Hoy se acaba el año. Como cada
vez que se aproxima un final, es necesario hacer un balance de lo que se deja
atrás. Lo que pasó en el mundo durante los últimos 365 días no lo puedo resumir
en este artículo, pero puedo reseñar algunos hechos importantes que a mi juicio
marcaron la pauta del 2022. Hechos que, por cierto, no fueron para nada venturosos
y que por desgracia sus coletazos nos seguirán atosigando durante el 2023: la
guerra de Ucrania, las políticas ecofascistas que permiten sospechar la escasez
y el hambre, el encumbramiento del socialismo en Latinoamérica, entre otros.
Mientras escribo esta columna escucho el conteo regresivo de los
segundos que le quedan a este año difícil que ya es un cadáver fresco. No quisiera
que se terminara del todo, no tanto porque vaya a extrañarlo, sino por el mal
presagio ante el año que comienza. Desearía, en todo caso, que el tiempo quede
suspendido.
Podría decir que fue un buen
año en lo personal, pero un mal año para el mundo. El balance arroja un saldo positivo
en materia de salud, viajes, lecturas, aprendizajes y experiencias a nivel
social, aunque deja un saldo negativo en el amor y uno muy pobre en materia de trabajo
y finanzas. Nada puede ser perfecto, y cada ciclo tiene sus pros y sus contras.
Al mundo, por su parte, no le
fue tan bien, y al parecer le irá peor. La humanidad, a casi tres años de la
pandemia, no cambió nada con la experiencia y continuó comportándose con su
misma carga de soberbia. A pesar de que nos han dejado vislumbrar un poco el
futuro que nos aguarda, pareciera que ese panorama fuera un espejismo; una imposibilidad
probada. Pero el panorama se acerca como un tren potente que se ve desde lo
lejos y los humanos estamos amarrados a la carrilera. Dios quiera que para el
próximo año los presagios no se cumplan. Que todo marche bien, que la burbuja
no se rompa.
Tuvimos que presenciar un hecho
nefasto como lo es la guerra Ucrania-Rusia, cuyas repercusiones negativas
seguiremos viviendo. Fue un suceso que polarizó aún más la sociedad mundial. A
quienes hablaron contra la OTAN y los Estados Unidos, alineados a favor de
Ucrania, se les señaló de comunistas prorrusos, de estar a favor del genocida
Putin. Pero si se criticaba a este último, la opinión contraria los acusaba de
globalistas. Tanto de una parte como de otra se cometieron trasgresiones, se
violaron acuerdos, se faltó a la palabra. Ni Rusia tenía derecho de invadir a
Ucrania, ni la OTAN, que la defendía de dientes para afuera, podía pretender ser
la policía del mundo. Biden, por su parte, azuzó una guerra inútil llamando “asesino”
a Putin. A él también habrá que cobrarle su cuota de responsabilidad en los
muertos y destrozos.
No resultó ser cierto que el
ejército ruso fuera una fuerza letal que aplastaría sin piedad a Ucrania en un
par de semanas. Los ucranianos han sabido resistir, pero están dando su vida
por un teatro orquestado por el mejor de sus actores: Zelensky, quien conmina a
sus ciudadanos a pelear la guerra mientras él se va a hacer lobby a Estados
Unidos.
Para lo que sí sirvió la guerra fue para que los medios, en especial las redes sociales, manipularan la información, y para que los europeos se quedaran sin gas, desatándose una crisis energética en el Viejo Continente.
Como consecuencia de la guerra
y otras políticas del poder global, tales como la lucha contra el cambio
climático, el 2022 también nos dejó la pérdida de la soberanía energética en
Occidente. Sólo Rusia, China e India siguen desarrollándose a base de
combustibles que emiten dióxido de carbono. Para ellos no aplica el discurso
para combatir las temperaturas extremas que azotaron al mundo este año. China,
por ejemplo, produce el 30% de la contaminación mundial. ¿Dónde está Greta
Thunberg reclamándole al Partido Comunista?
El resto se tiene que alinear con la Agenda 2030, la cual les prohíbe a
los países en vías de desarrollo que dejen de desarrollarse. Y esa prohibición
surge, paradójicamente, de los países que ya se desarrollaron. De modo que bajo
el catastrofismo climático la humanidad entrará en riesgo de perecer de hambre.
