sábado, 15 de octubre de 2022

La feria del libro: emoción por el gusto de leer, decepción por la inclinación de los que escriben

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    La semana pasada se llevó a cabo la VIII versión de la Feria del Libro del Eje Cafetero: Paisaje, Café y Libro, en la ciudad de Pereira. Como siempre, la Feria dejó una impresión muy positiva en materia de asistencia, de ventas, de reconocimiento del evento y consolidación de los escritores y artistas participantes. Positivo también fue el resultado para las editoriales, las librerías y la misma organización de la Feria que cada año se esmera por ofrecerle al público interesado un programa de calidad. Y desde luego, positivo fue el balance para los lectores que una vez más concurrieron a un espacio en el que pueden sentirse plenamente felices al encontrar allí todo tipo de novedades literarias, de ofertas editoriales, culturales y educativas, y de temáticas diversas que posibilitan seguir cultivando este bello hábito de la lectura.



    En cuanto a los productos exhibidos, la feria contó con una enorme cantidad de libros, revistas, juegos, pasatiempos, secciones de dibujo, fotografía, artes plásticas, y demás formatos entre los que el público pudo elegir. En materia de libros, específicamente, se dio cabida a los autores de todos los géneros, tanto de ficción como de no ficción: poesía, cuento, novela, comic, biografías, ensayo político, derecho, crónica, filosofía, autoayuda, mercadeo, gestión empresarial, salud, historia, libros testimoniales, de concursos literarios, infantiles, libros álbum, libros interactivos, audiolibros, en fin, libros de todos los colores y sabores.    



    No podían faltar, por supuesto, los stand de café y productos derivados para hacerle honor al lema de la feria, en los que se pudo degustar de la bebida cuyo grano recién molido motiva el olfato, despierta el ánimo y se vuelve ideal para acompañar la lectura. El café como impronta de una región en la que cada vez se lee más. Por estos aspectos, la Feria del Libro puede seguir anotándose puntos.

    Pese a ello, no resultó tan positiva para quienes se quedaron por fuera de algunos eventos que estuvieron a rebosar y en los que por cuestiones de aforo no pudieron ingresar. La organización no previó que para algunas presentaciones tendría que haber habilitado escenarios con mayor capacidad, lo cual es un indicativo del crecimiento mismo que está teniendo este festival del libro, cobrando relevancia no sólo en la ciudad, sino a nivel nacional. Por ello se espera que para las próximas ediciones se cuente con una logística capaz de albergar una mayor cantidad de público, en especial en las conferencias que presentan a los escritores y a las personalidades más reconocidas a nivel nacional.



    Ejemplo de ello fue la ponencia del escritor bogotano Mario Mendoza, a la que asistieron alrededor de mil personas y en la que nos quedamos por fuera al menos unas cien. O la presentación del libro de Héctor Abad Faciolince, que hubiera requerido un aforo similar al de Mario, pero solamente se habilitó uno de los salones principales del recinto de Expofuturo, mientras que en el salón contiguo, a la misma hora, una señora le hablaba a “cuatro gatos” tomando posición sobre un tema que ni debiera ser parte de una feria del libro, pero que mejor no menciono para que no me crucifique la corrección política. Hubo allí un error de programación o de cálculo, porque para la presentación de Abad hubieran tenido que unir los dos salones, como se hace cada que hay una conferencia importante. Tal parece que la organización no esperaba la asistencia masiva a los eventos de los escritores nacionales.

