sábado, 1 de abril de 2023

El amor es una cuestión de decisión

Por Juan Felipe Giraldo Trejos




    Amar es una cuestión de decisión. Así lo había entendido Rupertino Díaz desde el momento en que tomó la decisión de amar a Angelina, la que hasta hace poco tiempo había sido su novia más adorada y por tanto, la más sufrida: de hecho, la única que él había amado de manera consciente.   

    Angelina y él no eran muy parecidos en los gustos ni en la manera de ser; casi polos opuestos en lo referente a la música, las lecturas, las películas, las comidas, los hobbies, etc. Pero ambos poseían unos principios morales y éticos enmarcados por la misma línea conservadora que al final los hacía ver bastante similares: dos almas solitarias que compaginaron casualmente en un gimnasio de barrio y que quedaron prendidas por el sino de una ilusión futura que el tiempo se encargó poco a poco de transformar en amor.

    O por lo menos eso es lo que él cree: tantas llamadas telefónicas, tantas horas de conversaciones escritas, tantas visitas de sala; pequeños detalles, guiños, indirectas, en fin; todo eso contribuyó a alimentar en ambos la esperanza de una relación oficial que pudiera terminar en un feliz matrimonio.

    Durante siete años o más permanecieron en contacto a pesar de las interrupciones. Él estuvo un tiempo trabajando en un restaurante en donde no podía tener ni un fin de semana libre y al año siguiente se marchó a vivir al campo con su padre. A ella le resultó un mejor prospecto y lo aceptó ciegamente. Luego vino la pandemia, la muerte del padre de Rupertino… las cosas no salieron como hubieran querido. Una vez lo intentaron, pero se dieron cuenta de que no estaban preparados. A Rupertino le faltó seguridad, a Angelina le faltó valor para reconocerlo como novio ante su familia. Tal vez el germen del amor no estaba lo suficientemente maduro en ese tiempo como para cosecharlo. Luego él dejó de llamarla atendiendo a la petición que ella misma le hizo. Lo cortó porque conoció al que creyó que iba a ser el hombre de su vida, el que le daría un futuro luminoso en la sombría Londres, lejos de su familia. Se dio cuenta a tiempo del error que iba a cometer, no porque no deseara ese sueño de primer mundo, sino por el precio que tendría que pagar: perder su libertad. Entonces, un año después de haber puesto su empeño en esa relación fallida, Angelina le escribió al siempre disponible Rupertino con la excusa de agradecerle todo lo bueno que había hecho por ella en el pasado: su compañía, las sonrisas que le sacó, su apoyo moral, la pequeña felicidad que en algún momento este le pudo prodigar. Rupertino revivió con aquel mensaje, tomó aire, se puso feliz. La llama de la esperanza volvió a encenderse. La amistad se reanudó con interminables conversaciones de Whatsapp durante otro año, hasta que finalmente estuvieron preparados para verse de nuevo. Él la visitó, aceptó la insoportable condición de ser el “amigo”, aunque con la no tan secreta intención de volver a enamorarla.



    Pero Angelina le fue esquiva otra vez, se le salió por la tangente, se la puso difícil. El “amigo” enamorado se desanimó y optó por aceptar la amistad desinteresada mientras el destino lo encarrilaba por un camino de tragedia: su padre había comenzado a enfermarse. Así, Rupertino tuvo asuntos más urgentes que tratar y dejó de lado el interés por Angelina hasta que otra barrera, más infranqueable todavía, los separó por un tiempo prolongado: llegó la pandemia.

    Fueron casi dos años los que estuvieron sin verse. El primer año terminó con la trágica muerte del padre de Rupertino a causa del maldito virus creado como arma biológica. Ni siquiera Angelina se dignó a visitarlo mientras él padecía su dolor en solitario. Claro, la madre de ella también es una persona mayor y no podía darse el lujo de correr riesgos en medio de una coyuntura tan peligrosa. Escasamente hablaron por teléfono y continuaron con el interminable chat en el que perfectamente, de no ser porque a ella le gustaba borrar los mensajes, hubieran podido dejar un testimonio escrito de su historia. Y esa misma historia fue interrumpida abruptamente por un enfado que solamente las circunstancias podrían justificar. Rupertino atravesaba el peor momento de su vida, se mostraba pesimista, derrotado, débil. Y ella, sencillamente, no podía soportar un hombre con estas características. Pelearon diciéndose cosas para herirse, pero sin sentirlas de verdad. Ella le dijo que se arrepentía de conocerlo y se distanciaron por enésima vez. Los próximos cinco meses, Rupertino pondría tierra y mar de por medio, y se fue a superar su dolor a Nueva York, al menos con la intención de oxigenarse en medio de la turbiedad de un aire enrarecido por la pandemia que todavía no terminaba y del olor de la marihuana recién legalizada en el Estado progresista.



