sábado, 23 de marzo de 2024

Un gran perdedor

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    Cuando el reloj marcó las 11:57 a.m., el presidente Greco abrió sus ojos irritados. Faltaban tres minutos para que se partiera el día, pero técnicamente podría decirse que el presidente despertó en las horas de la mañana. Afuera, un sofoco exasperante se apoderaba de los hogares del país desde hacía más de cuatro meses, en lo que constituía uno de los veranos más áridos de los que se tenía registro. El aposento presidencial, en cambio, gozaba de un fresco clima gracias a un moderno equipo de aire acondicionado que Greco había hecho instalar en su recámara. Por eso no se levantó de inmediato, sino que continuó retozando muy plácido y lozano hasta que le dolió el cerebro por tantas horas en posición horizontal.

    Al fin se puso en pie, pidió su perico mañanero, luego marcó el número de su asistente y mano derecha, Aura Saavedra, y encendió el televisor para saber qué decían de él, especialmente en ese canal que tanto detestaba llamado 7 Días.

    —Buenas tardes, doctor —entró saludando su querida funcionaria Saavedra.

    —Buenos días, doctora Saavedra. Aquí todavía no son las doce.

    —En mi reloj ya son las doce en punto, presidente. —replicó Aura.

    —No vamos a ponernos a discutir por nimiedades, doctora. Más bien cuénteme qué agenda tenemos para hoy. —Ordenó el presidente divertido. Al parecer iba a estar de buen humor ese día.

    La funcionaria le leyó con parsimonia el orden del día, a lo que Greco le hizo una observación:

    —No me diga, doctora, que otra vez tenemos que ir a La Costa. Ese calor es inhumano.

    —Es necesario, presidente —respondió Aura—. Allá hay mucha gente que quiere recibir el auxilio y está dispuesta a llenar el auditorio y aplaudir. Les damos un almuerzo bien suculento con gaseosa y de paso usted se faja un discurso prodigioso que llame la atención de la prensa.



    —¿Y no le parece que el de ayer estuvo bastante bueno? —preguntó Greco mientras una empleada de Palacio entraba sigilosamente a dejarle el perico sobre el escritorio de la habitación. El presidente tomó el pocillo, sorbió, y sintió que estaba bebiendo un elixir que lo revivificaba.

    —Está bien cargado este café —observó mientras le agradecía a la señora de los tintos cuando se retiraba con discreción—: ¡Gracias Marielly!

    —El discurso de ayer estuvo muy entretenido —retomó Aura Saavedra la conversación—, pero se nos estaba yendo la mano, presidente.

    —¿Lo dice por lo de la música uribista? No me podrá negar que ese tiro estuvo muy ingenioso.

    —No, presidente. Lo digo por esa propuesta de la constituyente. Parece que no cayó bien en algunos sectores, aunque yo sé que era lo mejor. Entre más ligero nos movamos con eso, más segura vamos a tener la candidatura de 2026.

    —Ya se irán acostumbrando —agregó Greco apurando de un sorbo el perico—. Por eso había que lanzar la propuesta con tiempo. Mire que hasta Villegas-Sosa nos está haciendo la segunda apoyando esa constituyente. Van a ver cómo al final la gente se familiariza con la propuesta y termina aceptando la consulta. Y como le dije a Villegas-Sosa, ¿qué tal que gane yo?

    —Va a ganar, señor. Eso no tiene pierde.

    El presidente corrió un butaco de la salita del recinto invitando a su asistente a que tomara asiento. Este, a su vez, hizo lo propio en la silla del escritorio. Añadió:

    —Más bien, Aura, a usted era a la que se le estaba yendo la mano. ¿Cómo me va a entregar ese papel diciendo que los del Clan estaban haciendo bloqueo en la vía? Mire que delante de todo el mundo yo mandé al general a que levantaran esos paracos, y resultó que le salimos dando bala a unos campesinos. Pilas con eso.

    —Sí señor, no volverá a suceder— se disculpó Aura Saavedra.

    —Menos mal era gente del vulgo —dijo el presidente—. Habrá que decir que era una toma de la ultraderecha que se infiltró.

    Se hizo un momento de silencio mientras el presidente Greco terminaba de urdir el plan. Luego le comentó a su empleada de confianza:

    —Le diré al general que coja dos o tres zambos de esos, que les ponga unas pruebas irrefutables del golpe blando que me quieren hacer, que les encuentren explosivos, números de celulares de políticos de la oposición, qué sé yo.

    —¿No será muy fuerte eso? ¿Qué tal investiguen, doctor? —preguntó Aura dubitativa.

    —Para nada. Acuérdese que ya la Fiscalía está de nuestro lado.

