sábado, 26 de noviembre de 2022

Del opio del fútbol a mis pronósticos alucinantes

Por Juan Felipe Giraldo Trejos

Corrección de la columna del sábado 19 de noviembre por inconformidad del autor. Se trató de reescribir de una mejor manera, o tal vez de una peor, pero al menos más actualizada. Gracias por su comprensión.



    El fútbol, que nació como un entretenimiento que le permitió a los capitalistas del siglo XIX apaciguar los ánimos insurrectos de las clases explotadas en medio de la revolución industrial, ha permeado nuestras vidas como si fuera el opio del que antaño hablara Marx. Por ello nace en Inglaterra, allí donde estuvo el centro de la industrialización y convivieron —no precisamente en paz, sino mediados por el conflicto— proletarios con burgueses.

   El ocio tenía que ser convertido en un mecanismo para bajar los niveles de inconformidad. Por ello se requirió seducir a los trabajadores a través de un juego que les permitiera canalizar todas sus energías. Fue así como un balón de cuero lanzado a la clase proletaria en las horas de descanso se constituyó en un bálsamo para menguar su conciencia de clase: jugar para no pensar en la situación económica. Los patrones sabían en esencia del poder de control de masas que suscitaría el nuevo hallazgo. Por ello, cada que veían la oportunidad les proponían un partido de lo que después se conocería como fútbol a los futuros revolucionarios.

    Y es este nuevo opio, el fútbol, el que durante años ha convocado a la audiencia más numerosa que haya registrado deporte alguno. Incluso un mundial de fútbol supera con creces el número de espectadores y televidentes de unos juegos olímpicos, siendo este último un evento que, se supone, es de trascendencia superior.



    Y no sólo el mundial bate récord de seguidores, sino las demás competiciones (a nivel de clubes, por ejemplo) que giran en torno al fútbol: las copas continentales como la Champions League y las diferentes ligas en Europa, que son las que suscitan mayor interés; los torneos de selecciones de los distintos continentes, las eliminatorias, los mundiales de clubes, los mundiales de categorías juveniles, y por supuesto, las competiciones femeninas. Cada uno de ellos cooptando su mercado objetivo.

    El fútbol se ha convertido en una gran industria que moviliza las masas, no sólo a nivel deportivo, sino a nivel económico, social y cultural. Es un aparato mediático que simboliza la pertenencia, no digamos a un territorio geográfico en sentido estricto, sino a un conjunto de valores, símbolos, signos y devociones en común representados en un equipo de fútbol. Ha dejado de ser una práctica de proletarios para convertirse en un negocio de burgueses. Si se mira con detenimiento, es todo un emporio manejado por grandes monopolios y franquicias; una mafia al servicio de intereses metacapitalistas y globalistas. El fútbol ya no sirve para apaciguar una revolución, sino que es la revolución misma. Si la industria en el siglo XIX era regentada por un puñado de poderosos dueños de la producción de aquel momento, el fútbol en el siglo XXI es ya una maquinaria perteneciente a otros clanes iguales o más poderosos que los anteriores, que son los amos de la industria del entretenimiento y la diversión.  



    Son también los dueños del futuro de los descendientes de una vieja clase proletaria que ve en esta actividad una esperanza para salir de su pobreza. Millones de muchachos alrededor del mundo, muchos de ellos hijos de obreros, migrantes y desplazados, aspiran a encontrar en este negocio una redención para su destino condenado a la miseria, sólo que esta vez no esperan salir adelante con las manos laboriosas y encalladas de sus antecesores, sino con las piernas habilidosas y fuertes con las que los dotó la vida, y sobre todo con la improbable fortuna de ser uno entre un millón que pueda llegar a las grandes ligas y torcer de ese modo su destino incierto.

    Y precisamente, como estamos viviendo uno de los mundiales más polémicos de la Historia, no soy ajeno a las pasiones y los recelos que este deporte me despierta. Por una parte, celebro que haya mundial de fútbol una vez más, pues este será tal vez el último buen mundial que veremos. Se despedirán algunas leyendas históricas como Messi, Cristiano Ronaldo, Suárez, y seguramente Neymar si no se ajuicia.

    Por otra parte, están las estratagemas de la FIFA para arreglar partidos con la ayuda de la tecnología utilizada a su favor cuando convenga, o los torcidos que siempre han sido su característica y que no tendrán remedio. También están las leyes duras del emirato de Catar por las que muchos han protestado desde Occidente, desde donde pretenden que su pensamiento libertino se extienda a otros países obligatoriamente. O los abusos, las injusticias, la miseria que oculta el velo de las apariencias de todo evento magno en el que están puestos los ojos del mundo para ganarse una imagen favorable. Sólo que ese velo esta vez tiene forma de turbante y está lleno de maravillas y desencantos. En fin, que con todas las discusiones habidas y por haber, de todas maneras nada, salvo una guerra o una voluntad divina, ha impedido que se lleve a cabo el mundial de fútbol.



