Se aprobó en el Congreso la
reforma tributaria. Se veía venir. Pero como no veremos sus efectos hasta
dentro de unos meses, no podemos reaccionar como es debido, así como nadie piensa
que se va a morir en cualquier momento aun cuando tiene a la muerte esperando a
la vuelta de la esquina.
Gobierno nuevo, impuestos
nuevos.
Nos lo habían anunciado, sólo
que los colombianos todavía no despertamos del letargo en el que nos imbuyó la
izquierda desde el año 2021 —con la toma guerrillera urbana—, y el año 2022 con
las elecciones presidenciales, de las cuales todavía no hemos sido capaz de
reponernos. Seguimos adormilados, anestesiados. Escasamente levantamos la voz
para quejarnos de lo cara que está la vida, pero nuestra voz no se escucha en
el inmenso bosque de la política. De esta manera, quienes tomaron las
decisiones en el Congreso por el pueblo, no tuvieron en cuenta sus necesidades.
Y al final, este es el que paga, como siempre.
La constante a la que se tiene
que someter un pueblo subyugado es bien conocida por la Historia: con la
llegada de cada nuevo rey, los súbditos deben rendirle a este un poco más de tributo
de lo que le rindieron al predecesor. No sólo tributos representados en el orden
de la pleitesía, sino en dinero, lógicamente: más impuestos para sostener el
reino. Sólo que a los gobernantes modernos no les importa otra cosa que no sea
el dinero y el poder. La honra, el buen nombre, el honor de representar al
vulgo, parecen ser cosa del pasado.
Y es que se supone que las
reformas tributarias se diseñan para recoger una cuantía considerable con el
propósito de atender las necesidades más apremiantes de la población: alimentación,
educación, vivienda, salud, generación de empleo, infraestructura, y un sinfín
de ellas. Incluso se contempla con ello el pago de la deuda pública, cada vez
más impagable. Al menos, en teoría, ese es el propósito de los impuestos:
recoger plata para tener con qué solventar el presupuesto de la nación. Nunca para
pagar con ello la excesiva burocracia, los lujos y el despilfarro de los
gobernantes, la corrupción de la clase política, el chantaje de los grupos
criminales a costillas de los contribuyentes para obtener su indulto. En
teoría, repito, porque en la práctica se da todo lo contrario. ¿O acaso en este
gobierno se ha prescindido de alguna institución burocrática, se han reducido
puestos diplomáticos, se han suprimido ministerios o se han bajado los salarios
de los funcionarios? En síntesis, ¿se han hecho propuestas para reducir el
gasto del Estado, para aplicar eso que los políticos tanto le endilgan a la
ciudadanía y que llaman austeridad? Para nada. Al parecer, la única austeridad
la tienen que hacer los ciudadanos de a pie.
También se supone que una
reforma tributaria es para que el país obtenga ingresos adicionales y no para
que pierda dinero. Pues bien, el sentido de esta imposición canalla que aprobaron
en el Congreso fue para perderlo. No ha comenzado a operar el cobro de los
nuevos impuestos y ya los colombianos vamos perdiendo aproximadamente 77 billones
de pesos gracias a la devaluación de la moneda. Devaluación que, dicho sea de
paso, se le atribuye en gran medida a esta misma reforma tributaria.
Veamos lo siguiente: la subida
de impuestos contempla recoger aproximadamente 22 billones de pesos. No
obstante, el impacto económico y la incertidumbre que produjo la propuesta es
algo que no se puede cuantificar. Los inversionistas que pensaban poner su
dinero en Colombia seguramente están pensando en irse a otro país en donde, por
ejemplo, no les graven su patrimonio como se piensa hacer ahora. Las
declaraciones del presidente y sus ministros en el sentido de llevar adelante
unas propuestas económicas de corte socialista han ahuyentado hasta a los
fantasmas. ¿Quién tiene la cifra de lo que se ha perdido por fuga de capitales
desde que Petro fue elegido presidente aquel nefasto 19 de junio de 2022? Ese dato
es imposible de conocer, pero hay una cifra que sí puede dar luces sobre lo que
realmente se perdió con la aprobación de la reforma tributaria, entre otras
propuestas imposibles y declaraciones estúpidas de quienes presiden este
gobierno. Y esa cifra es el precio del dólar, la devaluación hecha materia.
Que el dólar está caro en todo
el mundo, que la inflación es una situación coyuntural debida a la pandemia, a
la guerra Ucrania-Rusia, a la crisis de los contenedores, a la crisis de las
materias primas, etc. Es cierto, pero estas explicaciones son las que suelen
esbozar los que todavía no quieren entender la realidad colombiana, o sólo
quieren ver la parte de ella que les conviene. Desde luego, todo lo anterior ha
contribuido a la carestía a nivel mundial, máxime cuando en Estados Unidos han tenido
que subir las tasas de interés para controlar la inflación y muchos
inversionistas han comprado más dólares, que es la moneda que ofrece mayores
tasas de rentabilidad. Así, prefieren llevarse su dinero de las economías
emergentes y ponerlo a buen recaudo.
