quieren eliminar.
Porque los valores nunca son
un asunto de moralidad; son un asunto de la ética que debe regir una sociedad. No
admiten el camino del medio. Por eso, para combatir esta laxitud que ha
promovido el progresismo, se necesita una nueva derecha que no nos haga
sonrojar cuando se nos pregunta por nuestra filiación política. Que podamos
decir sin miedo que nos identificamos con el espectro de la derecha, así como
los zurdos se enorgullecen en decir que son de izquierda. No serán ellos los
que nos van a definir en su discurso para que nos sigan tratando cínicamente de fascistas.
Esa narrativa se la tendremos que quitar.
Por mi parte, me suscribo a
una nueva derecha sin vergüenza de lo que me puedan decir. Es lo mismo que han hecho muchos que se declaran de izquierda sin que sean juzgados. Ellos, los de la izquierda sinvergüenza.





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