sábado, 8 de marzo de 2025

Ocho de marzo, Día Internacional de la Mujer... de izquierda

Por Juan Felipe Giraldo Trejos







     Otros eran los tiempos en que el Día Internacional de la Mujer era una celebración a nivel mundial para agasajar a los maravillosos seres humanos que pueblan esta tierra y que le hacen tan dichosa la existencia a la otra mitad de los humanos que conviven con los primeros en el mismo planeta; es decir, celebrar que las mujeres existen y que son la razón de ser de nosotros, los hombres.

     Por lo menos así era en mis tiempos, cuando un hombre obsequiaba a la mujer con una rosa, un chocolate, o quizás una sencilla invitación que halagara el corazón femenino e hiciera sentir especial a la mujer en su día, porque siempre lo fueron, lo son, y lo seguirán siendo, y es parte de su naturaleza esa necesidad de sentirse amadas.

     Sólo que el feminismo radical les ha robado su celebración, contaminándosela  con política y causas opresivas que ya no tienen lugar en pleno siglo XXI por más que pretendan convencer a la sociedad con el discurso del “patriarcado”. Eso ya está mandado a recoger. Han entorpecido la magia del ocho de marzo con la consigna aquella de que esa fecha no debe ser motivo de ninguna celebración, pues no hay nada que celebrar. “El ocho de marzo no se celebra, se conmemora”, remarcan las feministas adoctrinadas sin dejar de demostrar ese tono de enfado que les afea el alma y el rostro, porque ellas han desnaturalizado el rol esencial de la mujer para revestirlo con el manto de la agresividad, la rebeldía, el inconformismo, el resentimiento y el sentimiento de superioridad moral sobre los hombres y las demás mujeres que no piensan como ellas.

     Anularon el encanto de la fecha para quedarse con el reclamo airado. Renunciaron al motivo de celebración para convertirlo en una lucha política que ya debía de haber sido superada. Pero el feminismo, como movimiento ideológico-político no lo quiere así. Nunca lo querrá: el día en que los asesinos y maltratadores de mujeres reciban su real merecido y el mundo cambie para bien, el feminismo habrá perdido su razón de ser. Por ello necesita de los asesinos, los violadores y los machistas.




     Sí, porque estamos en un mundo hostil que mata a hombres y mujeres casi que por igual (de hecho, mueren más hombres asesinados a manos de otros hombres, pero nunca se habla de masculinicidio), sólo que el feminismo necesita aumentar sus víctimas para seguir justificando su movimiento.

     Y claro, uno entiende que El Día Internacional de la Mujer tiene sus raíces en el movimiento obrero de mediados del siglo XIX, en un momento de gran expansión y turbulencias en el mundo industrializado, en el que la mujer comenzó a alzar cada vez más su voz para reclamar derechos justos e iguales ante la ley; que además el sistema político y social, que en ese tiempo sí era totalmente patriarcal, no les permitía el derecho al voto, ni a la educación, ni a la herencia, ni a manejar su propio dinero, ni a tener independencia ni opinión propia; limitadas solo a la procreación e incluso a morir a raíz de las malas condiciones en que tenían que dar a luz.

     Uno entiende que había que organizar movimientos en esos años que se preocuparan por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Pero estamos hablando de los años 1800, cuando una revolución industrial dio paso a un cambio tecnológico en el modo de producción y se consolidó el sistema basado en el capital. Los cinturones de miseria que este sistema acarreó en las viejas ciudades inglesas, por ejemplo, fueron producto de ello. Pero no porque el capitalismo per se lo provocara, sino porque se produjo una reorganización que en un principio conllevó a todas estas problemáticas. Las ciudades se vieron atiborradas de obreros, y especialmente obreras que fueron contratadas en las fábricas en condiciones de hacinamiento e insalubridad, pero en el campo la gente se moría de hambre. Esos cinturones de miseria que describía Charles Dickens en sus novelas con tanta congoja al final fueron la esperanza de vida para muchos hombres y mujeres que emigraron a los centros urbanos buscando un plato de comida: la economía comenzaba a tener otro dinamismo, pero todo sería cuestión de organización y nuevas legislaciones. La explotación laboral que se produjo en esos años de industrialización era algo que se veía venir con el auge de las factorías y la producción en masa, pero también era un fenómeno reversible, o al menos susceptible de poder mejorarse. Claro, no fue de la noche a la mañana y tuvieron que presentarse muchos movimientos, muchas marchas, muchas protestas, pero al final los obreros, como la clase social emergente, fueron obteniendo logros que les permitieron reivindicar con más justicia sus derechos.