    Pero el fútbol, como deporte que aglutina masas, no dejará de ser nunca una pasión, independientemente de las turbulencias que se muevan a su alrededor. Muchos progres que se las dan de defensores de los derechos humanos cuestionan el mundial por la falta de libertades, por la explotación a los inmigrantes, por la esclavitud de sus ciudadanos, por la prohibición de la homosexualidad, por el sometimiento de las mujeres a la ley islámica. Pero no dicen nada de otros países donde igualmente se violan los derechos humanos, donde igual hay explotación laboral, donde no se respetan las libertades. No dicen nada de sus propios países en donde se imponen a la fuerza leyes de género, de cuotas, de supuesta igualdad, inclusión y diversidad que de manera soterrada atentan contra la profesión religiosa, la libertad de expresión, la institución familiar y el derecho al trabajo digno. La hipocresía no solamente es de la FIFA o de Catar, sino de todos aquellos que criticamos la paja en el ojo ajeno y no miramos la viga en el propio.



    Ya para terminar, y adentrándome en el terreno del balón, creo que este mundial puede ser para Argentina. Lo veo en la final. Lo quieren en la final y hay un ambiente favorable en torno a Lionel Messi para que se no se retire del fútbol sin haber sido campeón del mundo, de modo que pueda pasar a la Historia como el mejor de todos los tiempos. Sería muy bueno por Messi, que es prácticamente el único título que le falta en su palmarés, sólo que esperamos que no lo consiga ayudado por fuerzas externas, como consiguió Argentina su primer título mundial en 1978 durante la dictadura de Videla, quien sin duda metió la mano para que de algún modo se favoreciera a su nación. O como cuando ganó el campeonato en 1986 ayudado por la otra mano, la de Maradona frente a los ingleses; cosa que es celebrada con exaltación y orgullo, y en ese caso no se apela a la rectitud ni al juego limpio. Claro, es que Maradona era otro progre igual de hipócrita, un ídolo de barro.

    Si Argentina ha de ser el próximo campeón, que lo sea en franca lid, compitiendo, esforzándose, sin favorecimientos arbitrales ni de ningún otro tipo, sin trampas, dándolo todo como es su característica. Así se haría justicia con Lío Messi, y no como sucedió en 2014, cuando fue premiado como el mejor jugador del mundial sin haberlo sido. Hasta él mismo se avergonzó de recibir semejante honor a pesar que logró ser subcampeón del mundo.



    Todo apunta a que será Argentina un seguro finalista, posiblemente contra Alemania, Inglaterra o Portugal, si no sucede algo extra futbolístico (¿Acaso ya no estará sucediendo?). Contra Alemania puede ser, por aquello de cobrar revancha de las dos últimas finales que tuvieron estos dos equipos en los mundiales de 1990 y 2014, y en las cuales el resultado fue favorable para los teutones, y de las eliminaciones en 2006 y 2010 del equipo gaucho de las que le costó mucho recuperarse. Argentina tiene una espina con Alemania, y qué mejor que sacársela en este mundial. Con Inglaterra se puede prever una final por aquello de tomar revancha por lo de la Guerra de las Malvinas y revivir nuevamente un conflicto político que ponga en crisis a Occidente desde otra perspectiva. Sería una final geo-política. O se podría incentivar esta final con Portugal por el morbo de ver enfrentados a dos grandes estrellas que se retirarían de los mundiales en esta edición: Cristiano y Messi, los dos íconos futbolísticos de este siglo. Al menos los que más reconocimiento han ganado. Pero mejor no me atrevo a hacer pronósticos, no me comprometo porque casi siempre me salen mal. A lo mejor no sea con Argentina la final, sino España Vs Holanda, como en 2010, o Brasil Vs Alemania como en 2002. Todo depende de quién juegue mejor (o de quién tenga la chequera más abultada).



    En fin, que continúe el mundial y que esto se defina en la cancha. Al fin y al cabo, nunca sucede lo que uno se imagina, y en este deporte, como en cualquier otro, tampoco existe la lógica. Siempre hay un palo que se atraviesa y le daña el caminado a un grande. No falta sino que Estados Unidos intervenga otra vez en una disputa internacional y nos arruine la fiesta.

    Obvio, estoy hablando de la selección de los Estados Unidos, no me malinterpreten, pues de pronto se le atraviesa a Holanda y luego a Argentina, y deja viendo un chispero al público futbolero. A mí no me disgustaría la idea, pero eso ya es mucha ciencia ficción. En el fútbol, como en la vida, cualquier cosa puede pasar.  


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