    En agosto de ese año retornó Rupertino con otro semblante, pero siempre pensando en Angelina. Estando ausente, ella le había escrito un mensaje en el que le decía que pronto la tendrían que operar de un tumor. Sonaba como a una despedida triste. Rupertino, siempre disponible para ella a pesar de que la última vez no habían quedado en buenos términos, se preocupó bastante y se comprometió a estar pendiente. Le dio ánimos, la llenó de valor y le auguró que la cirugía sería un éxito. En efecto, así fue. Todo salió bien para Angelina, quien también tenía sus razones para haberse distanciado de Rupertino. Ella nunca le contó por lo que estaba atravesando mientras este estaba en Nueva York, incluso desde mucho antes. Los ánimos exaltados de ambos bien tenían su explicación, pero ya para ese momento la armonía de la relación volvía a restablecerse. Al fin, parecía que las experiencias dolorosas que cada uno había vivido los habían hecho madurar. Rupertino y Angelina, finalmente, decidieron reencontrarse. Una vez que se vieron a los ojos se dieron cuenta de cuánto se querían.

    Y así fue como la oficialización de ese sentimiento en ciernes se selló con un beso que estaba en mora desde hacía más de cinco años, cuando tuvieron el primer intento fallido. Si las historias de amor tuvieran un final feliz, aquí debería haber acabado esta, pero lo peor estaba por venir.



    Cuatro meses, tan sólo, duró el idilio. La perfección es imposible cuando se trata de los asuntos del corazón. Todo parecía ir por buen camino hasta que Rupertino autosaboteó su propia relación. Presentía que lo terminaría arruinando todo, temeroso de su torpeza para conservar el amor. Fue así como un primero de enero se dejó ver el cobre tempraneramente, en medio de un paseo familiar en el que iban Angelina, su cuñada Jéssica, su suegra doña Sandrita, y hasta la perrita Milú. Por no saber preguntar hacia dónde se dirigían, por recalcar de mala manera la posibilidad de que les sorprendiera la tarde a la hora del regreso, se diseminó un aire de hostilidad dentro del vehículo de Angelina que hizo que Jessica desistiera de seguir con el paseo. Rupertino y su cuñada se trenzaron en una acalorada discusión en la que hasta doña Sandrita tuvo que intervenir para que este se calmara. Lo peor de todo fue haberle conocido el temperamento bélico a aquel hombre: imponente, machista, explosivo como la dinamita más letal.

    Las alertas rojas se encendieron y la familia de Angelina no toleró que ella se siguiera viendo con este tipejo. La misma Angelina estaba triste, decepcionada, pero no quería dejar a Rupertino por injerencia de su hermana, quien también ejercía un férreo dominio sobre ella, razón por la cual Rupertino quiso salir en defensa de su novia de mala manera. A veces Angelina no quería salir y su hermana y su madre le recriminaban por el hecho de que como ella era la propietaria del carro, se volvía una engreída que no las quería llevar a pasear. Pero la realidad es que Angelina quería gozar de una ínfima libertad que en su casa no le era permitida. Rupertino asumió la defensa de esa causa como propia, y con su virulenta energía enfiló baterías ese primero de enero contra Jéssica: todo terminó en desastre. No había razones para hacerlo. Él fue el único que atizó el fuego.

    Veinte días después de no poder verse con su novio, de enfrascarse en un dilema de elegir entre el novio o la familia, Angelina no soportó más la presión y decidió que lo mejor era alejarse de aquel prospecto de mal marido por quien su admiración se había caído por completo. Por segunda vez volvían a terminar, al parecer para siempre. Nuevamente Angelina le pidió que no la buscara, no la llamara. Rupertino, herido en su orgullo, le hizo caso y no la buscó más.



    Pero pasaron los meses y Rupertino se deshizo por dentro. Cuando quiso romper su promesa, volver a buscar a Angelina y pedirle perdón, ya no tuvo forma de encontrarla. Ella cambió su número, borró sus huellas para que él le perdiera el rastro. Ni modo de buscarla en su casa, pues sería como meterse a la cueva del oso. Finalmente se marchó otros seis meses a Nueva York, el escenario que Rupertino eligió para pasar su despecho.