     Entonces, esos movimientos obreros terminaron siendo cooptados por nuevas ideologías que surgieron en el seno del nuevo sistema de producción. Así, Marx capitalizó las injusticias y habló en nombre de la clase obrera, a la cual pertenecían también las mujeres obreras que exigían mejores tratos. Si el marxismo convocaba a los proletarios a exigir por sus derechos, de igual manera agrupaba a las mujeres obreras que pedían lo mismo. De ahí que los movimientos de reivindicación femenina hayan nacido en el seno de lo que más adelante adquirió el nombre de socialismo. No nos extraña, pues, que hasta el sol de hoy el feminismo siga estando estrechamente vinculando con las izquierdas, con la revolución, con la violencia.

     El mundo Occidental ahora es muy distinto al que había posterior a la Revolución Industrial. Por fortuna, la mujer ya goza de iguales o más derechos que los hombres en todas las legislaciones de los países socialdemócratas. En el siglo XXI se ha instalado un discurso en pro de la mujer con sus correspondientes instituciones y engranajes para defender y garantizar sus derechos. A pesar de todo esto, el germen socialista aparece cada año en lo que ya no se llama el Día Internacional de la Mujer, sino una abstracción a la que le dicen el 8M, cual nombre de movimiento guerrillero. Si antes exigían reclamos tan válidos como el derecho al sufragio y la igualdad ante la ley con respecto a los hombres, hoy exigen el derecho de matar a sus hijos en gestación y a terminar con la brecha salarial por lo alto aun cuando por lo bajo, y en un promedio mucho mayor, los empleos más mal remunerados los ocupan los hombres.




     Ningún feminismo es bueno para como se presentan las condiciones de vida del siglo XXI. Aquellos movimientos que en el siglo XIX luchaban por los derechos de las mujeres ya no existen. Estamos en 2025, no hay ningún derecho, por lo menos en la civilización judeocristiana, al que tenga acceso un hombre y que no pueda disfrutar una mujer. Y si lo hay, habría que denunciarlo, porque es seguro que se estaría violentando alguna ley que prohibiría la discriminación contra la mujer. Eso sí, si hablamos del mundo occidental. Otra cosa son las leyes islámicas que no tienen en cuenta los mínimos derechos de las mujeres y que paradójicamente son las feministas las primeras en salir atiborradas con la bandera de Palestina a defender el islamismo. ¿Se habrá visto cosa más incoherente?

     De modo que el feminismo en estos tiempos no tiene cabida, a no ser que lo que defienda ya no sea la causa de la mujer, sino la causa de la ideología izquierdista. Eso ya es otra cosa.

     El ocho de marzo pasó a ser, en los últimos años, una fecha temida en donde reina la violencia y el ridículo. Fecha de destrucción de los bienes públicos y privados, en la que la peor faceta de lo femenino, que tiende a ser la conducta masculinizada, sale a las calles con un furor tan descontrolado que ni el hombre más energúmeno demostraría. No solo porque quienes encabezan estas protestas son seres llenos de odio y de violencia, sino porque además se humillan a sí mismos. Ya dan pena en vez de ira, porque ni siquiera eso infunden. La mayoría de las mujeres no se sienten representadas por el feminismo, al que cada vez le hacen menos caso. Han implosionado su propio movimiento desde adentro, cansando a la población, convirtiéndose en una cuadrilla de locas subversivas que nadie quiere y ganando cada vez más antipatía porque al fin la gente está entendiendo que son una minoría ruidosa y adoctrinada. Ya ninguna de sus demandas es legítima, ni son tomadas en serio; por ello sólo pueden recurrir a la violencia. ¿Qué otra cosa les queda?




     En lugar de ser una fiesta esperada a nivel mundial para reivindicar a la mujer, a la madre, a la esposa, a la hermana, a la trabajadora, a la mujer en su esencia más pura, el ocho de marzo se convirtió en una fecha temida para las plazas públicas, las estatuas y los bienes públicos y privados a raíz de una cáfila de vándalas que dicen representar a las mujeres, pero al mismo tiempo les dice cómo deben comportarse, juzgándolas porque en lugar de “empoderarse”, algunas han decidido optar por el camino de la maternidad y la conformación de una familia tradicional. Eso, desde luego, no es ninguna defensa de las mujeres, a no ser que sean las mujeres de izquierda, que son las que se sienten identificadas con la rebeldía, el libertinaje, la vulgaridad y el espíritu destructivo.




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