sábado, 16 de julio de 2022

Estados Unidos y los principios bíblicos

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Una nación justa no es aquella que contempla exclusivamente los supuestos de “libertad, igualdad y fraternidad” heredados de la Revolución Francesa que dio origen a la proclamación de la República como paradigma político del período moderno. Tampoco es la que ha logrado redactar la más gruesa de las Constituciones, en la que se han incluido todas las particularidades que son objeto de legislarse. No es la que tiene las más excelsas normas concebidas por los hombres, ni el mejor derecho positivo. El éxito de una nación dependerá de los valores bíblicos adoptados como fundamento de sus leyes. Por lo menos en el mundo Occidental. Cuando en una nación se adaptan las enseñanzas de las Escrituras, se puede decir que esa nación tiene bases sólidas y justas.[1]

    No quiere decir esto que basar las leyes en los valores bíblicos desemboque en un Estado puramente confesional o teocrático, en donde se adopte una religión oficial que deje en posición inferior a los demás credos. Al contrario, gobernar con la certeza de la existencia de Dios, de su autoría en la creación del Hombre y del otorgamiento de derechos naturales que nadie más puede quitarle a este, es gobernar reconociendo la libertad del individuo, la igualdad ante la ley y la fraternidad que se puede alcanzar por la gracia misma de Dios, y no la de los hombres.  


  

    Estados Unidos de América, hasta hace unos años, fue prueba de ello. Su Declaración de Independencia se basó en valores morales absolutos en los que reconocía la intervención divina como fuente de autoridad suprema:

 

Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.[2]

 

    Muy diferente fue el modelo de las naciones latinoamericanas, hijas de la Revolución Francesa tan cara a la masonería que  rechazó de plano la idea de un Dios como fuente de poder. Ese poder residiría en el pueblo, y el gobernante era quien lo representaba. Se precisó de una autoridad tangible para que encarnara en el cuerpo del caudillo o el líder mesiánico, lo cual selló el destino de América Latina como una región en donde todavía se siguen esperando los redentores en lugar de procurar el avance como sociedad.  

    Al contrario, los Padres Fundadores de la nación americana entendían muy bien el trasfondo de aquel versículo bíblico que advierte que “no le pertenece al hombre que está andando siquiera dirigir sus pasos”. (Jeremías 10:23), puesto que “el Creador no autorizó a su creación a trazarse su propia senda en independencia de Él”.[3] Los patriotas americanos comprendían la naturaleza dual del Hombre, y por ende sabían que había que sujetarlo a un poder mucho mayor que el de los gobernantes: el poder de Dios.

    Así, no era el Estado la autoridad suprema, sino el Creador. Se desobedeció a la tiranía monárquica que por tradición venía gobernando desde la Edad Media en Europa. Lejos de aceptar este designio, los independentistas articularon a sus leyes los valores del movimiento de la Reforma Protestante, en la cual se consideraba que nadie, por derecho divino, tenía la potestad de gobernar.

    Aquello era cosa de las viejas monarquías feudales, en donde el poder del rey se asumía como el legítimo poder emanado de Dios, y así mismo era el rey quien otorgaba los derechos y las libertades. Bajo los principios bíblicos sobre los cuales se edificó la Carta Magna de Norteamérica, el ciudadano tenía la facultad de ser libre y elegir a sus propios gobernantes: lo que en teoría se supone que es la democracia. Gracias a ella, Estados Unidos llegó a ser la nación más poderosa y estable del mundo durante poco más de doscientos años. Sus habitantes se pueden dar por bien servidos, pues han disfrutado de tiempos de abundancia y prosperidad a pesar del desmoronamiento que hoy vive su país en lo económico, lo político, lo social y lo cultural.

    Sí, ese bienestar se debió en gran parte a unos principios democráticos fundados en una Declaración de Independencia que se acogió al mandato de las Escrituras.

    Y no sólo se alcanzó un bienestar al interior de las fronteras de la unión, sino que este se irradió a otros países que cooperaron con sus ideales.



