— ¿A quién le vas a hacer fuerza mañana en
la final del mundial?
Me pregunta mi amiga Cata, La progre.
Supongo que lo hace para calibrar mi respuesta. Me está probando, indudablemente.
Está buscando contradicciones en mi lógica. Ella sabe por dónde agarrarme. Me
tiene bien medido, o seguro tiene preparada alguna coartada para hacerme quedar
en ridículo luego de las últimas discusiones que tuvimos por el tema político.
Ahora piensa usar el fútbol como excusa. Cualquiera de las dos opciones que yo elija,
Francia o Argentina, podrían ser el detonante para una nueva discusión
ideológica. Pero esto es fútbol, y espero que la final que se jugará mañana sea
limpia, deportiva, honesta y bien luchada, y que ni la FIFA ni los demás
estamentos internacionales que tienen sus intereses aquí metan la mano para
favorecer o perjudicar a un equipo u otro.
Si le digo la verdad, que le hago fuerza a Francia, me dirá que soy un esnobista, un desclasado que le doy la espalda a mis raíces latinoamericanas, a la sangre de mi continente cuyas “venas abiertas” no sólo se le deben a la España de Isabel La Católica o a la Inglaterra de la realeza opresora, sino a la Francia colonialista que contribuyó en parte a la explotación de nuestro continente americano en Haití y la Guyana, y que hasta no hace mucho continuaba engendrando esclavos en suelo africano porque históricamente ha sido uno de los países europeos con mayor dominación colonial. Me dirá que Francia no representa al continente americano, mientras que Argentina sí nos representa a todos los latinos. Que Francia es otro cuento, otra cultura, otro idioma. Es el cliché turístico de los que pretenden ganar estatus tomándose la típica foto con el fondo de la Torre Eiffel; el símbolo pervertido de una belleza arrogante que nos mira por debajo del hombro y nos subestima. La Francia de la moda, de la elegancia, del “buen gusto”, del refinamiento, de la cultura ilustrada, de la apariencia y el artificio. Se perfumarán más que antes porque en poco tiempo Europa no tendrá con qué calentarse, y con ese frío inclemente nadie se quiere bañar. Esa Francia de la cual los latinos bebimos su influjo para independizarnos sabiendo que es una de las naciones más siniestras: en la que no sólo se usó la guillotina para cortarle la cabeza a los reyes, sino a miles de inocentes de una revolución sangrienta.
Así me argumentará Cata cuando le diga que me gusta el equipo galo. No me perdonará que no le haga fuerza a una nación hermana que comparte nuestro mismo idioma y que tiene al mejor jugador de todos los tiempos, al que lo único que le hace falta para ser una leyenda es besar la copa del mundo. Que además es una gran persona, un hombre de bien, un ejemplo a seguir. Y es cierto, Messi es un tipo que ha sido íntegro en todos los aspectos y merece obtener la copa, pero qué le hacemos, si yo quiero que gane Francia porque sí, porque me ha gustado ese equipo desde hace muchos años, desde la época de Zidane, Deschamps y Henry, allá en 1998 cuando se coronaron campeones de su primer mundial. Desde ahí lo comencé a seguir y me gustaría verlo repetir el título mañana. Porque también cuenta con ese tridente sensacional conformado por Mbappé, Griezman y Giroud.
Por otra parte, el arquero de Argentina me cae como una patada en el estómago y por eso no quiero que gane ese sujeto. El tal Dibu es un mal tipo, un engreído, un petulante, un bocón que merece que alguien le reviente un balón en la cara y le meta un gol que lo deje vencido adentro de la portería. Yo no me olvido de la cagadita que nos hizo a los colombianos en la Copa América del año pasado, cuando comenzó a trollear a los nuestros y nos hizo perder.
Si
miento y le digo a Cata que voy por Argentina, ya me imagino la que se me va a
armar. “Definitivamente apoyas el racismo, aparte de que estás en contra de la
inclusión”. Sé que me lo dirá. Tal vez ella, progresista irredenta, le va con
todo a Francia porque la considera un país inclusivo que le ha dado la
oportunidad de nacionalizarse a jugadores africanos cuyo genotipo no concuerda con
el del francés promedio, que por lo general es el de un hombre
blanco, de ojos claros y cabello castaño claro y liso, pero no importa, porque
en Francia, según dirá Cata, no hay discriminación para ningún jugador que
quiera ser parte del seleccionado. Porque Francia es un país multicultural y abierto. Allí hay marroquíes, angoleños, cameruneses, senegaleses,
ghaneses, argelinos, tunecinos, filipinos, y hasta un portugués. Es
prácticamente una selección global, conformada por ciudadanos del mundo, como
debiera ser, o mínimamente una selección inclusiva; el ejemplo de un mundo sin fronteras. Muy diferente a esa
Argentina que a ella en cambio le parecerá discriminatoria porque no tiene en sus filas
ni a un solo jugador negro, como si en Argentina hubiera muchos negros. Si le
digo que voy por Argentina me dirá que soy racista, patriarcal y homofóbico.
Porque es tanta la inclusión y la diversidad del equipo francés, que hasta su
máxima estrella tuvo una pareja trans, y eso es lo que debería aplaudir
el mundo; la posibilidad de conformar nuevos tipos de familia en lugar de la
nociva familia del patriarcado. Además, me dirá que fue Francia en donde se
gestó ese iluminismo que desacralizó la fe ciega de la edad media y que fue la
cuna de la diosa Razón, gracias a la cual las personas hoy día pueden pensar
por sí mismas y dudar de todo, hasta de la existencia de Dios. Porque bajo los
postulados de la “libertad, igualdad y fraternidad” se dio inicio a la
concepción del hombre nuevo del que luego hablara Marx, y por el que ahora
aboga el transhumanismo.
Sí,
yo creo que más bien Cata le va a Francia. A ella le gusta a veces vestirse como
una francesa de los años sesenta, imitando el estilo de Simone de Beauvoir: con
la moña alta y el collar de perlas grandes, o una boina y un buzo negro de
cuello tortuga que la hace parecer una pintora posmodernista. Sí, definitivamente Cata está más del lado francés que del lado argentino. Si esto es cierto, por fin
estaríamos de acuerdo en algo, y sería el camino para recomponer nuestra
amistad tan resquebrajada por las diferencias. A lo mejor ella abandona sus
ideales de pacotilla y comienza a mirarme diferente.
Así
que no lo pensé más y le escribí la respuesta de cuál era mi favorito para la
final, hasta con marcador incluido: “gana Francia por penales después de empatar
a cero en los 120 minutos”.
— ¿Será?
Yo también la veo muy pareja —me respondió de vuelta sin darme indicio de nada,
entonces le pregunté por quién iba ella.
—Me
da igual quien gane —dijo—, porque a mi equipo preferido ya lo eliminaron.
—¿Y
cuál era tu equipo?
—Yo
le iba a Portugal.
—No me
digas, ¿te gusta la cultura lusitana?
—No.
Por Cristiano Ronaldo, porque es un papasito.
Yo no sé a qué atenerme con esta chiquilla. Algunas veces es profunda, analítica y hasta se vuelve insoportable con la vehemencia de sus opiniones. Otras veces tiene la superficialidad y lisura de una mesa pulida.
Lo cierto es que tendremos una final sin discusión. Porque son los dos equipos que mejor llegaron a ella y porque esta vez no habrá discusiones entre Cata y yo. Que gane el mejor.





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