Lo que voy a referirles a continuación es la historia de una chica traviesa, rebelde, de aquellas que viven bajo sus propias reglas. Una noche salió de juerga azuzada por su amiga, quien la llamó a las doce y media de la noche para que fueran a un sitio nocturno de una ciudad que a todas luces es Medellín. Le mintió a su novio y le apagó el celular para que este no pudiera localizarla, además de que se voló de su casa. Al filo de la noche se encontraba perreando en una discoteca, borracha y drogada, y más tarde despojada de su ropa en algún cuchitril de mala muerte, ofreciéndose en medio de una bacanal. ¿Regresaría esta muchacha a su casa feliz, luego de haber sido tal vez abusada por un sinnúmero de hombres que la sometieron a toda clase de prácticas sexuales? ¿Le gustó a ella entregar su cuerpo por placer o por dinero y se sintió después bien consigo misma? ¿Le importa una higa cómo se sienta, porque ya ha comenzado a transitar un camino sin retorno y ni siquiera la abruma un sentimiento de culpabilidad?
Esta chiquilla es lo que en la cultura desechable de nuestro tiempo se ha dado en llamar una “mujer empoderada”, que es también astuta, indomable, dueña de sí misma, “mala, pero inteligente”. El ambiente está plagado de mujeres así, cuya conducta es reprochable, inmoral, indeseable, vergonzosa. Lo que sucede es que como la vulgaridad y la indecencia campean en el reino del mundo al revés, hoy se considera todo ello muy normal, muy común, muy moderno y de avanzada. Criticar ese tipo de comportamientos pasó a ser un asunto de retrógrados, moralistas, santurrones y envidiosos: esa es la conciencia social que modela nuestra personalidad.
El problema se agrava cuando la protagonista de la historia no es una mujer realmente, sino una niña de catorce años a la que le celebran todas estas actitudes de mujer envilecida. Y esta historia no es una crónica de denuncia de una problemática social para generar conciencia y echar a andar un programa de prevención contra la explotación sexual infantil, sino la nueva canción que un puñado de reguetoneros colombianos le entregaron al mundo el pasado 7 de noviembre: “+57”, así se llama la “obra”, pero debió llamarse -14, por involucrar allí a una menor de catorce años. Nos aseguramos entonces de dar un paso adelante en la carrera desenfrenada hacia la perversión del ser humano, porque lo que antes se consideraba un delito, ahora es visto como arte.
Resulta que se juntaron ocho genios que se hacen llamar artistas y que son los faros de nuestra juventud en decadencia para concebir esta canción a la que no le encontraron un mejor título que el número del indicativo telefónico que le corresponde a Colombia (+57), porque este tipo de gente piensa que cualquier banalidad que se les ocurre es una genialidad sin precedentes. Pero el título es lo de menos. Como siempre pasa en el reguetón, todo tiene que hablar de sexo, de tetas, de culos, de licor, de droga, de fiesta, de excesos, de prostitución y de cosificación de la mujer, porque las cabezas huecas de sus exponentes no dan para más. De hecho, el reguetón es otra vertiente de la degeneración del arte musical, porque un verdadero músico, de esos de conservatorio que han estudiado y se han pasado toda su vida consagrados a las figuras musicales, a la armonía, al ritmo, a la melodía y a la gramática de este idioma de los sonidos, de ninguna manera puede terminar siendo un reguetonero. En caso de serlo, está demeritando la profesión.
El punto es que la canción tiene una protagonista que, según dice su letra, es “una mamacita desde los fourteen”. En esa frase se consumó el delito, porque sexualizar a un menor de catorce años es catalogado por el código penal como Pedofilia.
Esta canción es una clara apología al crimen, y de ahí la polémica que ha suscitado. Si lo que pretendían sus creadores era generar controversia para monetizar con las búsquedas y las reproducciones de su esperpento, pues entonces doble delito, porque quiere decir que desde el principio estuvieron conscientes de que lo que hacían lo estaban haciendo mal adrede. Y no sé qué están esperando las autoridades para tomar cartas en el asunto. Bueno, qué se puede esperar en un país en donde su máximo representante es otro sinvergüenza degenerado como los reguetoneros autores de esta asquerosa composición (más bien descomposición).
Lo peor de todo es que estos bandidos se inventan una canción en donde claramente se sexualiza a una menor de catorce años, y somos los críticos los que les salimos a deber. Como quien dice, que si no nos gusta el temita es nuestro problema, no el de ellos. Un momento, señora Karol G; un momento, señor Maluma; señor J. Balvin, Ryan Castro, Ferxxo, Feid y demás payasos de este circo de miseria: ustedes podrán ser las estrellitas de toda esta generación idiota que los idolatra por llevarlos al abismo ensalzando toda la temática de la perdición, pero como celebridades también tienen una responsabilidad, y por ello deben asumirse como blanco del rechazo social cuando no se comportan a la altura. Está claro que no son ustedes los que pueden educar a nuestros hijos, pero por ser figuras públicas están en la obligación de dar buen ejemplo, o de lo contrario deben atenerse a la andanada de críticas justificadas y al castigo social que se tienen bien merecido desde el día mismo en que se metieron a esta industria en donde pulula el libertinaje, la inmoralidad, la ambición por el dinero, el placer desenfrenado, la mezquindad, la mediocridad, y por supuesto, todo lo malo que tiene la sociedad y que ustedes se encargan de reflejar: promiscuidad, drogas, licor, pornografía, armas, crimen, hampa, corrupción, narcotráfico, utilitarismo al cien por ciento.
