miércoles, 6 de noviembre de 2024

Hay esperanza

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Ha sido elegido Donald Trump como el presidente número 47 de los Estados Unidos. Obtuvo la mayoría de los puntos que dan los Colegios Electorales al mismo tiempo que la mayoría del voto popular, como para no dejar dudas sobre su elección. Por segunda vez gana la presidencia, y por segunda vez compitiendo contra una candidata mujer, así como en 2016. Si no sucede nada extraordinario, Trump retornará a la Casa Blanca a partir del 20 de enero de 2025: un hecho que a muchos nos llena de esperanza, incluso de alegría, mientras otros se están rasgando las vestiduras. Porque el triunfo de Trump es, de alguna manera, un retorno a los valores patrios que por allá en 1776 los Padres Fundadores de los Estados Unidos alentaron en su Declaración de Independencia y en la posterior proclamación de su Constitución un año más tarde.

     Lo que estaba en juego en esta elección era el rumbo que iba a tomar la Unión Americana; el futuro que sellaría dependiendo de quién fuera elegido presidente.

     Si ganaba Kamala Harris, el país ahondaría en la agenda globalista, partidaria de la inmigración ilegal y las políticas antinatalistas como el aborto y la ideología de género, además del catastrofismo climático como excusa para frenar el desarrollo económico y fomentar la dependencia económica a través del empobrecimiento sistemático que esto conlleva. También un gobierno de Harris habría sido la perpetuación de los conflictos internacionales, la pérdida de libertades como la patria potestad y la cesión paulatina de la propiedad privada con el aumento de los impuestos; la entrega de la soberanía nacional, la imposibilidad de establecer familias cimentadas en valores cristianos, la agudización del adoctrinamiento educativo a las nuevas generaciones levantadas con los falsos dogmas de la ciudadanía mundial, la autopercepción del género, el victimismo, la dialéctica del oprimido-opresor y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, aunque en realidad se trate de dos cuerpos con vida propia.




     Si ganaba Donald Trump, Estados Unidos asumiría nuevamente las riendas de su destino y se avocaría a rescatar los valores de su tradición patriótica, que difieren profundamente de la agenda globalista. Significaría una esperanza para poner fin a las guerras en las que sus antecesores han metido a su país. Significaría también el cierre de las fronteras para desarticular el movimiento de la inmigración ilegal descontrolada, cuyo único objeto es el de implosionar a Estados Unidos desde adentro a través de una invasión financiada por agentes externos para destruir la cultura y pervertir los valores nacionales. Si ganaba Trump sería factible el repunte de la economía, la reducción de la inflación, la desfinanciación de las causas woke y de las ONG’s que abogan por el alarmismo ambientalista y los supuestos derechos cercenados de las minorías “victimizadas” que, de hecho, ya están amparados por la Constitución, que garantiza los derechos para todos sin excepción. El triunfo de Trump era la vuelta a la reducción de impuestos y la recuperación de la seguridad, que es un tema en el que todos los ciudadanos concuerdan que se ha reducido a niveles de países del tercer mundo. Si ganaba Trump era la reivindicación de las grandes referencias de sentido como la familia, la propiedad, la patria, los derechos universales, la fe, el valor del trabajo, el esfuerzo y el ahorro. El triunfo de Trump era el triunfo del patriotismo contra el progresismo de Kamala Harris.

     Y ganó Donald Trump, por fortuna, y con una ventaja contundente. Fue una paliza sin precedentes, porque a pesar de que Kamala sí obtuvo muchos votos, fue Trump el que le sacó la ventaja en todos los Estados “bisagra” o Estados indecisos: siete de siete. Así, el triunfo de Trump es el triunfo de los que están en el lado correcto de la Historia, en una contienda que sobrepasaba las rencillas entre dos partidos políticos para elevarse a la categoría de una batalla entre el bien y el mal.




