Si Gustavo Petro en verdad pudiera escribir
un libro medianamente decoroso, yo le sugeriría el título de esta columna para
que fuera el título de su libro.
De utopías comunistas, de tiranos que se sirven
de la credulidad del pueblo, de sistemas políticos fallidos y fracasados, sí
que sabe nuestro presidente. He aquí algunos tips para que proponga en
su hipotética ópera prima sobre cómo instaurar una dictadura de corte socialista.
Seguro que podría llegar a ser un best seller en las librerías de la
izquierda.
Lo primero es entrar pisando con pasos de
gigante al trono presidencial y hacerse una posesión ostentosa, rimbombante,
multitudinaria, como la que efectivamente se hizo el 7 de agosto de 2022. La
idea es que el ciudadano —a favor o en contra— se quede
con la percepción de que no se ha posesionado un presidente, sino que se ha
coronado a un emperador.
En segundo lugar, el presidente dictaría cátedra
(¿la misma acaso que le dictó a Hugo Chávez cuando lo asesoró?) de cómo
asegurarse la lealtad de unas fuerzas militares que debe tener de su lado a
como dé lugar. Por algo comienza por destituir casi a sesenta generales en su
primera semana de mandato y luego va cambiando, poco a poco, el resto de los
altos mandos de la Fuerza Pública por miembros de su entera confianza. Si están
ideologizados, mucho mejor. Y si no, que le pregunten al general Henry Zanabria,
ex director de la Policía Nacional, por qué cree él que fue retirado de la
institución. El propósito no es garantizar la seguridad de los ciudadanos, como
sí la del presidente mismo. Y ya sabiendo que tiene a los militares neutralizados,
apuntar a la perpetuación de su poder, ya sea en cabeza propia o ajena, pero al
fin y al cabo poder emanado de su dominio absolutista. Ustedes saben, para
evitar aquello de los golpes de Estado que tanto temen los dictadores. No por
nada su amigo Chávez se compró en vida a todos los generales del Ejército venezolano
que hoy le rinden pleitesía al delincuente y sucesor Nicolás Maduro, el mejor
amigo de Gustavo Petro hoy por hoy. ¿Acaso pensábamos que las visitas tan
constantes al vecino país eran sólo para afianzar las relaciones?
La segunda fase de esta purga de las
fuerzas de seguridad es desmoralizar a los soldados y policías de menor nivel;
es decir, a los rasos. La idea es mandarlos a la boca del lobo con la orden de
que no disparen a quienes los atacan para secuestrarlos, humillarlos, y a veces
hasta asesinarlos. La idea es no brindarles apoyo, dejarlos solos, hacerlos
sentir que no valen como personas, que no son nuestros héroes. Ya lo decía el
mismo ministro de Defensa, el señor Velásquez, quien es considerado un prófugo
de la Justicia en Guatemala y que aquí fue premiado con el Ministerio de la Defensa,
que “a los soldados no les digan héroes”. ¿Será acaso que preferiría reservar ese
honor para los guerrilleros de las FARC, el ELN y otras lacras? Tener un
ministro de Defensa que odie con todo su corazón al Ejército y a la Policía y
que excuse a los bandidos, es una fórmula ganadora para imponer un régimen dictatorial.
La idea es que el pueblo sienta que nadie lo puede defender.
Pero no sólo basta con derrotar moralmente
al grueso de las fuerzas de seguridad y comprar a sus generales más leales para
implementar una dictadura comunista, y me perdonan la redundancia, pues todo comunismo
es dictadura. También hay que destruir el empresariado y los ingresos de la
nación: por una parte, declararle la guerra al petróleo y a la producción
energética en nombre de un cambio climático del cual Colombia no es gran responsable
ante el mundo. Destruyendo el principal ingreso de la nación, que es la exportación
de recursos minero-energéticos, se avoca al Pueblo a una pobreza sin retorno
para ejercer un control férreo sobre él de una forma tal que se le pueda
dominar por el hambre.
