sábado, 24 de diciembre de 2022

Otra vez diciembre

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






    Otra vez diciembre, “diciembre otra vez”. Así se titula el libro testimonial del cantautor Santiago Cruz para referirse a un mes que marcó los hechos más trascendentales de su vida.

 Pero no es del cantante de quien voy a hablar, sino de diciembre y “sus posadas”, como diría otro cantante.

    Porque es el mes más importante; esperado por algunos y aborrecido por otros. Es un tiempo definitivo a la hora de formular proyectos y establecer propósitos para el siguiente año. Es un borrón y cuenta nueva, un pequeño reseteo en la vida, un salto de página con el que nos ilusionamos. Creemos que apenas nos demos el abrazo de las doce todo va a ser diferente. Pero bien sabemos que lo que no se hizo durante trescientos sesenta y cinco días con sus noches, no podrá hacerse apresuradamente en treintaiún días en los que los ajetreos de la época no darán tregua. Esos días serán para otros avatares; habrá que dejar todo en stand by hasta que se terminen las festividades y retorne la pesadilla de un nuevo comenzar: el nuevo período de traslación con todas sus incidencias y dificultades.  

    Por el momento se vive con el espíritu puesto en los regalos y las compras navideñas; en la decoración, la instalada de las luces, la armada del pesebre y el árbol de navidad —que ya incursionó de lleno en la tradición cristiana sin serlo—; en la natilla y los buñuelos, en la música y los villancicos, en el brindis, en el viaje por el reencuentro familiar; en fin, en una primera reunión que oficialmente se le conoce como la Nochebuena y se lleva a cabo hoy 24 de diciembre, aunque ya en Colombia la venimos preparando desde octubre, porque a los colombianos, como a todos los latinoamericanos, nos gusta la celebración. Porque diciembre no comienza el primero del mes, sino mucho antes.



    Se entiende que la Navidad es tiempo de alegría, de unión familiar, de compartir, de regalar, de celebrar, de comer y de beber, de gastar a manos llenas, aunque después los bolsillos se resientan. Todo ello está muy bien si se tiene la posibilidad. La cena, el jaleo, los presentes, las botellas de licor y demás aportan al buen ambiente, y eso no lo critico, sino que por el contrario lo celebro. Sólo que por momentos se nos olvida que esta festividad parte de una tradición religiosa que debe mantenerse viva, pues es el tiempo de honrar al Niño Jesús, quien nació en un pesebre hace más de dos mil años. En torno a él y a su mensaje de amor y reconciliación es que debiera centrarse esta fecha. El resto es añadidura, y aunque está bien que así sea, no debe ser el centro de la celebración.  

    Navidad, además, es tiempo para reencontrarnos con nuestro yo profundo en pos de reconocer nuestros errores y las debilidades que nos aquejan: realizar un autoexamen de conciencia.



    Pero ese ejercicio de la conciencia es cada vez menos practicado, cada vez más relegado al ámbito de lo folclórico. La novena de aguinaldos queda reducida a una pueril recocha, siendo el espacio por excelencia para ejecutar el acto de alabanza y adoración. Allí muchas veces se reza por rezar y se canta por cantar, sin un sentido profundo de lo que se está haciendo. El momento es válido para congregar a la familia, a los amigos y a los vecinos —especialmente a los niños—, pero la figura de Jesús, junto con sus enseñanzas con respecto al dar sin esperar recibir nada a cambio, se ha desdibujado de la mira. En lugar de ello, el blanco principal al que se apunta suele ser la comida que darán los anfitriones al terminar la reunión, la pachanga que promete una buena borrachera, y el intercambio de artículos materiales comprados a última hora —y a precios elevados— en el centro comercial. El enfoque, pues, está puesto en lo que diciembre promete, en lo que se espera obtener de una época de festividad: en otras palabras, en lo que se espera recibir.



    Se habla del Niño Jesús o del Niño Dios como un pequeño filántropo cuyo rol principal es el de traer regalos a los demás niños de la Tierra. Y ni qué decir de Papá Noel, que es el verdadero símbolo comercial y esnobista de la navidad. Muchas veces esta labor se condiciona, no tanto por el buen comportamiento de los infantes, sino por la capacidad adquisitiva de sus padres. Pero Dios, aunque sea niño, no tiene la misión de traer regalos, sino pautas de comportamiento. Debiera aprovecharse esta época para enseñar a los hijos a valorar el esfuerzo de sus padres; instruirlos en la fe y en las acciones que promuevan los valores antes que premiarlos con objetos costosos con los que de pronto van a presumir. El mejor regalo es el ejemplo y la instrucción moral. Que los niños reciban sus obsequios, pero que primero reciban a Jesús en sus corazones. Que sepan de la importancia de ser agradecidos, de tener presente a Dios en todos los actos de su vida. Sólo así se asimila el verdadero sentido de la navidad, “el amor encendido, el total desprecio de todo lo terreno”.



