Otra vez diciembre, “diciembre
otra vez”. Así se titula el libro testimonial del cantautor Santiago Cruz para
referirse a un mes que marcó los hechos más trascendentales de su vida.
Pero no es del cantante de quien
voy a hablar, sino de diciembre y “sus posadas”, como diría otro cantante.
Porque es el mes más
importante; esperado por algunos y aborrecido por otros. Es un tiempo definitivo
a la hora de formular proyectos y establecer propósitos para el siguiente año. Es
un borrón y cuenta nueva, un pequeño reseteo en la vida, un salto de página con
el que nos ilusionamos. Creemos que apenas nos demos el abrazo de las doce todo
va a ser diferente. Pero bien sabemos que lo que no se hizo durante trescientos
sesenta y cinco días con sus noches, no podrá hacerse apresuradamente en treintaiún
días en los que los ajetreos de la época no darán tregua. Esos días serán para
otros avatares; habrá que dejar todo en stand by hasta que se terminen
las festividades y retorne la pesadilla de un nuevo comenzar: el nuevo período
de traslación con todas sus incidencias y dificultades.
Por el momento se vive con el espíritu puesto en los regalos y las
compras navideñas; en la decoración, la instalada de las luces, la armada del
pesebre y el árbol de navidad —que ya incursionó de lleno en la tradición
cristiana sin serlo—; en la natilla y los buñuelos, en la música y los
villancicos, en el brindis, en el viaje por el reencuentro familiar; en fin, en
una primera reunión que oficialmente se le conoce como la Nochebuena y se lleva
a cabo hoy 24 de diciembre, aunque ya en Colombia la venimos preparando desde
octubre, porque a los colombianos, como a todos los latinoamericanos, nos gusta
la celebración. Porque diciembre no comienza el primero del mes, sino mucho
antes.
Se entiende que la Navidad es
tiempo de alegría, de unión familiar, de compartir, de regalar, de celebrar, de
comer y de beber, de gastar a manos llenas, aunque después los bolsillos se
resientan. Todo ello está muy bien si se tiene la posibilidad. La cena, el jaleo,
los presentes, las botellas de licor y demás aportan al buen ambiente, y eso no lo
critico, sino que por el contrario lo celebro. Sólo que por momentos se nos
olvida que esta festividad parte de una tradición religiosa que debe mantenerse
viva, pues es el tiempo de honrar al Niño Jesús, quien nació en un pesebre hace
más de dos mil años. En torno a él y a su mensaje de amor y reconciliación es
que debiera centrarse esta fecha. El resto es añadidura, y aunque está bien que
así sea, no debe ser el centro de la celebración.
Navidad, además, es tiempo para
reencontrarnos con nuestro yo profundo en pos de reconocer nuestros errores y
las debilidades que nos aquejan: realizar un autoexamen de conciencia.
Pero ese ejercicio de la
conciencia es cada vez menos practicado, cada vez más relegado al ámbito de lo
folclórico. La novena de aguinaldos queda reducida a una pueril recocha,
siendo el espacio por excelencia para ejecutar el acto de alabanza y adoración.
Allí muchas veces se reza por rezar y se canta por cantar, sin un sentido
profundo de lo que se está haciendo. El momento es válido para congregar a la
familia, a los amigos y a los vecinos —especialmente a los niños—, pero la
figura de Jesús, junto con sus enseñanzas con respecto al dar sin esperar
recibir nada a cambio, se ha desdibujado de la mira. En lugar de ello, el
blanco principal al que se apunta suele ser la comida que darán los anfitriones
al terminar la reunión, la pachanga que promete una buena borrachera, y el
intercambio de artículos materiales comprados a última hora —y a precios
elevados— en el centro comercial. El enfoque, pues, está puesto en lo que
diciembre promete, en lo que se espera obtener de una época de festividad: en
otras palabras, en lo que se espera recibir.
Se habla del Niño Jesús o del
Niño Dios como un pequeño filántropo cuyo rol principal es el de traer regalos
a los demás niños de la Tierra. Y ni qué decir de Papá Noel, que es el
verdadero símbolo comercial y esnobista de la navidad. Muchas veces esta labor
se condiciona, no tanto por el buen comportamiento de los infantes, sino por la
capacidad adquisitiva de sus padres. Pero Dios, aunque sea niño, no tiene la
misión de traer regalos, sino pautas de comportamiento. Debiera aprovecharse
esta época para enseñar a los hijos a valorar el esfuerzo de sus padres; instruirlos
en la fe y en las acciones que promuevan los valores antes que premiarlos con objetos
costosos con los que de pronto van a presumir. El mejor regalo es el ejemplo y
la instrucción moral. Que los niños reciban sus obsequios, pero que primero
reciban a Jesús en sus corazones. Que sepan de la importancia de ser
agradecidos, de tener presente a Dios en todos los actos de su vida. Sólo así
se asimila el verdadero sentido de la navidad, “el amor encendido, el total
desprecio de todo lo terreno”.
