sábado, 22 de octubre de 2022

El silencio de los (pe)tristes

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Una reforma tributaria que golpeará directamente el bolsillo de la clase media y todavía más el de la clase pobre; serios problemas de orden público, tanto por causa de invasores de tierras, como por actos vandálicos atribuidos a comunidades indígenas; devaluación sin precedentes del peso colombiano frente al dólar como resultado de los anuncios del gobierno a través de twitter o de las declaraciones de los ministros que están generando el peor pánico financiero en la historia; una inflación galopante que comienza a provocar la ira del jinete del hambre; empresas que anuncian el desmonte de sus operaciones en Colombia por falta de garantías para su inversión; amenazas de expropiación o gravámenes a los capitales golondrina y a quien decida sacar su dinero del país; la más preocupante incertidumbre financiera por el temor a la futura recesión económica y al decrecimiento celebrado por la ministra filósofa; un panorama aciago muy propicio para espantar la inversión extranjera; un respaldo canalla e incondicional a los miembros de los grupos delincuenciales y a las organizaciones de narcotraficantes que se disfrazan de grupos revolucionarios en virtud de una falsa “paz total”; una posición favorable y benévola con la coca, casi que poniéndola al nivel de un producto de primera necesidad; fiestas de 52 millones de pesos con el dinero del erario público en las que se reparten, entre otros, canapés de mariscos y rollitos de jaiba mientras la gente pobre tiene que sobrevivir, ya no con dos comidas al día, sino muchas veces con una, y de mala calidad; cifras de atracos y homicidios disparadas; anuncios de alzas a la gasolina; inminente encarecimiento de la energía por la declaración de guerra del presidente al petróleo y al gas; violaciones contra la propiedad privada auspiciadas por un mandatario amigo de los delincuentes; debilitamiento intencionado de las instituciones de seguridad como la Policía Nacional y el Ejército, a los que no se les permite actuar en consonancia con sus deberes; la creación de un Ministerio de la Igualdad que no sirve para nada y que sólo representará burocracia en un momento en que se nos habla de austeridad mientras ellos derrochan el dinero público a manos llenas; viajes costosos en avión privado de una vicepresidenta que no tiene voz ni voto (y mejor que no lo tenga), pero que se dedicó a pasear; de una primera dama que cree tener la dignidad del Papa, o tal vez un poco más; de un presidente que le carga al pueblo el costo de movilizar un avión Kfir sólo por el gusto de darse un paseíto; etc., etc.

    Hechos como los anteriormente descritos son los que verdaderamente están situando al país al borde del estallido social: del real estallido social. Un estallido que es una bomba de tiempo cuya cuenta regresiva ya comenzó y al parecer no piensa detenerse de seguir en esta tónica. Y vuelvo a utilizar esa palabra que estuvo tan de moda durante la toma guerrillera que vivió el país en 2021. En esa ocasión, quien hoy se sienta en la silla presidencial, azuzó un movimiento que desencadenó toda una serie de actos vandálicos, de hechos criminales, de narrativas en contra de las autoridades. Para nada estas acciones estaban representando el sentir de una sociedad cuyo deseo era que la dejaran trabajar en paz y no le subieran los impuestos. Igual que ahora, con la diferencia de que los impuestos y la asfixia económica son promovidos por aquel que en el pasado se opuso a todo ello incitando a la violencia.



    Hoy, todo eso que se ha descrito como síntomas de una anarquía paradójicamente planificada, se lo debemos al gobierno que no lleva ni tres meses en el poder, pero que ya tiene como objetivo el comienzo de la devastación de Colombia.   

    A todas estas, ¿qué dicen los obnubilados e idiotizados que votaron por esa propuesta con la convicción de que el país necesitaba un cambio? ¿Estarán todavía convencidos de que nos encaminamos por un sendero de prosperidad, de paz y de amor para vivir sabroso? ¿Serán conscientes de que si en el pasado hubo corrupción, coimas, clientelismo, peculados, apropiaciones indebidas de los recursos públicos y malversación de fondos; con el gobierno actual se está profundizando todavía más el robo y el despilfarro? Porque la izquierda, que se jacta de ser honesta y buena, resulta ser un espectro mucho más corrupto y derrochador que su contraparte. Ella sí llega a arrasar con todo, a depredar, a exprimir los frutos de una prosperidad lograda con las políticas de sus antecesores hasta que no quede nada.



