Hace un año, por esta misma época, el país
se encontraba en medio de uno de los debates electorales más candentes de su
historia. Con un candidato de la extrema izquierda que lideraba las encuestas,
todo parecía indicar que el destino de Colombia quedaría en manos de un ex
guerrillero de corte socialista, amigo del dictador Chávez, que se encargaría
de llevarnos por ese mismo camino por el que condujeron a Venezuela.
Recuerdo una discusión que sostuve por esos
días con un petrista incorregible, de esos que pululaban alborotados avivando a
su mesías y que hoy prefieren guardar silencio. El petrista me preguntó por
quién iba a votar, y yo le respondí convencido: “por cualquiera, menos por
Petro”. Me conminó a que explicara mis razones, ya saben, cuando la opinión
propia no coincide con la del otro toca explicar cordialmente lo que se piensa para
no quedar como un fanático o un ignorante, aunque realmente uno no quiere ni necesita
justificar su opinión, pues estamos en un país libre por ahora. Me hubiera
gustado decirle que era mi real gana no votar por un tipo que tenía las manos manchadas
de sangre, pero como los petristas se jactan de una superioridad moral e
intelectual que convierten en narrativa si se les rebate, y son los nuevos “abanderados
de la paz”, opté por decirle que mi objeción con Petro era que él pretendería
cambiar la Constitución para quedarse en el poder indefinidamente, como hizo
Chávez en Venezuela, y lo sigue haciendo Maduro. Como era de esperarse, me dijo
que yo era otro más de los que había caído en el mito ultraderechista del castrochavismo,
que era la estrategia de propaganda sucia de los uribistas para desprestigiar a
ese “gran líder latinoamericano llamado Gustavo Petro”.
—Yo estoy seguro de que Petro no va a
cambiar la Constitución —comentó
solemne—. Al contrario, ahora sí los
colombianos vamos a poder disfrutar de nuestra Constitución que la derecha no
nos ha dejado disfrutar.
Vuelve y juega. Castrochavismo fue
el nombre con el que Álvaro Uribe bautizó por primera vez la amenaza socialista
para referirse a esa nefasta ideología que mezclaba lo peor de los sistemas
imperantes en Cuba y Venezuela, y que a través de un gobierno como el de
Gustavo Petro entraría y se instalaría definitivamente en nuestra nación para
traer consigo el fin de la democracia.
Desde los toldos izquierdistas se mofaron
de los sectores de derecha que advertían sobre la inminencia de que Colombia
fuera a caer en esa trampa que ya había hecho sus estragos en los países hermanos,
especialmente en Venezuela, en donde se desencadenó el movimiento del Socialismo
del Siglo XXI.
Hoy, sin siquiera haber pasado un año de la
primera vuelta presidencial en la que el candidato de marras salió victorioso, confirmamos
que el mito del castrochavismo no era realmente un mito; no era un cuento
para asustar incautos y desincentivar el voto por el ex guerrillero: la “falacia”
de la que se burlaron los izquierdistas resultó ser toda una realidad. Peor que
una pesadilla siniestra o una leyenda de horror, hoy asistimos en Colombia al
despertar terrorífico de un gobierno que está cerrando el puño una vez que se
sabe dueño del poder: estamos en manos de la personificación del castrochavismo,
y ya sabemos que no es un cuento.
La mayor parte de los colombianos siempre
lo supimos. En especial los colombianos de a pie, los que todos los días tienen
que madrugar a buscarse el sustento porque a ellos nadie les regala nada, los
que tienen el valor de crear empresa en un país que cada vez le pone más trabas
a los emprendedores, los que se ganan el pan con el sudor de su frente, que en
últimas son los que conforman la verdadera gente de bien; término que a la
izquierda le causa tanta sorna porque ellos mismos se han encargado de retorcer
su significado para intentar avergonzar a un sector de la población que no
comparte sus ideales, y a los que se les juzga socarronamente de pertenecer a
una élite, cuando en realidad la élite mayor es la que ellos vienen
constituyendo desde el pasado 7 de agosto de 2022.
Pero no bastó con que los colombianos lo
entendiéramos para evitarle esa angustia a la ciudadanía. Hubo una minoría
ruidosa que se encargó de deformar la imagen de los contradictores políticos “moviendo
la línea ética” y utilizando todas las formas de lucha para llegar al poder,
como es propio de los marxistas. Y vaya que llegaron, aunque hubiera sido en
una reñida elección, dudosa, por demás, por la que nadie reclamó cuando en
menos de veinte días aparecieron casi tres millones de votos más por el ex guerrillero,
después de que en Primera Vuelta no le hubiera bastado su maquinaria bodeguera para
ganar la elección. El oponente ni siquiera pidió revisar el escrutinio. Asumió el
papel de un caballo de Troya y dejó vencer al enemigo; reconoció la
derrota y se retiró de la vida pública, dejándonos el problema ya montado. No
hubiera sido igual el reconocimiento de una eventual derrota por parte de Petro
y sus amigos, quienes por esta misma época se encargaban de aterrorizar al país
con la advertencia de que si no ganaban, alegarían fraude y desatarían el más
temible de los “estallidos sociales”. Curiosamente, es lo mismo que ofrece el
exguerrillero que hoy funge como presidente en caso de que el Legislativo no le
apruebe sus disparatadas reformas: la movilización ciudadana, la rebelión popular,
la toma de las calles por parte del pueblo que demanda los cambios, lo cual no
es otra cosa que el intento de dar un golpe de Estado y cerrar el Congreso.
