El presidente Greco no ha
podido superar su adicción a la cocaína y al whisky. Cada vez está llegando más
tarde a los eventos que le tienen programados en su agenda, e incluso a veces
ni se presenta a ellos.
La semana pasada dejó
esperando a un grupo de concejales en su visita a La Guajira, desde donde
solicitó poderes especiales con el fin de atender la crisis humanitaria por el
hambre que sufren las personas allí, especialmente los niños, que literalmente
se mueren de hambre. A inicios de esa misma semana, mientras estuvo de visita
en Francia, se le desapareció al grupo de prensa durante dos días. Nadie supo
en dónde estuvo el presidente en ese lapso, ni cuáles fueron sus actividades,
ni la razón de su ausencia. Se sabe que no estuvo en el hotel, pero nadie sabe
qué estuvo haciendo o con quién se reunió.
Los rumores que intentan esclarecer
sus constantes incumplimientos y desapariciones apuntan a que el presidente no
soporta el malestar producido al día siguiente de sus excesos con el alcohol y
las drogas que consume. El pobre presidente sabe que es un alcohólico, un
cocainómano; que en su casa no lo quieren si no es por la dignidad que ostenta,
pero tampoco está dispuesto a rehabilitarse. Si para algo ha llegado al poder,
piensa, es para tener la potestad de drogarse a su gusto, de hacer lo que le
venga en gana. No tiene que ser ejemplo de nada. Los periodistas no tienen por
qué meterse en sus asuntos privados. Él es el presidente elegido
democráticamente y punto.
Los escándalos que destapó la
revista 7 Días y que probablemente iban a deteriorar su imagen de primer
mandatario, no pasaron de ser eso: simples escándalos que se olvidan con el
tiempo o que a la opinión pública dejan de importarle cuando aparecen otras
noticias más amables que acaparan su atención. La gente está harta de política,
y eso al presidente le conviene: que no vean noticias, que nadie quiera saber
de él (en cuanto a cosas malas se refieren los medios), que se produzcan otros
hechos para que se olviden del gobierno. Ruega porque comiencen cuanto antes
los partidos de fútbol, que retornen los espectáculos de los grandes artistas, que
se dé inicio a las fiestas de medio año en los pueblos. Él, por su parte, viaja
a Europa dos veces en menos de diez días para ir a hablar a Alemania o a
Francia de cambio climático, y así se la pasa metido en un avión emitiendo
dióxido de carbono y contaminando más que cualquier colombiano promedio.
Tampoco el presidente quiere saber del país que gobierna y que tanto detesta.
Pero aún con escándalos, con señalamientos y entredichos a la integridad del presidente, con marchas de una mayoría ciudadana rechazándolo, con suicidados dudosos y convenientes, con maletas extraviadas llenas de dineros sospechosos, con declaraciones de cancilleres también borrachos y drogados, con la popularidad por el piso, con los escándalos pasados y olvidados de los familiares del presidente; aún con todo eso, al presidente Greco no le va a pasar nada porque al final no pasa nada de lo que la mayoría de los colombianos desea que pase.
Y ese deseo es que Greco
renuncie por dignidad y vergüenza. Desde luego, no lo hará. No tiene ninguna de
las dos cosas. Aparte de que es un indigno y un desvergonzado, no va a
renunciar al poder por un simple escándalo luego de haber luchado tanto para
llegar a la Casa de Nariño. Tiene en mente que jamás se irá de allí, y para eso
permite que la primera dama gane en protagonismo: es ella la que lo puede
reemplazar cuando se cumpla su período en caso de que no aprueben la propuesta
de reformar la Constitución para aspirar a una reelección. Si la Nueva
Constituyente no se aprueba, el plan B es revivir algún artículo sacado de la
manga a última hora para permitir nuevamente la reelección, o el plan C es
delegar el poder en la señora Mónica Alcázar, para que el mandato quede en
familia. En cualquier caso, su intención no será irse nunca derrotado por unas
elecciones en las que ya no lo podrán derrotar jamás, aunque el pueblo vote en
masa: la reforma electoral se asegurará de aprobar el voto electrónico, y con ello
el fraude perpetuo.
Mientras tanto, el equipo de
colaboradores virtuales del presidente, o de los llamados bodegueros, se
encarga de mantener su imagen a salvo para que nada de lo del escándalo aquel
de las chuzadas a la empleada de su ex jefe de gabinete, incluyendo la misteriosa
y oportuna muerte del teniente-coronel implicado, lo salpique. Todo ha sido
preparado minuciosamente para que la Fiscalía no pueda saber la verdad, para
que ningún colombiano sepa la clase de mafia que nos gobierna. Al final, la
culpa se la echaron al muerto y aquí no pasa nada.
El muerto, el que se suicidó
con una pistola ajena sin tener motivos para ello, el que tenía miedo de hablar
con la prensa porque literalmente “lo acababan”, fue el que aparentemente dio
las órdenes de chuzar el teléfono de la niñera. Y no sólo de chuzarla, sino de
implicarla en un caso de terrorismo, adjudicándole un alias de bandida al
servicio de un jefe de un grupo narcoterrorista y montándole un caso judicial
en el que hasta expediente armaron. Cómo no, el muerto tuvo la culpa. El
teniente coronel se levantó una mañana con ganas de intervenir la línea de la
empleada de Aura Saavedra sin que nadie le diera la orden, sólo porque a él le
pareció que de pronto podría ser la responsable del robo de un dinero que al
fin de cuentas no se sabe cuánto es, ni de quién es, ni cómo se obtuvo.
Conveniente suicidio el del teniente coronel, quien se llevó la verdad a la
tumba, o al que le quitaron la verdad de su boca. Conveniente silencio al que
se acogieron los policías subordinados y la misma Aura Saavedra, y el mismo
Vendetti, quien por cierto regresó de Turquía y ratificó su silencio. A él le
fue prorrogado su contrato como embajador por un mes más, y la misma Aura
Saavedra, la mano derecha del presidente, fue nombrada en un cargo diplomático
en Alemania. El presidente Greco no los podía sacar así no más. Había que hacer
un pacto y respetarlo con la vida. Ese pacto fue conocido como “el pacto del
silencio”.
Así, a Greco no le pasó nada,
ni le pasará nada. No pasa nada en Colombia. El desgobierno continúa, la
impunidad campea, el crimen se robustece, el pueblo paga los platos rotos.
Mientras tanto, el mismo presidente se sienta en su sillón presidencial y cavila la manera de desquitarse de todos aquellos que han puesto a tambalear su gobierno: medios de comunicación, políticos, periodistas y columnistas de oposición, reservas activas, sociedad civil, organizaciones católicas y cristianas, influenciadores de derecha, contradictores y críticos. La arremetida contra sus enemigos tendrá que ser despiadada. Eso piensa el presidente mientras sorbe un trago de whisky y aspira un hilillo de cocaína cien por ciento colombiana, la más pura del mercado.





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