Rupertino quería retomar el rumbo de esa ilusión
amorosa que estaba peor que un barco a la deriva: era una vaga hipóstasis
difuminada en el aire. Solo que él, en su ingenuidad romántica y en su
necesidad, era de los que todavía pensaban que el amor es para toda la vida.
Angelina, por su parte, no podía verlo más
que como un amigo. Aunque decir “amigo” era solamente una convención social. La
verdad era que tampoco le interesaba la amistad de Rupertino, a no ser que este
le sirviera de objeto de entretenimiento para cuando ella se encontrara atravesando
alguna de sus numerosas crisis existenciales o estuviera pasando por uno de
esos tormentosos dolores de cabeza que le provocaban el mal estado de ánimo,
que era lo único que tenía para compartirle al eterno Rupertino.
—Tú no supiste valorar al mujerón que
tenías en frente —le
recriminaba ella a través de un mensaje de texto acompañado por un emoticón de
decepción—. Nunca me trataste bien, nunca me
reconociste mis méritos, nunca creíste en mí. Fuiste hostil, grosero y autoritario
—No digas eso, que yo sí te
valoré —escribió él de vuelta—. Cometí errores, como cualquier persona, pero te
he querido mucho y te sigo queriendo. Creo que merezco una segunda oportunidad.
No fui nada de eso que tú dices, porque también hubo momentos en que te traté
muy bien. Ahora te podría tratar mejor. Además, tú no eres un mujerón, no te creas
eso. Eres una mujer normal; atractiva y especial para mí, es cierto, con muchas
cosas lindas y con una moral íntegra, pero igual eres una mujer normal, así
como yo tampoco soy un súper hombre. Somos seres humanos que no estamos por
encima de nadie. Pensar que uno es un ser virtuoso, invaluable, de gran
talento, merecedor de elogios, que despierta la admiración de los demás, así
como nos inspira a pensar la publicidad y la psicología positivista, sólo
conduce a creer que nadie lo merece a uno: es puro narcisismo.
Lo extenso del mensaje desesperó a la receptora, quien no tuvo cabeza para leer con calma.
—¿Ves lo que te digo?,
siempre rebajándome, pordebajeándome, no reconociendo mi valor. Fuiste tú el
que no quiso ver lo que tenías. Ahora que lo has perdido vienes a llorar…
—Parece que fui lo peor que
tuviste. Como que nada bueno viviste
conmigo —concluyó
Rupertino totalmente abatido. El mensaje de respuesta tardó en llegar, pues
Angelina aparecía fuera de línea. Luego irrumpió abruptamente tras una larga
pausa de diez minutos.
—Te tengo una noticia.
—¿Cuál? —preguntó él.
—Te informo que yo soy una mujer admirada, apreciada, deseada por
muchos que quisieran tener algo conmigo. Que soy una mujer seria, leal, confiable,
digna de un hombre igualmente valioso y confiable. ¿Acaso pensaste que a mí no
me iría a resultar un pretendiente de peso, un mejor hombre que tú? ¿Qué estaría
sola pensándote y extrañándote sabiendo lo mal que me trataste? Soy una joya codiciada
por infinidad de hombres, para que lo sepas, porque ellos sí reconocen que soy
un mujerón, como te digo. Pocas hay como yo. Y te has dado cuenta demasiado
tarde.
— ¿Eso quiere decir que ya no me amas? ¿Qué estás
con otro? —se angustió Rupertino.
—Te dije que había conocido a
alguien.
—Sí, pero me dijiste que era
sólo un amigo.
—Es un amigo que me importa.
No somos nada aún, pero él me ha demostrado que me quiere, que está interesado
realmente en mí. Siempre está pendiente y viene a rescatarme cuando yo lo
necesito. Sé que es un buen hombre y me lo ha demostrado.
—Pero tú me dijiste que no
querías tener nada con nadie por ahora.
—Lo siento. Perdona por
romperte el corazón, pero hoy estoy muy clara al respecto. En estos días tuve
mis dudas, pues me encontraba confundida. Hoy que pienso en el pasado me he
dado cuenta de que no debo volver a él. Y menos cuando confirmo que no has
cambiado nada, que eres pura palabrería y nada de hechos, que sigues empeñado
en no reconocer la gran mujer que soy. No todo el mundo es como tú. Además, yo
siento que también quiero a esa persona. Es especial para mí.
Qué lindo le hubiera parecido
a Rupertino que Angelina le dijera que él era esa persona especial, que era a
él a quien amaba todavía, que no lo había podido olvidar. Era lo que hubiera querido
escuchar en esos tres meses en que estuvo escribiéndose con ella, o al menos
intentando escribirle, pues por alguna razón que no comprendía, la muchacha ya
no se mostraba tan disponible y borraba cualquier rastro de conversación que
tuviera con él. En ese momento Rupertino ataba cabos y conocía la razón de
semejante indiferencia: sin proponérselo, le dio la oportunidad a ella de que tomara
revancha. Él mismo se dio el baño de humillación.
