sábado, 30 de septiembre de 2023

Alguien nos espía, alguien nos esclaviza

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Recuerdo que en mis tiempos se solía decir que la televisión era el enemigo número uno de la inteligencia. Era una forma de decirle a los jóvenes que si se empeñaban en hacer tareas viendo la pantalla chica nunca iban a aprender nada. Y eso si se trataba de aquellos estudiantes que por lo menos tenían la intención de realizar sus deberes escolares. Los otros, los que no tenían el menor interés por el estudio, se pasaban horas enteras frente al televisor y dejaban que la llamada “caja boba” les absorbiera el cerebro.

    Tiempo después llegaron los videojuegos para terminar de tostarle el cerebro a la población, y hoy, aunque se han modernizado las herramientas tecnológicas, la lógica de la estupidización sigue operando de la misma manera: hacer que cada vez más personas —y no sólo jóvenes estudiantes— pasen la mayor cantidad posible de tiempo frente al celular, la tableta, o cualquier dispositivo desde donde se pueda acceder a internet, y en especial a las redes sociales. De eso se trata el truco de este mundo de la imagen y la virtualidad que nos tiene adictos a las pantallas desde finales del siglo pasado y que hoy, cuando promediamos el primer cuarto del nuevo siglo, nos ha sumido en una esclavitud peor que la existente durante la Edad Antigua.

    Esclavos, sí, porque esa es la palabra que mejor define al hombre pos moderno. Con el agravante de que el esclavo de la época primitiva por lo menos podía ser dueño de su pensamiento. El hombre contemporáneo, en cambio, ni siquiera puede (es más, ni siquiera quiere) pensar por sí mismo. Todo lo ha dejado en manos de los buscadores de información, las recomendaciones de los algoritmos, y ahora de la inteligencia artificial.



    La cuestión es que es innegable que todos los seres humanos necesitamos de algún grado de tecnología para poder llevar una vida medianamente tolerable dentro del sistema en el que estamos inmersos. Hoy en día no podemos escapar ni prescindir de ella, no hay remedio. Estamos en la era de los teléfonos celulares con aplicaciones de GPS, con inteligencia artificial, juegos en línea, buscadores en tiempo récord, reconocimiento facial, software de diseño, edición audiovisual y miles de herramientas que han sistematizado por completo la vida diaria y nos han hecho dependientes de la informática y las telecomunicaciones. Incluso los electrodomésticos más básicos tienen ahora la posibilidad de conectarse a internet para sistematizar sus funciones: las lavadoras, las aspiradoras, las neveras, y hasta las lámparas de mesa ahora son aparatos inteligentes. Y no digamos nada de los autos, los relojes, o los equipos de audio y video. Absolutamente todo viene fabricado para conectarse en línea y ofrecer un valor agregado de su servicio.

    Sólo que la función principal de un refrigerador ya no es enfriar los alimentos, ni la de una aspiradora es aspirar. Todo tiene su trasfondo, y el verdadero trasfondo de los aparatos modernos es la extracción de datos del medio en donde estos están ubicados. En otras palabras, recoger información de los usuarios y su entorno para realizar un perfil psicológico y saber cómo viven, qué piensan y qué desean, y de este modo obtener esa preciada información tan poderosa de la que nos habló Hobbes en su Leviatán, aunque originalmente se le atribuyó a Francis Bacon una frase muy similar cuando dijo que “la información es conocimiento”. Y el conocimiento es poder.



    La información, así de sencillo. Ese es el objetivo de unas empresas que ya no nos consideran clientes, sino objetos de consumo. Gana más una marca de electrodomésticos por vender los datos que extrae de nuestros hogares, que por vender sus artilugios, muchas veces fabricados a pérdida. Es que ya no les interesa vendernos neveras, lavadoras, aspiradoras, parlantes, televisores, celulares ni equipos de cómputo de buena calidad. Les interesa, sí, recabar una información que para las programaciones algorítmicas de las grandes empresas tecnológicas vale oro.

    ¿Pero qué les puede interesar a las corporaciones gigantescas que mueven miles de millones de dólares la información de un pobre parroquiano como uno que a duras penas llega a fin de mes y cuyos secretos y vergüenzas son de dominio público en las redes y en los corrillos familiares?

    Porque pensamos que somos tan insignificantes que es imposible que los emporios dirijan la mirada hacia seres tan mezquinos como lo son sus consumidores. Tal vez no les importemos desde el punto de vista humano, pero sí del comercial. Ya no basta con quitarnos el dinero del bolsillo a cambio de sus adminículos. Ellos van por más: van por nuestros deseos, nuestras aspiraciones, nuestro pensamiento, nuestras necesidades a futuro. Porque con esa pequeña huella de información que dejamos en nuestras búsquedas de Google o en el registro que nos hacen de nuestros movimientos con sus cámaras internas, les es suficiente para condicionar nuestro comportamiento a futuro y volvernos, ya no compradores de sus marcas y consumidores de sus ofertas, sino súbditos de sus objetivos corporativos. Ahí está la cristalización de la ingeniería social pura y dura.