     Gran parte del pueblo norteamericano lo entendió así y por eso salió a votar en masa. Los que apoyaban a Kamala eran los partidarios de la izquierda cultural que se ha extendido por todo el mundo, o lo que comúnmente conocemos como progresismo, que no solamente se suscribe a las izquierdas, sino a algún tipo de derechas libertarias. Por eso no es extraño ver a sujetos como Maduro o Petro que, aunque no lo dijeran, estaban haciéndole fuerza a la candidata del partido demócrata, y asimismo ver a periodistas como Jorge Ramos, Jaime Bayly, o a medios como CNN que, a pesar de ser anticomunistas, son claramente progresistas y no entienden que apoyar a Kamala es darle aire a las dictaduras socialistas en Hispanoamérica como la de Venezuela, y azuzar la hoguera de los conflictos en Ucrania, Israel, Oriente Medio o Taiwán. A aquellos les gusta el capitalismo, pero odian a Trump por sus maneras, en lugar de reconocer que fue el presidente que mejores cifras arrojó en materia de pacificación durante el cuatrienio 2016-2020.

     Los medios hegemónicos estaban, en su mayoría, con Kamala Harris. Por eso no es sorpresivo que, en sus encuestas, pagadas con plata de los demócratas, la dieran siempre como ganadora, aunque por una ventaja no muy superior. Dieron la impresión de haber estado recibiendo aportes de aquellos magnates interesados en que el gobierno demócrata continuara otros cuatro años más, porque son los que gobiernan para sus intereses. Pero fallaron en sus pronósticos y en sus deseos. Las encuestas y los medios se equivocaron. Por tanto, perdieron la credibilidad de la gente, quien, al parecer, está utilizando las alternativas de información independiente que ofrecen las redes sociales. Este es el principio del fin de las cadenas informativas tradicionales.




     Por Trump votó el 60% de los hombres blancos, el 53% de las mujeres blancas, un 55% de los hombres latinos, un 38% de las mujeres latinas, 21% de los hombres negros, 7% de las mujeres negras, 39% de los hombres asiáticos, 65% de los nativo-americanos indios, así como el 63% de las personas que no tienen educación superior, pero que saben leer mejor la situación de su país como si hubieran ido a la universidad; votó la mayoría de la clase media y la clase baja, preocupados por el alto índice de inflación que se les está comiendo sus ingresos; votaron la mayoría de personas en los sectores rurales, los habitantes de los pueblos más pequeños y olvidados, la mayoría de los cristianos católicos y cristianos evangélicos, el 53% de los padres de familia que todavía tienen viviendo a sus hijos consigo, el 51% de las mujeres casadas, la mayoría de los militares y las comunidades que nunca antes o que muy poco han participado en el ejercicio de la democracia. Tal es el caso de los Amish, esta comunidad religiosa que todavía parece vivir en el siglo XIX, pero que le aportaron por lo menos 150.000 votos a Trump en Pennsylvania, que era el Estado clave para estas elecciones. Y qué curioso que Trump ganó allí por sólo130.000 votos, de manera que se puede decir que fueron los Amish los que le dieron el triunfo a Trump en Pennsylvania.

     Por Kamala votaron, en su mayoría, los ateos, los gnósticos y los musulmanes. También los partidarios del aborto, las feministas, los chicos de la generación emotiva del wokismo, muchos de ellos votando porque Kamala les caía muy bien, y en cambio veían a Trump como el villano a odiar. El 60% de las personas que no votaban a favor de un candidato, sino en contra, decidieron votar a Harris por estar en contra de Trump, a quien odian de corazón. También votaron por ella en las ciudades grandes y superpobladas, y fue la candidata favorita de la mayoría de las celebridades cuya moralidad no es precisamente de una gran rigurosidad. Asimismo, estuvo apoyada por todas las izquierdas internacionales, fueran estas de corte socialista o progresista, y por las personas más privilegiadas a nivel económico, como los grandes metacapitalistas del tipo Soros y Gates que aportaron alrededor de mil millones de dólares para la campaña. Porque, si hubo una campaña a la que le inyectaron grandes cantidades de dinero, fue a la campaña de Kamala Harris.




