Los
invito a que nos transportemos a una época coyuntural de la Historia Universal,
como suelen ser casi todas las épocas vividas por la Humanidad. Está finalizando
el siglo XIX, más exactamente, vamos al año de 1886. La industria metalmecánica
y siderúrgica se expande rápidamente en los Estados Unidos, especialmente en el
Estado de Illinois y su capital, Chicago, que por ser el único puerto con
salida a la zona este del país a través de una imbricada conexión de lagos y
ríos hacia el norte, se ha convertido en este tiempo en un punto clave para el
desarrollo de la industria y un centro de economía mundial. Las fábricas tienen
sus calderas encendidas a toda potencia día y noche, y así como las máquinas y
los hornos no descansan, pareciera que los trabajadores que los operan tampoco
lo pueden hacer. Hay un auge de la productividad, y es un momento para poner en
marcha los avances y los descubrimientos científicos que trajo consigo la
llamada Segunda Revolución Industrial.
No obstante, las condiciones infernales en las que pueden trabajar las máquinas son imposibles para los seres humanos, quienes están expuestos a situaciones extremas de temperatura, gases, polvo, contaminación y mala higiene. Los obreros no tienen condiciones de seguridad, están asumiendo el riesgo de enfermarse y perder su vida, quedando así fuera de circulación antes que cualquier ingenioso artefacto surgido del avance tecnológico. Los seres humanos no son máquinas de trabajo, y eso tiene que hacérselo entender el obrero a los patronos capitalistas.
Por
otra parte, las protecciones legales son inexistentes y los salarios son apenas
para subsistir en condiciones miserables. Hay que ver que en este tiempo de
finales del siglo XIX se trabajan jornadas mínimas de dieciséis horas al día
durante seis o hasta los siete días de la semana, y no se tiene contemplación
para personas que por su condición no pueden desarrollar el mismo potencial
físico, como los niños o los ancianos, que “trabajan en minas, fábricas e
industrias en las mismas condiciones laborales degradantes que los adultos”.[1]
Por
dichas razones, los movimientos obreros activos de la ciudad de Chicago,
azuzados por sindicalistas socialistas y anarquistas, se movilizaron el 1 de
mayo de 1886 en diversas y masivas protestas que duraron más de tres días, en pos
de unos derechos justos, entre los cuales exigieron una jornada laboral de ocho
horas y mejores ambientes de trabajo.
Pero las
marchas no hubieran pasado de ser unas marchas comunes del movimiento obrero,
como otras tantas que ya se habían intentado, si no hubiese sido por el
componente trágico que tuvieron las del día tercero de la jornada. Ese día,
mientras los obreros protestaban en la Plaza de Haymarket de Chicago, una bomba
estalló matando a agentes de policía y varias personas que se encontraban allí.
Como respuesta, las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra los
manifestantes, agravando así el saldo trágico de la situación.
Lo
que siguió de allí en adelante fue una cruzada intensa de represión contra los líderes
del movimiento sindical obrero por parte de los cuerpos policiales, los cuales
detuvieron a más de treinta personas; tres de ellos fueron sentenciados a
prisión, y cinco fueron condenados a muerte. A estos condenados se les conoció
más tarde como Los Mártires de Chicago.
Fue
en 1889 cuando el Congreso Obrero Socialista estableció el 1 de mayo como la
fecha para hacerle honor a los trabajadores del mundo: el Día Internacional del
Trabajador, conmemorando al tiempo lo que fue La Masacre de Haymarket,
en memoria de los obreros líderes del movimiento que fueron culpados y llevados
al patíbulo.
También
en Francia, en 1919, surgió la confirmación oficial para la conmemoración de
esta fecha, cuando se ratificó la jornada de trabajo de ocho horas. En 1920, la
efeméride fue adoptada en la Unión Soviética. Allí se convirtió en una jornada
importante que los líderes socialistas usufructuaron para animar a sus
seguidores a unirse en la lucha contra el capitalismo. Especialmente, en los
países del bloque socialista se hicieron grandes desfiles en los que el
despliegue del poderío militar soviético estuvo a la orden del día.
