Un petrista es alguien que se
identifica con la figura de Gustavo Petro. Lo ama, lo idolatra. Además de haber
votado todas las veces por él (en el ejercicio libre de la democracia que sí
existe en Colombia), defiende su gestión, avala sus propuestas, apoya su plan
de gobierno y pasa por alto los deslices y las salidas en falso que comete el líder
de marras.
Los asuntos del pasado
escabroso del mandatario son una nimiedad para el petrista y prefiere no hablar
de ellos. En lugar de eso, despotrica de quien osa cuestionar a Petro o
declararse antipetrista, como si las razones para ello no fueran lo suficientemente
válidas. Al petrista le duele que uno no ande en la misma tónica de él, pero lo
disimula muy bien diciendo: “bueno, vivimos en democracia y esta es la
democracia. Ahora las cosas cambiaron y nosotros estamos en el poder”.
Paradójicamente, los que tanto despotricaron del sistema de gobierno cuando
perdían las elecciones, diciendo que en Colombia nunca ha existido democracia,
ahora que las ganaron sí gritan a los cuatro vientos que la democracia existe, a
pesar de que ellos nunca hubieran estado dispuestos a aceptar la derrota en
caso de que hubieran perdido esas mismas elecciones.
Pero para el petrista no caben
las objeciones a su pírrica victoria. El triunfo de su presidente no se puede
poner en tela de juicio porque no hay pruebas, y todo el mundo debiera aceptar que
las elecciones de junio fueron limpias. El solo hecho de que alguien cuestione
cómo es que Petro obtuvo más de dos millones de votos en quince días es ya una
herejía para el petrista. La duda sobre ese proceso electoral es considerada
una pataleta de ahogado, de opositor resentido, de uribista trasnochado,
y si se descuida el contradictor, lo tildan de fascista, que es la palabra
preferida que el mamerto usa para atacar a quienes no piensan como él.
El petrista es un fanático
furibundo de esa nueva religión llamada petrismo. Igual que lo fue el uribismo
endiosando la figura de Álvaro Uribe, el culto a la personalidad no está exento
de manifestarse en el credo petrista. También allí se recoge el odio contra los
opositores que se atreven a criticar al presidente impoluto. El petrista sabe
que ese mesías es igual o peor de tramposo y de corrupto a los que hubo en el
pasado, pero ante ello opta por callar y lanzar el dardo poniendo de manifiesto
la paja en el ojo ajeno. Y como es la religión hegemónica de la política
colombiana, el petrista se siente que es mayoría y lo cacarea orgulloso, juzgando
de paso a quienes se acomodan en la orilla opuesta, como si todo lo que
estuviera en contra del petrismo fuera malo.
Porque gracias al petrista, si alguien se declara de derecha, entonces llueven
sobre ese individuo los calificativos más despectivos que la retórica ha
alimentado: paramilitar, facho, guerrerista, godo, nazi, ultraderechista, retrógrado,
radical; es decir, todo lo que el petrista es en el fondo, y que haciendo
acopio de la inversión revolucionaria acusa a sus oponentes de serlo.
Eso sí, los inteligentes son
ellos. Ellos, los que leen, los que entienden el país, los que saben de
economía, los que se la pasan estudiando, los que hablan desde la superioridad
moral e intelectual. El resto somos unos pobres ignorantes que no entendemos nada
y malinterpretamos al pobre presidente que cada vez que habla nos desconcierta.
Ante un reducido auditorio de
unos pocos conocidos, Rupertino no pudo defender su posición. Ni siquiera pudo exponer
las razones por las que no apoyaba a Petro, aunque sabía de sobra qué era lo
que le molestaba de ese presidente. La certeza de saber que no es una buena
persona; que es un sujeto con un pasado criminal que ayudó a teñir de sangre el
país. La cuestión parecía ser una mera opinión personal.
Rupertino, a diferencia de su amigo petrista, era buen pensador, pero
mal debatiente. Fue así como contribuyó a agrandar la espiral del silencio. Al
final tuvo que ceder para no hacer hostil la discusión y tornar la reunión en
una fuente de malas energías. Al llegar a su casa, sin embargo, se sintió
derrotado, impotente, despojado de sus argumentos, como si todo lo que había
leído y la opinión que se había ido formando se hubiera dilucidado. Desde
luego, Rupertino era un hombre de ideales conservadores y derechistas, pero no
le parecía justo que eso lo convirtiera en un déspota, como le aseveró su
amigo. El petrista lo había derrotado con un discurso lleno de emocionalidad
que conmovió al pequeño público de conocidos. Ellos asintieron cuando terminó
su alegato magistral, convencidos de que toda su vida habían estado subyugados
bajo el poder de un Estado que mata a sus ciudadanos. Rupertino intuía que no
todo lo que se decía en las noticias era verdad. O en todo caso eran verdades a
medias que quedaron para la posteridad en favor del sector político de la
izquierda. Cuánta frustración sintió por no haber sabido defender su postura
política; por no haber tenido los labios de oro que tienen los petristas.
Por esta razón yo no discuto
con ellos. Los dejo que hablen solos y aparento estar de acuerdo con sus ideas.
Afirmo con la cabeza cuando deliberan con vehemencia y les sonrío con
hipocresía mientras en mi fuero interno los desdeño. Pobres tontos, me digo, pero
no los refuto. Ya en privado les canto todo lo que quiero en mis columnas, me
desahogo en silencio sabiendo que ningún petrista está allí para escucharme ni leerme.
Me acuerdo del pobre Rupertino, al que aquel día lo dejaron peinado y
cacheteado en una discusión sin sentido por un político al que no le importan
ni sus seguidores ni sus detractores. Porque Petro es también un hipócrita, un
nefasto encantador de serpientes que tiene seducidos a sus idiotas útiles, los
petristas. Con ellos es mejor no discutir. ¿Acaso no saben de la tristeza y la
soledad profunda que sienten cuando llegan a su casa, sabiendo que a pesar de
haberse impuesto en la conversación política y triunfar en la palestra se saben
perdidos y atrapados por la idea de un mesías que pronto les dará la espalda?





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