    Dato curioso: fueron menos los escritores famosos que tuvo esta versión de la feria en comparación a la versión, por ejemplo, de 2019. Y pocos invitados internacionales. A lo mejor el presupuesto no daba para tanto, o a lo mejor nos estamos localizando más de lo necesario, pues en esta feria se notó el predominio de los escritores regionales. Unos novatos, otros ya con experiencia, pero poco reconocidos más allá de las fronteras de la ciudad. Desde luego, no se puede juzgar la calidad de su pluma sin haberlos leído, o sólo por el hecho de no contar con el respaldo de una editorial poderosa que los potencie en el mundo de las letras, pero no nos digamos mentiras, y es que para un evento que involucra personalidades de talla nacional o extranjera, se pierde el interés por escucharlos. Y es lamentable, pero así es este negocio: el gancho de las ferias siempre son las figuras del momento. Habría que pensar en una feria regional donde verdaderamente los escritores locales y aquellos que recién comienzan tengan su propio espacio y no tengan que competir contra los consentidos de las grandes editoriales que la misma gente pone en el podio de los aclamados.



    Más este es un detalle sin importancia. Mucho nos han recalcado que un buen libro no se valora por la fama de su autor, sino por la calidad literaria que posee la obra en sí misma. Estoy seguro que los escritores jóvenes y experimentados de la región irán poco a poco copando lugares de importancia a nivel nacional y ganando renombre. No es fácil en esto de las letras hacerse a un lugar, pues como en la vocación sacerdotal, en la escritura también se aplica eso de que “son muchos los llamados y pocos los elegidos”.

    Pero aparte de la emoción de asistir a una feria del libro por el gusto de leer y la posibilidad de encontrarse con gente que comparte gustos en común (aunque esta vez no encontré a nadie); por conocer qué es lo que se está escribiendo, y por todo lo que rodea a la feria, lo que me llamó la atención esta vez, y lo digo desde mi óptica personal, no sin cierta decepción, fue un rasgo común que hallé tanto en figuras de la cultura nacional como en escritores locales que no trascienden más allá de su comarca. Lo detecté también en parte de los asistentes, en los ponentes y en los intelectuales que asistieron a esta muestra. Encontré que al parecer, esta, como todas las demás, es una feria del libro de tendencia progre.



    Entiendan, es sólo una percepción, y a lo mejor estoy equivocado. Reconozco que puede ser una estupidez de mi parte desinflarme por la amalgama de personajes, estereotipos, identidades, estilos, temáticas, comentarios, relatos, posiciones políticas, ideologías, argumentos, símbolos, reclamos sociales y demás elementos discursivos y culturales que identifiqué en este programa. La culpa es mía por estar en el lugar equivocado. ¿Qué quería? Estoy en un evento cultural diseñado por gente de la cultura para gente de la cultura: ni modo que allí vaya a encontrarme con gente que piense exactamente como yo.  

    A mí me encantan las ferias del libro, amo el ambiente de los libros, soy un apasionado por la literatura, pero lejos de sentirme como un pez en el agua en este evento, me sentí como un infiltrado.

    Me dirán que soy un prejuicioso que juzga a la ligera, que tengo una mente cerrada y oxidada, que no evolucioné con la llegada del siglo XXI. Lo admito, todo eso puede ser cierto, pero sé que hay algo más que no me quita el sinsabor. No sé por qué, pero me da la sensación de que el 80% de los que asistieron a la feria del libro comparten el pensamiento generalizado que no ve del todo con simpatía las palabras “propiedad privada”, “libre mercado”, o “religión”, por ejemplo. O se han comprado el discurso del cambio climático por el cual apoyan la descarbonización de la economía, aunque esto suponga regresar a la edad de las cavernas; o apoyan el mito de la educación “gratuita y de calidad”, o aquel otro de “mi cuerpo, mi decisión"; o el más reciente, el de la “paz total”. Ustedes más o menos me entienden por dónde va la cosa: me encontré con un predominio general de cierto espectro del pensamiento, con lo cual ya tengo un motivo para decepcionarme. 



