sábado, 10 de diciembre de 2022

Conversaciones con un petrista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos






   Un petrista es alguien que se identifica con la figura de Gustavo Petro. Lo ama, lo idolatra. Además de haber votado todas las veces por él (en el ejercicio libre de la democracia que sí existe en Colombia), defiende su gestión, avala sus propuestas, apoya su plan de gobierno y pasa por alto los deslices y las salidas en falso que comete el líder de marras.

    Los asuntos del pasado escabroso del mandatario son una nimiedad para el petrista y prefiere no hablar de ellos. En lugar de eso, despotrica de quien osa cuestionar a Petro o declararse antipetrista, como si las razones para ello no fueran lo suficientemente válidas. Al petrista le duele que uno no ande en la misma tónica de él, pero lo disimula muy bien diciendo: “bueno, vivimos en democracia y esta es la democracia. Ahora las cosas cambiaron y nosotros estamos en el poder”. Paradójicamente, los que tanto despotricaron del sistema de gobierno cuando perdían las elecciones, diciendo que en Colombia nunca ha existido democracia, ahora que las ganaron sí gritan a los cuatro vientos que la democracia existe, a pesar de que ellos nunca hubieran estado dispuestos a aceptar la derrota en caso de que hubieran perdido esas mismas elecciones.  

    Pero para el petrista no caben las objeciones a su pírrica victoria. El triunfo de su presidente no se puede poner en tela de juicio porque no hay pruebas, y todo el mundo debiera aceptar que las elecciones de junio fueron limpias. El solo hecho de que alguien cuestione cómo es que Petro obtuvo más de dos millones de votos en quince días es ya una herejía para el petrista. La duda sobre ese proceso electoral es considerada una pataleta de ahogado, de opositor resentido, de uribista trasnochado, y si se descuida el contradictor, lo tildan de fascista, que es la palabra preferida que el mamerto usa para atacar a quienes no piensan como él.



    El petrista es un fanático furibundo de esa nueva religión llamada petrismo. Igual que lo fue el uribismo endiosando la figura de Álvaro Uribe, el culto a la personalidad no está exento de manifestarse en el credo petrista. También allí se recoge el odio contra los opositores que se atreven a criticar al presidente impoluto. El petrista sabe que ese mesías es igual o peor de tramposo y de corrupto a los que hubo en el pasado, pero ante ello opta por callar y lanzar el dardo poniendo de manifiesto la paja en el ojo ajeno. Y como es la religión hegemónica de la política colombiana, el petrista se siente que es mayoría y lo cacarea orgulloso, juzgando de paso a quienes se acomodan en la orilla opuesta, como si todo lo que estuviera en contra del petrismo fuera malo.

    Porque gracias al petrista, si alguien se declara de derecha, entonces llueven sobre ese individuo los calificativos más despectivos que la retórica ha alimentado: paramilitar, facho, guerrerista, godo, nazi, ultraderechista, retrógrado, radical; es decir, todo lo que el petrista es en el fondo, y que haciendo acopio de la inversión revolucionaria acusa a sus oponentes de serlo.



    Le sucedió hace poco a mi amigo Rupertino Díaz que se topó en una de esas conversaciones de ocasión en que con intención o sin ella se toca el aspecto político. Bastó que él manifestara su desagrado por el presidente Petro para que su interlocutor —petrista consumado y por consiguiente un orador beligerante— se sentara en la palabra y lo hiciera quedar en ridículo, no sólo porque no le permitió a Rupertino exponer sus razones, sino porque el petrista siempre tiene la última palabra. Habla con contundencia y se marcha para no dar lugar a la réplica. Y si se intenta la réplica, recurre al ambiguo método de la emocionalidad y la romantización de la lucha revolucionaria. Ante la estrategia que apela al ardid de los sentimientos es muy complicado ofrecer argumentos racionales que pongan la discusión en su lugar. Por lo general el petrista siempre triunfa en el debate, pues él sabe cómo es que hace su presidente para ganar adeptos ensalzando nuevas víctimas que luego se simpaticen con él. Por ello es tan complicado discutir con un petrista. Mientras uno ofrece razones, ellos se blindan con emociones.

    Eso sí, los inteligentes son ellos. Ellos, los que leen, los que entienden el país, los que saben de economía, los que se la pasan estudiando, los que hablan desde la superioridad moral e intelectual. El resto somos unos pobres ignorantes que no entendemos nada y malinterpretamos al pobre presidente que cada vez que habla nos desconcierta. 



    Ante un reducido auditorio de unos pocos conocidos, Rupertino no pudo defender su posición. Ni siquiera pudo exponer las razones por las que no apoyaba a Petro, aunque sabía de sobra qué era lo que le molestaba de ese presidente. La certeza de saber que no es una buena persona; que es un sujeto con un pasado criminal que ayudó a teñir de sangre el país. La cuestión parecía ser una mera opinión personal.

    Rupertino, a diferencia de su amigo petrista, era buen pensador, pero mal debatiente. Fue así como contribuyó a agrandar la espiral del silencio. Al final tuvo que ceder para no hacer hostil la discusión y tornar la reunión en una fuente de malas energías. Al llegar a su casa, sin embargo, se sintió derrotado, impotente, despojado de sus argumentos, como si todo lo que había leído y la opinión que se había ido formando se hubiera dilucidado. Desde luego, Rupertino era un hombre de ideales conservadores y derechistas, pero no le parecía justo que eso lo convirtiera en un déspota, como le aseveró su amigo. El petrista lo había derrotado con un discurso lleno de emocionalidad que conmovió al pequeño público de conocidos. Ellos asintieron cuando terminó su alegato magistral, convencidos de que toda su vida habían estado subyugados bajo el poder de un Estado que mata a sus ciudadanos. Rupertino intuía que no todo lo que se decía en las noticias era verdad. O en todo caso eran verdades a medias que quedaron para la posteridad en favor del sector político de la izquierda. Cuánta frustración sintió por no haber sabido defender su postura política; por no haber tenido los labios de oro que tienen los petristas.



    Por esta razón yo no discuto con ellos. Los dejo que hablen solos y aparento estar de acuerdo con sus ideas. Afirmo con la cabeza cuando deliberan con vehemencia y les sonrío con hipocresía mientras en mi fuero interno los desdeño. Pobres tontos, me digo, pero no los refuto. Ya en privado les canto todo lo que quiero en mis columnas, me desahogo en silencio sabiendo que ningún petrista está allí para escucharme ni leerme. Me acuerdo del pobre Rupertino, al que aquel día lo dejaron peinado y cacheteado en una discusión sin sentido por un político al que no le importan ni sus seguidores ni sus detractores. Porque Petro es también un hipócrita, un nefasto encantador de serpientes que tiene seducidos a sus idiotas útiles, los petristas. Con ellos es mejor no discutir. ¿Acaso no saben de la tristeza y la soledad profunda que sienten cuando llegan a su casa, sabiendo que a pesar de haberse impuesto en la conversación política y triunfar en la palestra se saben perdidos y atrapados por la idea de un mesías que pronto les dará la espalda?

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