Hechos como los anteriormente
descritos son los que verdaderamente están situando al país al borde del
estallido social: del real estallido social. Un estallido que es una bomba de
tiempo cuya cuenta regresiva ya comenzó y al parecer no piensa detenerse de
seguir en esta tónica. Y vuelvo a utilizar esa palabra que estuvo tan de moda
durante la toma guerrillera que vivió el país en 2021. En esa ocasión, quien
hoy se sienta en la silla presidencial, azuzó un movimiento que desencadenó
toda una serie de actos vandálicos, de hechos criminales, de narrativas en
contra de las autoridades. Para nada estas acciones estaban representando el
sentir de una sociedad cuyo deseo era que la dejaran trabajar en paz y no le
subieran los impuestos. Igual que ahora, con la diferencia de que los impuestos
y la asfixia económica son promovidos por aquel que en el pasado se opuso a
todo ello incitando a la violencia.
Hoy, todo eso que se ha
descrito como síntomas de una anarquía paradójicamente planificada, se
lo debemos al gobierno que no lleva ni tres meses en el poder, pero que ya tiene
como objetivo el comienzo de la devastación de Colombia.
A todas estas, ¿qué dicen los
obnubilados e idiotizados que votaron por esa propuesta con la convicción de
que el país necesitaba un cambio? ¿Estarán todavía convencidos de que nos
encaminamos por un sendero de prosperidad, de paz y de amor para vivir sabroso?
¿Serán conscientes de que si en el pasado hubo corrupción, coimas, clientelismo,
peculados, apropiaciones indebidas de los recursos públicos y malversación de
fondos; con el gobierno actual se está profundizando todavía más el robo y el
despilfarro? Porque la izquierda, que se jacta de ser honesta y buena, resulta
ser un espectro mucho más corrupto y derrochador que su contraparte. Ella sí
llega a arrasar con todo, a depredar, a exprimir los frutos de una prosperidad
lograda con las políticas de sus antecesores hasta que no quede nada.
Para anticiparse a las
consecuencias de sus fechorías, como un modo de justificarse, la cúpula
gubernamental tiene que decir que encontraron la olla raspada y que no les
dejaron presupuesto. O tienen que decir, antes de que ocurra la catástrofe, que
la culpa es de Estados Unidos, que es el que está arruinando las economías en
el mundo. Una vez que se consuma la tragedia, los idiotas útiles saldrán a
decir que sí, que el caudillo tenía razón, que fue el imperio el que nos
arruinó.
Cómo goza la izquierda construyendo
mitos, señalando responsables, inventando excusas, justificando su fracaso. En
todas las naciones donde se aplican sus políticas perversas el resultado es el
mismo: miseria, desolación. Su verdadero lema es “socialismo y muerte”, porque
no dan a elegir la otra opción.
Pero bastante se advirtió durante
la campaña presidencial que algo así iba ocurrir. Claro, ni los más pesimistas
pensábamos que la implementación forzada del Socialismo del Siglo XXI en
Colombia iría a ser tan a prisa: el presidente está corriendo como si
necesitara cumplirle a alguien. No obstante, esta receta ya la conocemos de
hace tiempo, y es la misma que en Colombia nos quieren preparar.
¿Queda alguna duda de que este
socialismo de Petro apunta a ser todavía más duro que el de Chávez? ¿Los
petristas furibundos entenderán que su mesías —el mismo por el cual se rasgaron
las vestiduras tildándonos de uribestias a todos los que nos oponíamos al
ex guerrillero— es un hombre de mala entraña que busca socavar los cimientos de
la nación colombiana para entregarnos al globalismo de la ONU con el discurso
del cambio climático? Porque este sujeto no es tan autónomo en sus decisiones,
no se crea. En el fondo está haciendo su trabajo para los patrones de la élite,
y él no quiere quedarse por fuera de ella.
¿Seguirán escuchándose esas
voces enfebrecidas gritando “resistencia, resistencia”? Estarán ocultos en sus
trincheras, sabiendo que los opositores les vamos a hacer tragar cada una de las
palabras que decían cuando osaban defender al mitómano. Ahora parece que
quieren pasar desapercibidos, como si la cosa no fuera con ellos. Estarán
comenzando a arrepentirse, sospechando que fueron utilizados, o empeñados en
seguir defendiendo lo indefendible y utilizar las mismas tácticas de su dios ebrio:
responsabilizar a los demás por la debacle que se avecina.
El silencio que guardan los
petristas es apenas lógico. Votaron por la peor opción movidos por un rencor
ciego que no los dejó ver el panorama con claridad. Ahora estamos pagando las
consecuencias todos. Sólo que no les importa, pues el resentimiento los induce
a alegrarse por el mal ajeno, así sea el mismo mal que los agobia a ellos.
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Que buen nombre le han dado: los petristes, asi se deben sentir tristes y defraudados de ver la clase de persona que pusieron en el poder y las malas decisiones nos afectaron a todos y esperemos más cambios y no nos hagamos ilusiones que son cambios buenos. NO. Seamos realistas que los errores se pagan caro.
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