    Se habla también de un origen pagano de esta fiesta que conmemora el nacimiento de Jesús, pero cabe aclarar que quien adoptó la tradición cristiana fue el Imperio Romano para evitar que el cristianismo se extendiera y socavara los cimientos de su nación. Suena paradójico, pero los romanos, temerosos de la evangelización masiva que se venía dando, tuvieron que aceptarla para reducir la posibilidad de un ataque por parte de sus viejos enemigos, los cristianos. Fue así como el emperador Aureliano instituyó una fiesta que oficializó el 25 de diciembre para rescatar la gloria del imperio en honor a la figura del Sol Invicto que coincidiera también con la celebración del nacimiento de Jesucristo. Pero los cristianos de la época ya lo celebraban desde antes, de modo que como lo afirma la profesora e historiadora Mamela Fiallo, “no fue la Iglesia la que adoptó un rito pagano para evangelizar a los romanos. Al revés, fueron los romanos quienes adoptaron la costumbre cristiana”[1] para evitar el declive del imperio. No es cierto que antes del siglo IV no hubiera navidad cristiana en Roma.



   Sin embargo, la Navidad (con todos sus señalamientos de paganismo, de época de consumo desaforado, de mercantilización de las tradiciones, de oportunidad de negocio para los grandes empresarios) se ha descristianizado tanto, que sería raro encontrar esta noche a un católico en la misa de las doce. Muchos de esos que se subieron al bus de diciembre invirtiendo cuantiosas sumas en los regalos, en las luces, en la pólvora, la comida y la bebida, estarán a esa hora en cualquier actividad rumbera, menos conmemorando el nacimiento de Cristo.

    Y no juzgo que no lo hagan, pues de hecho soy un mal católico que no practica la religión y que no irá a la Misa de Gallo de esta noche. No tengo autoridad moral para criticar. Lo que pasa es que me siento en la obligación de hacer ver que lo importante no son las formas, sino el fondo: el hecho de saber que la fiesta de la Navidad es reafirmar a Jesús como nuestro Rey Salvador, como nuestro dador de vida eterna. La Natividad, que significa nacimiento, es en todo caso una celebración de la vida, del amor, de todo lo bueno que hay para celebrar. Es el deber de poner nuevamente a Cristo en el centro de la ecuación.



    Del lado incrédulo, por ejemplo, la sustancia de esta fiesta estará cimentada sobre lo material. El núcleo de la celebración será todo aquello que gire alrededor de lo estrictamente mercantil, pues prima el disfrute ilimitado.

    Me dirán los contradictores que estoy siendo hipócrita al criticar al mercado cuando soy un férreo defensor del capitalismo, pero una cosa es el consumo y otra el consumismo. Y claro que en este contexto se da el consumo, pero no nos confundamos: lo importante es mantener la humildad que tuvo Jesús a lo largo de su vida, y eso es lo que menos se mantiene.

    Porque Él nos recuerda que nació en la más absoluta pobreza para que no nos desbordemos de frustración si no hay ropa para estrenar ni regalos para repartir. Poco le importan a Él las formas externas de la celebración y mucho lo que se alberga en el alma de cada uno. 

    Por eso no hay que olvidar que cuando llega diciembre, llega más que una época de fiesta. Llega otro momento para resarcirnos, para perdonar y para recordar que sólo Jesucristo, el hijo de Dios, es quien puede conducirnos por el camino de la verdad y la vida. Nos alegramos de que sea otra vez diciembre; no por la parranda inconmensurable que vamos a tener, sino por la oportunidad para afianzar el compromiso de ser mejores personas. Porque si algo le falta a esta sociedad es precisamente la voluntad para hacer el bien.

    Les deseo una feliz navidad a mis fieles lectores y mucha paz en sus corazones.





[1] Véase el artículo de: Mamela Fiallo Flor. (24 de diciembre de 2022). La Historia desmonta el mito de la Navidad pagana. Panampost. Descargado de https://panampost.com/mamela-fiallo/2022/12/24/la-historia-desmonta-el-mito-de-la-navidad-pagana/






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