Esta semana, mientras esperaba por el almuerzo en uno de los tantos restaurantes de comida corriente de la ciudad, me puse a mirar las noticias en el televisor del local, justo cuando estaban informando sobre la fallida posesión de Edmundo Gonzáles en Venezuela al tiempo que Nicolás Maduro, el usurpador, sí se posesionaba como presidente del país bolivariano por otros cinco años. Allí pasaban las imágenes del dictador y sus áulicos, acompañado de unos cuantos dictadorzuelos de la región como Ortega y Díaz-Canel, y algunos mandatarios de un puñado de países insignificantes en el concierto geopolítico, varios de ellos repúblicas de opereta del continente africano donde también reinan las dictaduras y otro tanto de islas caribeñas que son resorts con bandera. Escuché en ese momento a la comensal de la mesa vecina que pronunció en voz alta, no sin cierta indignación, esta frase que todos hemos dicho alguna vez: “Qué pesar de Venezuela”.
Enseguida volteé a mirarla porque creí que me estaba hablando a mí, pero ella seguía absorta, concentrada en terminar su sopa mientras repetía en los intervalos de su deglución: “…qué pesar de Venezuela con ese asqueroso que la gobierna”. Yo tragué saliva de inmediato, no por lo suculento que se veía el almuerzo que me acababan de llevar, sino por el terror que me produjo esa frase, pensando no tanto en Venezuela, sino en Colombia. “Sí, qué pesar de Venezuela con lo que le está tocando vivir, pero también qué pesar de Colombia con lo que le va a tocar vivir en un par de años”, me dije mentalmente, porque la calaña de los tiranos que están en el poder, tanto allá como acá, es la misma.
Piensen ustedes que la diferencia entre ambos países solamente está determinada por una cuestión cronológica. Así es: el futuro de Colombia es Venezuela. Ellos, nuestros hermanos venezolanos, vienen del futuro para advertirnos que nosotros estamos transitando por el mismo camino y correremos la misma suerte si no impedimos que esta cáfila de bandidos petristas que están en el poder se queden allí para siempre, o por lo menos durante unas dos o tres décadas, como les sucedió a ellos, que con eso ya es bastante para destruir a una nación entera.
Sí, qué pesar de Venezuela, pero también qué pesar de mi Colombia. Por lo menos los venezolanos están en la parte final del tramo, porque con todo lo que ha sucedido, con el desprestigio internacional del régimen y con la aceptación por parte de la comunidad política de la idea ineludible de que al tirano sólo queda sacarlo por la vía armada, a bala limpia, como se dice coloquialmente; la libertad de Venezuela en cualquier momento va a llegar.
Tal vez no este mes; tal vez no por acción de la ONU ni de los Estados Unidos, que estoy seguro que bajo el mando de Trump no se van a meter en ese conflicto; tal vez ni siquiera sea por la intermediación de algún gobierno amigo de la oposición venezolana o por un ejército de mercenarios, sino porque la misma ciudadanía, exacerbada por fin, se haya llenado de valor y decida salir a luchar a las calles y hacerse matar de un ejército ruin y mezquino que no se atreve a dar el golpe contra el tirano.
Por desgracia, nadie de afuera va a salvar a este pobre país secuestrado por la dictadura socialista, o al menos eso creo yo. La solución tendrá que venir de adentro, así sea que los recursos y el plan provengan del exterior. Alguien, algún patriota valiente y al mismo tiempo un suicida temerario lo tendrá que hacer: alguien tendrá que matar al tirano, o en este caso a los tiranos. Alguien tendrá que esperar la oportunidad para disparar el primer tiro a la cabeza de Maduro apenas este baje la guardia, quizá dentro de algunos meses, cuando se crea que todo habrá vuelto a la normalidad. Y cuando esto suceda y haya una prueba fehaciente de que el dictador ha muerto, la turba se desatará y hará justicia por su propia mano, enfrentando a esos militares y a esos colectivos cobardes, que serán los primeros en salir corriendo, buscando hacerle lo mismo a Diosdado Cabello, a Padrino López, a Cilia, a Delsy, a todos esos chavistas que los llevan humillando más de 25 años.
Es innegable que, si no surge un nuevo Óscar Pérez que se atreva esta vez con mejor suerte a hacer lo que hay que hacer, Venezuela no será libre nunca, porque nadie de afuera va a hacer por ella lo que deben hacer los de adentro. Ni siquiera María Corina o Edmundo, que ya han hecho bastante y que no pueden hacer mucho más. Porque a pesar de que un sector de la derecha los critica, no le podemos pedir a María Corina que se arme de una pistola y se vaya para el Palacio de Miraflores a buscar a Maduro. Eso sería tan irrisorio como hacer una excavación con cuchara. No va a pasar, pero sí puede haber alguien que esté dispuesto a inmolarse con tal de liberar a su pueblo. Tal vez uno que no tenga mucho que perder, que le sobren arrestos e inteligencia para llegar a Maduro con sutileza, y, sobre todo, que tenga acceso a un arma y buena puntería. Esa sería la única esperanza, porque a punta de marchas y desfiles está claro que no se logrará nada.
