Emocionado por la ovación que
le darían, hinchado de orgullo por el que sería su gran recibimiento en la
Conferencia de las Naciones Unidas, el presidente Greco se subió al podio de
los mandatarios y se dispuso a dar su discurso.
La emoción que lo embargaba se
vio un tanto apaciguada cuando los asistentes se negaron a guardar silencio en
un lapso que al presidente le pareció una eternidad. No se dispusieron a
prestarle la más mínima atención. Antes bien, la gran mayoría de ellos comenzó
a desalojar el recinto. Como siempre que se veía en dificultades, el presidente
Greco miró a un lado y a otro con gesto de impaciencia y le pidió con la mirada
al maestro de ceremonia que impusiera el orden en el auditorio, ya que el ruido
le impedía comenzar su discurso. Uno de los organizadores golpeó el estrado con
el martillo dos o tres veces para apelar a la mesura, pero nadie le hizo caso
de inmediato: se callaron cuando les dio la gana. El resto hacía rato estaba
tomando tinto en el casino del edificio de Naciones Unidas. A nadie le interesó
escuchar lo que este presidente tenía para decir.
Al fin pudo comenzar, pero ya
la herida en su ego estaba causada. No disfrutaba su discurso como la primera
vez que estuvo en una cumbre climática y allí se despachó con su verborrea
incipiente en contra del petróleo y a favor de la cocaína, poniéndolos a
competir en la balanza de los venenos, en donde, por su puesto, ganó el
petróleo como el peor del universo. Se sentía incómodo ante un auditorio
fantasma, imberbe, sin alma. Ninguno de sus colegas con los que hubiera querido
simpatizar se quedó allí para aplaudirlo.
En medio de unas metáforas
violentas que suscitaron bostezos entre la multitud, terminó con esa nefasta
frase de “expandir el virus de la vida”, como si la vida fuera una ponzoña
maldita. No pudo encontrar comparación peor. ¿Por qué hablaba de la vida como
un virus después de haber hecho una defensa de la coca; esa adicción que sí es
un atentado para la vida?
Como era de esperarse, cuando
terminó su presentación no fue aplaudido. Si acaso se escucharon las enclenques
palmas de sus acompañantes, por allá en uno de los cubículos más alejados, las
cuales se diseminaron en un murmullo débil y efímero.
Bajó del estrado con más pena
que gloria. Se sintió frustrado de no haber sido ovacionado como esperaba:
necesitaba un trago y un profuso pase de cocaína para sentirse estimulado. Estaba
en Nueva York, donde podía conseguir los “dulces” que quisiera. Se desquitaría
de esa afrenta a su orgullo dos días después, cuando por cuenta de los
contribuyentes viajaría con su familia a Disney World en el avión presidencial:
“van a saber lo que es una indignación”, pensó el presidente en ese momento en
que se retiraba como un perro con la cola entre las patas.
No por el fracaso que había
resultado su participación en la conferencia de las Naciones Unidas, el
gobierno del presidente Greco dejó de transmitir el discurso fallido por los
canales nacionales, tanto públicos como privados. Obligatoriamente. Los
televidentes que querían ver los programas de la franja prime
seguramente sintonizaron un canal extranjero mientras esperaban a que el
presidente terminara con su cháchara babosa, por lo que muy pocos vieron cuando,
en un despliegue de efusividad, una horda de burócratas de la conferencia
aplaudió a rabiar apenas este terminó su pesada intervención. Las cámaras
mostraron, incluso, a varios asistentes que se ponían de pie con la lágrima
titilando en el ojo y una expresión de admiración ante semejante disertación
llena de prosa y galanura.
Pero quienes habían visto el
discurso en vivo durante esa mañana sabían que esos aplausos no habían sido
para el presidente Greco. “Hicieron un montaje”, se dijeron, mientras revisaban
los videos y corroboraban que, en efecto, la ovación que se escuchó al final de
la presentación de Greco no era la de él, sino la de Biden, que había hablado
antes que él. Montaron los aplausos en el discurso de Greco para hacer creer
que fue una alocución memorable. Todavía los grequistas lo creen así, y
sostienen que el señor Greco es el hombre más inteligente que ha dado Colombia.
Hubieran podido robar los aplausos que se escucharon al final del discurso de Nayib Bukele, el presidente de El Salvador y uno de los oponentes más encarnizados de Greco. Este discurso sí que fue aplaudido y escuchado con fervor, pues al momento de hablar el presidente salvadoreño, nadie se quiso salir de la sala. Greco se dolía por ello, se remordía y exhalaba un hálito de rencor como el que ya venía exhalando desde sus épocas de guerrillero. Odiaba a Bukele con todas sus fuerzas, pero también su odio lo hacía extensivo a su propio país, al cual quería ver hundido en el fango del socialismo, o de la miseria, que es lo mismo.
