sábado, 23 de septiembre de 2023

La invasión tercermundista

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





   La imagen se repite a diario en los noticieros: miles de migrantes arribando a la frontera entre México y Estados Unidos; camiones repletos de hombres y mujeres que llegan por racimadas a buscar el “sueño americano”, o simplemente a encontrar un lugar para escapar de la pesadilla en que se han convertido sus países. Otros se suman a las “organizadas” caravanas que vienen en camino desde cualquier nación latinoamericana para solicitar su ingreso a territorio estadounidense en calidad de refugiados. Muchos ya se encuentran apostados en el puesto de control esperando a que la puerta se abra. Saben que en cualquier momento los dejarán pasar porque esa ha sido la orden del gobierno. Las autoridades no tienen idea de qué hacer con ellos: si recibirlos, si devolverlos, si enviarlos a un Estado santuario, si ralentizarles el ingreso y detenerlos momentáneamente. Lo cierto es que todos desean entrar, se sienten con el derecho a hacerlo. Mientras tanto, desde la Casa Blanca aseguran que tienen el control de las fronteras del país.

    Pero la frontera es ancha, porosa, permeable, accesible para todos los que desean atravesarla. Ya no hay necesidad de cruzarla de manera ilegal. Por el contrario, esperan con paciencia a que les toque el turno de comparecer. Han atravesado caminando el desierto, se han aventurado en el río Grande, han sorteado la muerte agazapada en la corriente de las aguas, en donde algunos han tenido que abandonar a familiares o a compañeros de travesía que no lo han logrado. Hacen una fila interminable, y mientras unos esperan a ser admitidos, otros ya han emprendido el camino desde su lugar de procedencia, a miles de kilómetros de allí, cruzando otras selvas, otros ríos, otras montañas y desiertos para llegar hasta ese punto y tomar un lugar en la gigantesca línea sin un propósito diferente al de entrar de lleno en el país del norte.



    Mientras estos migrantes que llegan sin ningún tipo de visado ni documento tocan las puertas de la frontera y son aceptados sin distinción, muchos otros aún continúan esperando a que las autoridades den solución a su estatus de ilegales con el cual tienen que lidiar desde hace muchos años. Llevan tiempo de haber radicado su solicitud de residencia y haber presentado con juicio todos los documentos que las leyes migratorias estadounidenses exigen. Sus casos están represados en unas listas de espera sempiternas que no han podido ser evacuadas. Las peticiones de reunificación familiar conforme a los reglamentos estipulados se tardan bastantes años en ser respondidas. No así para quienes llegan a la frontera de manera desordenada e ilegal, sin el lleno de ningún requisito, pues estos son aceptados de forma expedita en calidad de refugiados. Por obra de la asistencia humanitaria son acomodados en hoteles de lujo, en donde el Estado les suministra su manutención con el dinero de los contribuyentes, pasando por encima de los derechos de aquellos que han hecho las cosas conforme a lo que la ley les exige.

    Cuando esto sucede en la endeble frontera, el presidente Biden, desde la conferencia de la ONU, insiste en los intereses de Ucrania, en la necesidad de buscar la paz a una guerra que él mismo ha ayudado a desatar y que ha financiado hasta el cansancio. Se preocupa de una contienda internacional al tiempo que su propio país está invadido por individuos de todo tipo practicando la mendicidad y contribuyendo al aumento de la inseguridad en las calles de las ciudades principales: carpas improvisadas ocupando el espacio público, campamentos enteros en condiciones de hacinamiento e insalubridad, extraños sin rumbo merodeando por los parques y las zonas residenciales, semáforos atestados de indigentes con niños que piden dinero a los transeúntes y a los vehículos al mejor estilo de cualquier ciudad hispana como Bogotá; así es el panorama de la nueva invasión de migrantes a los Estados Unidos, a donde han entrado y se han diseminado por todo el país más de siete millones de ellos desde que se posesionó Biden como presidente de la unión americana.