Pero ya había pasado más de
un año de la ruptura. Rupertino se empeñó en saber de Angelina, en
reconquistarla, en revivir un pasado que ella sólo quería olvidar. Hoy se daba
de frente con una realidad que se negaba a aceptar. Todo estaba en cenizas y no
había quedado ni una pequeña brasa en el corazón de su amada que pudiera nuevamente
reavivar la chispa del amor. El corazón de Rupertino, en cambio, era una brasa fulgurante
que lo calcinaba en carne viva.
—Así las cosas —dijo él—, yo no tengo nada que hacer aquí. Me retiro de
tu vida.
—Discúlpame por herir tus
sentimientos, pero era mejor que lo supieras —aclaró ella.
—Sí, mucho mejor así, con el panorama
claro.
—Sé feliz.
¿Pero cómo le deseaba ella que
fuera feliz cuando le acababa de restregar en la cara que estaba dichosa con otro?
Y sin embargo nada mejor podía decirle luego de haber arruinado la ilusión de
Rupertino con un as que ni siquiera había pretendido sacarse de la manga. La
ocasión de pisotearlo apareció de improviso, en el momento en que Angelina
menos se hubiera imaginado que podría desquitarse de su ex novio.
Definitivamente la venganza es un plato que se sirve frío. Él había irrumpido
en su vida cuando ella ya no lo quería, no lo extrañaba. Había reaparecido de
la manera tan inoportuna como aparece un grano en la nariz, y a los granos hay
que extirparlos.
Por eso Angelina tomó la
decisión de hacérselo saber en el instante en que Rupertino pisó un poco el
acelerador y quiso comprometerla para que le diera una exclusividad que no se
merecía. Ella le dijo que no podía exigirle nada, que no tenía derecho ni
estaba en condiciones, que le parecía el colmo, pues quien se había equivocado
había sido él. No le quedó de otra al obsesionado que aprovechar la fiebre de
la situación para encararla, para obligarla a decir esa verdad que ya
sospechaba que le iba a confesar, pero que quería escucharla de su boca. Bueno,
o al menos leerla de sus pulgares. Pero una cosa es intuirlo y otra cosa es confirmarlo
con la fuente misma de la duda. Ella se lo confirmó: él fue un error en su vida.
En otras palabras, fue el hombre equivocado que apareció en un momento de debilidad.
Un hombre que nunca cumplió con sus expectativas. De hecho, uno que no la supo
valorar.
Rupertino, actuando como un idiota,
se puso de tapete para que esta lo pisoteara más. Disfrutaba sentir el dolor
del alma. Era un masoquista que aún creía que ella era la mujer de su vida, la
mejor mujer que podría conseguir en lo que le restaba de existencia.
Ni él fue tan malo como ella
lo hacía ver, ni ella tan perfecta como le hizo pensar a él que era. Ambos estaban
plagados de errores porque eran seres de personalidad insegura y conflictiva, de
inestabilidades emocionales que no les había permitido madurar, de una belleza física
relativa que el velo de la subjetividad transformaba en encantamiento.
El problema es que Angelina cultivó
un ego elevado después de haber superado a Rupertino, y él pensaba de sí mismo que
no valía gran cosa, máxime cuando nunca la había podido superar. Porque ella,
sin hacer nada, podía darse el lujo de escoger entre los muchos pretendientes
que la asediaban y elegir al mejor, mientras él tenía que lidiar con una
soledad perpetua, producto del rechazo de todas las mujeres con las que
intentaba coquetear. Últimamente ni siquiera hacía el intento de hablarle a una
mujer, conociendo el resultado de antemano.
Él, siendo un hombre
promedio, no podía encontrarle un reemplazo medianamente aceptable a Angelina: sufría
para conseguir pareja. Ella, siendo una mujer promedio, tenía a muchos a su
disposición que la llamaban, la invitaban a salir, le hacían toda clase de
ofrecimientos. Tenía a uno en especial con el que ya hacía planes de casarse.
La ventaja en el amor estaba como nunca del lado de la mujer. Lo que le dolía a
Rupertino no era tanto no estar con Angelina, como que ella podía darse el lujo
de tener a otros mucho mejores que él. Mientras tanto, él estaba condenado a
quedarse solo. Y en caso de conseguirse a alguien por despecho, difícilmente
podría superar la vara alta que le dejó su ex novia.
Y mientras Angelina levitaba en un cielo
pintado de colores, Rupertino se hundía en los pozos del infierno. Ella se
había convertido en una narcisista por cuenta de la abundancia que le brindaba
el mercado de las citas, de modo que se extasiaba de dicha eligiendo a su gusto
al que más le conviniera. Él, por el contrario, se había convertido en un perdedor,
o siempre lo había sido, y por tanto estaba condenado al desprecio, a la burla,
a la escasez, al desprestigio. Había nacido con el sino del fracaso reflejado en
la necesidad de ser amado. Angelina, en cambio, nació para ser princesa. A ella
la colmarían de amor y detalles durante toda su vida porque se consideraba una
gema de valor incalculable. Él sería esclavo de la derrota, ella de la
idealización.





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