Pero no se puede eximir de la
responsabilidad al gobierno Petro de lo que pasa en Colombia con tan solo tres
meses de haberse posesionado y casi cinco meses de haber sido electo. Si bien
no es responsable de la subida general del dólar en el mundo, sí lo es de la
devaluación del peso colombiano. Es que el dólar no es el que gana valor con
respecto a sí mismo; es el peso el que pierde su capacidad adquisitiva: la
segunda moneda más devaluada de Latinoamérica en los últimos dos meses, después
del peso argentino.[1]
Si a mitad de año el dólar
estaba rondando los cuatro mil pesos ($3.898 al 19 de junio), hoy 5 de
noviembre está en $4974 y llegó a estar en $5.091 el día de ayer, lo que quiere
decir que el peso ha tenido una devaluación de más o menos $1.100 por dólar en
los últimos cinco meses.
Esto equivale a lo que subió
el dólar en cuatro años. Desde el 25 de abril de 2018, cuando pasó la barrera
de los $2.800[2] al 19 de junio de
2022, cuando estuvo en $3.898, el aumento fue de casi $1.100, lo mismo que ha
aumentado desde junio a noviembre. Así las cosas, los colombianos somos un 28%
más pobres hoy de lo que éramos en junio.
¿Y qué tiene que ver la
reforma tributaria?, se preguntarán los petristas. Pues muy sencillo: la
reforma tributaria contribuyó a espantar la inversión extranjera, y la
incertidumbre financiera disparó el precio del dólar. Ahí están las
consecuencias de los malos anuncios, de generar pánico financiero y de gravar
supuestamente a los “más ricos”, que en últimas perjudica es a los más pobres.
La cuenta es peor si se analiza desde el lado
de la deuda privada. Quienes tienen deudas en dólares, como los importadores,
por ejemplo, ya no pueden pagarlas de la misma manera. Los endeudados en el
exterior en este lapso de cinco meses o menos, han visto crecer su deuda en un
28% con los intereses respectivos que esto conlleva. ¿Puede un empresario manejar
una crisis de semejante magnitud? Y encima con la reforma se aumentan los impuestos
a las importaciones, lo cual hace inviable que al país pueda ingresar cualquier
producto del exterior. Resultado: menos posibilidades de comprar artículos, no
sólo importados, sino también nacionales que en muchos casos requieren de
insumos que aquí no se producen. Y no digamos nada de muchos alimentos que también en
gran parte vienen de afuera. Con la reforma tributaria habrá que decirle adiós
al trigo, al maíz, a la lenteja, a la soja, a la cebada, al sorgo, al frijol
blanco. Peor aún: al pollo, a las arepas, al pan, a la carne, a la cerveza, al
arroz, al huevo y a cualquier producto que sirva para alimentarnos. ¿Acaso los
fertilizantes para cultivar la tierra y los concentrados para alimentar los
animales no son también importados? Vaya forma de llamar el hambre.
Por último, y lo más grave, la
reforma tributaria no va a servir ni siquiera para hacerle un abono al aumento
de la deuda externa. Se piensan obtener unos ingresos adicionales de 22
billones de pesos. Lo malo es que la deuda del país estaba en 175.917 millones
de dólares[3] al término
de junio de 2022, lo que equivaldría a unos 686 billones de pesos. Hoy, esa deuda,
con los $1.100 de aumento por cada dólar que se debe, asciende aproximadamente
a unos 879 billones de pesos. Si la sola deuda pública (sin contar la deuda
privada) es de 70.000 millones de dólares[4], eso
significa que el gobierno debe pagar 350 billones de pesos a hoy, cuando hace
cinco meses debía de pagar 273 billones. La diferencia, que son 77 billones de
pesos, no se alcanza a pagar ni con tres reformas tributarias. En conclusión, lo
mucho que se piensa recoger con la reforma tributaria no alcanza ni siquiera para
cubrir el mayor déficit que se generó por el efecto de la devaluación entre el
día en que fue elegido el presidente Petro y el día de hoy. Ya no sirve de nada
la reforma si el peso se sigue depreciando, si la inversión extranjera se sigue
retirando, si el presidente continúa adelante con sus políticas empobrecedoras.
Dicen los petristas que cómo
espera la gente que un presidente arregle un país si apenas lleva tres meses de
gobierno; que eso ni siendo un mago. Yo simplemente les digo que no recuerdo un
presidente en la historia de la nación, por perverso que fuera, que nos hubiera
empobrecido tanto en tan poco tiempo. Claro que sabemos que nadie va a arreglar
el país en tres meses, y mucho menos Petro. Pero por favor, que no nos haga más
daño del que nos ha hecho.
[1] La silla vacía. (octubre 21 de 2022). Detector: el peso no es la moneda más devaluada, pero sí la segunda de la región. https://www.lasillavacia.com/la-silla-vacia/detector-de-mentiras/detector-el-peso-no-es-la-moneda-más-devaluada,-pero-sí-la-segunda-de-la-región
[2] El Tiempo. (25 de abril de 2018). Dólar dio salto de $35 y superó los $2.800 https://www.eltiempo.com/economia/dolar-vuelve-a-tocar-los-2800-pesos-209662
[3] Fuente: https://www.banrep.gov.co/sites/default/files/paginas/bdeudax_t.pdf
[4] Dato basado en la editorial de Fernando Londoño del programa radial La hora de la verdad. Colombia, cada día más pobre. (Noviembre 3 de 2022) disponible en https://www.youtube.com/watch?v=GDAAXFBskt4&t=127s







No hay comentarios.:
Publicar un comentario