En una conversación de amigos que decidieron
darse cita para hablar de sus vidas y solucionar los problemas del país al
compás de un par de tintos cerreros, dos cervezas bien frías o una media de
aguardiente propicia para inaugurar una noche más prometedora, uno de los contertulios
sacaba a relucir el tema político, expresándose de la siguiente manera:
—Como que a la gente no le
está gustando mucho este presidente. Pensar que todavía faltan dos años y medio
para que termine su gestión y ya lo quieren sacar. Deberían esperar hasta las
próximas elecciones.
El otro, un poco menos optimista, cargado de una dosis del más puro realismo
político, le responde bajo el lente de su visión escéptica.
—Eso, si es que hay próximas
elecciones.
—No diga, hermano, ¿y por qué
no las va a haber? —replica el primero con cierto aire de molestia.
—Al paso que va este gobierno
—responde el escéptico—, creo que Gustavo Petro será el último presidente elegido
democráticamente en Colombia. Y eso porque las autoridades no han podido
comprobar que las pasadas elecciones fueron compradas, que entraron dineros de
la mafia, de la guerrilla, de la dictadura de Venezuela, de todo lo sucio de
donde pueda proceder ese dinero. Para el colombiano de a pie no queda duda de
eso. Nos gobierna un presidente ilegítimo.
—Gobiernos corruptos ha habido
siempre— dice el otro, arrepentido de haber tocado el tema—, y este no será el
primero ni el último. Todos han sido lo mismo y yo no recuerdo que hayan hecho
tanto escándalo como se lo están haciendo al presidente de ahora. A mí me
parece que deberían dejarlo gobernar a su manera, a ver con qué sale, en lugar de
estarlo criticando por todo. Esto que está pasando hoy no es nada nuevo. Llega
uno, se va otro, y al final siempre es lo mismo. A este también le tocará su
turno de irse, y con mayor razón que la Constitución ya no permite la
reelección.
—¿En serio piensa que después
de todo lo que hizo Petro, que lleva más de treinta años en política y otros veinte
echando bala; después de todo lo que han hecho los zurdos para llegar al poder,
años y años participando de elecciones que siempre perdían hasta que al fin les
tocó su turno; usted cree que este gobierno se va a ir así no más cuando se le
cumpla su mandato? ¡Olvídese! Los comunistas siempre llegan para quedarse. Lo
que está pasando ahora con Petro no es lo mismo que ha pasado con los otros gobiernos.
Esos eran corruptos, es cierto, pero al menos se podía sostener algún tipo de
democracia que no permitía que un gobernante se eternizara en el poder. Este,
en cambio, no sólo es el doble de corrupto, sino que de paso nos lleva a un punto
sin retorno del que no vamos a poder regresar. Petro será el fin de la
democracia y el inicio de la dictadura.
—Habla usted como si supiera
lo que va a pasar en el futuro —replica con sarcasmo el contertulio más
optimista—. Desde luego, no es probable que eso suceda. Por creencias como
esas, mi amigo, es que este país no saldrá nunca del subdesarrollo. Eso de
enaltecer la democracia como si fuera la última panacea no es más que la excusa
para cometer todo tipo de atropellos en nombre de la palabra misma. Igual
sucede con la división tan absurda de izquierda y derecha, que eso ya está en
desuso porque no estamos en la guerra fría. El comunismo se acabó hace mucho,
mi amigo, lea y verá.
—Pues debería usted leer
también, compadre —contraataca el primero—. El comunismo nunca se acabó, sino
que mutó. Tiene puesto un antifaz que se llama progresismo, que, de hecho, se ha
consolidado gracias al capital y opera a un nivel profundo desde la cultura.