    —¿Ya pensó con qué vamos a desviar lo de ayer? Usted sabe que a la prensa hay que darle todos los días de comer.

    —Esta semana estuvo pesada —comentó Greco con satisfacción. Intentó darle otra sorbida al pocillo, pero no se acordaba que ya había agotado el contenido en su totalidad. Dejó el pocillo a un lado. Continuó hablando:



    —En Cali apoyé a La Primera Línea en pleno monumento; luego propuse la constituyente en Tuluá; le herí el orgullo a los de la oposición con lo de la música uribista; le di órdenes al ejército en Tierralta, en vivo y en directo, para que sepan quién manda aquí; le dije a alias El dentista que era un traqueto; ¿qué más me invento ahora? Le cuento, doctora Aura, que esto de generar un escándalo diario para mantener a la opinión pública ocupada es desgastante. Ya se me acabaron las ideas.

    —A usted nunca se le acaban las ideas, presidente —Lo aduló la funcionaria. —¿Qué tal si vuelve a hablar de los astros y las constelaciones? Por ejemplo, lo del Armagedón, que la otra vez le dedicaron horas al “pequeño error” creyendo que usted de verdad no sabía de qué estaba hablando. Ahí lo podemos relacionar con la guerra y la paz.

    —Eso ya lo dije en la ONU.

    —¿Lo de los palestinos volvió a prenderse? Aprovechemos para asemejar a Israel con la oposición. Los unos fabricando armas y los otros proponiendo el porte —lo animó Aura Saavedra, pero el presidente no se veía convencido.

    —No, doctora, necesito algo más actual. Qué bueno que en Rusia pasara algo, ahora que la oposición allá está enardecida con la muerte de Navalni. Cualquier cosa me sirve para despistar incautos.

    —¡Ya sé, doctor! —exclamó Aura—. Mejor váyase con todo contra la vaca de Antioquia. Ahí sí le aseguro que la prensa responde con dos piedras en la mano. Con eso ya le damos tema al país y de paso se olvidan del asuntico que tenemos entre manos.



    —Buena idea, doctora —apoyó Greco—. Ese tema hay que seguirlo exprimiendo. Hay que meter miedo, decirle a los de sistemas que impulsen la campaña para que digan que en esa vaca hay plata del narcotráfico. Les montamos el proceso consignando una suma que no puedan explicar, y listo, confiscamos la cuenta. También pienso hacer un discurso sobre la revolución, y digo que El dentista no es un verdadero revolucionario.

    —No se diga más, presidente —convino la mano derecha de Greco—. Ya me pongo en los preparativos del discurso. Viajamos esta noche para que amanezca en Montería.

    —¿Y cuándo para Venezuela? —consultó el presidente.

    —La otra semana le agendo una salida al exterior, presidente. Maduro está deseoso de verlo.

    —Qué bueno, porque este infierno de país ya no me lo soporto —se quejó Greco. Aura quiso soltar una risa burlona, pero la adustez del presidente no se lo permitió. A punto de retirarse del aposento del presidente, este la llamó para preguntarle algo, al parecer con carácter más confidencial.

    —¿Qué ha escrito Dávalos después de la última indirecta que le mandé?

    —Uy, presidente, no me recuerde ese apellido.

    —Ah, es cierto que a usted no le trae buenos recuerdos ese apellido. Pero yo me refiero es a Jaqui.

    —Ella está ofendida. Se mandó un discurso en Twitter.

    —Mejor, porque con eso mantiene ocupados a los influencers de derecha que tanto la adoran. Hay que seguirla tallando.

    —¿Le hacemos lo mismo que le hicimos al otro Dávalos?

    —No, doctora —aclaró Greco contrariado—, no hay necesidad de la violencia. Con que la desprestigiemos es suficiente. De todas maneras, medio país la odia. A mí me tiene harto, y si tengo que montarle su escándalo también se lo monto. Ya Levis me está ayudando con eso.



    Finalmente, Aura Saavedra se retiró. El mandatario se quedó pensando en cuál sería su siguiente movimiento. Tenía que salir con algo que fuera realmente explosivo en su próximo discurso, pues toda la estupidez, la locura y la payasada de la que lo acusaba la oposición eran parte de su estrategia, y él lo sabía muy bien. Greco no era tan estúpido como lo querían hacer ver sus detractores. Era plenamente consciente del lugar al que quería conducir al país.

