En
conversaciones con nuestro círculo de amigos, allegados, familiares o prospectos
de pareja, es muy común escuchar la pregunta aquella por la cual nos podrían catalogar
como seres aburridos o divertidos, y de paso insertarnos en la disyuntiva de
cara a enfrentarnos con el rechazo o de permitirnos el feliz encuentro con la
aceptación social: “¿qué haces para divertirte?”.
Esa pregunta,
tan personal como embarazosa, debiera formularse con la más estricta precaución
en cualquier círculo social, puesto que considero que la diversión es algo tan
ambiguo como relativo. Algunos que son duchos en el arte de las relaciones
sociales y maestros de la conversación formulan el mismo interrogante en
sentido contrario, dejando entrever cierta actitud prejuiciosa con la que ya
nos encasillaron desde antes de responder, lo cual me parece un desfachatado
atrevimiento: “¿Qué haces para no aburrirte?”.
Diversión o aburrimiento, como las dos caras opuestas de una misma moneda, son tan solo dos probabilidades en la inmensa ruleta de las emociones, tanto positivas como negativas, que conllevan a pensar en dos términos dicotómicos en los cuales está implícito el dilema de la tesis y su antítesis: la alegría y la tristeza, lo bueno y lo malo, el llanto y la risa, la abundancia y la escasez, la motivación y el tedio, etc. Es decir, todo aquello que involucre una idea, concepto, proposición o razonamiento que a su vez entre en conflicto con la idea contraria.
Según la
teoría hegeliana, el pensamiento propone una afirmación inicial (tesis),
a la que se opone una afirmación que lo refuta (antítesis), para de este
modo, llegar a una nueva afirmación (síntesis).
La verdad es
que la síntesis a la que parece haber llegado el ethos de la sociedad
contemporánea en cuanto a la díada de la diversión y el aburrimiento, es que la
primera debe ser un imperativo de carácter obligatorio por aquello de que “lo
único que verdaderamente importa es nuestra felicidad”; y que el segundo,
referenciado de manera negativa por la cultura y visto con miras a generar el
rechazo tajante, debe ser erradicado de una vez por todas del espíritu de la
humanidad: nada más recusable en este mundo de apariencias que encontrar a un ser
aburrido. Esta actitud hace aflorar el bostezo, activa el alejamiento inmediato
y genera el consecuente rechazo social.
El
aburrimiento, por tanto, dejó de ser un estado de ánimo pasajero al cual muchas
veces es bueno recurrir, para convertirse en un signo de malestar colectivo que
en ninguna circunstancia debe ser tolerado, so pena de convertir al individuo
que lo padece (o al que los demás señalan de padecerlo) en un paria de la
sociedad. Si se extingue la llama de la diversión se pierde el sentido de la
vida bajo la lupa de la conciencia que habita en el cuerpo social impregnado de
deseos y autorrealizaciones fallidas.
Todo parece
indicar que al “hombre pensante” de hoy le cuesta toparse con aquello que no le
produzca diversión. Y en ese sentido, amarra todas las actividades y
realizaciones de su existencia a una función lúdica que a su vez se relaciona
con la prolongación ilimitada del placer. El placer como lo divertido y la
diversión como placer. Hasta el hecho mismo de ir a trabajar debe ser
resignificado para el individuo de hoy, que encuentra tortuoso comenzar la
jornada laboral después de un fin de semana movido y convulsionado en el cual cree
encontrar el regocijo. Ese individuo quiere procurarse una diversión ilimitada
hasta en una actividad que, se supone, debe fundamentarse en un ejercicio serio
de la personalidad. Por ello se idea la manera de que su trabajo le resulte
placentero: para no angustiarse.
Luego, el
sujeto contemporáneo tiene dos opciones: realizar su trabajo a través de la
aplicación de la ley del menor esfuerzo, cosa que podría serle conveniente en
cuanto disminuye el tedio producido por la falta de placer; o bien puede crear
situaciones en las cuales ludifique todas sus actividades laborales y las
relaciones con sus compañeros y sus superiores. Ninguna de esas opciones, por
supuesto, se recomienda en todos los casos. Por una parte, hay que resaltar que
el esfuerzo tiene sus recompensas. El facilismo tal vez sea cómodo, pero no ayuda
al progreso. Por otra parte, hacer de las actividades serias y responsables un
mero divertimento, implica perder el carácter de las mismas, pues terminan
convirtiéndose en un simulacro de lo que debe ser la vida del hombre en cuanto
al impulso de su voluntad y el desarrollo de sus facultades. El trabajo no
siempre tiene que resultar divertido, y de hecho casi nunca lo es, de la misma
manera en que las cosas que nos resultan aburridas, que son carentes de placer
o que implican algún tipo de dolor (esfuerzo), pueden ayudarnos a ser mejores
personas.