    La apertura sin límites de la frontera por orden del presidente explica en parte que las calles estén a reventar de individuos drogados, menesterosos, improductivos, como si fueran una plaga que viene a destruir el orden por el que se caracterizaban otrora ciudades tan afamadas como Nueva York o San Francisco. Como muestra, nada más la cifra de víctimas mortales a causa del fentanilo que es introducido por la frontera arroja un saldo de más de cien mil personas. También el abuso y el abandono de los niños es un flagelo irrefrenable por la migración descontrolada. Se habla de que hay más de trescientos mil niños sin padres, sometidos a trabajos forzados y al tráfico sexual. ¿Por qué se está permitiendo que pase esto en la frontera?

    Pero no hay que pensar que esto solo pasa en Estados Unidos. No nos olvidemos de Europa y Canadá. En el viejo continente ya es una problemática estructural la inmigración descontrolada. España, Francia, e Italia,[1] que son los países que limitan con el Mediterráneo, también están siendo víctimas de esa caterva desmandada que llega como un enjambre de langostas a apoderarse de las ciudades y a recibir beneficios que no reciben siquiera los ciudadanos de origen europeo. Y todo ello con la complacencia de los gobiernos. Alemania no se salva, Inglaterra tampoco: el caos está generalizado. Canadá, por su parte, ofrece un panorama desconsolador en ciudades como Vancouver y Toronto. La invasión de los migrantes está haciendo ver a estos paraísos de otro tiempo como las peores ciudades del tercer mundo. Desde luego, esto no se trata de xenofobia ni de antiinmigración; se trata de que una sociedad cimentada con las bases de una cultura arraigada en el espíritu de los habitantes pueda seguirse manteniendo en pie con sus propios valores de sociedad, y para ello debe recibir solamente la cantidad de migrantes que su capacidad pueda soportar, todo ello de manera ordenada y ajustada a los requisitos de ley. De lo contrario, esa sociedad se desbarajusta.



    Por otro lado, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, los líderes latinoamericanos, responsables de la debacle de sus sociedades y causantes de la mayor oleada migratoria masiva, hablan del cambio climático con los visos de tragedia a los que nos tienen acostumbrados, y culpan al hombre blanco, judeocristiano, capitalista y de derechas, de haber provocado esta crisis del clima. Y aunque es importante tener una conciencia ecológica para cuidar del planeta y procurarle el menor daño posible, tampoco se puede caer en el catastrofismo como herramienta de manipulación social que los líderes de izquierda latinoamericanos y del globalismo pretenden imponer, tal el caso del ex convicto Lula Da Silva y del ex guerrillero Gustavo Petro, cuyo discurso en la ONU fue tan aborrecible, que los asistentes prefirieron retirarse cuando este tomó la palabra.

    No se crea que estas invasiones son movimientos espontáneos de personas que por su situación económica y social desean buscar un porvenir lejos de su tierra. Todo lo contrario: las invasiones son cuidadosamente azuzadas, financiadas y dirigidas por poderes oscuros a los que les conviene introducir de manera masiva esa arma para desestabilizar la democracia y acabar con la soberanía de las naciones occidentales. Un arma que en sociedades como la americana ya está detonando.

    De este modo, el discurso de las fronteras abiertas, o de la “Sociedad abierta”, como lo promulga el nefasto George Soros y las llamadas ONG “sin ánimo de lucro”, no es más que un negocio sucio de tráfico de migrantes como si se tratara de cualquier mercancía, en donde las élites de políticos corruptos participan para destruir las libertades y la mediana prosperidad que se ha logrado con la democracia.


 


    Al globalismo le conviene borrar las fronteras para extender la pobreza que se ha generado en aquellos países en donde ellos han intervenido con sus gobernantes títeres. Lo que han logrado como resultado de la implementación de políticas anticapitalistas, antilibre comercio, y por tanto antilibertad, es un aumento significativo de la inseguridad y la miseria que harán colapsar a Estados Unidos, a Canadá y a Europa. De paso, arrasar con las costumbres, los valores, las tradiciones, los lazos familiares, la historia y todo aquello que de alguna manera represente un arraigo. La idea es promover el multiculturalismo como una forma de reconocer la pluralidad. Pero el trasfondo de todo es contaminar la cultura, corromperla desde adentro, hacer ingeniería social para que el lucro sea indefinido.  

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[1]  En un lapso de cinco días, 15.550 inmigrantes africanos desembarcaron en Lampedusa, Italia. El pasado 21 de septiembre llegaron más de veinte barcos con 1.200 personas cada uno a las costas de Crotona.

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