sábado, 3 de diciembre de 2022

La igualdad de los idiotas

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





Esta es una de esas carteras de gobierno que se ha puesto de moda durante los últimos años en el bloque occidental del planeta, donde se supone que opera el mundo libre, y que poco a poco ha ido ganando fuerza en los espacios del progresismo.

    En España, por ejemplo, ya tienen ese mismo ministerio regentado por la feminista Irene Montero, quien de paso sea dicho, estuvo de visita en Colombia asesorando a nuestra vicepresidente Francia Márquez (la próxima ministra de la “igualdad”) en lo que concierne a los temas de esta cartera que el globalismo ha hecho ver como imprescindible; como un mecanismo político para evitar la discriminación y reducir la desigualdad, aunque en realidad no soluciona ninguno de los problemas que dice combatir, sino que los acrecienta.



    Se trata de una fachada costosa y maniquea para desviar la atención de los reales problemas de las naciones. No por casualidad colocan al frente de esas oficinas a gente cuyo liderazgo es susceptible de inspirar vergüenza ajena. Si algo tienen en común las funcionarias mencionadas que están en cabeza del Ministerio de la Igualdad, son sus salidas en falso. Tanto la española como la colombiana se han ganado a pulso su fama de “personas de poca inteligencia”, para decirlo amablemente, avalando una causa que no tiene ni pies ni cabeza.

    Pero así es el progresismo, qué podemos hacer, y desgraciadamente, tanto en España como en Colombia, y en la mayor parte del mundo que se preciaba de ser “capitalista”, esta ideología perversa es la que está en el poder.

    Por mi parte, yo me sigo preguntando envuelto en un manto impregnado de la más completa ignorancia: ¿Para qué sirve un Ministerio de la Igualdad?



    Se supone que el Ministerio de Educación se crea para garantizar el derecho a la educación y ampliar las perspectivas de desarrollo del país; que el Ministerio de Salud es para asegurarse de que la población cuente con las condiciones esenciales para tener una buena calidad de vida y acceso digno a los servicios médicos; que el Ministerio de Defensa propende por la seguridad de los habitantes y la protección frente a las amenazas locales o externas; y así por el estilo. Pensaría yo que el Ministerio de la Igualdad se crea para que todos tengamos el derecho de ser iguales, así no lo seamos por naturaleza, ¿no? O sea, para implantar la igualdad de todos los ciudadanos, no sólo frente a la ley —que en últimas es la única igualdad que un Estado debería garantizar—, sino la utópica igualdad de resultados.

    Porque eso de que nos quieran igualar a todos en cuanto a lo económico, lo social, lo cultural, lo político y lo aspiracional del individuo, me huele a proyecto colectivista. La Historia ha demostrado que todo colectivismo igualitarista es un fracaso y una tragedia para cualquier nación. Así, me permito ser escéptico frente a ese decreto que permite crear por orden presidencial el tal Ministerio de la Igualdad, que sigo preguntándome para qué es lo que sirve.



    En el discurso todo parece muy claro: “Le corresponde la propuesta, elaboración y desarrollo de las normas, actuaciones y medidas dirigidas a asegurar la igualdad de trato y de oportunidades, especialmente entre mujeres y hombres, y el fomento de la participación social, política y económica de las mujeres”. También “lograr articular todas las políticas que empoderan a las mujeres, las diversidades de género y orientación sexual, generacionales, étnicas y regionales en Colombia”[1]. El propósito me confunde antes que dilucidar mis dudas. El gobierno dice que el ministerio se crea para “lograr la igualdad salarial entre hombres y mujeres”. ¡¿Cómo?! ¿Acaso está escrito en alguna parte de la Constitución que los hombres y las mujeres deben ganar lo mismo? Peor aún, ¿se ha dicho en algún código que hombres y mujeres somos iguales, que los seres humanos no podemos ser diferentes los unos de los otros?