El 1o de mayo se convirtió, entonces, en una celebración de la que se apropió el Partido Comunista a nivel mundial, sobre todo en el escenario de la Guerra Fría.
Por
esta y otras razones que aquí no vienen al caso, en países como Canadá y
Estados Unidos no se acogió la fecha del primero de mayo como el día de los
trabajadores, sino que la adoptaron en septiembre, para evitar que los
sindicalistas radicales miembros del Partido Comunista, identificados como
parte de la izquierda Internacional, salieran ese día a las calles y se
valieran de ello como un pretexto para fortalecer una revolución comunista en
los Estados Unidos. “El grueso del movimiento laboral no se identificaba con la
izquierda radical, por lo que escogieron otro día”[2],
y ese día se denomina actualmente el Labor Day, siendo el primer lunes
de septiembre.
Con
la caída del socialismo y en especial con la disolución de la URSS en la década
de los noventa, las marchas del día del trabajo perdieron fuerza, especialmente
en Europa del Este. No obstante, en casi todos los países del mundo se siguió
teniendo presente esta celebración al punto de que hoy se reconoce como un día
feriado en honor a “las luchas históricas y logros de la clase trabajadora y
del movimiento obrero”[3]
para revalidar los derechos de los trabajadores y de los ciudadanos en general.
Sólo que durante todo el siglo XX y lo que va corrido del XXI hemos sido testigos de cómo la Internacional Comunista se apoderó de la defensa de los trabajadores como si sólo a esta ideología le perteneciera la clase obrera. Cada primero de mayo se enarbolan las banderas del martillo y la hoz y el comunismo saca pecho por los trabajadores, aunque sabemos que esta es una falsa defensa.
Hoy,
cuando comprobamos el fracaso del comunismo en donde quiera que se ha querido
implementar, este nefasto sistema trata por todos los medios de ponerse en pie
con el disfraz del progresismo. Por fortuna, se está comenzando a ejecutar la
operación inversa; es decir, que son los trabajadores los que le están
arrebatando el sentido de la conmemoración del primero de mayo a la causa
ideológica que los ha instrumentalizado desde siempre.
Porque fueron las luchas de los verdaderos trabajadores las que lograron
la mejora de los salarios y la reducción de la jornada laboral. Cuando la clase
obrera presiona para obtener leyes justas y luego recibir con beneplácito unas mejores
condiciones para continuar trabajando, son los anarquistas del comunismo los
que se molestan con ellos porque estos últimos no quieren que el conflicto
termine allí. No les interesa si los obreros tienen vacaciones, horas extras o
pago de bonificaciones. Lo que buscan es utilizar al trabajador para llevarlo a
una revolución.
Al
contrario de lo que predican, es al comunismo al que no le conviene que el proletario
gane más, mejore su calidad de vida o tenga más tiempo libre, pues para ellos
la felicidad del obrero es su principal enemigo. Si este percibe un mayor
salario, eso lo empodera para adquirir bienes y servicios, y por tanto llegar a
ser el dueño de su propiedad. Al comunismo le aterra esa salida digna. Para dicho
sistema conviene más un trabajador derrotado, cansado, resentido, pobre, pues
así es fácilmente manipulable, como en efecto ocurrió durante las revoluciones obreras
de fines del siglo XIX y principios del XX.
Porque
el comunismo no representó nunca a los trabajadores, y paradójicamente fue el
capitalismo el que los sacó de la pobreza, no al revés. El trabajador del siglo
XX está interesado en cambiar de auto, comprar una casa y poder viajar. La
izquierda, entonces, tuvo que buscar otros actores para su fallida revolución. Al
no poder profundizar la división y el odio a través de la exacerbación del
trabajador, que gracias a los avances tecnocientíficos ahorró tiempo y esfuerzo
en su labor, viró hacia un nuevo sujeto para conducirlo a una lucha por la mal
llamada “justicia social”: el intelectual. De ahí que las universidades se
hayan convertido en centros de adoctrinamiento y semillas de resentimiento.