Porque eso es lo que quisiera Petro a pesar
de que tiene mayorías en el Senado y en la Cámara de Representantes. El prospecto
de tirano no desea discutir ninguna propuesta, no acepta que le hagan reparos a
sus proyectos de ley, no admite corregir lo que se debe corregir ni suprimir
aquello que le haría mucho mal al país. Él sólo desea que le sean otorgados poderes
especiales para gobernar como un auténtico dictador.
¿Y cómo va a adquirir esos poderes? Ahí
está la explicación del título de este artículo: mediante una Asamblea Constituyente.
Eso será lo que finalmente “el gobierno del cambio” proponga como solución para
imponer, a través de la “invocación del soberano mayor”, su voluntad antidemocrática.
Es que con las leyes que tenemos en nuestra
actual Constitución, que si bien es excesivamente garantista y progresista, los
grupos alzados en armas y los narcotraficantes que se sienten representados con
este régimen no van a negociar. En otras palabras, al ELN, a las Farc, al Clan
del Golfo y a los demás narcoterroristas no les sirve la Constitución de 1991.
Ellos quieren ser los autores de sus propias leyes para al fin tomarse el poder
por la vía jurídica y no soltarlo nunca más. Así las cosas, el escenario del castrochavismo,
al mejor estilo de Cuba y Venezuela, se materializaría como el futuro político
de Colombia. De modo que esto no era un cuento de fantasmas.
La prueba de que nos preparan una nueva
constituyente, una de tipo marxista y totalitaria, es lo que se viene
presentando desde que el presidente cambió su deseo de conciliar por el de
imponer su proyecto político sí o sí. La ruptura con la colisión de gobierno
fue el primer paso para hacerle un guiño a unas nuevas reglas de juego. Como
los jefes de algunos partidos como el Liberal, el Conservador y la U adoptaron
una posición contraria con respecto a la reforma a la Salud, el presidente
rompió relaciones con ellos. Ahora el gobierno tendrá que enmermelar a
los parlamentarios por separado, o se quedará con una minoría en el Legislativo
que pone en peligro la aprobación de sus reformas.
La crisis ministerial que el propio Petro
propició no deja de ser una jugada para radicalizar su postura. Los nuevos
ministros son más petristas que él mismo, y los pocos que inspiraban una
sensación de cordura fueron despedidos sin ton ni son. Ahora el gobierno, ante
la eventual caída de sus reformas, apela al llamado a las calles para que, a
través de la narrativa de “lo que quiere el Pueblo”, se exijan los cambios que supuestamente
este último necesita. Y el Pueblo, esa abstracción que físicamente no puede
representar a todo el pueblo colombiano, no está constituido por la mayoría de
los que votaron por el presidente. No olvidemos que también hubo diez millones que
no lo apoyaron, y que muchos de los que hace casi un año lo respaldaron en las
urnas, hoy se sienten defraudados. No por nada su popularidad se le escurre cada
vez más entre las manos. De modo que ¿de cuál Pueblo habla el señor desde el
balcón? Ningún Pueblo saldrá a respaldarlo, excepto sus esbirros de la Primera
Línea y los colectivos chavistas que ya se encuentran en Colombia. No olvidemos
que al presidente le gustan las vías de hecho, pues así fue como llegó al
poder.
En conclusión, lo que Petro pretende es
cambiar las leyes con una nueva Constitución. Si no tiene gobernabilidad, si no
tiene el apoyo de la mayoría legislativa, y si el grueso del Pueblo no se
siente representado por él, no le queda de otra al presidente que invocar los
poderes supremos que le daría una nueva Carta Magna hecha a la medida de sus
desafueros.
Ya está anunciado, sin que el gobierno lo haya mencionado siquiera, pero no hace falta tener más de dos dedos de frente para ver hacia dónde apuntan sus objetivos. Es una Constituyente anunciada, y la estrategia de Petro será la de radicalizarse en su postura para luego victimizarse a través de un relato de esos que tanto le funcionan a la izquierda: “Yo quiero hacer las reformas que mi pueblo me pide, pero la élite corrupta y mafiosa no me deja hacerlo”.






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