Rupertino Díaz volvió a encontrarse con su amiga Cata, La Progresista,
luego de un par de años de no verse. La halló tan extremadamente opuesta a lo
que él ya era en ese momento, que rápidamente se percató de lo poco o nada que
tenían en común, y que si se seguían considerando amigos, era por rendirle un
tributo al pasado, cuatro años atrás, cuando se conocieron sin que saltaran a
la vista las diferencias. Cata, por su parte, lo encontró gordo y apendejado, y
hasta un tanto chocante con los temas de conversación que proponía, pero aún lo
seguía viendo como a un buen tipo y le tenía algo de cariño. Además, la situación
no estaba como para descalificar a los hombres así no más por cualquier
defecto: se sentía sola.
Él mismo fue quien le puso el remoquete a su querida amiga (sin que ella
lo supiera, por supuesto), luego de haber sostenido con ella no pocas discusiones
sobre política. Pero en realidad no fue ese el primer apodo que le endilgó.
Recién que la conoció, la bautizó en secreto como Cata, La Marxista, pues
por esos días ella se mostró abiertamente partidaria de las ideas de izquierda
y seguidora del que en ese entonces era candidato a la presidencia de su país:
el exguerrillero.
La elección presidencial se llevó a cabo, y el que se subió al poder en esa ocasión fue el
candidato imberbe, quien recogería las supuestas banderas del patriarca. Al fin
terminó gobernando a su manera para que los enemigos no le dijeran que era una
marioneta, ni lo pintaran como un cerdito obediente. Su gobierno no fue más que
un bosquejo, un intento de darle gusto a todo el mundo sin darle gusto a nadie;
una parodia, un saludo a la bandera, un simulacro, una cortina de humo, un acto
de prestidigitación. Al pobre presidente imberbe le pesó la falta de
experiencia y la oposición se lo comió vivo, tanto que casi le arman un bogotazo
y por poco lo sacan corriendo del Palacio de Nariño.
Como a Cata le simpatizaba el exguerrillero y repudiaba al presidente
imberbe, Rupertino creyó que era marxista, pero se dio cuenta, cuando leyó acerca
del tema, que la ideología de Cata poco tenía que ver con Marx. A ella le
gustaba el capitalismo, entendido en su subconsciente como el derecho de todos
los seres humanos a vivir dignamente: viajar en primera clase; comer en buenos
sitios; vestirse como una hippie, aunque con ropa de marca; tener un aparato
móvil de última tecnología sin importarle que fuera producido con mano de obra
esclava en China; estudiar en Estados Unidos; vacacionar en Europa y en Turquía;
relacionarse con hijos de políticos influyentes adeptos al partido comunista y
cultivar amistades del ámbito académico estatal.
Por otra parte, le gustaba juntarse con los desfavorecidos en calidad de
benefactora: comer con ellos en el suelo, hacer paseos de río, hablarles de la desigualdad
social por culpa de los fachos, de los blancos, de los hombres, de la
tradición hispana, del patriarcado, del imperio, de la Iglesia, de Álvaro
Uribe, de Donald Trump, de Cristóbal Colón y de George Washington. Vituperaba
al gobierno oligarca del imberbe que sólo estaba ahí para favorecer los
intereses de los ricos y los privados. Alentaba a sus alumnos a votar por el
cambio y les enfatizaba la importancia de reclamar sus derechos al Estado. Fue
una líder activa en las llamadas protestas sociales que por poco acaban en
guerra civil durante mediados de 2021; movilizó a cuanto amigo y conocido pudo
movilizar. Siempre se mostró solidaria y comprensiva con los grupos sociales
minoritarios que volcaban su identidad exclusivamente en aquella condición que
los hacía diferentes. Siendo de clase acomodada, ella se veía como una
privilegiada con respecto a sus amistades, y en el fondo se sentía culpable por
semejante inequidad. Su padre, un profesor con doctorado de la Universidad Nacional
que siempre vivió del Magisterio, ya pensionado y disfrutando de su retiro con
holgura, le inculcó a su hija la importancia de la educación gratuita y de
calidad, aunque fue el primero en mandarla a estudiar al exterior endeudándose
hasta el cuello, y esa fue una de las banderas por las cuales luchó Cata
mientras ella también ejercía la docencia en la Universidad Tecnológica de su
ciudad, aunque con un título en Filosofía y Letras (o de cualquier carrera de
humanidades) de la Universidad Estatal de California.
Muy pronto comprendió Rupertino que a Cata no le interesaba una
revolución obrera, como a Marx, sino una revolución de las ideas. De modo que
esa cultura rígida, conservadurista, retrógrada, nacionalista, mojigata y
camandulera que venía heredando el país desde los tiempos de la colonización, era
lo que Cata quería sepultar tres metros bajo tierra.
