Hace veinte años, cuando era un ingenuo estudiante de primer semestre de literatura y pensaba que ese era el camino que debía seguir —a pesar de que ya había terminado una carrera profesional y mi obligación debía ser la de ejercerla—, conocí la pluma del escritor bogotano Mario Mendoza a través de su novela Satanás.
Sin ser una novela extraordinaria, me gustó el modo en el que fue escrita y la temática de las patologías psiquiátricas, tan propias de los países industrializados y que llevan a una persona con desequilibrios mentales a convertirse en un asesino serial. Luego entraron a formar parte de mis lecturas otras novelas como Relato de un asesino, Scorpio City y Cobro de Sangre, en las que la temática de la violencia descarnada recorría cada una de sus páginas. El novelista bogotano se instalaba, así, como el pionero de la novela negra en Colombia, un género que en algún momento me hubiera gustado abordar, pero mi vena literaria, por desgracia, no dio para tanto.
En 2008 leí Los hombres invisibles, siendo el libro suyo que más me gustó por la temática del escape de sí mismo para emprender “el camino del héroe”, ya expuesto en centenares de libros de superación personal que han salido al mercado. Luego leí un libro de crónicas llamado La importancia de morir a tiempo, y en él se me presentaba a un Mario Mendoza distinto al que yo tenía percibido desde el inicio, pues comenzó a desnudar su verdadero pensamiento político y el imaginario de las opiniones me lo ubicó en el espectro de la izquierda idealista; en esa misma franja en donde se ubican los intelectuales de bohemia que sueñan con un mundo mejor, pero que están desconectados de este mundo real. Para ese entonces yo ya no estudiaba literatura y estaba desvinculado completamente del ámbito de la cultura, dedicado a otras cosas, alejado de la escritura con la que no me he podido reconciliar.
Debo decir que nunca me he sentido identificado con el pensamiento de izquierda de los eruditos que aclaman la utopía. De facto, ese ambiente me parece bastante jactancioso y resentido, porque se habla allí desde una posición de superioridad moral e intelectual por el hecho de que esta gente se ufana de haberse leído todos los libros del mundo y creen que tienen algo muy importante que decir, además de que se conjugan allí las frustraciones de todo tipo. Yo nunca hubiera podido encajar en ese ambiente, siendo un joven al que se le dio la oportunidad de estudiar en universidad privada y económicamente lo tuvo todo a su disposición, a Dios gracias.
Por esa razón no avancé como estudiante de Literatura, ni terminé metido en aquel medio. De haber sido así, hoy sería un mamerto más de esos recalcitrantes que en 2022 se hicieron matar por apoyar la candidatura del guerrillero Gustavo Petro a la presidencia. Por fortuna me alineé del lado bueno de la Historia, y el tiempo nos está dando razón a los de derecha. Hasta el literato se quiere desmarcar de su líder, pero esa será una cruz que cargará consigo toda su vida y aquí estaremos para recordárselo.
Aparte de su postura política que influenció a miles de sus lectores, en su mayoría jóvenes adoctrinados, también tengo que hablar de su escritura. Cada vez me identifico menos con la pluma de Mario Mendoza. Me parece repetitiva, deprimente, y de un matiz tan lóbrego que ya a uno le da ansiedad coger un libro suyo porque probablemente se contagiará de las ideas pesimistas, fatalistas, llenas de una alucinación exacerbada que no produce sensibilización sino rechazo, como la del fin de la humanidad debido al desastre ecológico, el apocalipsis, la aniquilación de la Tierra por parte de extraterrestres, el reinado de la muerte en ciudades pobladas por hombres que parecen zombis, delirantes y obnubilados, en medio de una guerra nuclear en la que sobrevivirán aquellos que hayan podido esconderse en los laberintos subterráneos que ya existen y que el narrador utiliza convenientemente como el escenario de sus destrucciones. Uno se satura de tanto catastrofismo, como si en el fondo lo estuviera invocando para que suceda de verdad y después salir a decir “yo se los dije”.
Si García Márquez, un escritor brillante, pero hipócrita de izquierda y amigo de los comunistas, que vivía como el más rico de los capitalistas burgueses, estuviera vivo, diría que Mario Mendoza tiene “la pava”, como él la llamaba. La mala espina, la mala vibra. Eso mismo que produce el presidente; esa sensación de querer apagar el televisor cuando sale su imagen en pantalla.
Leí las novelas mencionadas arriba con deleite, porque en ese entonces este tipo de literatura era una novedad en Colombia, pero eso fue hace veinte años, y uno cambia, así como el literato pretende hacernos creer que está cambiando en su forma de ver al delincuente que nos gobierna, que para él es apenas un “indisciplinado y un delirante”, como para no quedar tan mal con su ídolo de barro. Honestamente, decir que Petro es un “indisciplinado” es un halago. Yo diría que es un hampón y un sinvergüenza, y también me quedo corto.