     Lo que queda demostrado con las elecciones del pasado 5 de noviembre en Estados Unidos es que hay un inmenso sector de la población que está despertando, y no sólo están abogando por un cambio en la economía, sino por un cambio de la cultura. La gente está hastiada del wokismo y sus victimizaciones. El sector conservador se ha hecho sentir y el sentimiento patrio americano está aflorando nuevamente, despertado por ese anhelo, tal vez un poco utópico, de hacer grande a América otra vez.

     Independientemente de si se recupere la grandeza perdida o no, lo cierto es que con Trump al menos regresa la esperanza y el ciudadano se permite soñar, por lo menos por un par de meses, y creer que todo irá por buen camino. Sabe que a Trump no le gusta el intervencionismo, tampoco la idea de un “Estados Unidos Policía del Mundo”, porque él sólo quiere mirar hacia adentro, América primero. Menos estado, menos regulación, menos gasto público, menos impuestos. Al menos es la idea que pretende llevar a la práctica, y por el hecho de ser la idea correcta, la gente la apoyó.

     Pero también Trump es partidario de políticas que pueden resultar impopulares, y eso le ha valido el rechazo de muchos sectores que, por estar mal informados, han tomado a mal las motivaciones que tiene el presidente electo para atacar, por ejemplo, el tema de la inmigración ilegal, que se ha convertido en una bomba de tiempo para todo Estados Unidos. Y tendrá que hacerlo para ser coherente con sus promesas de campaña. En este punto es inevitable el uso de la fuerza del Estado para defender sus fronteras, como inevitable será también la crítica que le sobrevendrá.




     Porque ya se están preparando las Panteras Negras, los Black Lives Matter, los Antifa, y todos esos grupos radicales y violentos que se disfrazan de defensores de derechos humanos, pero que no son otra cosa que la subversión organizada y muy bien financiada para atentar contra el poder establecido en la Unión Americana. Ellos están para sembrar el pánico y van a reaparecer de la manera más extremista posible, como lo hicieron en 2019 y 2020, cuando precisamente Trump era presidente. La idea es sabotearle su gobierno, porque la progresía no se quedará de manos cruzadas cuando empiecen a combatirla. La idea es también hacer ver a Trump como un loco, un fascista, un violento, un racista, un misógino, y cuanto adjetivo le puedan endilgar con la ayuda de los medios de comunicación tradicionales para mermar su capacidad de gobernanza.

     Ya estuvo Kamala dando un discurso en una universidad pública, haciendo un llamado a la movilización y lavándole el cerebro a los idiotas útiles de los estudiantes con el pretexto de que no se rendirán. ¿No se les parece ese llamado al mismo que hizo un guerrillero colombiano cuando perdió las elecciones en 2018? ¡Y vaya cómo no dejó gobernar al presidente de turno!, que hasta le armó una toma guerrillera urbana y lo puso a tambalear. Pues bien, eso mismo es lo que viene para los Estados Unidos.




     No creamos que viene la paz, sino la confrontación. No creamos que se vienen tiempos de tranquilidad y abundancia, sino una situación tan tensa que pude poner a la nación a las puertas de una guerra civil, y no porque Trump esté dispuesto a hacer esa guerra, sino porque esa guerra se la querrán hacer a él y a su gobierno elegido democráticamente. El globalismo es un enemigo encarnizado, y más vale que los patriotas americanos estén dispuestos a dar la pelea para salvar a su patria de las garras globalistas, pues de lo contrario sobrevendrá algo mucho peor que lo que hoy se vive. Lo que está en juego es el futuro, la patria, la familia. Si estas cosas no movilizan a una defensa hasta con la propia vida, el americano estará perdido.

     Bien, ya reeligieron a Donald Trump, que era lo primero que se necesitaba. Ya ganó las elecciones por segunda vez; ahora lo que falta es que lo dejen ser presidente, que pueda llevar a cabo su programa de gobierno y terminar su mandato. Porque existe un gran riesgo de que esto no se cumpla: los perdedores ya están urdiendo su plan para que Trump no pueda ejercer el cargo ahora que ya fue elegido. Ustedes saben a lo que me refiero.




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