    Para anticiparse a las consecuencias de sus fechorías, como un modo de justificarse, la cúpula gubernamental tiene que decir que encontraron la olla raspada y que no les dejaron presupuesto. O tienen que decir, antes de que ocurra la catástrofe, que la culpa es de Estados Unidos, que es el que está arruinando las economías en el mundo. Una vez que se consuma la tragedia, los idiotas útiles saldrán a decir que sí, que el caudillo tenía razón, que fue el imperio el que nos arruinó.

    Cómo goza la izquierda construyendo mitos, señalando responsables, inventando excusas, justificando su fracaso. En todas las naciones donde se aplican sus políticas perversas el resultado es el mismo: miseria, desolación. Su verdadero lema es “socialismo y muerte”, porque no dan a elegir la otra opción.

    Pero bastante se advirtió durante la campaña presidencial que algo así iba ocurrir. Claro, ni los más pesimistas pensábamos que la implementación forzada del Socialismo del Siglo XXI en Colombia iría a ser tan a prisa: el presidente está corriendo como si necesitara cumplirle a alguien. No obstante, esta receta ya la conocemos de hace tiempo, y es la misma que en Colombia nos quieren preparar.

    ¿Queda alguna duda de que este socialismo de Petro apunta a ser todavía más duro que el de Chávez? ¿Los petristas furibundos entenderán que su mesías —el mismo por el cual se rasgaron las vestiduras tildándonos de uribestias a todos los que nos oponíamos al ex guerrillero— es un hombre de mala entraña que busca socavar los cimientos de la nación colombiana para entregarnos al globalismo de la ONU con el discurso del cambio climático? Porque este sujeto no es tan autónomo en sus decisiones, no se crea. En el fondo está haciendo su trabajo para los patrones de la élite, y él no quiere quedarse por fuera de ella.



    ¿Seguirán escuchándose esas voces enfebrecidas gritando “resistencia, resistencia”? Estarán ocultos en sus trincheras, sabiendo que los opositores les vamos a hacer tragar cada una de las palabras que decían cuando osaban defender al mitómano. Ahora parece que quieren pasar desapercibidos, como si la cosa no fuera con ellos. Estarán comenzando a arrepentirse, sospechando que fueron utilizados, o empeñados en seguir defendiendo lo indefendible y utilizar las mismas tácticas de su dios ebrio: responsabilizar a los demás por la debacle que se avecina.

    El silencio que guardan los petristas es apenas lógico. Votaron por la peor opción movidos por un rencor ciego que no los dejó ver el panorama con claridad. Ahora estamos pagando las consecuencias todos. Sólo que no les importa, pues el resentimiento los induce a alegrarse por el mal ajeno, así sea el mismo mal que los agobia a ellos.  



    Y al parecer guardan silencio porque en el fondo saben que la han embarrado y no lo quieren admitir, o lo admiten con el argumento cínico de que los gobiernos anteriores no fueron mejores. Tal vez esta gente no sabe de cifras, de realidades, de resultados medibles. Las estadísticas dicen que desde que asumió el nuevo gobierno los índices económicos van en picada, la inflación está imparable, al igual que el dólar, y la propuesta de subir impuestos y otorgar subsidios respaldados con emisión monetaria parece que se va a convertir en un hoyo negro que se tragará el futuro del país. Pero guardan silencio ante los datos porque esta gente sólo conoce de utopías y de otros entuertos ideológicos que la sagaz izquierda les ha hecho comprar. Es el mismo silencio de los que otorgan, de los que tienen la conciencia sucia, de los hombres tristes; en fin, el silencio de los petristes. 

1 comentario:

  1. Que buen nombre le han dado: los petristes, asi se deben sentir tristes y defraudados de ver la clase de persona que pusieron en el poder y las malas decisiones nos afectaron a todos y esperemos más cambios y no nos hagamos ilusiones que son cambios buenos. NO. Seamos realistas que los errores se pagan caro.

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