sábado, 18 de noviembre de 2023

El triunfo de Colombia es la derrota del presidente

Por Juan Felipe Giraldo Trejos



Las situaciones y personajes aquí descritos son producto de la ficción. Si alguien considera que lo que aquí se dice está basado en hechos reales, se le respeta su punto de vista, pero deberá demostrar que esto no es una fantasía. Yo me hago cargo de mi cuento, que los demás se hagan cargo de su realidad.





    Cómo tuvo que sufrir el presidente Greco cada que el habilidoso y menudito jugador Monchito Pérez, la estrella de la Selección Colombia, se levantaba como impulsado por un resorte y cabeceaba al arco, y luego anotaba en lo que fue la primera victoria de Colombia frente a Brasil por las eliminatorias al mundial. Cómo miraba con preocupación el partido pidiendo que Monchito no convirtiera un tanto para que nadie recordara, de momento, el secuestro del padre del futbolista a manos de los guerrilleros amigos de Greco, tan sólo veinte días atrás.

    Y Monchito no sólo convirtió uno, sino dos goles, y la gente los celebró a rabiar, y mostraron al padre del jugador pletórico de alegría celebrando el triunfo de su hijo y el regreso a su hogar sano y salvo. Hubo quienes se atrevieron a bautizar ese partido como el partido de la libertad, y a proponer los goles que el jugador anotó como los goles contra el secuestro. Por ende, serían también los goles contra los secuestradores, y en últimas, contra el propio presidente de la república, amigo íntimo de tales delincuentes. Por eso él sufrió con el triunfo de la Selección; con las anotaciones de Monchito; con la celebración del padre de este; con la apoteosis de un pueblo que gritó el nombre de Greco para vituperarlo cada que tuvo la oportunidad.



    Monchito fue un despliegue de talento, de sacrificio, de entrega para darle alegría a ese pueblo que hacía apenas una semana se había unido en un solo clamor por la liberación de su padre. Por fortuna no se llevaron también a la madre, liberada por los secuestradores minutos después del rapto para no correr riesgos con ella. Para un secuestro extorsivo, con un solo miembro de la familia bastaba.

    A Monchito lo llamaron a Inglaterra y le dieron la nefasta noticia: su padre yacía en poder de los Melenos (Milicia de Emancipación Patriótica, MEP), ese grupo terrorista con el que el presidente Greco insistía en sostener conversaciones de paz a pesar de que ellos mismos habían afirmado que pedirían sus privilegios, pero jamás dejarían las armas.

    Lo cierto es que por obra de un milagro (¿o el pago de un rescate extorsivo?) los Melenos liberaron a don Moncho Pérez (más conocido como Garrincha, por su admiración por la vieja gloria del fútbol brasileño) en medio de un show mediático al que ya los guerrilleros tienen acostumbrado al país desde la época de las “pescas milagrosas”.

    El hijo rogó al cielo todos los días, y hasta le dedicó un gol que hizo en Inglaterra a su padre, alzándose la camiseta para pedir por su liberación. Al fin don Garrincha fue liberado y Monchito vino a jugar el partido contra Brasil con una motivación tremenda como agradecimiento por la solidaridad que mostraron todos los colombianos frente a la situación que tuvo que atravesar. Y lo pudo hacer. Con sendos golazos de cabeza, le devolvió la esperanza a un país, no sólo de clasificar al próximo mundial, sino de salir del fango en el que lo tiene sumido un gobierno que ya muestra tintes dictatoriales.



    Pero Monchito lo único que hizo fue jugar bien y darle un triunfo a la Selección. Se abstuvo de dar respuestas políticas a pesar de que algunos periodistas lo picaron. Hizo bien en no hacerlo. Lo de Monchito es el fútbol, no la política. Del tema político se encargó la gente en el estadio cuando miles de asistentes gritaron al unísono: “fuera Greco, fuera Greco”. El presidente, desde su casa, se arrellanaba en su sillón muerto de la ira, no con Monchito, sino con toda esa multitud que lo quiere fuera del poder. Sólo que con cada gol de Monchito el público se envalentonaba con más furia contra él.

