sábado, 2 de septiembre de 2023

Mal presidente o enemigo declarado

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    ¿Qué es un mal presidente? Un mal presidente de una nación como Colombia, por ejemplo, no sería uno como Gustavo Petro. De ninguna manera. Petro no es un mal presidente. Un mal presidente podría ser, si se analizara estrictamente a la luz de los resultados, un hombre como Iván Duque, al que la Historia muy posiblemente juzgará como malo por la gestión que realizó en el cargo. Porque sabiendo qué era lo bueno que tenía que hacer, no lo hizo, ya sea por negligencia o por miedo. El mal presidente es aquel que no ejecuta las políticas que sabe que son convenientes para su país.

    En el caso de Gustavo Petro, a este no le alcanza ni siquiera para ser un mal presidente: es, digámoslo claro, el enemigo número uno de Colombia; un impostor, un apátrida, un mal ser humano, y eso es peor que ser un mal presidente.



    Porque un presidente puede equivocarse en el intento de aplicar las políticas que son afines a su ideología por pensar que está en lo cierto; puede cometer errores de manejo, de implementación, de autoridad, de gobernabilidad. Puede resultar siendo un inútil en toda la palabra, pero generalmente los presidentes que se catalogan como malos salen del cargo con la sensación de haber hecho lo mejor que pudieron hacer, aunque no hubieran logrado los objetivos a nivel de reducción de la pobreza y el desempleo, de reactivación de la economía, de crecimiento, de control de la inflación, de disminución de los índices de inseguridad, entre otros, que son indicadores siempre demostrables de lo que es una buena o mala administración. En el caso de Petro no es así. Él, que también es inútil, que no implementa ninguna política en beneficio de la mayoría, que da muestras de ser un déspota y que no puede poner orden ni en su propia casa, tiene algo que es mucho peor que la característica común de los malos presidentes: Petro odia el país que simula gobernar. Hay presidentes malos que gobiernan mal creyendo que están haciendo un bien. Hay otros, como el que nos ocupa, que hacen todo lo posible por destruir adrede el país que regentan. Lo saben en el fondo: saben que están haciendo un mal y se obstinan en agravarlo.



    En verdad, yo diría que un megalómano como el presidente que nos rige no sólo no tiene afecto por la Historia de su nación, por sus instituciones y sus leyes, sino que además odia a quienes comparten el privilegio de llamarse colombianos. Petro no solamente nos detesta, sino que, en el intento de querer ser el salvador del mundo, parece que se detestara a sí mismo. De otra manera no me explico cómo está adoptando todas las medidas para conducir a su propio país a una ruina y una devastación sin precedentes, incluso a costa de sacrificar su imagen política, como si ser el hombre más odiado de Colombia hubiera sido otra más de sus promesas de gobierno.

    Y es que por este camino que nos está haciendo transitar el presidente, vamos directo a un socialismo más duro y nefasto que el que aplicaron en Venezuela. Allá el experimento se hizo sobre la base del engaño. Aquí nos están aplicando la misma receta sobre la base del odio de clases. La consecuencia del engaño es la decepción; la del odio es la guerra y la muerte. El autor: Gustavo Petro.

    Pero como no debo quedarme solamente con mi opinión subjetiva (que a nadie le interesa) sin soportarla con argumentos objetivos, voy a dar unas tres o cuatro razones que bastarían para apoyar la causa del juicio político al presidente, pues tres años más de esta ignominia no la aguantamos los colombianos.



    En primer lugar, la propuesta de darle dinero a los delincuentes para que “dejen de matar” es lo más ofensivo que yo he escuchado. Nadie en sus cinco sentidos puede considerar seria esa extorsión legalizada por el presidente. Sabemos que pagarle un millón de pesos con dinero de nuestros impuestos a los “jóvenes” de la Primera Línea, que en realidad es un grupo terrorista urbano, es avalar el crimen y propiciar una guerra peor que la que ya tenemos, pues nunca ha habido paz, y mucho menos la habrá por esa vía. Una propuesta de ese talante sólo puede provenir de alguien que quiera sumir a su nación en una guerra civil, ya que lo que busca el señor presidente es la milicianización de Colombia; consolidar los colectivos petristas que son la fiel copia de los colectivos chavistas de Venezuela. ¿Semejante iniciativa es del ingenio de un mal presidente? Para nada, eso sólo lo puede plantear un enemigo.

