sábado, 30 de marzo de 2024

El derecho de aburrirse

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







    En conversaciones con nuestro círculo de amigos, allegados, familiares o prospectos de pareja, es muy común escuchar la pregunta aquella por la cual nos podrían catalogar como seres aburridos o divertidos, y de paso insertarnos en la disyuntiva de cara a enfrentarnos con el rechazo o de permitirnos el feliz encuentro con la aceptación social: “¿qué haces para divertirte?”.

    Esa pregunta, tan personal como embarazosa, debiera formularse con la más estricta precaución en cualquier círculo social, puesto que considero que la diversión es algo tan ambiguo como relativo. Algunos que son duchos en el arte de las relaciones sociales y maestros de la conversación formulan el mismo interrogante en sentido contrario, dejando entrever cierta actitud prejuiciosa con la que ya nos encasillaron desde antes de responder, lo cual me parece un desfachatado atrevimiento: “¿Qué haces para no aburrirte?”.

    Diversión o aburrimiento, como las dos caras opuestas de una misma moneda, son tan solo dos probabilidades en la inmensa ruleta de las emociones, tanto positivas como negativas, que conllevan a pensar en dos términos dicotómicos en los cuales está implícito el dilema de la tesis y su antítesis: la alegría y la tristeza, lo bueno y lo malo, el llanto y la risa, la abundancia y la escasez, la motivación y el tedio, etc. Es decir, todo aquello que involucre una idea, concepto, proposición o razonamiento que a su vez entre en conflicto con la idea contraria.



    Según la teoría hegeliana, el pensamiento propone una afirmación inicial (tesis), a la que se opone una afirmación que lo refuta (antítesis), para de este modo, llegar a una nueva afirmación (síntesis).

    La verdad es que la síntesis a la que parece haber llegado el ethos de la sociedad contemporánea en cuanto a la díada de la diversión y el aburrimiento, es que la primera debe ser un imperativo de carácter obligatorio por aquello de que “lo único que verdaderamente importa es nuestra felicidad”; y que el segundo, referenciado de manera negativa por la cultura y visto con miras a generar el rechazo tajante, debe ser erradicado de una vez por todas del espíritu de la humanidad: nada más recusable en este mundo de apariencias que encontrar a un ser aburrido. Esta actitud hace aflorar el bostezo, activa el alejamiento inmediato y genera el consecuente rechazo social.

    El aburrimiento, por tanto, dejó de ser un estado de ánimo pasajero al cual muchas veces es bueno recurrir, para convertirse en un signo de malestar colectivo que en ninguna circunstancia debe ser tolerado, so pena de convertir al individuo que lo padece (o al que los demás señalan de padecerlo) en un paria de la sociedad. Si se extingue la llama de la diversión se pierde el sentido de la vida bajo la lupa de la conciencia que habita en el cuerpo social impregnado de deseos y autorrealizaciones fallidas.



    Todo parece indicar que al “hombre pensante” de hoy le cuesta toparse con aquello que no le produzca diversión. Y en ese sentido, amarra todas las actividades y realizaciones de su existencia a una función lúdica que a su vez se relaciona con la prolongación ilimitada del placer. El placer como lo divertido y la diversión como placer. Hasta el hecho mismo de ir a trabajar debe ser resignificado para el individuo de hoy, que encuentra tortuoso comenzar la jornada laboral después de un fin de semana movido y convulsionado en el cual cree encontrar el regocijo. Ese individuo quiere procurarse una diversión ilimitada hasta en una actividad que, se supone, debe fundamentarse en un ejercicio serio de la personalidad. Por ello se idea la manera de que su trabajo le resulte placentero: para no angustiarse.

    Luego, el sujeto contemporáneo tiene dos opciones: realizar su trabajo a través de la aplicación de la ley del menor esfuerzo, cosa que podría serle conveniente en cuanto disminuye el tedio producido por la falta de placer; o bien puede crear situaciones en las cuales ludifique todas sus actividades laborales y las relaciones con sus compañeros y sus superiores. Ninguna de esas opciones, por supuesto, se recomienda en todos los casos. Por una parte, hay que resaltar que el esfuerzo tiene sus recompensas. El facilismo tal vez sea cómodo, pero no ayuda al progreso. Por otra parte, hacer de las actividades serias y responsables un mero divertimento, implica perder el carácter de las mismas, pues terminan convirtiéndose en un simulacro de lo que debe ser la vida del hombre en cuanto al impulso de su voluntad y el desarrollo de sus facultades. El trabajo no siempre tiene que resultar divertido, y de hecho casi nunca lo es, de la misma manera en que las cosas que nos resultan aburridas, que son carentes de placer o que implican algún tipo de dolor (esfuerzo), pueden ayudarnos a ser mejores personas.



