sábado, 23 de marzo de 2024

Del feminismo y otros demonios

Por Juan Felipe Giraldo Trejos





    El pasado 8 de marzo se conmemoró en el mundo libre el Día Internacional de la Mujer. Esta fecha, institucionalizada por Naciones Unidas a partir de 1975, ha sido reconocida históricamente por su intención de exaltar las bondades y la importancia de las mujeres dentro de la sociedad. Pese a ello, a medida que pasan los años, la conmemoración viene ganando un prestigio cada vez más negativo por su asociación al caos y a los actos vandálicos que opacan los verdaderos motivos de la celebración.

    El Día de la Mujer, otrora una jornada para reconocer las virtudes que engalanan a las damas del mundo, hoy ha sido absorbido por el movimiento feminista que es, ante todo, un movimiento político y revolucionario: en el mal sentido.

    Para entender por qué las marchas del 8M (que es como se ha identificado en los últimos años a la manifestación del 8 de marzo) se fueron convirtiendo en una excusa para la violencia y el vandalismo por parte de algunas de sus participantes, hay que saber que “el Día Internacional de la Mujer tiene sus raíces en el movimiento obrero de mediados del siglo XIX, en un momento de gran expansión y turbulencias en el mundo industrializado en el que la mujer comenzó a alzar cada vez más su voz”.[1]


    Lo que fueron los primeros intentos de feminismo no se conocían tal y como los conocemos ahora. De hecho, la palabra ni siquiera existía. Los movimientos derivados de las revoluciones liberales que se preocuparon por la igualdad de los sexos en los siglos XVII y XVIII, por ejemplo, se conocieron con el nombre de sufragistas, porque exigían el derecho de la mujer al voto, o igualitaristas porque abogaban por la igualdad ante la ley. A posteriori, a este tipo de feminismo, que aún no se llamaba así, se le denominó como “feminismo liberal”, y se enmarca en lo que hoy se llama "primera ola del feminismo".

    Pero el feminismo a partir del siglo XIX parte de una connotación que no está basada exclusivamente en la batalla de un sexo para reivindicar sus derechos aplastados por el otro sexo, sino también en la lucha de una clase social oprimida que sería luego instrumentalizada en razón a su vulnerabilidad en la sociedad: la clase trabajadora, y en especial las mujeres de esa clase, constituyeron el sujeto a disputarse en la guerra contra la explotación burguesa, no para la defensa de la mujer, sino para la del obrero-mujer. Esta defensa fue alimentada por un monstruo hambriento que con el tiempo llegó a convertirse en uno de los demonios más mortíferos del planeta: el marxismo. De ahí que el feminismo de hoy sea violento, revolucionario, vandálico, soez y sobre todo victimista: su semilla se inserta en la ideología marxista que aboga por todas las formas de lucha revolucionaria. Es un movimiento político cuya doctrina no abarca el anhelo de todas las mujeres. Por ende, sólo representa a aquellas que sí se adscriben a esa ideología en particular. 

    La lucha de las mujeres obreras por mejorar sus condiciones laborales y sociales fue lo que detonó el "feminismo de segunda ola". Estas obreras, desde luego, estaban impregnadas por el discurso idealista de la “conciencia de clase” en favor del proletariado, de modo que más que una lucha para reivindicar a las mujeres, era para la reivindicación de las obreras. En el fondo, lo que encubrieron las primeras protestas por los derechos de las mujeres durante el auge la Revolución Industrial fue la protesta ya manifiesta para exigir los derechos del proletario, o en su defecto, de la proletaria.


    Las condiciones de vida en ese entonces eran difíciles para ambos sexos. En el caso de la mujer se hacía más complicado porque esta no estaba integrada a la sociedad como ciudadana: no tenía derecho al voto, no podía manejar sus cuentas, no tenía acceso a la educación y su esperanza de vida era mucho menor que la de los hombres debido a las malas condiciones que tenían para traer hijos al mundo y a los maltratos a los que eran sometidas por sus maridos.