Así que Rupertino entendió la diferencia: Cata no era marxista propiamente.
Si lo había sido, ya su pensamiento había dado un vuelco hacia la nueva
concepción de la izquierda: Cata era progre, progresista, de avanzada. Esa
palabrita que estaba tan en boga y que representaba la panacea de las
ideologías; tal vez un eufemismo para no decir socialista, aunque tampoco era
exactamente lo mismo. La habría podido bautizar como Cata, La Mamerta,
pero no hubiera querido faltarle al respeto. Además “progresista” sonaba para
sus militantes a modernismo, a futuro, a bienestar, a éxito, a iluminación.
Cuán contraria era esa ideología a todo eso.
Por ello Rupertino decidió cambiarle el rótulo a su amiga y la inauguró
como La Progre. Ya no más La Marxista.
Todo esto para entender por qué entre Rupertino y Cata no era posible establecer
una relación que fuera más allá de la amistad: los separaba la política.
Incluso dicha amistad se veía a veces entorpecida por esos temas de
conversación que resultaban inevitables para dos apasionados críticos de la
situación del país y del mundo, y que no estaban dispuestos a transigir en sus
opiniones.
Cuando el uno tomaba la palabra, el otro se la tenía que arrebatar. Se
trenzaban en batallas delirantes por quitarse la razón e imponer la suya propia.
De esas discusiones siempre salían desgastados, maltrechos, derrotados,
impotentes. Odiándose, pero queriendo saldar las diferencias en un colchón en
donde pudieran revolcarse con saña y con pasión. A Rupertino le desesperaba que
Cata fuera tan inteligente, tan arrogante e indomable; a Cata le enardecía que
Rupertino no avanzara con una proposición indecorosa para negarse y hacerlo
rogar después por sus encantos. En lugar de halagar su belleza, él la refutaba
por su punto de vista.
La noche en que se encontraron fueron a tomar el típico café. Reanudaron
el contacto y quedaron de salir en una cita planeada para compartir sin los
afanes del rencuentro casual. En el fondo se deseaban, se querían comer a besos
apasionados. Al mismo tiempo se detestaban por diferir tanto en su forma de
pensar. Tendrían que haberse ahorrado cualquier tema de conversación e ir
directamente a la cama sin decir ni una palabra, pero los prejuicios morales de
Rupertino, que era el conservador de la amistad, oponían una barrera difícil de
franquear. Cata, por su parte, deseaba que él fuera un tipo abierto, moderno, jovial,
aventurero, amante de la naturaleza, extrovertido, revolucionario, combativo,
líder, apasionado. ¿Por qué tenía que ser tan malditamente racional y aburrido?
Rupertino hubiera preferido que ella fuera dócil, tierna, sutil, creyente,
paciente, prudente, chapada a la antigua, reservada. ¿Por qué tenía que ser tan
jodidamente empoderada y emocional?
El mismo día de la cita programada con Cata, Rupertino recibió una
llamada de su amigo Diego Faciolince, a quién él —también
en secreto— apodaba El Facho Lince.
—Entonces, weón —lo saludó este con alegría—.
Le tengo la rumba pa´ esta noche. Anímese que de pronto allá se levanta una
hembrita, a ver si deja de ser virgen.
Rupertino fue tentado por la propuesta,
pero ya se había comprometido con Cata, con quien sabía de sobra que las cosas
iban a ser difíciles. No obstante, albergaba una pizca de ilusión. Sólo era
cuestión de no tocar el tema político. No le dijo al Facho que sí, ni
que no. Que de pronto iba con una amiga, y así quedó la cosa.
Cuando se encontró con Cata fueron a tomar
el mismo café a la misma cafetería, pues a Rupertino la imaginación no le daba
para más. Ella habría esperado que la llevara al menos a un Starbucks,
pero no le podía pedir peras al olmo. Para no entrar en discusiones hablaron de
música, de artistas, de pueblos, de lugares que a ambos les encantaría visitar.
A Cata, por ejemplo, antes le encantaba la
música de Serrat, de Aute, de Silvio Rodríguez y de toda la pléyade de
cantantes de música protesta. Recientemente le había dado por escuchar a Calle
13, a Fito Páez, a Pink Floyd, a Cher, a Miley Cyrus, a Mon Laferte, y a unos
grupos que tocaban una especie de rock progresivo que descubrió cuando
estudiaba en California y que se jactaba de conocer sólo ella. Su actor
favorito era Leonardo Di Caprio, a quien consideraba su amor platónico, y en
Colombia adoraba a Julián Ramón, el hijo de Edgar Ramón. El pueblo que más le había gustado de Colombia
era uno sobre la Cordillera Central al que se tenía que llegar avanzando por
una trocha porque no había carretera, pero era un pueblo tranquilo, despoblado,
de paisajes idílicos donde se respiraba el aire más fresco y benévolo del mundo
y se podía rendir tributo a la Pachamama con toda tranquilidad, mientras se
disfrutaba de un relajante cigarrillo de marihuana.