    Yo siempre pensé que el salario se pagaba de acuerdo al trabajo realizado, a las exigencias requeridas para desempeñar el cargo y a las capacidades del trabajador, independientemente de que fuera hombre o mujer. Será difícil lograr la igualdad salarial cuando hombres y mujeres nos dedicamos a actividades tan disímiles y tenemos preferencias laborales (o las posibilidades que ofrece el mercado) que distan mucho de ser retribuidas con el mismo salario. Las estadísticas en el mundo revelan que las mujeres se desempeñan en mayor medida en profesiones relacionadas con la estética y las artes; con el trabajo social, con las humanidades; y los hombres se dedican más a las ciencias exactas como las ingenierías, la medicina, la computación o los negocios. Las primeras profesiones no generan tanto valor en el mercado como las segundas, no sólo por su grado menor de complejidad, sino por el impacto económico que es mucho más relevante en las carreras donde se hace más evidente el factor de la productividad y la rentabilidad. Sin embargo, no hay ningún impedimento para que las mujeres se desempeñen en profesiones de alto valor y obtengan su ingreso de acuerdo a los méritos expuestos. Pero si el propósito de la igualdad es igualar por lo alto, en aras de esa misma condición habría que igualar por lo bajo: más mujeres ocupando también cargos inferiores o ejerciendo empleos que tradicionalmente han sido desempeñados por los hombres, tales como las labores de construcción, de transporte, de conserjería o trabajos en el campo de la minería o la limpieza de ductos, por ejemplo, Y que sea obligatorio. Tampoco hay algún impedimento si una mujer quiere sobresalir en alguna de estas profesiones, y de hecho hay muchas que lo hacen con brillantez. ¿Cuántas mujeres no conducen vehículos de servicio público o son obreras de construcción?



    Pero para eso no se necesita de un Ministerio que iguale a hombres con mujeres, sino de implementación de la justicia, pues las leyes de igualdad ante la ley ya existen, y las garantiza la Constitución. En teoría, claro está. Y es la única igualdad que debiera existir.

    También se habla que con este Ministerio se acabará la violencia de género (¿de la mujer contra el hombre también?), se apoyará a la población LGBT…, a los niños, a los excluidos, a las minorías, etc. Yo me pregunto si acaso es que en Colombia está permitido que un hombre maltrate a una mujer. Si acaso la población LGBT no hace parte del mismo conglomerado que nos cobija con la Constitución bajo el sello de que todos somos colombianos. Aquí parece que con cada minoría supuestamente “oprimida” hubiera que hacer leyes diferentes para cada una de ellas, y hasta crear ministerios que generarán una burocracia costosa y paquidérmica; como si además de categorizarse en un grupo social diferente también tuvieran que estar amparados por leyes especiales. Es ahí donde el tal Ministerio de la Igualdad comienza a generar división y, paradójicamente… desigualdad. ¿No sería más fácil fortalecer las instituciones democráticas y dejar que estas actúen para evitar casos de discriminación y maltrato? ¿Para qué están entonces las defensorías, las fiscalías, las consejerías, las dependencias adscritas a los ministerios y el resto de órganos de control si no es para garantizar la convivencia en paz de los individuos? ¿Se justifica crear otro ministerio que costaría alrededor de los cuatrocientos mil millones de pesos anuales para hacer lo mismo que debieran hacer las instituciones y que no hacen por negligencia?

    Aquí no faltan ministerios, sino hacer cumplir la ley. Del resto se encarga el libre albedrío de los hombres, que por fortuna somos diferentes entre sí y no necesitamos de una autoridad que pretenda igualarnos por la fuerza. Mucho menos que nos imponga cadenas que nos imposibiliten salir adelante, que nos frustren los sueños, nos coarten la creatividad y nos impidan sobresalir del rebaño, pues sólo aquellos que se han atrevido a ser diferentes son los que han logrado el éxito. Cuando todos piensan lo mismo es porque nadie está pensando, reza una conocida frase.  



    Es obvio que ese Ministerio es el contentillo que le tienen que dar a la vicepresidente para que se entretenga, a ver si al fin puede esbozar una cara amable, aunque sea de dientes para afuera, pues no tienen que ponerla a hacer en el gobierno. Ella es el comodín, la mascota de una clase dirigente que la mira con desdén. Es obvio que lo que quieren es meter a los amigos a la burocracia; crear víctimas artificiales para que succionen la teta de un Estado cada vez más empobrecido y benefactor a costa del sacrificio de los ciudadanos honestos que pagan estoicamente sus impuestos y no hay nada para ellos. Es obvio que el Ministerio de la Igualdad no sirve para nada. Es otra estratagema orwelliana de los progresistas para mantenerse en el poder.

    A este paso terminaremos creando el Ministerio de la Piedad, del Amor, de la Felicidad, de la Fraternidad, de la Paz Espiritual, para de este modo terminar imponiendo el paraíso por decreto. El circo del gobierno que tenemos, el del “cambio”, lo terminará cambiando todo: eso sí, en el papel y en el discurso, que es en lo único en donde pueden lograr la realización de sus utopías. Porque la izquierda, de realidad, muy poco. Están desconectados, y esa desconexión es propia de los idiotas.


[1] Urna de Cristal. (27 de Octubre de 2022). Ministerio de la Igualdad. Qué es. Qué propone y cómo avanza su creación. https://www.urnadecristal.gov.co/ministerio_igualdad_que_es



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