Por otra parte, acabar con el capital y la propiedad privada es el otro paso para lograr la pauperización y la dependencia. ¿Cómo? con una reforma tributaria que, en últimas, la tienen que pagar los más pobres, como siempre. Muy probablemente se verán más afectadas las pequeñas y medianas empresas, quienes percibirán menos utilidades y, por ende, la consecuencia de un menor pago de tributos, de menos producción, menos oferta de bienes y servicios. Aquello se verá reflejado en una escasez que provocará la inflación más alta de la Historia, que contribuirá al objetivo primario de sumergir al Pueblo en la miseria mientras que unos pocos sometidos vivirán de los subsidios: la vieja fórmula de quebrar piernas para entregar muletas.
Pero si también se propone una reforma
laboral rígida, que en lugar de promover el empleo lo desincentive, el modelo
socialista se pone sobre ruedas: se amarran los contratos de trabajo, se aumentan
los costos laborales, se suprime la facilidad del trabajador para acomodarse a
horarios flexibles que le permitan capacitarse. El resultado es una destrucción
sistemática del empleo por causa de que ningún patrono correrá el riesgo de
contratar a un trabajador nuevo. Sobrevendrá el aumento de la informalidad, el descenso
de la productividad, la dependencia de los cargos públicos. El Estado no los
puede generar: no hay puesto para tanta gente, pues la burocracia sólo puede
pagarse con los impuestos de la actividad económica que generan los privados. Nunca,
pero nunca, el Estado ha sido un generador de riqueza.
En
tercer lugar, arruinar el modelo de salud presente. No importa si funciona bien
o no. No importa si es susceptible de mejorar. Si no atiende al modelo cubano no
es bien visto con miras a implementar la dictadura. Por eso la misma ministra
lo dice: “se necesita una crisis en el sistema”; de esa forma no quedará
más que aceptar el remedo de salud que quieren copiar desde la isla: médicos extranjeros
que no son médicos sino proselitistas, escasez de medicamentos, tratamientos
inasequibles, empeoramiento de los servicios hospitalarios, deterioro de la
calidad de vida, y como solución mágica de todas las enfermedades: la medicina
ancestral. Ya no sólo seríamos un pueblo hambriento, sino además enfermo.
¿Qué
otros ingredientes podríamos agregarle a este sancocho socialista? Aumento de impuestos
a la propiedad, al patrimonio y al capital; desincentivos para la inversión extranjera,
legislaciones ambientales imposibles de cumplir, fuga de capitales,
expropiaciones, imposibilidad de acceder créditos, supresión de importaciones a
través de altos aranceles, estatización de los medios de producción, y
nuevamente, escasez, carestía, inseguridad.
En un
país donde mandan los grupos armados y el gobierno deja que manden a su antojo,
difícilmente podrá haber deseos de invertir en él. Si a eso le sumamos las
altas tasas de interés, la subida del dólar, el despilfarro administrativo, el
aumento del tamaño del Estado, el nepotismo y la corrupción que caracterizan a
este gobierno del supuesto cambio, obtendremos la mezcla idónea para una
dictadura perfecta.
Y si no basta con arruinar el presente de
la nación, también el indeseable mandatario de los colombianos se ha empeñado
en arruinar el futuro de los mismos. Ahí está la reforma a las pensiones que
propone nacionalizar los ahorros de más de dieciocho millones de cotizantes al
sistema de pensión para que dentro de unos años, cuando los que hoy aportan al
sistema quieran pensionarse, les digan que esa platica se perdió.
Y cómo no, si es que con eso van a pagar
los subsidios de los que hoy no quieren trabajar honestamente por estar
conformando las futuras brigadas de defensa de don Petro: la Primera Línea, los
Colectivos Chavistas importados, los milicianos urbanos y toda clase de hampones
que aterrorizan a la gente de bien están siendo premiados en el “Gobierno del Cambio”.
Ellos serán los beneficiarios de lo que por años han trabajado y ahorrado otros
con su esfuerzo.