    El paradigma de progreso y de libertad de Estados Unidos hoy se encuentra en entredicho, pero girando la vista alrededor, aún sigue siendo la tabla de salvación para muchos que ya no tienen nada que perder. No por nada la inmigración ilegal se acrecienta sobre este territorio y amenaza con socavar los cimientos que hicieron grande a un país generoso en el que se alentaba la búsqueda de la felicidad como objetivo primordial de la vida. Fue esa misma generosidad la que hizo posible la llegada de personas de todos los confines del mundo sin saber que allí se estaba germinando la semilla de un multiculturalismo que precisamente iría en detrimento de los valores iniciales del Estado-Nación.  

    El lunes 4 de julio de 2022 se celebraron los 246 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. Se recordará esta fecha, no sólo por la belleza de los juegos pirotécnicos y la alegría con que todavía los americanos festejan la independencia de su país, sino también por el saldo trágico que dejó: un aumento de las cifras de muertos y heridos por causa de las balaceras y estampidas que se presentaron en varios Estados; y una vez más el eterno problema del pistolero psicópata que sale a dispararle a cuanto transeúnte se cruza por la calle, como ocurrió en la masacre de Chicago.[4] Algo le sucede a la gente que mora en este suelo.   



    Hoy, cuando esta nación necesita de un revulsivo para “hacerse grande otra vez”, quienes nos hemos visto de alguna manera cobijados por la protección y la riqueza que le ofrecía Estados Unidos al mundo occidental, vemos con preocupación esos pequeños síntomas que advierten que un mal influjo se está fraguando desde el interior mismo de la gran Unión Americana. La inflación galopante, la escasez de bienes y servicios, el aumento de la criminalidad, el flagelo de la drogadicción con sus consecuentes trastornos de salud mental, la pérdida del patriotismo, la xenofobia, la intolerancia, la violencia irracional, y un sinfín de problemas que aquejan a la sociedad, están arruinando el ideal purista con que precisamente esta nación se forjó.  

    Todo pasa también porque la sociedad se alejó de sus principios fundantes, y lo que está viviendo en la actualidad es el castigo por una desobediencia (igual que el pueblo hebreo desobedeció a Dios una vez que este les otorgó la emancipación de los egipcios) y una deslealtad para con la base bíblica sobre la cual se cimentó la patria: abandonaron la idea de un Estado gobernado por Dios para darle paso a las teorías humanistas y racionalistas que al fin de cuentas eran creación de hombres y que por tanto estaban viciadas con el albur de la imperfección.



    La bendición de la que en un principio gozó la nación norteamericana tuvo que ver, por ejemplo, con la profusión del alimento: un país al que le alcanzaba para darle de comer a todos; a sus conciudadanos y a muchos del exterior. El cuerno de la abundancia les bastó para proveer lo necesario, pudiendo también poner en práctica el principio de dar a otros lo que a estos les hace falta. A lo largo de su historia, Estados Unidos ha sido uno de los países que más ha exportado alimento al resto del mundo, y una gran cantidad de este lo ha hecho llegar en forma de donaciones a través de estamentos gubernamentales como USAID y el mismo Programa Mundial de Alimentos de la ONU y otras OnG’s.[5]

    Lastimosamente, de ese principio de la dádiva se aprovecharon muchos gobernantes de países pobres para robar las ayudas que alimentarían a los pueblos hambrientos; sometiéndolos al eterno círculo de la mendicidad; inventándose la mentira de que son pobres por culpa del imperio para acostumbrar a su gente a la queja perenne y a señalar al país rico como el causante de sus desventuras. Así, muchos de los que han migrado lo hacen con la intención de exprimir al máximo todo el jugo que le puedan extraer a la nación boyante, practicando la vieja consigna de aprovechar los favores obtenidos como una forma de cobrarse por todas las desgracias a las que supuestamente han sometido a sus comarcas de origen.   

    El principio de misericordia y solidaridad que en sus inicios adoptó la nación del Tío Sam fue lo que ayudó para que esta fuera una nación grande. Lo sigue siendo, aunque está en declive.

    Porque no puede ser tan malo un país en el que todavía se teje una esperanza de redención para aquellos ciudadanos que no hicieron bien las cosas en sus patrias, que no eligieron adecuadamente, que permitieron el saqueo, que se dejaron tentar por las prerrogativas y ayudaron a inflar una burbuja que sabían que se les iba a reventar en cualquier momento. Ciudadanos hijos de las divisiones y las pugnas políticas, creídos que encontrarían en las leyes de los hombres la solución a sus problemas.

