La semana pasada escribí en
este mismo espacio digital una entrada hablando en contra del presidente Gustavo
Petro, de la cual, hasta ahora, no me arrepiento. Por fortuna tengo pocos
lectores y por tanto muy pocos detractores. No soy un opinador reconocido (por el
momento) y eso me hace un tanto inmune a las reacciones en las redes sociales y
al troleo.[1]
El artículo en cuestión
sostenía la tesis de que el presidente Petro no era en absoluto otro más de los
malos presidentes a los que ya estamos acostumbrados en Colombia; es decir,
esos mandatarios pertenecientes a la oligarquía rancia de este país (de hecho,
Petro es parte de esa misma oligarquía, aunque su discurso diga todo lo
contrario). Decía yo que a Gustavo Petro no se le puede catalogar como un mal
presidente sencillamente porque, más que un presidente ilegítimo —pues ya
sabemos cómo llegó al poder—, lo que este Petro en realidad es, se puede definir
con la palabra “enemigo”.
Me han caído rayos y centellas
por decirlo de manera tan contundente. Desde luego, los áulicos petristas no
pueden estar de acuerdo con mi afirmación y dicen que no tengo un solo
argumento para considerarlo así. De hecho, me tildan de ultraderecha, de
conspiranóico, de “uribestia”, de desinformador. Pues bien, como no soy nada de
lo anterior y no me debo a ningún partido ni corriente política, expongo aquí,
con mayores detalles, la principal razón por la que sigo sosteniendo mi argumento.
Nuevamente, esta será otra
entrada para hablar mal del presidente que no se cansa de decepcionar e
indignar a los colombianos, así como yo no me canso de darle duro. Es mi deber
hacerlo, no porque guarde una rencilla personal contra él, sino porque él mismo
ha decidido ponerse en contra de los ciudadanos honestos y estar del lado de
los bandidos: esos bandidos que hoy está convirtiendo en sus milicias
personales.
Tal vez en los últimos días hayamos
oído de boca de ciertos políticos de la oposición el término “Milicianización
de Colombia”. ¿Qué es esto de la milicianización? Crear cuerpos armados por
fuera de la Ley que sustituyen a las fuerzas del Estado garantizadas por la Constitución.
En otras palabras, conformación de grupos paramilitares para la defensa personal
del presidente y la aprobación de sus reformas socialistas a través de la
presión armada. ¿Acaso no era Petro el que denunciaba el paramilitarismo bajo
el gobierno de Álvaro Uribe? Pues bien, bajo su propio gobierno se está haciendo
algo parecido, con la diferencia de que el paramilitarismo de aquel entonces
era tan ilegal como los grupos guerrilleros, mientras que, en este caso, el
presidente está propiciando las condiciones para legalizar esos colectivos
armados bajo el rótulo de “gestores de paz”, “guardias campesinas” o “guardias
indígenas”. Petro arma y financia a los mercenarios y estos cumplen sus
órdenes.
Es que milicianizar a Colombia
le resulta útil a Gustavo Petro para “gobernar” con puño de hierro sin que
aparentemente se vulnere la democracia. Bajo el manto de “protesta social”, de
la “reclamación de derechos”, la “justicia social” o cualquier otra de estas
creaciones de la izquierda, se da luz verde a todo tipo de acciones encaminadas
a imponer la voluntad del presidente: la cartilla venezolana aplicada a
rajatabla.
Porque en caso de que en
realidad la población decida hacer una real protesta social o exigir en la
calle sus derechos, la aplanadora de la milicia se encargará de reprimir toda manifestación
civil de la misma manera que en 2021 se encargó de instigar a la población y a
las fuerzas de seguridad del Estado para poner a tambalear la democracia. En
este caso, la milicianización actuaría en sentido contrario; es decir, consolidando
una dictadura.
¿De dónde sacará Petro a sus
milicianos? Para eso está dejando en libertad a todo tipo de delincuentes,
tanto del grupo terrorista “Primera Línea”, como del ELN y las Farc; dejando
igualmente en libertad a los narcotraficantes con los que acordó en el “Pacto
de la Picota”; a todos ellos graduándolos de voceros y gestores de paz. También
está armando campesinos que en realidad son guerrilleros, así como reclutando
los indígenas del CRIC e incitándolos a la invasión de tierras a cambio de
pagarles por invadir la propiedad. En ese mismo sentido el presidente promueve
las marchas y los paros, y todo ello muy bien apalancado con nuestros
impuestos. A los ciudadanos nos obligan a financiar una revolución violenta
para quitarnos la libertad e imponernos la religión del Estado.
Y el paso fundamental de la
estrategia se llama “victimización”. Sin este componente, el presidente no
podría apelar al llamado a “su pueblo” para quejarse de que “la oligarquia”, “el
régimen narcoparamilitar”, no lo deja hacer las reformas que el pueblo necesita
para gozar de bienestar. Entonces la condición de presidente-víctima se
convierte en la excusa para que las milicias salgan a incendiar todo a su paso,
aunque la verdadera intención sería salir a tomar control de las instituciones.
El mentado “Golpe de Estado blando” del que Petro tanto se queja lo saldrá a dar
él mismo. Con la oposición controlada, con las instituciones tomadas por sus
milicias y con el pueblo silenciado por el miedo y el hambre, el presidente de
Colombia podrá gozar de poder ilimitado e indefinido.
Y la invasión, como estrategia
de milicianización, es una de las cartas principales para que este gobierno se
tome definitivamente el poder e imponga su visión de las cosas. Con la política
de comprar tierras arrasadas por invasores a precios de remate materializará su
sueño expropiatorio y no habrá organismo de control que lo detenga, ni
empresario, ni hacendado, ni industrial dispuesto a dar la pelea y a seguir
perdiendo capital, pues todos ellos van a preferir exiliarse antes que seguir
dejando que el gobierno los expropie lentamente.
Finalmente, y no menos
importante, la otra fase de la milicianización es la desarticulación de la
fuerza pública. De hecho, por ahí fue que comenzó todo el señor Gustavo Petro,
cuando a pocos días de su posesión retiró más de sesenta generales del servicio
público. Fue el primer paso para desvertebrar la seguridad y restarles fuerza a
unas instituciones de defensa de por sí desmoralizadas desde la época del traidor
Juan Manuel Santos.
Sí, reitero lo dicho en la
entrada anterior y en esta: Petro es el gran enemigo del país, y no es un gran
descubrimiento. Con su milicianización nos está llevando a la guerra, a la
división, a una exacerbada polarización mucho peor que la que hemos tenido. La
milicianización para someter a la población, empoderar a los delincuentes,
expulsar a los empresarios, atemorizar al ciudadano.
Una vez que Petro logre lo que
se ha propuesto no quedará más remedio que despedirse del país como lo conocimos.
Despedirnos de la libertad de la que en otros tiempos gozamos, aunque los
idiotas desconozcan que alguna vez la tuvimos. Una vez que la milicia se tome a
Colombia, la única marcha que se podrá realizar será la marcha hacia el
exterior.
[1] Troleo: Dícese del acto
de “publicar comentarios provocadores en un intento de incitar argumentos combativos
de otros a efectos de entretenimiento personal”. https://es.wiktionary.org/wiki/trolerar






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