     Un año exactamente pasó sin que supieran el uno del otro. Angelina había bajado de peso y se estaba entusiasmando con Edward, un muchacho buen mozo y mucho mejor partido que Rupertino, a quien conoció mientras le daba terapia psicológica a uno de sus hijos. Rupertino, por su parte, regresó de Nueva York con la seria intención de buscar a Angelina en su casa así tuviera qué enfrentarse contra el mismo diablo, pero necesitaba saber primero si ella todavía lo extrañaba. Las muestras de que no lo extrañaba eran evidentes. Ella nunca lo llamó, nunca le dio señales de vida. Él, en cambio, pensaba en ella todo el día hasta que se resignó a la posibilidad de perderla para siempre. Se regodeaba en el dolor como quien se regodea en un placer prohibido.

    Una tarde, revisando el Facebook, él encontró por casualidad la cuenta vieja de Angelina, por la que se habían comunicado hacía años, cuando recién se estaban conociendo. Rupertino ingresó allí pero no vio nada nuevo, salvo una que otra foto de un paisaje montañoso. Le escribió un mensaje por no dejar, como un tiro al aire que se dispara sin la intención de que le llegue a nadie: “Sólo Dios sabe cuánto te extraño”, decía el mensaje, y era la síntesis de lo que sentía su corazón.

    Un mes después le llegó la respuesta a su número de celular. Angelina sí conservaba el contacto aún, pero nunca le escribió porque no quiso hacerlo: “Te perdono”, le dijo. Sólo eso, lo perdonaba, pero no quería volverlo a ver. Nunca más.



    La razón no la sabía Rupertino, pero hubo algo que hirió a la muchacha en su más profundo orgullo: Viridiana, una amiga común de Rupertino y Jessica, le dijo a Jéssica que este había hablado mal de su hermana con relación a su aspecto físico. Esto provocó la ira de Jéssica, quien acrecentó su odio por su despreciable ex cuñado y fue corriendo a contarle a su hermana para hacerla doler de indignación. Definitivamente reiteraba su promesa de no volverle a hablar a Rupertino.

    No fue fácil convencer a Angelina que él jamás había dicho aquello. No hubiera podido decirlo, pues si algo le obsesionaba a él de ella era su hermoso cuerpo, su cara angelical, la ternura de sus ademanes. Continuaba atraído ardorosamente por su novia.

    Tampoco se imaginó que Viridiana fuera de esas personas desleales que fomentan cizaña y hablan a espaldas del otro. Rupertino creyó que era una buena amiga y le confió sus cosas, pero no entendía con qué propósito podía esta tergiversar todo y peor aún, inventarse lo que él no dijo. Por no involucrar a Angelina en un problema con su hermana, Rupertino no pudo enfrentar a la chismosa, además de que ahora su ex cuñada lo detestaba más y que Angelina, en su momento, hizo un duelo rabioso que la llevó a sacarse a Rupertino definitivamente del corazón. Perdió once kilos de peso, pero ganó una dignidad que las súplicas de Rupertino no han podido doblegar.



    Él siente que la ama, que no puede vivir sin ella, que devolvería el tiempo si pudiera para tratarla como la reina que es para sus ojos. Ella parece haber superado a Rupertino y estar conforme con los cortejos de Edward, que además es un príncipe y tiene nombre de príncipe.

    Rupertino quisiera que su suerte solo fuera un cuento escrito para publicar en un blog, pero es la realidad. Alguna vez, en medio de su desespero, pasó por una joyería y se vio tentado a comprar una argolla de compromiso para proponerle matrimonio a Angelina antes de perderla. Pero sabía que ella lo rechazaría, así, de esa forma, y que nuevamente haría el ridículo. Estaba desesperado, temeroso de que el intrépido Edward se saliera con la suya y se ganara el corazón de Angelina.



    Porque algún día Rupertino decidió amarla, y por esa decisión estaba dispuesto a jugársela por ella hasta el final. Sólo necesitaba saber si aún ella seguía en pie con su decisión, o si ya la había cambiado. Pero ninguna señal le llegaba al pobre enamorado que se lamentaba de su error. Había perdido a la mujer de su vida, y él lo sabía.

    Ahora Rupertino tendrá que cambiar su decisión, la decisión de amar a Angelina. Sabe que será inútil insistir mientras haya un Edward o muchos Edwards a la vista. O simplemente, mientras ella no lo vuelva a considerar como una posibilidad.

    Se olvidará de su amada, es lo mejor. No la buscará más, no le escribirá, no seguirá estando disponible. Ella está mejor sin él, así como estuvo todo un año sin su compañía. Además, no está sola.

    Sin embargo, cuando trata de conciliar el sueño en las noches, a Rupertino le quema una brasa ardiente en el pecho: es la culpa de no haber sabido conservar a la mujer que todavía ama. Sí, aún la adora, pero ¿acaso ella sería capaz de regresar?

 

01/04/22

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