    El régimen de la felicidad declarada que nos propone la psicología positivista como una fórmula mágica para estar “muy bien” a toda hora, probablemente sea tan nocivo como un estado de aburrimiento perpetuo que se puede convertir en depresión. Es cierto que uno no tiene por qué atribuirse una importancia tan desmedida, pues ninguno de los humanos es inmortal. Nuestros problemas de hoy habrán de desaparecer en unos cincuenta años y con seguridad nuestra muerte habrá de borrarlos todos. Pero la mayoría de las veces también es bueno eso de tomarse la vida en serio. Mucho más que tomársela como un simple juego superficial. La superficialidad le pone fin a la trascendencia, y sin esta última no hay sentido de existir.

    Hoy, cuando tenemos todo al alcance, ya no de la mano, sino de un dedo, ni siquiera desearíamos moverlo. Por eso nos inventan la inteligencia artificial y nos la ponen todavía más “fácil” con nuevas tecnologías para que reconozcan nuestra voz, nuestro rostro; nos midan la temperatura, elijan por nosotros y hasta detecten nuestro estado de ánimo en un día cualquiera. Así nos invitan a que apliquemos la ley del menor esfuerzo y no cedamos a la tentación de aburrirnos. ¿Por qué aburrirse en este mundo hiperconectado e hipersensibilizado si lo tenemos todo para ser felices?

    Y no tener tiempo ni siquiera para aburrirse tampoco es tener tiempo para hacer un alto en el camino, reflexionar y corregir el rumbo; vivir la vida con sentido y de manera virtuosa, lo cual es la raíz de la verdadera felicidad: lo que podríamos llamar el verdadero divertimento.



    Los sabios filósofos de la antigüedad lo sabían muy bien. El ocio que les permitió el tiempo libre que tuvieron les hizo ver que era necesario el “aburrimiento” como señal de que al espíritu es necesario nutrirlo de la misma forma como al cuerpo hay que alimentarlo con comida. Sólo que ese alimento espiritual se obtenía en aquellos tiempos con la lectura, la meditación, el arte, y una suerte de vida contemplativa que no es otra cosa que un estado de paz interior tan escaso por estos lares posmodernos.

    Lo triste es que hoy día ni siquiera tenemos tiempo para aburrirnos. El agite de la cotidianidad nos ha privado de ese derecho. Aún teniendo tiempo, hemos desaprovechado el potencial del ocio productivo que trocamos por un embotamiento de la voluntad, estancando nuestras facultades mentales y haciéndonos involucionar a la edad de los hombres de las cavernas. Por lo menos estos últimos no desaprovecharon el tiempo para cazar y perfeccionar sus métodos hasta que su ocio les dio la clave para descubrir el fuego.

    El ocio, que antes significaba el momento para descansar, recuperar las fuerzas y despejar la mente: la recreación como acto de volver a crear (re-creación). Este ocio es hoy por hoy utilizado para dilapidarlo en los medios cuyo mensaje implícito es el de la diversión como fin último de todas las cosas. Porque ya sabemos, está prohibido aburrirse. Peor todavía, ser una persona aburrida o que no se sabe divertir bajo el concepto que tiene el mundo posmoderno de lo que es la diversión.

    Pero no se crea que quien es considerado aburrido —a la luz de la cultura gaseosa que tenemos— realmente sufra este “mal”. No está aburrido quien sabe estar consigo mismo, disfrutar de su soledad y encontrar para sí ese sentido existencial que la masa pretende hallar en las redes sociales (mediante la aprobación y los likes de otros tantos idiotas que andan en las mismas). Aburrido y triste debe ser, por ejemplo, no saber ni cuál es nuestra verdadera identidad, pues hasta eso constituye un producto del mercado identitario.



    Tal vez los que somos considerados “aburridos” por nuestro estilo de vida básico seamos los más devaluados en este bazar de apariencias donde lo que cuenta es tener un alto valor social, especialmente para entrar al mercado de las citas románticas. No obstante, muchos ignoran cuánta riqueza puede caber en nuestras parsimoniosas cabezas que encuentran diversión en el simple acto de disfrutar una comida sencilla o en el ejercicio (en apariencia tedioso) de tomar una hoja y un lapicero, y pasar el tiempo escribiendo pensamientos. Y mucho más básico todavía, el placer que los aburridos encontramos en el simple acto de pensar en silencio con la luz apagada y los dispositivos desconectados, porque consideramos que estamos en todo nuestro derecho de ser así, haciendo nada para divertirnos y disfrutando de nuestro elemental derecho de aburrirnos.

    Tal vez sea esta la respuesta a la pregunta de qué hace uno para divertirse: nada, absolutamente nada. Lo divertido es vivir sin tener que necesitar tanto para ser feliz. La necesidad de divertirse a toda costa es mucho más apremiante en los espíritus que constantemente viven aburridos de sí mismos.






 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Por una nueva refundación

Por Juan Felipe Giraldo Trejos (Reflexión)      Volvió a temblar la tierra. Se estremeció como un gigante que despierta de un mal sueño, o m...