    Lo segundo está implícito en el decreto que legaliza las invasiones de las mal llamadas “guardias campesinas” o “guardias indígenas”. Convertir al campesino y al indígena en un sujeto especial de derechos es la coartada perfecta para consolidar una fuerza de masas con el fin de que invadan predios rurales como una forma de reclamar los “derechos” que las supuestas clases oligarcas no les permiten gozar. Es un atentado a la propiedad y al trabajo. Por ende, un país que promueve el que se le quiten los bienes ganados con esfuerzo a unos para privilegiar la carencia de otros, es un país destinado a la miseria. Es el triunfo del discurso del odio contra el empresario, el ganadero, el industrial, el inversionista, que no por tener el capital deben ser agentes a eliminar de la sociedad. En últimas, es la derrota del capitalismo, único sistema económico que ha permitido el desarrollo de la iniciativa privada y alguna dosis de libertad financiera. Es el triunfo de la pobreza por encima de la riqueza. Un presidente que desea la ruina para sus ciudadanos no es mal presidente; es un infeliz que merece ser erradicado del poder.



    En tercer lugar, sólo un enemigo declarado podría condenar a su país al hambre suspendiendo la explotación de petróleo y otros recursos mineros, que constituyen más del 60% de los ingresos de la nación. En esa dirección camina Petro con la excusa del cambio climático, al cual Colombia no le aporta ni un mísero 1% de emisión de gases tóxicos. Aun así, el presidente insiste en que dependamos de una dictadura como la venezolana al tener que comprarle el gas y el petróleo a su amigo Maduro. Ello explica por qué el aumento de la gasolina cada mes: nos quieren poner a pagar la gasolina al precio internacional, de modo que cuando se la tengamos que comprar a Venezuela a $20.000 el galón, o quizás más, ya estemos habituados a pagarla cara. ¿Podría un mal presidente patear el tablero y someter a su país a una crisis de hambre por la no explotación de sus recursos energéticos? Desde luego que un mal presidente no se arriesgaría a dejar al país sin petróleo porque eso sería atentar también contra su propio bolsillo. Un enemigo, en cambio, al que no le importa el país, bien puede hacerlo, pues obedece a intereses de corporaciones extranjeras que precisamente lo que están es interesadas es en destruir la democracia.

    Finalmente, para no extenderme sin necesidad, no olvidemos que Gustavo Petro llegó de manera fraudulenta al poder, recibió plata de narcos en su campaña, tiene a su propio hijo involucrado en el escándalo, no cumple los compromisos de interés nacional y se mantiene viajando al exterior para hablar cháchara, que es lo único que sabe hacer. No, él no puede ser un mal presidente. Esto es un hecho pensado, y él es un enemigo, un impostor, un apátrida, un mal ser humano, un infiltrado en la Casa de Nariño. Merece ser enjuiciado, defenestrado, expulsado de su cargo. Merece ir a prisión, pero si no es posible, entonces merece ser desterrado.



     Sólo que hay idiotas que todavía lo defienden a cambio de contratos, subsidios, prebendas, o por simple envenenamiento del alma. Es entendible que lo defiendan: lo ven como a un dios y están enceguecidos. Ellos, sabiendo o no, se están convirtiendo en los soldados del enemigo que nos ha estado dividiendo en dos bandos: los que están con él y los que estamos contra él. Y así como estamos gobernados por ese enemigo velado de nuestro país, de esa misma manera haremos todo lo posible para derrotarlo: porque su fracaso es nuestra victoria.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...