Esta semana rodó un video por el mundo en
el que el dalái lama, el guía espiritual del budismo tibetano, está en una de
sus audiencias recibiendo a un niño que llegó para conocer a su líder.
Lo que causó escándalo fue lo que sucedió cuando
el niño estuvo frente al dalái: este último lo besó en la boca y luego le pidió con gestos y palabras que le chupara la lengua mientras se escuchaba a los asistentes reír,
como si aquello hubiera sido un apunte de finísima coquetería. El chiquillo,
por supuesto, no supo qué hacer. Aturdido por la obvia confusión que le suscitó
aquello, apenas pudo pegar su cabeza a la del señor, quien dueño de la
situación terminó por abochornar al chico.
Todo se resolvió con unas risas unánimes,
como si se tratara apenas de una tierna broma infantil. Lo que nadie se preguntó
en aquella audiencia es qué pasó por la cabeza y el corazón del niño en
cuestión. Las reacciones se centraron en condenar al viejo mañoso, pero ese
niño, al salir de allí, no debía ya de ser el mismo: algo hubo de cambiar en su
vulnerada alma para siempre.
Porque lo que la mayoría en esta parte del mundo occidental pensamos es
que no se trató de ninguna chanza ingenua que un aparentemente iluminado espiritual
le jugó a un pequeño. No fue parte de un conjunto de creencias o rituales relativos
a la cultura budista. Tampoco fue un acto para expresar el amor fraternal hacia
un infante que en esas circunstancias habría querido salir corriendo de allí. Todos
lo vimos y sabemos de lo que se trata: lo que el líder religioso oriental hizo fue
a todas luces proponer una acción explícita para corromper
a un niño.
Así hay que verlo sin importar cuál sea la creencia
que se tenga. Así hay que considerarlo independientemente de la dignidad y el
reconocimiento que ostenta la persona que sugiere el acto. Si no existen unos mínimos
de objetividad y respeto universal por los derechos de la niñez, esto de la
tolerancia para con el multiculturalismo nos va a sumir en un camino de
degradación irreversible. Acaso sea eso lo que quieren quienes detentan el
poder de transformar el mundo.
He escuchado voces cuyas posturas no
condenan lo que hizo el señor dalái, sino que más bien nos invitan a ponernos
otros lentes para ver el hecho desde otra perspectiva. Porque según ellos, los señalamientos
que hacemos desde este lado del hemisferio, por la diferencia misma de nuestra
propia civilización en contraste con la filosofía budista, están plagados de
prejuicios y subjetividades que nos acortan la visión y el entendimiento
alrededor de una situación en la que no es necesario acrecentar su carácter de
gravedad.
Alto ahí. A mí con esos relativismos no me
vengan ahora. Podré ser muy corto de visión, un inmaduro emocional, un iletrado
en materia de filosofías espirituales y todo lo ignorante y sesgado que se
quiera, pero que un viejo de 87 años (o de la edad que sea) le pida a un niño
que le chupe la lengua, eso es una perversión repugnante que merece ser
sancionada. No bastan unas simples disculpas a título impersonal en donde se
diga que lamentan las molestias ocasionadas por lo mal que pudo interpretarse este
acto. No, no, no. Esto no es cuestión de interpretaciones. Esto es cuestión de
pederastia. Lo que debería hacerse es promover una condena mundial al dalái lama
para que se entienda de una vez que los niños son personas frágiles y que
nadie, ni siquiera un líder religioso al que se le ha endilgado la vocería de
la paz mundial y el amor, puede meterse con ellos y robarles para siempre su
inocencia.
Eso de que lo sagrado para algunas culturas
y religiones es infalible, habría que mirarlo con detenimiento. Revaluarlo, si
es del caso. Por ejemplo, al dalái lama se le considera un iluminado, un
dios reencarnado, un “océano de sabiduría”, que es lo que traduce el título de
este maestro. Los budistas tibetanos le reconocen su autoridad como
patrono del Tíbet, creyendo que, tras su muerte física, su conciencia tomará un
período de cuarenta y nueve días para reencarnar en un recién nacido que desde
su nacimiento muestre señales de tener una condición de bodhisattva supremo.