El régimen
de la felicidad declarada que nos propone la psicología positivista como una
fórmula mágica para estar “muy bien” a toda hora, probablemente sea tan nocivo
como un estado de aburrimiento perpetuo que se puede convertir en depresión. Es
cierto que uno no tiene por qué atribuirse una importancia tan desmedida, pues
ninguno de los humanos es inmortal. Nuestros problemas de hoy habrán de
desaparecer en unos cincuenta años y con seguridad nuestra muerte habrá de
borrarlos todos. Pero la mayoría de las veces también es bueno eso de tomarse
la vida en serio. Mucho más que tomársela como un simple juego superficial. La
superficialidad le pone fin a la trascendencia, y sin esta última no hay
sentido de existir.
Hoy, cuando
tenemos todo al alcance, ya no de la mano, sino de un dedo, ni siquiera
desearíamos moverlo. Por eso nos inventan la inteligencia artificial y nos la
ponen todavía más “fácil” con nuevas tecnologías para que reconozcan nuestra
voz, nuestro rostro; nos midan la temperatura, elijan por nosotros y hasta detecten
nuestro estado de ánimo en un día cualquiera. Así nos invitan a que apliquemos
la ley del menor esfuerzo y no cedamos a la tentación de aburrirnos. ¿Por qué
aburrirse en este mundo hiperconectado e hipersensibilizado si lo tenemos todo
para ser felices?
Y no tener
tiempo ni siquiera para aburrirse tampoco es tener tiempo para hacer un alto en
el camino, reflexionar y corregir el rumbo; vivir la vida con sentido y de
manera virtuosa, lo cual es la raíz de la verdadera felicidad: lo que podríamos
llamar el verdadero divertimento.
Los sabios filósofos
de la antigüedad lo sabían muy bien. El ocio que les permitió el tiempo libre
que tuvieron les hizo ver que era necesario el “aburrimiento” como señal de que
al espíritu es necesario nutrirlo de la misma forma como al cuerpo hay que
alimentarlo con comida. Sólo que ese alimento espiritual se obtenía en aquellos
tiempos con la lectura, la meditación, el arte, y una suerte de vida
contemplativa que no es otra cosa que un estado de paz interior tan escaso por
estos lares posmodernos.
Lo triste es
que hoy día ni siquiera tenemos tiempo para aburrirnos. El agite de la
cotidianidad nos ha privado de ese derecho. Aún teniendo tiempo, hemos
desaprovechado el potencial del ocio productivo que trocamos por un embotamiento
de la voluntad, estancando nuestras facultades mentales y haciéndonos involucionar
a la edad de los hombres de las cavernas. Por lo menos estos últimos no
desaprovecharon el tiempo para cazar y perfeccionar sus métodos hasta que su ocio
les dio la clave para descubrir el fuego.
El ocio,
que antes significaba el momento para descansar, recuperar las fuerzas y despejar
la mente: la recreación como acto de volver a crear (re-creación). Este ocio es
hoy por hoy utilizado para dilapidarlo en los medios cuyo mensaje implícito es
el de la diversión como fin último de todas las cosas. Porque ya sabemos, está
prohibido aburrirse. Peor todavía, ser una persona aburrida o que no se sabe
divertir bajo el concepto que tiene el mundo posmoderno de lo que es la
diversión.
Pero no se
crea que quien es considerado aburrido —a la luz de la cultura gaseosa que
tenemos— realmente sufra este “mal”. No está aburrido quien sabe estar consigo
mismo, disfrutar de su soledad y encontrar para sí ese sentido existencial que
la masa pretende hallar en las redes sociales (mediante la aprobación y los likes
de otros tantos idiotas que andan en las mismas). Aburrido y triste debe ser,
por ejemplo, no saber ni cuál es nuestra verdadera identidad, pues hasta eso constituye
un producto del mercado identitario.
Tal vez los
que somos considerados “aburridos” por nuestro estilo de vida básico seamos los
más devaluados en este bazar de apariencias donde lo que cuenta es tener un
alto valor social, especialmente para entrar al mercado de las citas
románticas. No obstante, muchos ignoran cuánta riqueza puede caber en nuestras
parsimoniosas cabezas que encuentran diversión en el simple acto de
disfrutar una comida sencilla o en el ejercicio (en apariencia tedioso) de
tomar una hoja y un lapicero, y pasar el tiempo escribiendo pensamientos. Y
mucho más básico todavía, el placer que los aburridos encontramos en el simple
acto de pensar en silencio con la luz apagada y los dispositivos desconectados,
porque consideramos que estamos en todo nuestro derecho de ser así, haciendo
nada para divertirnos y disfrutando de nuestro elemental derecho de aburrirnos.
Tal vez sea esta la respuesta a la pregunta de qué hace uno para divertirse: nada, absolutamente nada. Lo divertido es vivir sin tener que necesitar tanto para ser feliz. La necesidad de divertirse a toda costa es mucho más apremiante en los espíritus que constantemente viven aburridos de sí mismos.






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