    No decepcionarme porque haya gente que piense diferente, sino porque el mundo en el que alguna vez creí sentirme a gusto, libre, infinitamente dueño de mi vocación literaria, ya ha sido colonizado por una tribu marcadamente opuesta a lo que a mí me identifica. Ya es un gueto extraño, un territorio ajeno y lejos de mis posibilidades. No sé qué es lo que tiene en general la gente del ámbito de la cultura, si es algo en su forma de vestir, en su mirada, en sus tatuajes, en sus mechas pintadas, en su androginia, en sus palabras, en su aire de superioridad intelectual, en su postura posmoderna que me dice que con ninguno de estos personajes yo me llevaría bien, pero cada vez que los escucho me doy cuenta de que no tengo nada en común con este nicho. Y sin embargo lo busco como aquel hombre que persigue a una mujer perversa que sabe que lo hará sufrir. Paradojas de la condición humana.

    Creo que el problema está en la visión del mundo que nos muestran los escritores y los artistas. Su idealismo los inclina a las revoluciones y a las utopías, cuando no a las distopías. Se alimentan de ello, y eso está bien para la literatura, pero no dimensionan que tras su obra está la posibilidad de que haya seguidores que les crean ciegamente todo lo que inventan. Entonces lo trasladan a la realidad, y ahí es cuando germina toda la caterva de soñadores que exigen un mundo ideal, al mejor estilo del Mayo del 68, cuando decían “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Son intelectuales que germinan la semilla de una corriente ideológica que con el tiempo se vuelve bastante nociva para la sociedad hasta el punto de incidir en la política y el destino de un país: tal vez hasta el punto de terminar en un totalitarismo sin retorno.  



    El escritor best seller, por ejemplo, dice que la vanguardia de la humanidad la tiene el tercer mundo y que hacia allá se dirigen todas las sociedades. Lo malo es que pareciera gustarle que ese caos se esté produciendo, pues eso le da material para sus libros; y entre más catastrófico nos pinta el panorama, más le aplauden los asistentes (yo entre ellos, lo admito). Culpa al capitalismo de la debacle mundial, habla de una vuelta al primitivismo, de una degradación irreversible del ser humano, como si le estuviera sonando la idea. En el fondo intuyo que apoya el otro mito: el de la lucha de clases.

    Otro dice que no cree en las conspiraciones, cuando a todas luces ya nos han dicho hacia dónde nos quieren llevar y a través de qué métodos, pero sigue afirmando que esos son cuentos de los teóricos de la conspiración, como el cuento del castrochavismo en las elecciones pasadas. Y ya ven, el castrochavismo quedó corto para lo que nos tienen programado.



   Otros hablan de los abusos de la policía, de las corrupciones de gobiernos pasados, de los crímenes de estado en la década del dos mil, de la resistencia, de los asesinatos de los líderes sociales en la era Duque, de los parapolíticos… pero por una cuestión acomodaticia no se quieren referir a nada del presente, ahora que supuestamente se ha entronizado el cambio, como si de verdad dicho cambio fuera a ser para bien. Callan impunemente cuando ven que vamos enrutados hacia el precipicio. Apenas dan a entender muy sutilmente lo que piensan, y los áulicos se las cogen en el aire al tiempo que aprueban con la cabeza y sonríen con la complicidad de quien escucha exactamente lo que quiere escuchar.

    Y así por el estilo, cada cual va aportando su cuota de lamentación contra “el sistema que provoca el descontento social” y la consiguiente “protesta pacífica”. No como las marchas que se están programando ahora, que para ellos no son más que una actitud resentida e inútil de sectores derechistas que no representan a la sociedad.



     Esa fue la sensación que me quedó del entorno de las letras en la pasada feria del libro, además del gusto por leer. He confirmado cuánto ha pesado la influencia del mainstream cultural en el pensamiento izquierdizado de la sociedad. Cuán culpables son los intelectuales de haber insertado sus ideas en unas mentes tan aparentemente inteligentes y a la vez tan manipulables. Su superioridad moral no los exime de su responsabilidad, pero ya su público los ha absuelto. Son ídolos, y a los ídolos se les perdona todo.



1 comentario:

  1. Me hubiera gustado ver la feria contigo y observar y criticar esos "libros" de los que hablas, seguro nos hubiéramos reído.

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