Yo, personalmente, considero que María Corina no es igual a Guaidó, ni a Capriles, ni a Leopoldo López, sino que ha batallado mucho más contra el régimen: es más valerosa, más frentera, más patriota que los otros; una piedra en el zapato más difícil de sacar. Si al final resulta que todo ha sido parte de una puesta en escena y ella termina siendo otra vendida, todos quedaremos muy decepcionados, especialmente los venezolanos que se habrán suscrito a otro fracaso, pero sobre todo ese régimen habrá tenido que pagar un alto precio por el desprestigio internacional que María Corina Machado le hizo ganar. Tanto ella como Edmundo han evidenciado todo su atropello a la comunidad internacional y han hecho que en el concierto democrático se considere hasta la idea de una intervención armada por parte de potencias extranjeras o ejércitos de mercenarios. También hay que decir que no ha sido suficiente y que se han equivocado en la estrategia.
Para comenzar, nunca tuvieron estrategia; es decir, debieron haber concebido un plan en estos últimos seis meses para ponerlo en marcha el mismo 10 de enero a sabiendas de que el dictador nunca entregaría el poder. Ellos lo sabían. A no ser que el plan fuera hacer que la dictadura se quedara para tener el pretexto de sacarla por la fuerza, y de ser así, se le reconocerá la astucia sólo en el momento en que esta haya caído. De ese modo le podrán tapar la boca a muchos, pero mientras eso no ocurra, dicho sector de la derecha los seguirá viendo como falsa oposición o como vendedores de falsas ilusiones.
Se equivocó también Edmundo en haber solicitado audiencia con Biden cuando estuvo en los Estados Unidos en lugar de haberla solicitado con Trump, que es el presidente entrante que se posesionará en nueve días. Por eso Trump no quiso hablar con él, resentido por haber buscado a su encarnizado enemigo que ya no tiene poder alguno sobre la nación. De este modo será mucho más difícil que Trump quiera intervenir en Venezuela, porque él primero querrá arreglar los problemas con Rusia y con Ucrania, y posiblemente esto tarde entre seis meses y un año. Así, si Donald Trump logra que Putin le conceda alguna especie de aval para entrar en Venezuela a cambio de no financiar más a Ucrania y retirarse del conflicto, es posible que se pueda soñar con la intervención armada en el vecino país, pero también tendrá que vérselas con los chinos, con Irán, con Brasil y Colombia, todos apoyadores del régimen. Por eso, esa opción la veo descartada, porque tampoco encontraría apoyo de los vecinos. Sólo un ejército como el norteamericano puede hacerle frente al Ejército Bolivariano, que no tiene capacidad ni milicia, pero sí mucho armamento. Ningún otro tiene ese poder en la región, salvo el de Brasil, pero ya sabemos que Lula es un aliado del socialismo, lo mismo que el sinvergüenza presidente de Colombia.
Así las cosas, qué pesar de Venezuela que tenga tan pocas perspectivas. Aun cuando logren derrotar al régimen, quedará nuevamente en manos de la izquierda, sólo que más moderada, pero al fin y al cabo, izquierda, porque ni María Corina ni Edmundo son de derecha. El socialismo ha permeado tanto en Venezuela, que de nada vale que cambien a Maduro, porque la mentalidad del venezolano promedio está anclada al chavismo, así no quieran saber más de Chávez. El día que un gobernante de verdadera derecha les diga que les va a sacar los subsidios, le van a armar otra “revolución”. Por eso Venezuela está condenada a seguir en el socialismo por mucho tiempo, porque ya verán que María Corina se convertirá en una heroína aclamada cuando por fin le llegue el día de gobernar, pero pasado un tiempo los venezolanos sentirán que las cosas no han cambiado mucho, que la dinámica del país sigue siendo la misma, porque su cultura ciudadana está profundamente enraizada en los postulados chavistas que los han transformado hasta el punto de que el día de mañana querrán seguir dependiendo de ese gran Leviatán llamado Estado, como en los viejos tiempos. ¿Hasta qué punto estarán los venezolanos dispuestos a salir de la zona mediocre de confort en la que los sumió el chavismo? Ya se verá.
Lo malo es que mientras no caiga Maduro, ojalá bajo el peso de las balas, no caerá Petro. Si la dictadura se afianza otros cinco años, Petro se reelige, porque se sentirá con el aval para hacer lo mismo que su amigo y patrón, no importa que tenga que comprar las elecciones otra vez. Para eso tiene la ayuda económica del régimen venezolano, las instituciones que ya ha cooptado y juegan a su favor, la ayuda armada de las Farc, el ELN, sus guardias campesinas e indígenas y sus colectivos petristas que constreñirán a los electores, sobre todo en las regiones donde ellos son autoridad, y la publicidad de sus bodegueros prepago que le hacen eco.
Qué pesar de Venezuela si no defenestran al dictador, pero qué pesar de Colombia si repetimos la historia de nuestro vecino, porque si nadie nos hace la caridad de eliminar al tirano de Miraflores, no podremos sentar nunca el precedente para eliminar también nosotros al futuro tirano del Palacio de Nariño.







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