    ¿Dónde aparecen los gobiernos para ponerle fin a toda esta vil cadena de espionaje? Los gobiernos, esos organismos político administrativos que aseguran cuidarnos, son los agentes espías más peligrosos de la tramoya.

    El gobierno chino, por ejemplo, subvenciona sus empresas para que saquen productos a bajo costo y los vendan a pérdida, cubriendo así la diferencia con tal de que las empresas recojan la información para sus centros de datos. Allí están las conversaciones, las fotografías, las decisiones, la vida expuesta porque también los ciudadanos han contribuido para ello. Allí, en los centros de datos que los gobiernos tienen nos han hecho el perfilamiento y ya saben cómo mantenernos entretenidos para que no pensemos mucho en cosas como estas. De hecho, esta misma columna que escribo la pueden estar registrando los desarrolladores de inteligencia artificial en tiempo real, incluso antes de publicarla, para saber cómo pienso, pues tienen acceso a lo más ínfimo de nuestros dispositivos, o más bien, con nuestros dispositivos acceden a lo más ínfimo de nosotros.

    Porque con algo tan cotidiano como el celular, por ejemplo, dejamos huella de los lugares que visitamos, las personas con las que interactuamos, las conversaciones que tenemos, los movimientos que hacemos, tanto en nuestra vida social como en nuestra vida íntima.



    Y hagamos la prueba sin el celular. Nos subimos al vehículo y le damos las coordenadas al WAZE, y con esta aplicación el sistema sabe dónde encontrarnos, incluso si no llevamos nuestro móvil. Nos montamos al transporte público, y allí están las cámaras de vigilancia registrando el rostro que es escaneado por medio de reconocimiento facial gracias a la cantidad de fotografías que de nosotros circulan en las redes. La inteligencia puede reconocer al menos treinta mil puntos de la cara para contrastarlos con una imagen real. Llegamos a casa y encendemos la aspiradora inteligente, esa misma que sabe sortear obstáculos y evita golpearse contra las paredes, y se maneja mejor que si la estuviésemos manipulando, sin saber que mientras ella hace el recorrido por el piso polvoriento, un montón de cámaras internas y sensores van mapeando nuestros movimientos y nos registran en el baño haciendo nuestras necesidades, o nos descubren en plena desnudez ejercitándonos en nuestros más pervertidos vicios. Luego vamos al dormitorio y allí estamos rodeados de otros tantos aparatos, y muy seguramente no hemos renunciado a la vieja costumbre de tener el televisor frente a la cama. No sabemos cuánto nos está espiando el aparatejo, aún estando apagado, mientras dormimos el sueño de los justos o amamos con la sensación culpable de estar siendo observados.  

    Con todo y que ya nosotros mismos nos hemos encargado de mostrarle a todo el mundo lo que supuestamente queremos que el mundo vea, el espionaje a través de los dispositivos inteligentes no sería tan grave si en realidad solamente se tratara de eso, de que alguien nos observe. No hay mucha diferencia entre la intimidad de un colombiano con la de un sirio, y al fin y al cabo no tenemos nada material más allá de la carne y los huesos que nos componen. El problema se suscita en que toda esa información es para secuestrarnos el pensamiento. 



    Las redes sociales, por ejemplo (en especial Tik Tok, que es un invento chino ideológico para fritarle el cerebro a sus usuarios), se están encargando de la segunda parte del objetivo: idiotizar a la población. No es teoría de la conspiración, sino una cruel realidad. Lo mismo que sucedía con el televisor del que hablé al inicio, en esa bella época de la televisión y sus películas adictivas, sucede hoy día con el internet y todo lo que gira a su alrededor. Sólo que el arma se ha tecnificado tanto, que no nos damos cuenta del daño que nos hace. Todo lo que nos presentan hoy en las plataformas, en las redes sociales, en las aplicaciones de streaming, hasta lo más inofensivo, tiene una carga ideológica peligrosa que pone en riesgo nuestra salud mental. El atentado es contra el cerebro, el cual pretenden apagar para que sea la pantalla la que dirima la actividad de las neuronas.

    Así las cosas, los seres humanos deberíamos seguir el consejo que le da título al libro del Dr. Pablo Muñoz Iturrieta, “Apaga el celular y enciende tu cerebro”[1], del cual hablaré en una próxima entrada, cuando lo haya leído, y en el que se profundiza sobre todo este fenómeno de acondicionamiento social para obtener el control total de la mente por parte de gobiernos y corporaciones que se han dedicado a captar fieles seguidores a través de sus invenciones de entretenimiento. Ellos saben que mientras la lectura puede abrir la mente, las pantallas, al contrario, se encargan de destruirla. 

    Nunca antes se había usado tanto la tecnología para la vigilancia, el control y la manipulación del ser humano, llegando al punto de modificarle su modo de pensar. Ya es hora de que seamos nosotros los que usemos nuestro cerebro para que sea la tecnología la que nos sirva, y no que nosotros seamos los sirvientes de ella.



[1] Via familia. (17 de octubre de 2023). Apaga el celular y enciende tu cerebro. Pablo Muñoz Iturrieta en #Culiacán - Conferencia completa.

https://www.youtube.com/watch?v=awN3YbNG_Z4&t=59s




 





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