Marx, que habló en
favor de los obreros, nunca trabajó en su vida. Jamás vivió como un obrero,
sino como un parásito. Primero de los ahorros de su familia, y luego del
patrocinio que le brindó Engels, el hijo de un capitalista que también lo tuvo
todo y se atrevió a desafiar a su padre.
Por ello no nos
extrañe ver hoy día a los comunistas que reniegan del trabajo duro. Muy pocos
de ellos suelen ser obreros contratados en empresas del sector privado que
quisieran salir adelante por sus propios méritos. Generalmente, se ubican en el
sector público, pues las competencias en las que se especializaron no son
apetecidas por el mercado ni desembocan en el trabajo material orientado a la
producción, que es propio de los obreros que ellos tanto dicen representar. No
hay nada más delicado que las manos de un comunista, que carecen de callos.
El
mismo comunismo, que es una ideología materialista, invita hoy a no tener nada,
pero ser feliz a pesar de todo. Desde luego, ese despojo de los bienes
materiales lo desea para sus militantes, mas no para los líderes de los
partidos, que gustan vivir a cuerpo de rey y disfrutar de todos los bienes y
servicios que el capitalismo ha generado. Los comunistas, que por excelencia
han sido los propagadores de la violencia, hoy son los adalides de los derechos
humanos y de la “justicia social”.
Pero
esa justicia social no es quitarle a los que tienen y darle a los que no tienen
para tratar de compensar las carencias. Yo diría, más bien, que para ser justos
lo que toca es ser responsables primero. Responsabilidad social, sería el
nombre adecuado del término, pues es el compromiso de devolverle a la sociedad
lo que es justo que ella reciba. Cuando actuamos con responsabilidad estamos al
mismo tiempo siendo justos en correspondencia con los derechos de los demás.
Esa debiera ser la tal “justicia social”.
Pero no
importa cuán legítima sea la manifestación de los trabajadores si la ideología
empobrecedora que los pone en contra de sus patrones siempre está ahí para incitarlos
a una fallida revolución de la que solo queda miseria y muerte.
El
pasado miércoles 1o de mayo, por ejemplo, se evidenció el robo de la
conmemoración internacional del trabajador por parte del presidente colombiano.
Fiel a su tradición de apropiarse de lo público, se apropió de la marcha de los
trabajadores para capitalizar sus intereses demagógicos, difundir el odio, la
lucha de clases y la combinación de todas sus formas, así como la división de
su propio país. Se aprovechó de una clase social, la clase trabajadora, para
seguir esparciendo el veneno de un comunismo que no ha hecho otra cosa que
empobrecer al pueblo y envilecerlo. Desde luego que llenó la Plaza de Bolívar,
pero con gente de la minga indígena que mandó a traer del Cauca en las chivas
destartaladas que van arrasando todo a su paso como si se tratara de un convoy de
pandilleros, tanto que ni las normas de tránsito respetan.
Y
allí se congregaron, el Día del Trabajador, a gritarle vivas al presidente: los
de la minga, que no trabajan, pero a los que hay que pagarles su venida con la
plata del presupuesto nacional.
Por
su lado, los obreros, campesinos, mineros, jornaleros, informales y demás
trabajadores honrados del país salieron a las calles a exaltar una lucha que
cada año se conmemora en honor a ellos, que son los verdaderos héroes de la
nación, pues son los que están en la base del aparato productivo. Pero se les
veía en los rostros la decepción y la vergüenza. Por una parte, porque debieron
ser ellos los protagonistas de una marcha que cada vez más se sigue satanizando
por el prurito de la ideología aborrecible que se les coló en su causa. Por
otra parte, porque el presidente colombiano les robó su celebración para
exaltarse a sí mismo y lanzar ataques contra sus detractores hasta que saliera espuma
de su boca.
[1] National Geographic. (1 de mayo de 2023). ¿Por qué se celebra el 1
de mayo el día del trabajador? Historia y Cultura.
https://www.nationalgeographicla.com/historia/2023/04/por-que-se-celebra-el-1-de-mayo-el-dia-del-trabajador








Hasta eso se nos robaron, ya ni una celebración como la del dia del trabajo nos pertenece a nosotros los trabajadores.
ResponderBorrar