Cuando el
reloj marcó las 11:57 a.m., el presidente Greco abrió sus ojos irritados. Faltaban
tres minutos para que se partiera el día, pero técnicamente podría decirse que el
presidente despertó en las horas de la mañana. Afuera, un sofoco exasperante se
apoderaba de los hogares del país desde hacía más de cuatro meses, en lo que constituía
uno de los veranos más áridos de los que se tenía registro. El aposento
presidencial, en cambio, gozaba de un fresco clima gracias a un moderno equipo
de aire acondicionado que Greco había hecho instalar en su recámara. Por eso no
se levantó de inmediato, sino que continuó retozando muy plácido y lozano hasta
que le dolió el cerebro por tantas horas en posición horizontal.
Al fin se puso
en pie, pidió su perico mañanero, luego marcó el número de su asistente
y mano derecha, Aura Saavedra, y encendió el televisor para saber qué decían de
él, especialmente en ese canal que tanto detestaba llamado 7 Días.
—Buenas
tardes, doctor —entró saludando su querida funcionaria Saavedra.
—Buenos días,
doctora Saavedra. Aquí todavía no son las doce.
—En mi reloj
ya son las doce en punto, presidente. —replicó Aura.
—No vamos a ponernos a discutir por
nimiedades, doctora. Más bien cuénteme qué agenda tenemos para hoy. —Ordenó
el presidente divertido. Al parecer iba a estar de buen humor ese día.
La
funcionaria le leyó con parsimonia el orden del día, a lo que Greco le hizo una
observación:
—No me diga, doctora, que otra
vez tenemos que ir a La Costa. Ese calor es inhumano.
—Es necesario, presidente —respondió Aura—.
Allá hay mucha gente que quiere recibir el auxilio y está dispuesta a llenar el
auditorio y aplaudir. Les damos un almuerzo bien suculento con gaseosa y de
paso usted se faja un discurso prodigioso que llame la atención de la prensa.
—¿Y no le parece que el de ayer estuvo
bastante bueno? —preguntó Greco mientras una empleada de Palacio entraba
sigilosamente a dejarle el perico sobre el escritorio de la habitación.
El presidente tomó el pocillo, sorbió, y sintió que estaba bebiendo un elixir
que lo revivificaba.
—Está bien cargado este café —observó
mientras le agradecía a la señora de los tintos cuando se retiraba con
discreción—: ¡Gracias Marielly!
—El discurso de ayer estuvo muy entretenido
—retomó Aura Saavedra la conversación—, pero se nos estaba yendo la mano,
presidente.
—¿Lo dice por lo de la música uribista? No
me podrá negar que ese tiro estuvo muy ingenioso.
—No, presidente. Lo digo por esa propuesta
de la constituyente. Parece que no cayó bien en algunos sectores, aunque yo sé
que era lo mejor. Entre más ligero nos movamos con eso, más segura vamos a
tener la candidatura de 2026.
—Ya se irán acostumbrando —agregó Greco
apurando de un sorbo el perico—. Por eso había que lanzar la propuesta
con tiempo. Mire que hasta Villegas-Sosa nos está haciendo la segunda apoyando
esa constituyente. Van a ver cómo al final la gente se familiariza con la propuesta
y termina aceptando la consulta. Y como le dije a Villegas-Sosa, ¿qué tal que
gane yo?
—Va a ganar, señor. Eso no tiene pierde.
El presidente corrió un butaco de la salita
del recinto invitando a su asistente a que tomara asiento. Este, a su vez, hizo
lo propio en la silla del escritorio. Añadió:
—Más bien, Aura, a usted
era a la que se le estaba yendo la mano. ¿Cómo me va a entregar ese papel
diciendo que los del Clan estaban haciendo bloqueo en la vía? Mire que delante
de todo el mundo yo mandé al general a que levantaran esos paracos, y resultó
que le salimos dando bala a unos campesinos. Pilas con eso.
—Sí señor, no volverá a suceder— se
disculpó Aura Saavedra.
—Menos mal era gente del vulgo —dijo el
presidente—. Habrá que decir que era una toma de la ultraderecha que se
infiltró.
Se hizo un momento de silencio mientras el
presidente Greco terminaba de urdir el plan. Luego le comentó a su empleada de
confianza:
—Le diré al general que coja dos o tres zambos
de esos, que les ponga unas pruebas irrefutables del golpe blando que me
quieren hacer, que les encuentren explosivos, números de celulares de políticos
de la oposición, qué sé yo.
—¿No será muy fuerte eso? ¿Qué tal
investiguen, doctor? —preguntó Aura dubitativa.
—Para nada. Acuérdese que ya la Fiscalía
está de nuestro lado.
