¿Será posible que alguien piense que en los momentos actuales que atraviesa la nación la propuesta de una “consulta popular” es solamente para preguntarle al pueblo si está de acuerdo o no con que se apruebe la reforma laboral o la reforma a la salud? ¿Todavía hay alguien que crea que el interés del gobierno es conocer la opinión del “pueblo” acerca de sus discutidas reformas? ¿Se justifica gastar alrededor de 800 mil millones de pesos en una consulta que no genera ningún tipo de mandato jurídico, puesto que eso lo tiene que decidir el Congreso de la República, sino que apenas genera una suerte de compromiso político, que es más bien un mandato moral?
Aparte de los furibundos petristas, que ya sabemos que son un caso perdido, sea porque están ciegos o porque reciben prebendas y se hacen los ciegos, tiene que ser uno muy estúpido o muy mala persona para querer que un país con el déficit presupuestario que tiene este, se gaste casi un billón de pesos solamente para preguntarle a la gente la obviedad de si quiere “ganar más y trabajar menos”. Es decir, tiene que ser uno igual de petrista que los que abierta y cínicamente se declaran petristas, que son aquellos individuos en los que se conjugan la maldad y la estupidez en un solo cuerpo, para apoyar el embeleco de la consulta popular sólo porque al mesías le dio por proponerla en vista de que no le aprueban sus nefastas reformas, como si el ejercicio del Poder Legislativo no valiera nada en esta república de opereta.
Y es que no crean que la reforma laboral propuesta por este gobierno es solamente una cuestión de si la jornada nocturna empieza a las seis de la tarde, o si los dominicales hay que pagarlos dobles como anteriormente. El transfondo del asunto es mucho más complejo. Habría que leer el borrador del proyecto[1] presentado a la Comisión encargada en el Congreso para darse cuenta de que lo que está en juego es el futuro laboral y productivo del país. Las consecuencias serían significativamente devastadoras, tanto para las empresas como para los mismos trabajadores que este desgobierno dice proteger. Lo que va a lograr es que estos pierdan su trabajo ante el cierre de miles de negocios. De aprobarse la reforma laboral, se estima que lo único que se va a acrecentar serán las cifras del desempleo y la pobreza.
Más del 90% de las empresas en Colombia son pequeñas y medianas empresas que tenderían a desaparecer por su incapacidad para asumir los sobrecostos que la reforma impone. Como resultado de ello, el fenómeno de la informalidad se incrementaría en proporciones alarmantes. Las grandes empresas, por el contrario, son las únicas que pueden asumir los sobrecostos laborales sin incurrir en quiebra. Estas se verían altamente beneficiadas si el gobierno les saca del camino a sus competidores más pequeños. Monopolio y más monopolio a la vista, que supuestamente es lo que el gobierno de izquierda dice detestar. Pero es contradictorio que esta reforma, en lugar de apoyar a la clase media y al empresario pequeño, beneficie a los más ricos y a un reducido sector de trabajadores privilegiados que trabajan para ellos.
La reforma laboral pareciera datar del siglo XIX y haber sido escrita por el propio Marx. De la misma manera lo será la Consulta Popular, cuyas preguntas, me figuro una estratagema populista para engañar incautos a los que se les preguntará, no si están de acuerdo con puntos específicos de las reformas, sino si están de acuerdo con la dignidad, la retribución justa, la defensa de los derechos de los trabajadores, la lucha contra la explotación por parte del gran capital financiero y el empresariado rico y todas esas sentencias hipnotizantes que por su significado no se podrían rechazar, pero que esconden una intención maquiavélica disfrazada con el velo de los lugares comunes y las consignas que aparentemente claman por una reivindicación del trabajador.
Más tonto el que piense que es bueno preguntarle al pueblo cuando la pregunta viene formulada y previamente manipulada por un prospecto de dictador. Más miserable el que promueva el engaño para catapultar las aspiraciones de reelección de su dios de barro y le haga gastar al Estado casi un billón de pesos como si este fuera un país que se puede dar ese lujo. ¿Acaso no dijeron que no había plata y que por eso no cumplían con el mandato que por ley tienen de girarle el dinero a las EPS, por cuya negligencia la gente está muriéndose por falta de medicamentos? Sólo hay plata en este gobierno si se trata de regalársela a los malhechores, o si se trata de la campaña política que desde ya se está ambientando con un asunto que debiera estar descartado de antemano a la luz de la Constitución Política: la reelección.
Esa es la real consulta. Aquí no se crea que van por una profunda reforma laboral o de salud. La consulta popular es el ardid para tantear los ánimos y empezar a familiarizar a la plebe con la idea de la reelección, en caso de que el pueblo muerda el anzuelo y dentro de un año tenga que aceptar nuevamente la cara del sinvergüenza en el tarjetón.
Ventana de Overton, le llaman a eso: ir incorporando de a poco en el conjunto de valores que guían el comportamiento de los individuos y las organizaciones sociales (ethos) lo que en un principio parecía descabellado, hasta llegar al punto de que la opinión pública se haya familiarizado tanto con la idea, que termine aceptándola como un hecho ineluctable, y en muchos casos hasta deseándola.
Ya he escuchado por ahí a varios analistas, periodistas y politiqueros planteando el escenario de la consulta popular: que si saca un umbral de tanto, entonces la reforma pasa; o que si tal cantidad de personas salen a votar, Petro toma un respiro así sea que los votantes en su mayoría digan no, porque esto le reivindica su postura falsa de gobernante demócrata. No faltará el que salga a decir que en la consulta de Petro ganó el No, pero como fue por un estrecho margen, se sobreentiende que es un Sí, y al final termina imponiéndose el Sí a como dé lugar. Para eso están los maestros en inventarse los mecanismos rápidos (fastrack); para eso Petro cuenta en sus filas con un depredador político que se llama Armando Benedetti, experto en estas cuestiones del "trabajo sucio" que tiene la política.
Por Dios, señores, ¿cómo dejamos que este sujeto de la Casa de Nariño, a quien nadie le tiene el mínimo respeto en este país, y mucho menos aprecio, nos dicte la agenda que a él le conviene? Porque el tema está puesto sobre la mesa para ver quién pica, y ya estamos tan metidos de lleno en la consulta popular, que no faltan quienes digan que la van a salir a votar negativamente para ejercer su derecho democrático. ¡Estúpidos! Le están haciendo el juego al sinvergüenza. A él le conviene que salgamos en masa a avalarle su gran estafa, porque así sea que gane el No, él de todas maneras va a ganar.
¡Qué gran demócrata es este Petro!, saldrán a decir sus lavaperros influenciadores, pero lo cierto es que quien pierde con esto es el país entero. Con la consulta Petro tanteará su caudal electoral y podrá ajustar las tuercas de cara a la elección presidencial. Pero ese es su plan B, en caso de que no pueda quedarse por la mala. El plan A siempre ha sido el mismo desde que él decidió lanzarse a la presidencia: quedarse indefinidamente sin posibilidad de ser removido, como todo un dictador caribeño. No olvidemos que los socialistas del siglo XXI llegan al poder por la vía democrática para no irse nunca más. Petro no será la excepción.
Así que, si el Senado aprueba que se haga consulta, el pueblo sólo tiene que hacer una cosa: no salir a votarla, ignorarla, desdeñarla, no publicitarla, abstenerse de participar; es decir, abstenerse de jugar el juego que Gustavo Petro quiere que juguemos.
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[1] El Universal. (15 de marzo de 2023). Últimos retoques: este es el
nuevo borrador de la Reforma Laboral.





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