    Nada más democrático que un estadio de fútbol. Allí se encuentran simpatizantes de todas las vertientes políticas. Lo que sucedió la noche del jueves 16 de noviembre fue un pequeño plebiscito, una opinión casi unánime de lo que piensan los colombianos de su presidente. Los únicos que no aceptan la realidad de las cosas son los grequistas consumados: “es que no todos piensan lo mismo”, manifestaron aquellos. “Los que insultaron al presidente fueron gente pagada por Tico Martínez y Alexis Kar, que allá estaban manipulando a las masas”, se defendieron los fanáticos de Greco, pero la verdad es que por lo menos el 90% de los asistentes estaban de acuerdo con el clamor.

    Y si no les convence una petición al unísono en un estadio de fútbol, al menos deberían creer en las encuestas, en donde el mandatario ya remonta el 60% de impopularidad.

    Como si fuera poco, Marianella, la hija menor de Greco, tuvo la desfachatez de asistir al estadio. Nadie gritó contra ella, nadie pronunció siquiera su nombre. Al que detestan los colombianos es a su padre, pero a ella no le quedó más remedio que retirarse del estadio, no sin antes dejarnos saber con un insulto ardido lo que piensa de los que quieren ver fuera del poder a su progenitor: “hijueputas”.

    Greco, visiblemente afectado porque la tribuna miró a su hija mientras pedía a gritos su renuncia, los tildó de cobardes por dirigirse a una menor indefensa. Pero nadie se metió con Marianella, sino que más bien con ella le mandaron la razón para hacerle saber que el pueblo lo rechaza. Tuvo más culpa el padre por permitir la exposición pública de la niña sabiendo el desprecio que inspira él en el ciudadano del común. ¿O acaso pensaba Greco que todavía era un presidente popular y querido?



    Por si al presidente no le quedó claro el mensaje, también se lo mandaron a decir con su señora esposa, Mónica Alcázar, quien tuvo que salir prácticamente escoltada, porque contra ella sí iba dirigida la rechifla y los insultos. También a ella la detesta el pueblo, y tiene todo el derecho de hacerlo, porque es con justa razón.  

    Hagamos especulaciones. Si Monchito Pérez no hubiera convertido ningún gol, si hubiera jugado mal y la Selección Colombia hubiera sufrido una derrota apabullante, el presidente habría pasado inadvertido. La gente se habría enfadado con los jugadores, excepto con Monchito, que habría estado más que justificado su bajón futbolístico. A Greco igual lo hubieran chiflado un rato, pero lo político habría pasado a un segundo plano. En ese caso su popularidad se hubiera mantenido en los niveles vergonzosos en los que anda desde que decidió hacerle la vida imposible a los colombianos con sus alzas y sus reformas.

    Pero la Selección ganó con dos goles de Monchito, y el triunfo de Colombia es la derrota del presidente, porque sin querer, este partido adquirió un matiz político. Su popularidad se terminó de hundir y se volvió prácticamente irrecuperable. Salieron a flote los temas del secuestro, de sus vicios, del fracaso de su paz, del aumento de la inseguridad y de la hipocresía con la cual se han conducido los funcionarios de este gobierno, comenzando por el presidente. El fútbol fue el caballo de batalla para que los colombianos afloraran la rabia por su mandatario. Sólo el hecho de haber dobleteado el precio de la gasolina y haber encarecido el costo de vida para los más pobres es motivo suficiente para sacarlo a patadas de un cargo al que nunca mereció llegar. Y no hablemos de todas las corruptelas y hamponerías que se presume que ha cometido.



     Si le va mal al presidente, le va bien a Colombia. Si le va bien a Colombia, le va mal al presidente. Todo ello porque quien dirige los destinos de la nación está haciendo lo posible por entregarla a sus enemigos: a la criminalidad, al globalismo del catastrofismo climático, a la dictadura socialista de sus vecinos aliados.

    Por eso hay que orar para que a Colombia le vaya bien, excelente, supremamente bien. Y no sólo en el fútbol.

    No importa que eso signifique la ruina y la derrota de su principal enemigo. No importa que para ello haya que sacrificar a un presidente.


1 comentario:

  1. Ese partido sirvió para ratificar una vez más el descontento popular de los colombianos con el presidente que nunca debimos elegir.

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