—¿Ya pensó con qué vamos a desviar lo de
ayer? Usted sabe que a la prensa hay que darle todos los días de comer.
—Esta semana estuvo pesada —comentó Greco con satisfacción. Intentó darle otra sorbida al pocillo, pero no se acordaba que ya había agotado el contenido en su totalidad. Dejó el pocillo a un lado. Continuó hablando:
—En Cali apoyé a La Primera Línea en pleno
monumento; luego propuse la constituyente en Tuluá; le herí el orgullo a los de
la oposición con lo de la música uribista; le di órdenes al ejército en
Tierralta, en vivo y en directo, para que sepan quién manda aquí; le dije a
alias El dentista que era un traqueto; ¿qué más me invento ahora? Le
cuento, doctora Aura, que esto de generar un escándalo diario para mantener a
la opinión pública ocupada es desgastante. Ya se me acabaron las ideas.
—A usted nunca se le acaban las ideas,
presidente —Lo aduló la funcionaria. —¿Qué tal si vuelve a hablar de los astros
y las constelaciones? Por ejemplo, lo del Armagedón, que la otra vez le
dedicaron horas al “pequeño error” creyendo que usted de verdad no sabía de qué
estaba hablando. Ahí lo podemos relacionar con la guerra y la paz.
—Eso ya lo dije en la ONU.
—¿Lo de los palestinos volvió a prenderse?
Aprovechemos para asemejar a Israel con la oposición. Los unos fabricando armas
y los otros proponiendo el porte —lo animó Aura Saavedra, pero el presidente no
se veía convencido.
—No, doctora, necesito algo más actual. Qué
bueno que en Rusia pasara algo, ahora que la oposición allá está enardecida con
la muerte de Navalni. Cualquier cosa me sirve para despistar incautos.
—¡Ya sé, doctor! —exclamó Aura—. Mejor
váyase con todo contra la vaca de Antioquia. Ahí sí le aseguro que la prensa
responde con dos piedras en la mano. Con eso ya le damos tema al país y de paso
se olvidan del asuntico que tenemos entre manos.
—Buena idea, doctora —apoyó Greco—. Ese
tema hay que seguirlo exprimiendo. Hay que meter miedo, decirle a los de
sistemas que impulsen la campaña para que digan que en esa vaca hay plata del
narcotráfico. Les montamos el proceso consignando una suma que no puedan
explicar, y listo, confiscamos la cuenta. También pienso hacer un discurso sobre
la revolución, y digo que El dentista no es un verdadero revolucionario.
—No se diga más, presidente —convino la
mano derecha de Greco—. Ya me pongo en los preparativos del discurso. Viajamos
esta noche para que amanezca en Montería.
—¿Y cuándo para Venezuela? —consultó el
presidente.
—La otra semana le agendo una salida al
exterior, presidente. Maduro está deseoso de verlo.
—Qué bueno, porque este infierno de país ya
no me lo soporto —se quejó Greco. Aura quiso soltar una risa burlona, pero la
adustez del presidente no se lo permitió. A punto de retirarse del aposento del
presidente, este la llamó para preguntarle algo, al parecer con carácter más
confidencial.
—¿Qué ha escrito Dávalos después de la
última indirecta que le mandé?
—Uy, presidente, no me recuerde ese
apellido.
—Ah, es cierto que a usted no le trae
buenos recuerdos ese apellido. Pero yo me refiero es a Jaqui.
—Ella está ofendida. Se mandó un discurso
en Twitter.
—Mejor, porque con eso mantiene ocupados a
los influencers de derecha que tanto la adoran. Hay que seguirla
tallando.
—¿Le hacemos lo mismo que le hicimos al
otro Dávalos?
—No, doctora —aclaró Greco contrariado—, no
hay necesidad de la violencia. Con que la desprestigiemos es suficiente. De
todas maneras, medio país la odia. A mí me tiene harto, y si tengo que montarle
su escándalo también se lo monto. Ya Levis me está ayudando con eso.
Finalmente, Aura Saavedra se retiró. El
mandatario se quedó pensando en cuál sería su siguiente movimiento. Tenía que
salir con algo que fuera realmente explosivo en su próximo discurso, pues toda
la estupidez, la locura y la payasada de la que lo acusaba la oposición eran
parte de su estrategia, y él lo sabía muy bien. Greco no era tan estúpido como lo
querían hacer ver sus detractores. Era plenamente consciente del lugar al que
quería conducir al país.