No por nada en Colombia tenemos a un payaso macabro que nos piensa dejar sin petróleo
y sin gas por el capricho de cumplirle al “gobierno único mundial” que desde la
ONU y las ONG de los metacapitalistas nos vienen implantando a la fuerza. Este
diablo piensa que es el salvador del mundo cuando en realidad es el súbdito más
aplicado de la agenda globalista: acata las órdenes que le vienen dadas desde
afuera al pie de la letra.
En Colombia despedimos el 2022 con la certeza de un revés político. La ultra izquierda radical se montó en la presidencia en medio de unas elecciones agitadas, manipuladas, tramposas. El presidente que quedó elegido (no sé si limpiamente) podría llegar a convertirse en el más grande desastre para mi país. El cambio tan pregonado conllevará su dosis de pobreza y estancamiento, seguido de otro tanto de inseguridad. Se le da la bienvenida al gobierno del hampa y la delincuencia. Tambalea la economía, la tranquilidad del ciudadano honrado, la propiedad privada, la inversión, el ahorro, el trabajo y el esfuerzo personal; todos valores de un modelo capitalista que se pervirtió con la puesta en marcha de políticas intervencionistas. Ahora será el tiempo del subsidio, de la pauperización, de los productos escasos y de mala calidad, de la incompetencia laboral, de la emisión monetaria, de la renta básica y las ayudas del gobierno que no ayudan a nadie y que sólo nos terminarán de empobrecer como en efecto ya se está viendo. Es el tiempo de los resentidos sociales que por el hecho de estar respaldados por el presidente no dejarán de ser lo que son y de culpar a otros por su fracaso. El tiempo también de la sociedad idiota signada por el ideal del progresismo más agresivo que nos devolverá a una neoinquisición tan brutal como la de la edad media. Lo malo es que no sólo fue Colombia la que tomó por el mal camino del socialismo, sino que también lo hicieron Chile y Brasil, y antes lo había hecho Perú. Latinoamérica ahora es roja, más cercana al PCCh que a la Estatua de la Libertad.
El dólar, por su parte, se trepó a niveles nunca antes vistos. Llegó a romper la barrera de los cinco mil pesos y contribuyó a disparar otro tanto la inflación, que es la misma de hace treinta años, cuando el libre comercio estaba restringido, igual que hoy. Sólo que no hay nadie que levante la voz ni que proteste, ni mucho menos que respalde un verdadero estallido social, pues quienes hace poco quemaban el país y bloqueaban las vías son los mismos que hoy respaldan el gobierno; los delincuentes mismos son gobierno.
De otro lado, la inmigración
fue cifra récord en Estados Unidos y en Europa. Parece que los gobiernos no
quieren hacer nada para controlarla, sino todo lo contrario: alentarla
desmedidamente, y que se convierta en una bomba de tiempo para sus propios
países. Es que estos globalistas odian las fronteras, y por ende a sus propias
patrias.
Mientras Inglaterra ha tenido tres primeros ministros este año, en Italia por fin ganó una ministra de derecha. Mientras en Perú destituyeron a Castillo por corrupto, a la corrupta de la Kirchner en Argentina la condenaron (simbólicamente, porque no irá a prisión) por lo mismo. Tal parece que los gobernantes de izquierda no son tan buenos como dicen. Ortega sigue apresando opositores en Nicaragua y a Boric ya no lo quiere ni su madre en Chile, y entonces para qué votaron por ese comunista. Lula ganó en Brasil y está dispuesto a recuperar su Foro de Sao Paulo mientras que López Obrador se cree el rey del Grupo de Puebla para encumbrarse como el jefe de la nueva Unión Soviética Latinoamericana. Eso si Petro lo deja, pues el ex guerrillero es narcisista y quiere ser él quien dirija la bandola. Quién sabe cómo se las arreglarán estos zurdos para ponerse de acuerdo sobre el líder de la izquierda en la región. Al final todo lo decidirá Cuba, como siempre, porque Fidel Castro ni estando muerto deja de ensañarse con los pobres cubanos y el resto de latinoamericanos. Mientras Biden debilita a la nación que otrora fue la más poderosa del mundo, Trudeau en Canadá radicaliza el progresismo, de manera que allí será un delito hasta tener religión y practicarla.
El mundo en llamas y a esta hora la gente celebrando. Es la una de la mañana y mejor cierro mi intervención, no sea que me sorprenda el primer sol de enero trasnochando por escribir estas bobadas.
Ya es 2023.
Chao 2022.
Se acabó el año, pero aún no se acaba el mundo, así que… ¡feliz año para todos!







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