    Pero no fueron las protestas de las mujeres las que exclusivamente propiciaron la mejora en dichas condiciones. De hecho, no ha sido en la calle como se han ganado sus derechos. Es cierto que más mujeres se manifestaban en las marchas que se realizaban a principios del siglo XX para pedir mejores salarios, reducción de la jornada laboral y derecho al voto, y que cada vez constituían un movimiento más grande, pero el espaldarazo determinante que han tenido los movimientos feministas ha sido dado por el Socialismo. Fue el Partido Socialista de América el que declaró el Día Nacional de la Mujer en 1908 en Estados Unidos. Quien en 1910 impulsaría que ese día se conmemorara a nivel internacional, sería una comunista: Clara Zetkin[2]. Así, la injerencia de un partido político avalando el movimiento feminista va mucho más allá de un clamor por los derechos de las mujeres.



    Ya en el siglo XX la sociedad ve venir la “tercera ola del feminismo”, situada más o menos a principios de los años cincuenta en Occidente. Con el fracaso de la revolución proletaria fracasa el feminismo marxista y se adviene lo que es conocido como el “feminismo de género”, cuyo origen podría estar explicado en la frase célebre de Simone de Beauvoir aparecida en su libro El segundo sexo y con la cual se dio inicio a la deconstrucción de la mujer: “No se nace mujer, llega una a serlo”. La frase, cuyos defensores dicen que es metafórica, como para indicar que la mujer antes de ser mujer pasa por una serie de etapas de formación hasta llegar a la madurez, alberga el peligroso y errático germen la ideología de género. Su intención es la de concebir a la mujer desprovista de toda esencia, como si fuera una categoría a la que se llega por intermediación de la cultura. La mujer, entonces, es un concepto artificial, construido, que tendrá que ser llamado por la sociedad a deconstruirse. Y es ese feminismo el que teoriza la noción de “patriarcado” como un sistema que oprime a la mujer y en el que el hombre es un gran dominador.




    Bajo esta narrativa acaece la etapa subsiguiente del feminismo, conocida como “feminismo radical”, más o menos en los años setenta del siglo XX, con exponentes como Kate Millett o Shulamith Firestone, el cual es la exacerbación del feminismo hasta límites insospechados, haciendo de la vida sexual un asunto político. “Lo personal es político”, escribiría Millett alentando a llevar la sexualidad a una lucha en la que se reconoce a un enemigo, porque lo político, como decía Carl Schmitt, se estructura en torno a la división que toma como modelo la dicotomía amigo/enemigo.[3] De esta forma, se consolida la identidad de la mujer en detrimento de la existencia del hombre. Ese feminismo radical es el que se viene agudizando desde la época de la "liberación sexual" hasta nuestros días, deviniendo en un odio demoledor contra el hombre. Y como toda desventaja de la mujer se explica por la mano invisible del patriarcado en una sociedad en donde la humanidad entera tiene que sufrir, se apela al Estado para que resuelva estos problemas de aparente desigualdad. Si de lo que se trata es de que la mujer deje de ser oprimida por una cultura sistemática que premia al hombre, pues el feminismo radical se encargará de “hacer justicia” y para ello debe forzar a una “guerra de sexos” en donde tienen claro que el hombre es enemigo y que representa todo lo malo sobre la faz de la tierra. Incluso una filósofa como Andrea Dworkin llegó a plantear que toda relación heterosexual era una violación contra la mujer.

    Y no basta con satanizar al sexo opuesto bajo el feminismo radical. También dentro de esta ideología se impulsó la legalización del aborto, la destrucción de las distinciones culturales entre hombres y mujeres y entre niños y adultos, promoviendo de paso la proliferación de géneros de las agendas LGBT… y la pedofilia; además de romper con los esquemas de la moda, conminando a que las características femeninas cada vez sean más masculinas y viceversa, y que los roles impuestos por el capitalismo clásico viren radicalmente (lo cual beneficia aún más al capitalismo), pues proclaman que este sistema se acabe y que se instaure en su lugar un modelo donde el Estado sea el que se encargue de suplir todas las necesidades de las personas, especialmente de las mujeres. Palabras más, palabras menos, que se imponga el socialismo.