En el Congreso no le aprobaban sus reformas
todavía, y así estaba pactado con algunos congresistas de la oposición. Si no
lograba convencerlos con “mermelada” para que le aprobaran todo, podría también
utilizar la táctica inversa: pactar con ellos el fracaso de sus reformas y así
tener la excusa para desatar el caos en las calles con sus “fuerzas populares”,
a quienes también tenía bien aceitadas con subsidios y ayudas de migajas. Con
cualquiera de los dos lados de la moneda, Greco ganaba. Y seguiría ganando
hasta que se cansaran de criticarlo y tuvieran que aceptarlo como el único
salvador. Una estrategia neroniana: incendiar el país para gobernar sobre sus
cenizas; provocar la guerra para ser el pacificador; dividir al pueblo para ser
el único que lo pueda unificar con su propio pensamiento impuesto a base de
culto a la personalidad.
El presidente Greco no estaba dispuesto a
ceder el poder cuando su período terminara. Eso jamás. No había alentado a su
amigo y vecino comandante a que instaurara un régimen perpetuo para terminar
sometido a la pusilanimidad de la democracia. Si su pupilo pudo tener éxito en
su cometido, con mayor razón lo tendría él, que llevaba más de cuarenta años
detrás del poder para agarrarlo y no soltarlo jamás. De eso se trataba la
revolución que a su manera entendía, y ello no era un simple período
presidencial de cuatro años. Por esta razón se burlaba de sus contradictores y
de la prensa opositora cada vez que se hablaba de las elecciones de 2026, o las
de 2030. ¡Estúpidos! Claro que no habrá otras elecciones en las que no gane él
o alguno de los suyos. Por eso el afán de la constituyente; por eso el empeño
en romper relaciones con Israel para debilitar a las fuerzas de seguridad del
Estado, cuyas armas provienen de allá. Por eso el interés en las reformas, y
próximamente en una reforma electoral en la que se aprueben las máquinas
mágicas que lo darán siempre como ganador.
El presidente Greco sabía exactamente para
dónde iba, y no por casualidad sus descaches y salidas en falso de un día servían
para tapar los del día anterior. Y así, entre cortina de humo y cortina de
humo, el presidente podría escabullirse sin que nadie lo notara hacia la
eternización de su figura como nuevo paradigma de adoración. El nuevo Mao se
levantaba ante Colombia, país que tendría que cambiar al Sagrado Corazón por el
rostro del nuevo líder redentor de la humanidad que se llamaría Octavio Greco.
Cómo fantaseaba el presidente. Por ello le ordenó a su asistente que no le
programase nada para ese día, porque quería tener “agenda privada”. Necesitaba
estar consigo mismo para poder vivir tranquilo su mayor ensoñación.
Acompañado de su whisky y de un nuevo café
con leche, del cual se declaraba adicto, el presidente no salió de su recinto
hasta bien entrada la noche. Ordenó que le llevaran una jugosa carne al vino y
se deleitó viendo una serie de su plataforma favorita acerca de la educación
sexual para los niños. A la una de la mañana, cuando terminó de ver cuatro
capítulos seguidos, le llegó la hora de trinar. Lo hizo sin parar, como un
energúmeno al que no le importaba comerse las palabras, las tildes y las normas
de redacción; lanzando comas y puntos en el sitio equivocado y disparando
condenas a dos manos contra sus enemigos.
Nuevamente la tomó contra la periodista
Jaqui Dávalos, quien lo sacaba de quicio. Muy en el fondo, el presidente se
negaba a admitir que odiaba a esta periodista porque lo ponía en evidencia y le
recalcaba su inferioridad, pero asimismo lo ponía a temblar de la emoción cada
que la veía en su noticiero. Sabía que la aborrecía como periodista de
oposición, pero la amaba en secreto como mujer. Amaba su valentía, su arrojo, su
indómita convicción por entregar su vida a la verdad, aunque eso significara
llevárselo por delante.
Sí, el presidente Greco se había enamorado
de Jaqui Dávalos, aunque ese sentimiento estuviera en contra de sus más
profundas inclinaciones.
—Tengo que dejar de tomar tanto café.
Se dijo a sí mismo porque a lo mejor le
estaba poniendo mucha sacarina, o alguien le mezclaba una sustancia rara en la
cocina de Palacio a su café. Era muy extraño, porque Marielly era su empleada
de confianza y no cabría la menor posibilidad de que lo traicionara. Como
hubiera sido, le preocupaba pensar que sus adicciones fueran el producto de un
despecho mal canalizado: ni siquiera en sus fantasías lograba ser correspondido
por Jaqui Dávalos. Ni con todo el poder que Greco ostentaba, ni siendo el
salvador de la humanidad que pretendía ser, lograría jamás que Jaqui lo mirara
de manera diferente a como lo estaba mirando en ese momento: como un muy mal
presidente, un prospecto de tirano, un socialista declarado, un emisario del
mal, un cobarde acanallado, un hombre derrotado, un resentido, un gran
perdedor.
23/03/24







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