Y como si fuera poco, creen que el sector de la crítica es como su público estúpido al que pueden engañar: uno de estos miserables piensa que a la gente le gustó tanto la canción, que agradece cínicamente por el “apoyo” que cree que le han brindado. Dice que lo más importante es la unión de tanto “talento colombiano” para cantar este bodrio. Habrase visto semejante descaro. Otros dos, en medio de una traba descomunal que se puede oler a la distancia, asumen la actitud desafiante para con el público en la que dejan claro que si no les gustó la canción, bien se pueden ir al demonio, porque a ellos todo les resbala y no viven de lo que dicen los demás. Como quien dice, se sienten con el derecho a hacer lo que les da la gana y que la gente los tenga que aplaudir por eso. Ídolos con pies de barro que en cualquier momento se convertirán en fango.
El tema de fondo aquí es la maldita obsesión por corromper a los menores. ¿Por qué ese afán de explotar la sexualidad de los niños? ¿por qué se insiste en que las protagonistas de sus canciones sean mujeres cada vez más jóvenes, ya no sólo adolescentes de 15 o 16, sino que ahora se bajan hasta 14 y quizás en un futuro lo quieran hacer con una niña de 10 o 12 años? ¿No acaba un maldito miserable hace un par de semanas de violar y asesinar a una niña de 12 años, a la niña Laura Sofía, víctima de un pervertido al que se le ocurrió (como a los creadores de la canción) que una menor podría brindarle el placer sexual para satisfacer su cochino deseo? Mucho cuidado con ese tipo de licencias que se conceden los que hacen música, cine, literatura, y arte en general; los que manejan medios de comunicación y redes sociales, o los que tienen alguna clase de poder mediático sobre las mentes débiles. Al ser personas influyentes tienen una bomba entre sus manos que puede detonar en cualquier momento.
En lugar de contribuir estos reguetoneros a mejorar el mundo, contribuyen a pervertirlo más con sus sórdidas letras que si para algo han servido es para sembrar la semilla de la corrupción moral, especialmente en el público joven e inexperto que se divierte con sus canciones pensando que es diversión sana y que una canción no es para tanto. Pues bien, por ese resquicio de la laxitud es que se empiezan a filtrar todas las consecuencias derivadas de escuchar una música mal sana. Desde luego, el reguetón no es sólo el problema, sino que es parte de una problemática mucho más amplia y compleja que lo abarca, y en la que están inmersos todos los factores desencadenantes de la violencia y el abuso, y que al ser retroalimentados y machacados por el género musical una y otra vez, el problema, en lugar de disminuir, se agranda.
No se crea que es cuestión solamente de educar en valores, porque lo que se construye en la casa o raras veces en la institución educativa se destruye en la calle, con la ayuda también de los propagadores de una cultura que no aporta nada bueno a los menores. Pero supongamos que no hubiera sido una menor de edad la protagonista de la canción, sino una mujer hecha y derecha. ¿Se justifica de todas maneras que una música degradante instrumentalice el cuerpo de la mujer y lo rebaje a la categoría de animal solamente porque esa es la consigna cultural del momento? ¿No es además un irrespeto para todas las mujeres el hecho de que las canciones de reguetón se refieran a ellas como meros vehículos de placer? ¿Está bien que ese sea el paradigma de la mujer moderna, aquella que se siente empoderada, que se cree una bichota y hace lo que le da la gana, como sugiere la señorita Giraldo, creadora principal de la canción, que es la adalid para apologizar todo aquello que se menciona allí como las pepas, el sexo, la rumba pesada, el licor, la vida licenciosa y la prostitución?
Pues si ese es el empoderamiento femenino que Karol G defiende, así como dice defender a la niñez, más vale que revise el rumbo que está tomando su carrera, porque su vida, tanto artística como personal, va cuesta abajo. Además de que ella, como la única mujer que participó en la creación del tema musical, debió haber hecho respetar a su género y sobre todo haber hecho respetar a la niñez. Luego dice que la sacaron de contexto, pero el contexto está más que claro, con palabras tan explícitas que ni siquiera se pueden repetir para hacer una crítica.
Ni aun cambiando la palabra 14 por 18 se quitarán el estigma de hacer música para promover pedófilos, porque de todas formas siguen promoviendo el estereotipo del bandido, del gamín, del drogadicto irredento, del traqueto, de la prostituta, de la materialista, del pendenciero, del mal hablado y demás. Y esto no sólo aplica para el reguetón, sino para todas esas clases de música que se hacen llamar populares.






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