    Habrán notado que en el primer párrafo de esta entrada puse en cursiva la frase “mundo libre” para remarcar que el 8M es bien recibido en las sociedades en donde más se ha avanzado en igualdad de derechos y consecución de la libertad. Esas sociedades corresponden al mundo occidental; lo que hoy conocemos como civilización judeo-cristiana. Curiosamente, es en esta parte del planeta donde el feminismo extremo abandera los reclamos más duros y apasionados por la igualdad de las mujeres frente a los hombres; justo allí, donde se ha avanzado en mayor medida en el tema de derechos humanos.

    ¿Por qué no existe feminismo radical en las sociedades islámicas o en el régimen de la China comunista? Porque saben que allí sus marchas no durarían un suspiro y que, paradójicamente, se reclama la igualdad de sexos en los países donde más igualdad se respira, incluso muchas veces rompiéndose esa igualdad en favor del sexo femenino sin que la otra mitad de la población proteste por ello.

    Aun así, uno se pregunta: si ya la ley reconoce que en efecto existe igualdad de trato entre hombres y mujeres y que está prohibido desconocer cualquier derecho civil, político, social o religioso para la mujer, quien no puede ser excluida ni marginada de la sociedad como se hizo hasta hace poco más de medio siglo, ¿por qué los colectivos feministas siguen reclamando con brutalidad un espacio que hace rato la sociedad les otorgó y del cual hoy las mujeres son prácticamente las dominadoras? La respuesta no es porque no se lleve a la práctica el derecho que las normas les conceden en aras de su libertad, dignidad y de la protección especial que requieren ante el hecho biológico evidente de su inferioridad física. La verdadera respuesta es que el feminismo no busca un reconocimiento de igualdad de derechos ante la ley entre hombres y mujeres, sino una supremacía del sexo femenino sobre el masculino devenida en odio hacia el varón. Al feminismo de hoy no le conviene la emancipación de la mujer ni su realización como madre de familia, trabajadora independiente, empleada de alto rango, y mucho menos como ama de casa dependiente de un hombre proveedor (lo cual también debería ser considerado como una opción válida para la mujer que no desea insertarse al mercado laboral), pues esto supondría el fin de su discurso. Al feminismo, por el contrario, le conviene que los “modelos patriarcales” que tanto refuta se sigan perpetuando en una especie de círculo vicioso, pues así puede seguir manteniendo viva su ideología divisoria, sus instituciones de pacotilla financiadas por las grandes corporaciones, y su burocracia estatista que se alimenta de los contribuyentes. Si la mujer continúa siendo oprimida, el feminismo seguirá teniendo su razón de ser.



    El 8M, pues, ha perdido seriedad, simpatía, relevancia. No es una marcha feliz como debiera ser en razón de todos los logros que han alcanzado las mujeres en la historia. Es una fecha que ya no brilla por la exaltación, pues la mujer posmoderna ya no quiere ser exaltada. Si acaso brilla por algo, es por el resentimiento, el odio hacia el varón, el discurso contra un modelo al que le llaman patriarcado, el cual, dicen, “no ceja en sus intenciones de atropellar a la mujer”.  

    Así como en la Edad Media se utilizó el miedo como una forma de mantenerse alejado de los demonios, las brujas y los fantasmas, el feminismo hace uso de la narrativa patriarcal para mantener a las mujeres alejadas de los hombres. Este movimiento es el verdadero demonio. Inculca la idea de culpar al hombre por todo lo malo que le pasa a la mujer, fomenta la enemistad y corta los lazos entre los dos únicos sexos que existen en la naturaleza. Y es una lástima que la única manera que tenga para visibilizarse sea apropiándose de la conmemoración del 8M, haciéndose sentir a través del vandalismo, la destrucción y los falsos rituales simbólicos.

    No hay feminismo bueno, no hay nada que rescatar allí; salvo a las mismas feministas, pobres jóvenes utilizadas por una ideología que les robó su feminidad.




 [1] BBC News Mundo (8 de marzo de 2024). Cuál es el origen del Día de la Mujer (y por qué se conmemora el 8 de marzo).

 https://www.bbc.com/mundo/articles/c51l4e48dvmo#:~:text=El%208%20de%20marzo%20es,por%20Naciones%20Unidas%20en%201975.


[2] Ibíd.

[3] Cf. Carl Scmidt. El concepto de lo político.


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