    En el Congreso no le aprobaban sus reformas todavía, y así estaba pactado con algunos congresistas de la oposición. Si no lograba convencerlos con “mermelada” para que le aprobaran todo, podría también utilizar la táctica inversa: pactar con ellos el fracaso de sus reformas y así tener la excusa para desatar el caos en las calles con sus “fuerzas populares”, a quienes también tenía bien aceitadas con subsidios y ayudas de migajas. Con cualquiera de los dos lados de la moneda, Greco ganaba. Y seguiría ganando hasta que se cansaran de criticarlo y tuvieran que aceptarlo como el único salvador. Una estrategia neroniana: incendiar el país para gobernar sobre sus cenizas; provocar la guerra para ser el pacificador; dividir al pueblo para ser el único que lo pueda unificar con su propio pensamiento impuesto a base de culto a la personalidad.

    El presidente Greco no estaba dispuesto a ceder el poder cuando su período terminara. Eso jamás. No había alentado a su amigo y vecino comandante a que instaurara un régimen perpetuo para terminar sometido a la pusilanimidad de la democracia. Si su pupilo pudo tener éxito en su cometido, con mayor razón lo tendría él, que llevaba más de cuarenta años detrás del poder para agarrarlo y no soltarlo jamás. De eso se trataba la revolución que a su manera entendía, y ello no era un simple período presidencial de cuatro años. Por esta razón se burlaba de sus contradictores y de la prensa opositora cada vez que se hablaba de las elecciones de 2026, o las de 2030. ¡Estúpidos! Claro que no habrá otras elecciones en las que no gane él o alguno de los suyos. Por eso el afán de la constituyente; por eso el empeño en romper relaciones con Israel para debilitar a las fuerzas de seguridad del Estado, cuyas armas provienen de allá. Por eso el interés en las reformas, y próximamente en una reforma electoral en la que se aprueben las máquinas mágicas que lo darán siempre como ganador.



    El presidente Greco sabía exactamente para dónde iba, y no por casualidad sus descaches y salidas en falso de un día servían para tapar los del día anterior. Y así, entre cortina de humo y cortina de humo, el presidente podría escabullirse sin que nadie lo notara hacia la eternización de su figura como nuevo paradigma de adoración. El nuevo Mao se levantaba ante Colombia, país que tendría que cambiar al Sagrado Corazón por el rostro del nuevo líder redentor de la humanidad que se llamaría Octavio Greco. Cómo fantaseaba el presidente. Por ello le ordenó a su asistente que no le programase nada para ese día, porque quería tener “agenda privada”. Necesitaba estar consigo mismo para poder vivir tranquilo su mayor ensoñación.

    Acompañado de su whisky y de un nuevo café con leche, del cual se declaraba adicto, el presidente no salió de su recinto hasta bien entrada la noche. Ordenó que le llevaran una jugosa carne al vino y se deleitó viendo una serie de su plataforma favorita acerca de la educación sexual para los niños. A la una de la mañana, cuando terminó de ver cuatro capítulos seguidos, le llegó la hora de trinar. Lo hizo sin parar, como un energúmeno al que no le importaba comerse las palabras, las tildes y las normas de redacción; lanzando comas y puntos en el sitio equivocado y disparando condenas a dos manos contra sus enemigos.



    Nuevamente la tomó contra la periodista Jaqui Dávalos, quien lo sacaba de quicio. Muy en el fondo, el presidente se negaba a admitir que odiaba a esta periodista porque lo ponía en evidencia y le recalcaba su inferioridad, pero asimismo lo ponía a temblar de la emoción cada que la veía en su noticiero. Sabía que la aborrecía como periodista de oposición, pero la amaba en secreto como mujer. Amaba su valentía, su arrojo, su indómita convicción por entregar su vida a la verdad, aunque eso significara llevárselo por delante.

    Sí, el presidente Greco se había enamorado de Jaqui Dávalos, aunque ese sentimiento estuviera en contra de sus más profundas inclinaciones.

   —Tengo que dejar de tomar tanto café.

    Se dijo a sí mismo porque a lo mejor le estaba poniendo mucha sacarina, o alguien le mezclaba una sustancia rara en la cocina de Palacio a su café. Era muy extraño, porque Marielly era su empleada de confianza y no cabría la menor posibilidad de que lo traicionara. Como hubiera sido, le preocupaba pensar que sus adicciones fueran el producto de un despecho mal canalizado: ni siquiera en sus fantasías lograba ser correspondido por Jaqui Dávalos. Ni con todo el poder que Greco ostentaba, ni siendo el salvador de la humanidad que pretendía ser, lograría jamás que Jaqui lo mirara de manera diferente a como lo estaba mirando en ese momento: como un muy mal presidente, un prospecto de tirano, un socialista declarado, un emisario del mal, un cobarde acanallado, un hombre derrotado, un resentido, un gran perdedor.


23/03/24


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