Se habla también de un origen
pagano de esta fiesta que conmemora el nacimiento de Jesús, pero cabe aclarar
que quien adoptó la tradición cristiana fue el Imperio Romano para evitar que
el cristianismo se extendiera y socavara los cimientos de su nación. Suena
paradójico, pero los romanos, temerosos de la evangelización masiva que se
venía dando, tuvieron que aceptarla para reducir la posibilidad de un ataque
por parte de sus viejos enemigos, los cristianos. Fue así como el emperador
Aureliano instituyó una fiesta que oficializó el 25 de diciembre para rescatar
la gloria del imperio en honor a la figura del Sol Invicto que coincidiera
también con la celebración del nacimiento de Jesucristo. Pero los cristianos de
la época ya lo celebraban desde antes, de modo que como lo afirma la profesora
e historiadora Mamela Fiallo, “no fue la Iglesia la que adoptó un rito pagano
para evangelizar a los romanos. Al revés, fueron los romanos quienes adoptaron
la costumbre cristiana”[1] para
evitar el declive del imperio. No es cierto que antes del siglo IV no hubiera
navidad cristiana en Roma.
Sin embargo, la Navidad (con
todos sus señalamientos de paganismo, de época de consumo desaforado, de
mercantilización de las tradiciones, de oportunidad de negocio para los grandes
empresarios) se ha descristianizado tanto, que sería raro encontrar esta noche a
un católico en la misa de las doce. Muchos de esos que se subieron al bus de
diciembre invirtiendo cuantiosas sumas en los regalos, en las luces, en la pólvora,
la comida y la bebida, estarán a esa hora en cualquier actividad rumbera, menos
conmemorando el nacimiento de Cristo.
Y no juzgo que no lo hagan, pues de hecho soy un mal católico que no practica la religión y que no irá a la Misa de Gallo de esta noche. No tengo autoridad moral para criticar. Lo que pasa es que me siento en la obligación de hacer ver que lo importante no son las formas, sino el fondo: el hecho de saber que la fiesta de la Navidad es reafirmar a Jesús como nuestro Rey Salvador, como nuestro dador de vida eterna. La Natividad, que significa nacimiento, es en todo caso una celebración de la vida, del amor, de todo lo bueno que hay para celebrar. Es el deber de poner nuevamente a Cristo en el centro de la ecuación.
Del lado incrédulo, por
ejemplo, la sustancia de esta fiesta estará cimentada sobre lo material. El
núcleo de la celebración será todo aquello que gire alrededor de lo
estrictamente mercantil, pues prima el disfrute ilimitado.
Me dirán los contradictores
que estoy siendo hipócrita al criticar al mercado cuando soy un férreo defensor
del capitalismo, pero una cosa es el consumo y otra el consumismo. Y claro que
en este contexto se da el consumo, pero no nos confundamos: lo importante es
mantener la humildad que tuvo Jesús a lo largo de su vida, y eso es lo que
menos se mantiene.
Porque Él nos recuerda que nació
en la más absoluta pobreza para que no nos desbordemos de frustración si no hay
ropa para estrenar ni regalos para repartir. Poco le importan a Él las formas
externas de la celebración y mucho lo que se alberga en el alma de cada uno.
Por eso no hay que olvidar que
cuando llega diciembre, llega más que una época de fiesta. Llega otro momento
para resarcirnos, para perdonar y para recordar que sólo Jesucristo, el hijo de
Dios, es quien puede conducirnos por el camino de la verdad y la vida. Nos alegramos
de que sea otra vez diciembre; no por la parranda inconmensurable que vamos a
tener, sino por la oportunidad para afianzar el compromiso de ser mejores
personas. Porque si algo le falta a esta sociedad es precisamente la voluntad para
hacer el bien.
Les deseo una feliz navidad a
mis fieles lectores y mucha paz en sus corazones.
[1] Véase el artículo de: Mamela Fiallo Flor. (24
de diciembre de 2022). La Historia desmonta el mito de la Navidad pagana.
Panampost. Descargado de
https://panampost.com/mamela-fiallo/2022/12/24/la-historia-desmonta-el-mito-de-la-navidad-pagana/







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