sábado, 9 de abril de 2022

Era nuestra la tierra

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El titular de la noticia no podía ser más inquietante para esa clase de desconfiados como yo, que en todo encuentran suspicacias: “Jeff Bezos está en Colombia. Anuncia apoyo económico para la conservación de las áreas marítimas y terrestres protegidas”.  Una gran foto acompañaba la noticia, y en ella se veía al presidente Duque luciendo su sombrero de expedicionario junto al magnate. El alopécico millonario, al parecer, escucha la explicación del presidente sobre un área natural que se divisa a lo lejos, aunque seguramente pensando en cuál será su siguiente paso para quedarse con todo aquello sin que le cueste un solo dólar, o al menos sin que le cueste mucho.

    El paisaje de fondo que se aprecia en la foto es nada más y nada menos que el Parque Natural Serranía de Chiribiquete, ubicado en la Amazonía colombiana, entre los departamentos de Caquetá y Guaviare, y que constituye el área protegida más grande del sistema de parques naturales en Colombia. Todo un patrimonio de los colombianos y de la Humanidad. Y Bezos lo sabe. 

    ¿Qué le podría interesar a este multimillonario fundador de Amazon de nuestro parque natural? Según el gobierno colombiano, durante la visita se mostraron los resultados de los programas ambientales, buscando que la organización Bezos Earth Fund realice aportes al país para que se siga en pro de la lucha contra el cambio climático, que por cierto es el nuevo mito del globalismo con el que pretenden culparnos del hambre y la miseria que está por acaecer sobre este planeta escriturado a la élite. Según la Presidencia de la república, el empresario está interesado en apoyar las políticas para combatir el flagelo que azota al medio ambiente. En otras palabras, lo que quiere es meter su dinero aquí para tener injerencia sobre nuestros recursos naturales, y el gobierno le recibirá ese dinero con beneplácito, supuestamente para proteger las áreas marinas y terrestres de nuestra esquilmada nación. ¿O será acaso que con esos aportes que estará haciendo el señor Bezos ya le habremos adjudicado la propiedad sobre nuestras zonas de protección ambiental más importantes? Bueno, no me culpen por ser mal pensado. A lo mejor el señor sólo vino a ayudar en la conservación de los parques naturales para el bienestar de los colombianos y del mundo. No olvidemos que él es un filántropo, y los filántropos más pudientes todo lo hacen desinteresadamente, ¿verdad?


    No seamos tan caídos del zarzo ni nos creamos el cuento rosa de la conservación del medio ambiente que tanto le preocupa a tipos como Bezos, Gates, Soros, Schwab, y toda la camarilla de poderosos que son los que tienen arrodillado el mundo a su voluntad. Si uno de ellos vino por estos pagos y estuvo explorando las zonas forestales más significativas, es porque seguro vio algo, y algo muy grande que el gobierno no dudará en entregar a cambio de una contraprestación jugosa. Ahora ya no nos arrodillamos solamente frente a la intimidación de potencias extranjeras que intervienen en nuestra soberanía, sino frente a los particulares que parecen ser mucho más poderosos.

    Y sí, estos multimillonarios están sumamente interesados en este momento en una cosa que no se puede fabricar por mucho que avance la ciencia, por la sencilla razón de que el espacio es limitado: a los magnates se les está haciendo agua la boca cuando ven tierra productiva. Sobre todo tierra de países como el “nuestro”, que es fértil, rica en agua, apta para el cultivo. Como en los viejos tiempos del feudalismo, la tierra vuelve a ser la fuerza de producción más importante, y desde luego los amos del mundo son los que la poseerán.

    No es sino ver cómo están estos reyezuelos comprando terrenos cultivables a dos manos en el planeta, porque saben que quedándose con el control alimentario pueden rendir a la población a sus pies. No por nada el costo de vida, especialmente el de los alimentos, está por las nubes. Hay un temor generalizado por la subida de los precios de la comida y se prevé un tiempo de escasez y hambruna. No quiero ser alarmista, no me gusta apelar al recurso de los malvados de generar pánico. Sólo que me revuelve el estómago la posibilidad de que unos pocos multimillonarios, y además extranjeros, se queden con nuestra soberanía alimentaria.



    Sería una contradicción exacerbada que Colombia, un país con la capacidad de ser la despensa del mundo, ahora que se vive una escasez de alimento por la guerra en Europa y la crisis de los contenedores; no pueda disponer de sus tierras como a bien tenga que hacerlo porque comprometió sus recursos naturales a la voluntad de una fundación filantrópica con la excusa de luchar contra el fantasma del calentamiento global. Se cumpliría entonces el pronóstico de la FAO, cuando en febrero anunció a los cuatro vientos que nuestro país estaba en riesgo de una crisis alimentaria para este año 2022. Claro, es una total mentira si tenemos en cuenta que el informe se lanzó con su carga ideológica y electorera, pero sería una lamentable verdad si por ahí en esos acuerdos ambientales que exigen el cumplimiento de compromisos para dar satisfacción a unos lineamientos impuestos desde las organizaciones internacionales, terminemos empeñando el sector agrícola con todo lo que ello implica: los recursos naturales, la producción de alimento y el beneficio de las fuentes de agua potable. Siendo este el panorama, la preocupación por lo que se viene es abrumadora.

    Ya conocemos cómo es la historia del imperialismo con todos sus pecados. Alguien pone sus ojos en una fuente de riqueza, la codicia, la ambiciona, y finalmente termina llevándose por delante lo que sea con tal de hacerse con su control. No importa si para ello tiene que recurrir a la guerra, al despojo, a la matanza de inocentes. Si un poderoso como Bezos ya puso sus ojos sobre Colombia y desenfundó su chequera, tengámonos duro, que lo que se viene puede ser la peor desgracia. Si los acuerdos ambientales que atentan contra la soberanía y la integridad de un país en nombre de la conservación ambiental se ponen en marcha, hagamos de cuenta que no tenemos país y que somos parias en nuestra propia tierra.


    La codicia humana es insaciable, y yo no le creo a estos filántropos que dicen querer salvar el planeta. Todo apuntará siempre a favorecer sus unidades productivas. Porque ellos no se mueven al ritmo de los cambios que dicta el progreso tecnológico. Es el mundo el que se mueve a lo que dictan ellos. Si estos califas ahora se quieren meter con el negocio de la tierra, la comida y el medio ambiente, es porque saben que con el hambre someten a cualquier nación. Durante la pandemia hicieron su ensayo y les dio resultado. Y un pueblo con hambre es un pueblo que tiene que rendirse.

    No vaya a ser que esa financiación para la conservación de las tierras y los mares, y las áreas protegidas, nos la cobren luego con creces, cuando al fin vengan a reclamarlas como suyas. 


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