Y odiaba a su homónimo porque
aquel podía gozar de una aprobación de la que él jamás gozaría. Aquél era
querido por su pueblo; él era odiado. El otro era admirado en la región, en
cambio Greco daba pena ajena. No tenía apoyo ni en su propia casa, donde hasta
su hijo hacía unos días había renegado de él y lo acusaba de que a su campaña
presidencial habían entrado dineros de los narcos. El pobre Greco pasó de la gloria
al desprestigio en tan solo un año de gobierno.
Pero el presidente no podía
entender qué había sucedido. ¿Por qué ya no era tan popular como cuando ganó
las elecciones? ¿Por qué los otros presidentes ya no le reiteraban su apoyo
como Lula o López Obrador, así como cuando se posesionó apenas un año atrás?
¿Por qué no era la figura política más respetada de Latinoamérica, el líder de
la izquierda en toda la región? Sin duda tenía el apoyo de mentecatos como
Maduro, como Pedro Castillo en su momento de esplendor o Evo Morales, pero si
se comparaba con aquellos dictadorzuelos de república bananera no podía tener
un buen consuelo. Él quería ser el modelo a seguir, el ejemplo vivo de lo que
es un gran defensor mundial del ambiente, y que incluso los colegas de las
potencias lo admirasen. Greco se sentía vil, derrotado, rechazado, y aquello
soflamaba más su ira.
“A este país le llegó el
momento de sufrir”, cavilaba solo en el cuarto de hotel esa noche de su
discurso, siempre al calor de un whisky; siempre envalentonado por una raya de
cocaína. “A este y a todos los países donde hubo gobiernos fascistas”. Le
temblaba la mano, pero no dejaba de emitir pensamientos al aire. “Se van a
arrepentir todos esos que de mí se han burlado. Los que me torturaron, los que
me pusieron en ridículo. Y hay que comenzar por esa revista 7 Días, que no hace
sino desprestigiarme. Sobre todo por esa periodista, Jaqui Dávalos”.
“Les voy a llamar la minga”,
seguía pensando el presidente, ahora en voz alta. “Que vengan la guardia
campesina, los Jóvenes en Paz. Todos ellos tendrán que apoyarme, y que sepa
este país cuánto quieren al presidente.
» Voy a seguir subiendo la
gasolina, y que suba la tarifa de la energía porque no invertiremos un peso más
en redes, y que se venga el racionamiento, y que el gas se ponga caro, se
triplique, porque van a saber lo que es un país con escasez. Cuando después
vengan a mí suplicando por servicios y comida, entonces ahí sí sabremos quién
tiene la sartén por el mango.
» ¡Y me van a suplicar los
oligarcas blanquitos para que no los expropie”, gritó el presidente mientras
daba puños en la mesa y apuraba otro whisky, “y me protestarán y me harán
marchas, pero ahí estará mi pueblo para que tome sus grandes haciendas y las
reparta como a bien tenga, porque la tierra es de los pobres!”
Uno de los edecanes tocó la
puerta de la habitación después de que Greco se desplomara sobre el piso,
intoxicado hasta más no poder.
— Señor presidente, ¿se
encuentra bien?
—Fuera de aquí —gritó Greco.
—Hemos escuchado un golpe. ¿No
se ha caído, señor presidente?
—Estoy bien.
Acto seguido, Greco vomitó la
alfombra y se retorció como un animal. Babeaba, vociferaba que se vengaría de
sus enemigos, que a los uribistas los pondría presos, y a todo aquel que no
comulgara con sus ideas; que cerraría los medios de comunicación fascistas, a
los que lo criticaran y acusaran de ser un corrupto. Había llegado la hora de
que este país le pidiera perdón, y para ello pondría a todo un pueblo de
rodillas, salvo a los que se alinearan con su causa.
—Señor presidente, le solicito
permiso para entrar— insistió el custodio desde afuera, preocupado de que al
presidente le hubiera pasado algo y luego le endilgaran a él la culpa.
—Que nadie entre. ¡Es una
orden!
Tiempo después, el presidente
Greco se quedó dormido sobre la alfombra como un náufrago que se tiende sobre
la arena en medio de la más infinita soledad. Al día siguiente despertó con
mareo, producto de la resaca insoportable que no le permitió cumplir con los
compromisos de su agenda en Nueva York. Tenía que regresar a Colombia, pero dio
la orden de que desviaran el avión presidencial a Orlando.
—Voy a ver a Mickey Mouse
—dijo convencido, como si se tratara de un jefe de Estado—. Allá sí me van a tratar
con respeto y no como si fuera un payaso, porque ese es mi mundo.
— ¿El mundo del imperio, señor
presidente? —le preguntó su manejador de agenda, que a esa hora ya había
llegado para informarle de los compromisos cancelados.
—No —respondió Greco tratando
de incorporarse con los pelos revueltos—. El mundo de los cuentos de hadas. El
mundo en donde el imperio me pertenece.






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