Pero la crítica que le hago como escritor es apenas una opinión que no tiene importancia, porque estamos hablando de un best seller en Colombia que tiene millones de lectores a los que él influencia con su discurso y sus libros. La real crítica que le hago es al militante, lo cual me parece más grave aún. Al que apoyó abiertamente al guerrillero, que lo encumbró a la posición de hombre sabio y pensó que su “política del amor” le iba a ser mucho bien a Colombia.
Uno no entiende a estos intelectuales que, se supone, son tan conocedores de la vida y el universo; de las ideas, de la buena voluntad y los nobles corazones, y sin embargo se dejan embaucar por estos demagogos socialistas. O son muy ingenuos, o en realidad alientan el mismo resentimiento en su corazón. Porque nos han demostrado que lo que los llevó a votar en las pasadas elecciones no fue una decisión razonada y bien pensada, sino el odio que llevan adentro, especialmente contra eso que Mario Mendoza llama “la derecha ignorante y asesina”. Porque estos zurdos conciben que quienes somos de derecha somos asesinos e ignorantes. Sólo que no fuimos nosotros los que votamos por un sujeto que empuñó las armas y manchó de sangre al país, y que además no tiene ni idea de cómo llevarlo por el buen camino una vez que logró llegar al poder gracias al apoyo de hombres como el escritor en cuestión. Repito, nosotros no fuimos los que votamos por un asesino y un ignorante.
En serio, Mario, ¿no se había dado cuenta quién era Petro después de todo lo que advertimos y después de demostrar su talante de anarquista cuando hizo incendiar el país en 2021? ¿No se dio cuenta que este impostor al que usted consideró un outsider brillante había sido el peor alcalde en la historia de Bogotá y alentaba el odio de clases y la división cada que hablaba? ¿No sabía que había pertenecido a un grupo terrorista que mató magistrados y gente inocente, que recibió financiación del narcotráfico, que obedecía las órdenes de Pablo Escobar? ¿Quién le dio a usted las clases de Historia de Colombia? En serio, ¿qué esperaba de un guerrillero si lo colocaba en el poder?
Tenía que saberlo, porque se supone que ustedes, los intelectuales, son los que tienen un conocimiento superior y cuentan con información privilegiada; que sus opiniones pesan mucho e influyen en el grueso de sus seguidores que les creen, precisamente, por ser mentes esclarecidas.
Pero si casi todos los intelectuales, artistas, actores, cantantes, humanistas, y la mayor parte de la gente del arte y la cultura se volcaron a la izquierda y llevaron a sus fans a votar por el candidato de este espectro, eso quiere decir tres cosas: o son pensadores de pacotilla que apenas guardan la pose de hombres lúcidos, es decir, que son unos farsantes; o son otro puñado de resentidos que apoyan la izquierda porque sienten que no les va bien en la vida y necesitan de un Estado que les patrocine sus proyectos; o votaron más por el odio infundado hacia la derecha que por una real convicción por la izquierda, dejando ver así su lado hipócrita, pues ellos, que tanto hablan del amor y de la paz, llevan el incendio en sus entrañas. Se creen rebeldes antisistema, pero quieren ser beneficiados por el sistema. Si de verdad fueran inteligentes, estudiosos, letrados, jamás hubieran apoyado a un personaje tan nefasto.
Hoy, cuando el artista se despacha contra su presidente en la columna que publicó la semana pasada en la Revista Cambio, no creamos que está arrepentido de haber votado por el guerrillero. Al contrario, está es dolido con él porque lo ha hecho quedar como un imbécil, como un pensador en decadencia.
Lo siento mucho, señor Mario Mendoza, pero si usted era de los que pensaba que Petro era una figura diferente, al estilo de los socialdemócratas europeos, un antisistema, un pacifista, un hombre lleno de amor, se equivocó de cabo a rabo. Su pensamiento es propio de los intelectuales desconectados de la realidad. Su ingenuidad es digna de ternura. Usted sigue siendo un idiota útil al guerrillero a pesar de que haya escrito sobre su paranoia, porque todavía es de los que conciben al presidente víctima, valiente, torturado en la cárcel, cosa que nunca se comprobó. Pero el que es no deja de ser. Más bien acepte la idea del presidente bandido, terrorista, enemigo del país y deje de creer que ese sujeto puede hacer “la bondad como revolución”, que usted siendo escritor queda muy mal parado, ya habiéndose quitado la venda de los ojos, pero todavía dudando de lo que ve.
Al final nos terminó dando la razón en su columna. Qué bueno que por fin se desasnó. Demasiado tarde, pero más vale tarde que nunca. El daño ya está hecho, y figuras de renombre como Mario Mendoza fueron las que contribuyeron con su influencia a hacerlo, aun sabiendo la calaña que era Petro y quienes lo rodeaban. Pero no quisieron descorrer el velo, como aquel que se niega a aceptar la infidelidad de su cónyuge teniendo todas las pruebas a la vista. En ese caso no es culpa del que engaña, sino del que se deja engañar.






No hay peor ciego que el que no quiere ver.
ResponderBorrar