Se cree que el dalái, más que un emisario de Buda, es una manifestación del
Buda de la compasión que “ha reencarnado 13 veces desde 1391, cuando nació la
primera de sus encarnaciones según el budismo tibetano”.[1]
Pero por mucho que haya encarnado el señor
en la cosmovisión budista, el que está aquí en la Tierra, Lhamo Dondhup, no
deja de ser un hombre normal, común y silvestre que también está sujeto a la
condición de imperfección y por tanto a su naturaleza caída. Luego, existen
doctrinas sagradas, pero no seres humanos sagrados. Y nada puede ser tan sagrado
que esté autorizado a vulnerar la inocencia de un niño: el dalái lama tampoco
lo es. Ni el papa de los católicos, ni ningún pastor de iglesia cristiana por
más apóstol que se considere. Las tradiciones culturales y religiosas no pueden
seguirse manteniendo en desmedro de aquellos que son perjudicados y no tienen
manera de defenderse. No sé si es parte de una tradición budista lamer la
lengua de un niño, no lo creo. Pero si así fuera, sería una usanza abominable.
Como lo es la ablación en algunas comunidades indígenas de África y América, o
como lo es el apedreamiento de las mujeres adúlteras en el islamismo, o los
sacrificios humanos en ciertos rituales paganos, o las cópulas sin
consentimiento con mujeres que han sido elegidas para rituales de fertilización
en culturas milenarias. Esas tradiciones tienen que ser abolidas porque van en
contra de los derechos naturales: la vida, la libertad, la dignidad, el respeto
por la identidad, lo verdaderamente sagrado.
El mundo debe preocuparse, antes que obedecer
ciegamente a tradiciones y costumbres que no nos han hecho mejores personas,
por cuidar a sus niños, velar por sus ancianos, amar y respetar a sus mujeres, proteger
al débil.
Es así como por querer obedecer a las
ideologías que se nos presentan como la panacea de la renovación del espíritu y
paradigma de la libertad hemos corrompido las instituciones, esas sí sagradas,
que anteriormente nos servían como fundamento para construir un concepto de lo
bueno y de lo malo: la familia, la iglesia, la comunidad, la escuela. Todas
ellas hoy son un caldo de cultivo para que germinen los pensamientos y sentimientos
que más tarde serán materializados en actos de corrupción, de degradación, de
injusticia, de perversidad, de inmoralidad, etc., con el agravante de que
dichos actos son revestidos de un buenismo que justifica la permisividad de la
conciencia. Al final, nos encontramos con el mundo que tenemos, donde los que
más ejemplo deben dar son los primeros en trasgredir las reglas e incentivar a
que los demás hagan lo mismo.
En suma, un líder espiritual se sobrepasa con un niño y no faltan quienes justifiquen ese proceder. El día de mañana otros harán lo propio. Aleccionar a los niños en ideologías aberrantes como la de género, por ejemplo, es también otra forma de abusarlos. Y mientras tanto ¿quién detiene a los abusadores, a los ideólogos de perversidades, a los usurpadores de la moral, a los embaucadores y aprovechados?
Hay que empezar por juzgar, por sancionar,
por decir las verdades en la cara. No podemos permitir más que se lleven por
delante a los indefensos, tal el caso de los niños. Si no nos paramos firme y tratamos
de luchar contra toda esta cáfila de perpetradores de la aberración, el mundo
del mañana será un mundo donde no podrán sobrevivir los niños que hoy son los
primeros en morir, desde el vientre materno incluso.
Para empezar, alguien debería cachetear al
viejo pervertido y hablarle firme, tomándolo fuerte de los hombros, si es
posible, y ponerlo en su lugar. Decirle “¡dalái, eso no se hace!”, y hacerle un
repudio social hasta que muera y le dé la gana de “reencarnar”. Pero ojalá no
reencarne, y menos en un niño.
El dalái, falso iluminado, no merece el
título de líder espiritual. Ya vimos que no tiene nada de sagrado. Ya hay que
parar de aplaudirlo. Ya no creemos en su pacifismo.
[1] CNN Español. (11 de abril de 2023). ¿Cómo se elige al dalái lama y
cuántos ha habido hasta ahora? https://cnnespanol.cnn.com/2023/04/11/como-se-elige-dalai-lama-y-cuantos-ha-habido-hasta-ahora





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