    Por ello no hay que señalar y juzgar el éxito de los demás cuando lo que hemos obtenido nosotros está lejos de parecerse. Así, la nación del norte no está obligada a resolverle los problemas a las repúblicas bananeras que siguen obstinadas en las utopías y en no sembrar sobre los valores del trabajo y el ahorro, por ejemplo, sino en vivir de los subsidios.[6] El resultado no pude ser otro que el de cosechar dolores.



    No es posible construir un Estado medianamente exitoso si no se cimenta sobre una base bíblica verdadera. La concepción atea y gnóstica de la vida tarde o temprano conduce a la anarquía y a la rebelión, lo cual es una amenaza para la propia supervivencia. Y un rotundo fracaso espiritual.

    Cada quien puede creer en lo que quiera; este es un mundo libre, pero también hay que asumir las consecuencias por nuestra libertad de creer.

    Un político, por ejemplo, que apoye las medidas que estén en contravía con los valores cristianos como el aborto, la ideología de género, la legalización de las sustancias alucinógenas, el comunismo o la religión del Estado, y todas aquellas doctrinas que sólo se centren en el Hombre y excluyan las enseñanzas de Dios; es claramente un perpetuador del mal. Si lo facultamos para dirigirnos, no nos quejemos luego del precio que tendremos que pagar por ello.

    Estados Unidos, que fue el país que más se acercó a un modelo de Estado justo, que respetaba la vida y la libertad antes de caer en lo que ahora ha caído; forjó la base de su Constitución en los preceptos de la fe.[7]

    Pero los políticos modernos no se atreverían a proponer un modelo de gobierno ligado a las leyes bíblicas, pues inmediatamente los tildarían de retrógrados y antidemocráticos; de antisemitas y de discriminadores. Bien valdría la pena intentarlo. Eso sí, respetando las creencias personales, que no deben estar por encima del colectivo, como pasa hoy en día.     


 

    Una reflexión final: la crisis de la humanidad, desde su irrupción como especie precursora de la Tierra, obedece a la falta de sentido de trascendencia. Como si fuéramos un cascarón vacío. Más que un problema cultural, es un problema del espíritu.

    ¿Para qué, entonces, se le proveyó al Hombre de discernimiento si no sabe elegir siquiera lo que le conviene?

 



[1] Idea basada en la conferencia La Biblia, fuente para el Estado. El rol de los cristianos en un mundo gobernado por el mal. Parte 3, del canal Periodismo Sin Fronteras dirigido por el periodista Ricardo Puentes Melo. https://www.youtube.com/watch?v=Deb00gWor_w&list=PLKqIJHY3qH7RZAASLqWddInvyZ7hQuB6e&index=3

[2] https://web.archive.org/web/20110302235928/http://www.archives.

gov/exhibits/charters/declaration_style.html

[3] https://quozio.com/quote/b8e4a8ea/1025/bien-s%C3%A9-yo-oh-jehov%C3%A1-que-al-hombre-terrestre-no-le

[4] https://www.lanacion.com.py/mundo/2022/07/04/atentado-durante-desfile-por-4-de-julio-en-chicago-dejo-al-menos-6-muertos-y-31-heridos/

[5] https://www.un.org/es/global-issues/food#:~:text=El%20Programa%

20Mundial%

https://www.bread.org/es/news/pan-para-el-mundo-lanza-una-campana-para-reformar-la-ayuda-alimentaria-de-estados-unidos

[6] Si algo es un obstáculo que impide llevar una vida con dignidad, es el subsidio, como bien lo explica un artículo de la Fundación Internacional Bases. https://fundacionbases.org/por-que-los-subsidios-no-acaban-con-la-pobreza-en-america-latina/

https://www.nacion.com/opinion/foros/el-peligro-de-los-subsidios/KFNGAXDXEFBADI2LL6V2IFOLXQ/story/

 

[7] https://www.evangelicodigital.com/eeuu/1077/Dios_en_la_

Constitucion_de_Estados_Unidos


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...