Pero eso ya es otro debate. Lo que le digo es que Petro, ahí donde lo ve, es
uno de sus representantes
Siendo un testigo invisible de
la conversación entre estos dos amigos, tal vez pueda tomar partido a favor de
uno u otro, admitiendo que en mucho los dos tienen algo de razón. Por una
parte, Petro es un presidente ilegítimo para el común de los colombianos que a
estas alturas ya lo consideran como un impostor usurpando el trono
presidencial. Sus escándalos con respecto a sus derroches, su corrupción, su
clientelismo, la financiación de su campaña con dineros ilícitos son
inocultables. Hasta el propio hijo del mandatario lo confesó abiertamente. Es
seguro que la mayoría del pueblo lo rechaza, no sólo por lo que dicen las encuestas,
sino por esa sensación que se percibe en la calle, en donde está la verdadera
opinión pública manifestando sus sentimientos políticos a través de
conversaciones como la que acabo de ejemplificar. Diálogos como este cunden en
todos los rincones de la patria, a toda hora, en cualquier lugar, y la
sensación en todos ellos es que una gran parte de los ciudadanos quieren que se
largue el presidente del poder. La otra parte, que va siendo cada vez más
reducida y se circunscribe a los funcionarios públicos, insisten en defenderlo,
sólo que de una manera tan taimada, que parecen dar la sensación de ser
personas ecuánimes y para nada parcializadas. La realidad es que ya se ha
tornado muy difícil ser petrista, pues no se puede defender lo indefendible, y
el presidente, dando bastonazos de ciego, se ha encargado de desprestigiarse
solo.
Por otro lado, es cierto que la corrupción no es inherente sólo a esta
“administración” ni a la ideología política de ultra izquierda que Petro
representa[1]:
en todos los gobiernos, especialmente de los últimos treinta años, no han
faltado las denuncias por sobrecostos y beneficios a terceros en las
contrataciones, por las empresas que los políticos han desfalcado, por los
malos manejos que han hecho los funcionarios públicos con la plata de los
contribuyentes; en fin, por todo lo que atañe al germen de la corrupción, que
al parecer ataca sin piedad a nuestros dirigentes.
Sólo que a medida que se va
corrompiendo más el sistema, el ladrón propio de nuestra frágil democracia se
va volviendo cada vez más descarado y ya no le importa robar de frente, aunque
acusando a los contrarios de que son ellos los que roban, aún cuando las
pruebas en su contra son irrefutables. El gobierno de Petro y sus amigos es la
muestra palpable de que en realidad las cosas sí pueden cambiar, pero para
empeorar. Por ello, aunque la corrupción se haya manifestado en cabeza de los
gobiernos anteriores, no puedo decir que todos sean lo mismo, y en eso difiero
con el segundo contertulio del coloquio inicial. Los que hoy están en el poder no
son lo mismo que los otros: son peores, mucho peores. De hecho, me atrevo a
sostener que este ha sido el peor gobierno de la historia contemporánea de la
nación, lo cual ya es mucho decir.
Y aquí le doy la razón al interlocutor
escéptico del diálogo que hasta duda de que en Colombia ya no vuelvan a haber
elecciones. O si las hay, tal vez sea el simulacro de democracia que ya se ha
institucionalizado en países como Cuba y Venezuela, en donde el día de las
votaciones no se ve un alma en la calle, pero los resultados arrojan un triunfo
abrumador para los socialistas. Duran así tantos años, que la gente termina por
acostumbrarse a que las elecciones siempre las ganarán los mismos, y pasa como
en el régimen cubano, que al final ya ni siquiera se toman la molestia de
convocar a elecciones porque “lo primero es la revolución”.
Lo más probable, y lo más posible, es que
Gustavo Petro se eternice en el poder: en cabeza propia o en la ajena. No
olvidemos que hemos quedado en manos de una camarilla violenta, autoritaria, revanchista
y para nada democrática, pues para ellos es válida la “combinación de todas las
formas de lucha”, y eso implica utilizar la democracia como medio para
conseguir el fin. Una vez obtenido el fin, que es su trono, lo habrán de
defender y asegurar con uñas y dientes. Ahí radica la esencia de la ya conocida
consigna de “socialismo o muerte”. Y ahí estaremos los colombianos para elegir entre
una de estas dos desalentadoras alternativas.
[1] Porque si existe la ultra
derecha, también debe existir su contrario, que debiera ser la ultra
izquierda, ¿o acaso el prefijo que hace referencia a “lo que está más allá”
opera para hacer la distinción en detrimento de un solo sector político?





Si bien es cierto que en los gobiernos anteriores hemos percibido como la corrupción a estado presente, en este gobierno la palabra corrupción es algo que vemos a diario, es triste para los colombianos que se tomaron el trabajo de ir a las urnas para elegir al más corrupto de los corruptos. Y que por lo que estamos viendo la idea de este gobierno es permanecer en el poder indefinidamente. Ese no era el cambio que querían los que votaron por el.
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