—Tenía
entendido que ese pueblo había sido decretado zona roja por la guerrilla —la interpeló Rupertino cuando ella contaba maravillas del lugar.
Un error.
—Ya
no —le dijo ella—.
Eso era en el gobierno anterior. Ahora ya estamos en la paz.
—¿Y qué tal te pareció Belén cuando
trabajabas allá? —siguió preguntando Rupertino.
—Uy, no. Ese pueblo es muy paraquito.
—¿En serio? —cuestionó—. ¿Hay muchos
paramilitares en Belén?
—Pues es un pueblo donde hay plata, tú
sabes. Mucho movimiento, mucho comercio, muchas cantinas donde escuchan corridos
y esa música de paracos; mucho escándalo, mucha vida nocturna, y es hasta
peligroso.
“Con esta niña no hay caso”, pensó Rupertino. Esa noche tampoco se saldría con la suya. Decidió deshacerse de ella invitándola al sitio a donde El Facho Lince lo había convidado unas horas antes. Estaba seguro que Cata le diría que no, de modo que la podría llevar a la casa y así se iría para la rumba con su amigo. Para su sorpresa, La Progre aceptó. Lo hizo sin mucha convicción, pero qué más daba. No quería regresar tan temprano y tampoco tenía con quién más salir esa noche. Por algo había aceptado tomarse un café con Rupertino. Le desanimaba, sí, la idea de estar con más gente. Luego pensó que a lo mejor el sitio no estaría tan mal y podría conocer muchachos diferentes.
Cuando llegaron a la puerta del lugar, Cata se detuvo en seco y confrontó a Rupertino.
— ¿Es ahí donde vamos a entrar… El tequilazo?
—Sí, ¿qué tiene de malo?
—No, nada, pero escucha esa música —le
señaló Cata llevando el índice a su oído—. Es la misma que ponen en las
cantinas de Belén. ¿No podríamos ir a otra parte?
—¿Y qué le digo a mi amigo?
—Invéntate algo.
Pero fue demasiado tarde. El Facho Lince
llegó saludando intempestivamente, acompañado de una barra numerosa en la que
por lo menos había tres o cuatro mujeres atractivas y con ganas de rumbear.
Estaban tan espectacularmente producidas, con sus vestidos ceñidos, sus
blusas escotadas, su cabello laceado, sus pestañas encrespadas, sus ojos
radiantes, emanando perfumes tentadores; que Cata, La Progre, se veía
insignificante al lado de semejantes damiselas. Se veía tan desangelada, tan
rústica, tan hippie… tan progre.
La noche prometía, pero Rupertino perdería
cualquier oportunidad de hacer nuevas amistades si insistía en entrar al sitio con su amiga, que
no sólo no estaba arreglada para la ocasión, sino que había sido víctima de las
miradas reparonas de arriba a abajo por parte de las amigas de Diego, y hasta
del mismo Facho que no pudo evitar un mohín de burla.
—Disculpa, pero no quiero entrar a ese
lugar —se disculpó Cata cuando todos se disponían a pagar el cover—. ¿Me
puedes llevar a otro sitio?
Entonces Rupertino intercambió unas
palabras con su amigo, tomó a Cata del brazo y se dirigieron a la acera. Diego,
El Facho, le hizo la bronca:
—Pero volvés, weón, ojo pues.
Rupertino y Cata detuvieron un taxi en la
esquina. Él le abrió la puerta del vehículo, ella se subió y le hizo espacio, pero este se quedó afuera,
dubitativo. Tenía que tomar una decisión entre quedarse con su amiga progre
o con su amigo El Facho y sus amiguitas. Cocacola mata tinto, pensó.
—Bueno, Catica, me escribes
cuando llegues. Yo sí voy a entrar. Muchas gracias por acompañarme a tomar el
café. Nos vemos luego.
Cerró la puerta y el taxi arrancó
llevándose a Cata. Mientras Rupertino regresaba a la entrada de El Tequilazo
sintiéndose liberado de un peso comprometedor, Cata balbuceaba unas palabras
irritadas y pensaba en su venganza. Eso no se quedaría así.








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