Porque es condición sine qua non de
toda dictadura socialista o pretendidamente comunista (que nunca se logra
llegar allá), que la riqueza haya que distribuirla entre todos para igualarnos
en pobreza. Lo malo es que se distribuye la plata ajena y no la de los
gobernantes; no la del presidente, ni la de la vicepresidente, ni la de los
ministros, ni ninguno de los funcionarios públicos. Y uno sabe que ni siquiera
la plata que le quitaron a los supuestamente “más ricos” es repartida bajo el
amparo de la “justicia social” que tanto invocan, pues es de conocimiento
público que en toda dictadura socialista los únicos que se enriquecen son los dictadores.
¿Acaso existe en el mundo un socialismo que haya obrado en bien del pueblo? Que
me lo muestren los obnubilados petristas para reírme en sus caras.
Así es. Lamento comunicar que en Colombia la
democracia, o lo poco de democracia que teníamos, se acabó desde que Petro
llegó al poder. Estamos haciendo un tránsito hacia la dictadura, y no parece
haber nadie que lo pueda detener.
Porque falta la cereza del pastel: proponer
una nueva Constituyente. Ahí vamos siguiendo como reses al matadero los mismos
pasos de Venezuela. Ya comenzaron a oírse las primeras voces de los lacayos del
ex guerrillero que promueven esto. Por ahí el pastor Saade lanzó la propuesta
para medirnos el aceite. Quisiera ese impoluto ministro religioso cerrar el
Congreso, acabar con la división de poderes, otorgarle facultades
extraordinarias al presidente. En síntesis, abonar la idea del dictador. Y como
no hubo una reacción en firme, seguro que por ese lado nos van calentando el
agua como a la rana que se quieren cocinar.
En este gobierno de enfermos, de traidores,
de cínicos… en otras palabras, de dictadores, estaremos próximos a presenciar
la tiranía de continuar por este camino. No le auguro nada bueno a este país
con Gustavo Petro al mando. De hecho, doy por sentado que dentro de tres años y
medio renovarán el discurso, ya no del cambio, sino de la reafirmación de las
propuestas que han hecho “mejorar” la situación del Pueblo, porque esta gente
se cree sus propias mentiras.
Y mientras el país se condena al hambre, el
mismo Petro (o uno de sus alfiles) se hará reelegir en unas elecciones “limpias”
en donde el resultado lo ha decidido una máquina electrónica, igual que en
Venezuela. ¿Acaso pensamos que esta cáfila de sinvergüenzas va a soltar el
poder en el año 2026? Ni lo soñemos. Ellos, como el Covid, llegaron para
quedarse. Casi que lo puedo vaticinar. Es más, lo pronostico desde ya con la
promesa de que si me equivoco me doy de baja de la opinión política, si es que de
aquí a eso no me dan de baja los esbirros de la nueva dictadura comunista,
próximamente en Colombia.
Porque el paso final, para cerrar con
broche de oro, es el de amordazar a la Opinión. Los medios de comunicación la
verán grave cuando empiecen a cerrar sus oficinas de prensa y redacción, sus
canales en televisión o en redes sociales, qué más da. Dictadura y Libertad de Expresión
son términos mutuamente excluyentes, y la propuesta para poner la mordaza y vulnerar la privacidad ya se
encuentra en un artículo refundido del Plan Nacional de Desarrollo. ¿No le han echado un
vistazo? Toda nuestra información privada será objeto del interés público.
Supongo que no, porque los colombianos
estamos aletargados con las series progres de las plataformas, con los
bailecitos de Tik Tok, con la farándula, el fútbol, la coca, la inclusión; y
con el circo que una gobernanza sabe cómo explotar para tener al ciudadano
entretenido sin que piense en los asuntos de la vida política.
Mientras tanto el Pacto de indeseables, con
el presidente a la cabeza, nos va corriendo las líneas éticas para ir
implementando una dictadura sin ser encarcelados en el intento. Para cuando queramos
reaccionar ya será muy tarde. Nos habremos cocinado con la misma agua en la que
hirvió la rana, porque cuando se dio cuenta de la trampa ya no pudo saltar.








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